El búnker (La Herencia 2) 19. Lozoya
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19. Lozoya

El coche subió por una carretera secundaria serpenteante, flanqueada por cipreses torcidos.

Marta conducía con los ojos fijos en el asfalto mientras la señal del móvil iba y venía al azar.

Gómez iba tranquilo tarareando una canción en el asiento del copiloto, revisaba sus notas en silencio y su mente no paraba de darle vueltas a todo.

Habían salido de Santander poco después de comer. Entre la autovía, el atasco de entrada a Madrid y la carretera secundaria hacia Lozoya, llegaron cuando la tarde empezaba a doblarse sobre la sierra.

—¿Seguro que es aquí? —preguntó Marta, con tono escéptico.

—Sí. El psiquiátrico de San Gabriel, antigua residencia sindical de Lozoya. Uno de los más antiguos de la Comunidad. Y el más caro —Gómez alzó la vista—. Felisa pasó tres años internada en este lugar. No nos esperan, así que no sé cómo se lo van a tomar, al menos les he mandado un mensaje.

Después de atravesar una larga curva, la carretera se abrió y la vieron: una mansión blanca, casi victoriana, entre pinos, rodeada por jardines de diseño clásico y rejas coronadas con lanzas que apuntaban al cielo.

Parecía un antiguo palacio de la nobleza decadente.

Durante el franquismo fue la residencia sindical de Lozoya, utilizada por los funcionarios, había pertenecido al Centro Nacional Sindicalista.

La fachada necesitaba un mantenimiento, pero conservaba el porte clásico y señorial que algún día debió de tener.

Un vigilante uniformado les pidió los DNI antes de abrir la verja automática. Avanzaron lentamente por el camino de grava hasta un pequeño aparcamiento agradeciendo el poder estirar las piernas en tan agradable paisaje. La puerta principal se abrió antes de que salieran del coche.

Un hombre de aspecto desgarbado, bata blanca sobre una camiseta de cómic japonés, salió a recibirlos.

—¡Inspector Gómez! ¡Qué ilusión tenerlos aquí! —El hombre estiró una mano sudada—. Recibí su mensaje. Soy el doctor Eloy Santacruz, director del centro. Psiquiatra y coleccionista de mariposas. No teman, no mezclo ambas aficiones.

Gómez le devolvió el apretón con algo de aprensión y casi tuvo que contenerse para no romper a reír allí mismo. Marta le dedicó una sonrisa cortés.

—Gracias por recibirnos.

—¡Vamos, vamos! Pasen, la casa es grande pero no muerde. Aunque alguno de mis pacientes sí lo ha intentado. —Rio solo, como si hubiera hecho esa broma cien veces.

El recibidor era luminoso, con suelos de mármol blanco y columnas neoclásicas. Las paredes estaban cubiertas de cuadros pintados por los propios internos: colores estridentes, rostros deformados, animales con ojos humanos. Era como el pasaje del horror.

—¿Esto lo pintan ellos? —preguntó Marta.

—Sí, es como una terapia, cada uno tiene su propio estilo —dijo Santacruz—. Algunos lo hacen mejor que otros ya ve, pero eso les hace sentirse importantes. Les sube la autoestima y amigos, la autoestima lo es todo. ¿Han leído algún libro sobre el tema?

—No —dijo Gómez.

Subieron por una escalera de mármol hasta un despacho adornado con peceras y libros de neurología mezclados con novelas de ciencia ficción. Allí se sirvieron un café aguado.

Gómez dejó sobre la mesa el requerimiento del juzgado. Santacruz lo leyó por encima, suspiró y se quitó las gafas.

—Bien. Entonces supongo que ya no estamos en el terreno de la confidencialidad clínica.

—No.

El doctor asintió.

—Sobre Felisa Beltrán… —empezó Gómez yendo al grano y después de que les sirvieran sendos cafés.

—Un caso fascinante —interrumpió Santacruz—.

Potencial de genio, brote psicótico de segundo grado, trastorno bipolar no encuadrado en manual clásico y una imaginación desbordante.

Nos hablaba del espacio, de un planeta con atmósfera dual, de una misión secreta.

Decía que la NASA la había contactado, luego dijo que era la ESA.

Más tarde, una organización que no podíamos rastrear. Eso fue antes de escaparse.

—Hay algo que nos cuesta entender. ¿Cómo pudo una persona como Felisa pasar tres años aquí sin despertar más alarmas? —dijo Gómez.

—Ya. ¡Las apariencias engañan! Felisa llegó aquí con un diagnóstico oficial de brote psicótico.

Pero yo siempre creí que lo fingía. Sabía demasiado.

Hablaba de la ESA, de un error irreparable, de un accidente con un compañero.

Nunca lo dijo con claridad, pero lo insinuaba en sueños.

Y dibujaba, dibujaba sin parar. Esos dibujos eran mapas mentales de alguien que aún estaba jugando una partida.

—¿Y Ethan Davis?

—Ah, Davis, sí. Venía a visitarla a menudo.

Ese tipo estaba perdidamente enamorado de ella.

Nunca me gustó. Sospechas de conducta peligrosa, autolesiones, depresión grave.

Oficialmente, un artista sensible. En la práctica, un tipo que te observa y te analiza para algo.

Lo llamaban “el cuervo”. Ella lo dejó y él vino un día con un cuadro.

Creo que fue él quien organizó el plan de fuga de Felisa.

Marta levantó la mirada del cuaderno.

—¿Y usted no hizo nada?

—¿Qué hubiera hecho, agente? Yo no sospeché nada. Esto es un psiquiátrico. No una cárcel. Para algunos la cárcel está ahí fuera. ¿Comprende?

Marta se quedó de piedra y Gómez no supo qué decir.

—¿Tenía amigos dentro? —preguntó Marta.

—No lo llamaría amistad. Pero tenía vínculos.

Especialmente con una interna llamada Carmina.

Están en pabellones diferentes, pero coincidían en el taller de dibujo.

Les puedo conseguir una entrevista. Pero...

—alzó una ceja— deben saber que Carmina no está del todo en este mundo.

Su versión puede tener pequeñas grietas. Ya me entienden.

—Las grietas a veces dejan pasar la luz —dijo Marta.

—Ustedes son policías —dijo Santacruz—, supongo que sabrán calibrar la situación.

El psiquiatra sonrió como un niño que descubre una mariposa nueva.

Los condujo a un pabellón anexo, más antiguo en donde había ventanas con barrotes y un aroma de medicamentos flotando en el aire mezclado con el perfume embriagador de las orquídeas del jardín, una mezcla que producía más náusea que consuelo.

Cruzaron un largo pasillo donde algunos pacientes paseaban en bata, murmurando oraciones o riendo a destiempo, otros jugaban al parchís o simulaban que sabían jugar.

El sol empezaba a ocultarse y la oscuridad se hizo presente en la clínica. Sin pretenderlo, el lugar adquirió un tono siniestro.

Carmina estaba sentada en una silla de mimbre frente a un ventanal, mirando un árbol seco iluminado por una farola llena de moscas con la concentración de una botánica mística.

Tenía el pelo gris recogido en un moño mal hecho, la piel cubierta de manchas de sol y las uñas largas, como las garras de un ave.

Una enfermera se acercó con una silla de ruedas, pero Carmina hizo un gesto con la mano, negándose.

—Yo camino, que si me siento no me levanto —dijo, sin dejar de mirar el árbol.

—Carmina, estos son policías que preguntan por Felisa. ¿Te acuerdas de Felisa?

Ella los miró con una sonrisa incompleta.

—¿Felisa? ¿La astronauta? Claro que me acuerdo. A veces sueño con ella.

Tenía una voz aniñada que contrastaba con su rostro deformado por los años de sufrimiento.

—¿Podemos hacerle algunas preguntas? —preguntó Marta con suavidad.

—¿Van a encerrarla de nuevo?

—No —dijo Gómez—. Queremos saber cosas acerca de ella. Saber lo que pasó.

El director les invitó a sentarse en unas sillas junto a Carmina. Marta fue consciente de que tal vez la pobre mujer no sabía nada de su antigua compañera. El doctor le advirtió en privado que era mejor no decirle nada no fuera que le provocara alguna reacción.

—Es muy sensible —susurró el doctor a Marta—. Tan pronto está bien como que estalla.

Se sentaron en las sillas formando un pequeño círculo igual que si estuvieran en una terapia de grupo.

—Felisa hablaba en sueños —dijo Carmina—. Decía que le habían implantado algo en la cabeza. Un chip, o un mensaje. A veces decía que venía de otro planeta. Otras veces se ponía a llorar y a quejarse. Solo quería volver a casa.

—¿Le hablaba de gente del exterior?

—Sí. Todo el rato. De un chico, que había sido su novio. Estuvo muy enamorada. Había días que lloraba su pérdida, pero otros lo criticaba y decía que era un miserable. Era pintor. ¿Cómo se llamaba? Eduardo… no. Edmundo. Empezaba por E.

—¿Pintor? —preguntó Marta.

—Un tipo raro. Muy delgado, con cara de pájaro. Hacía cuadros muy bonitos. A veces la pintaba a ella. Decía que veía “lo que había en su mente”. Vino aquí alguna vez, bueno, él decía que venía a visitarla, pero estaba bastante mal.

Gómez y Marta intercambiaron una mirada.

—Habla de Ethan —dijo el doctor rascándose el abundante pelo desordenado—. Ethan vino aquí en varias ocasiones, tenía un hermano en Inglaterra, tal vez si investigan por ahí. Se llama Theo.

Carmina soltó una risa histérica. Marta apuntó el nombre.

—¿Te dijo algo más Felisa? —preguntó Gómez.

—No. Bueno sí. Un día se explayó. Me dijo que había hecho cosas muy malas y que tenía pensado observar el cielo.

Siempre estaba con ese rollo de los planetas o estrellas, no sé.

Aquí nadie sabe bien quién es quién, hay gente que cambia y otros que desaparecen, pero esto no debería decirlo delante del director.

Eloy sonrió.

—No debes de preocuparte —dijo el doctor—. Ya sabes que mi confianza en ti es infinita.

—¿Entonces se fugó? —preguntó Gómez —. ¿Lo hizo con ese pintor?

—Sí. Bueno eso creo yo. Felisa hablaba con él a escondidas, discutían.

Decían que él también había sido científico.

O médico. ¿O pintor no? Pero tenía la cabeza partida.

Como un huevo frito. Una vez quiso fugarse por la reja trasera, pero le salió mal.

Hasta que un día llegó una furgoneta. Se metió y desapareció para siempre.

Gómez tosió y se aclaró la garganta.

—¿Recuerdas algo de esa furgoneta? —preguntó Gómez.

Carmina empezó a contar números con los dedos.

—Era blanca. O gris. Tenía una pegatina azul. Una estrella. No, una ballena. No sé. Pero olía a pintura. Muchísimo. Tenía pintado el mundo por dentro.

—¿Alguna vez los escuchaste hablar sobre una herencia? —preguntó Marta.

Carmina apretó los puños con fuerza.

—No con esa palabra. Pero ella me contó que había recibido una invitación a un partido de hockey. ¿O era a un ballet clásico? Decía: “cuando lo reciba, me voy de aquí”. Decía que le iban a mandar un mensaje pronto como de una organización. Y que entonces la misión empezaría.

—¿La misión?

—Sí. A veces escribía cosas en las paredes. Números. Y dibujaba un planeta. Un planeta con dos lunas. Decía que allí estaría a salvo. Tenía la idea de alquilar un observatorio astronómico.

Entonces estalló en carcajadas. Gómez aprovechó para escribir la palabra observatorio en su cuaderno. La subrayó repetidas veces.

—¿Os podéis imaginar? ¡Qué pasada!

Soltó unas carcajadas mientras Gómez y Marta la miraban atónitos. Poco a poco se calmó.

—¿Qué más te dijo sobre ese observatorio? —dijo Gómez.

—No sé, nada más. Decía que eran muy difíciles de conseguir. Creo que me habló de uno… algo así como que estaba en una isla. Felisa decía que no le valía cualquier observatorio. Tenía que ser uno donde el Cisne se viera limpio. Donde Deneb no temblara.

—¿Deneb? —preguntó Marta.

—La estrella de la cola. O de la cabeza. Yo qué sé. Ella decía que desde allí arriba, por encima de las nubes, la luz llegaba más antigua. Hablaba de una isla negra, de cúpulas blancas y de una montaña con nombre de chicos. La roca de los niños… la piedra de los muchachos… algo así.

Gómez fue apuntando. La dejaba hablar para no interrumpir cualquier gesto espontáneo por su parte.

—¿La echas de menos? —preguntó Marta.

—No. Me daba miedo. A veces su cara se volvía extraña y eso que era preciosa.

Gritaba de noche. Y hablaba con gente que no estaba.

Ella los llamaba los hombres de negro. Pero…

—Carmina bajó la voz— también era dulce.

Me cantaba canciones antiguas. Una de ellas decía: “Cuando las estrellas mueran, yo volveré al mar y entonces no dejaré de suspirar.”

—Y esos números de los que hablaba —preguntó Marta—. ¿Alguna vez te dijo que significaban?

Carmina se quedó en blanco unos instantes. Luego reaccionó con un tic raro.

—¡Los números! —lanzó una carcajada seca—. Ella los apuntaba, creo que los memorizaba incluso. Siempre estaba con los números… decía que eran la clave para llegar a Deneb. La estrella esa. ¿No la conocen?

Marta negó con la cabeza. Lo mismo hizo Gómez. Carmina tanteó el bolsillo de la bata y sacó una fotografía doblada por las esquinas.

—Esta foto nos la hicimos juntas.

Les mostró la foto. En ella se veía a Felisa abrazada a Carmina. Detrás había una pizarra que estaba llena de números.

—Ella me lo contaba todo. Nunca pude entender por qué se fue.