El búnker (La Herencia 2) 18. El carguero
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18. El carguero

Dani, en su pecera, peleaba con las cámaras del parking y tenía desplegadas varias pantallas. En otra sala, Iván revisaba los antecedentes de los herederos.

Sonó el teléfono en la sala de reuniones. Marta fue quien lo atendió.

—¿Sí?

—Quisiera hablar con el inspector Gómez —dijo una voz ronca.

—Está ocupado ahora. ¿Quién le llama? —mintió Marta.

—Dígale que le llama el primer oficial del Peary. Tengo información sobre Rafael Carrasco. Pero no por teléfono. Si quiere saber la verdad, tiene que venir al puerto de Raos.

—Espere un momento.

Marta le pasó la llamada a Gómez.

—¿Sí?

—Inspector —dijo la voz —. Si les interesa saber lo que pasó de verdad aquella noche en el Peary, vengan a hablar conmigo. Hoy mismo si quieren. Lo único que les pido es que me mantengan en el anonimato total. ¿Me lo garantiza?

El inspector esperó unos segundos.

—¿A qué noche se refiere?

—¡Ah! ¿No lo sabe?

—No, ¿de qué está usted hablando?

—Entonces le interesa aún más. Podría haber usado un abogado, pero tengo entendido que la policía protege a los testigos anónimos. ¿Podrá hacerlo?

Gómez ganó unos segundos mientras pensaba su respuesta.

—Veré qué puedo hacer, pero no le puedo garantizar nada.

— Si quiere verme ya sabe dónde estoy.

La llamada se cortó.

El Peary era un carguero oxidado, varado en el puerto como un mercante que en sus buenos días debió de ser buen barco, pero nada de eso quedaba ya.

Marta y Gómez lo contemplaron desde el muelle.

Las gaviotas volaban por el cielo junto a las dársenas y el cielo estaba plagado de nubarrones negros.

El día en Santander era gris, con fuertes vientos, como si el mar mismo se hubiera extendido hasta el cielo, pero la bahía, como siempre estaba esplendorosa a pesar de los últimos batacazos de la tormenta.

—¿No te dijo dónde? —preguntó Marta.

—No —respondió Gómez.

—¿Por qué nos habrá hecho venir hasta aquí?

—Vieja escuela supongo —respondió Gómez—. Si este tipo sabe algo de Carrasco, puede que por fin tengamos algo sólido a lo que agarrarnos. ¿Conoces la tragedia del Machichaco?

—No —contestó Marta.

—En 1893 explotó un barco que llevaba dinamita, fue una catástrofe inimaginable. La ciudad entera sufrió un incendio devastador.

Subieron por una escalerilla lateral, metálica y llena de óxido.

Un marinero joven les saludó con una leve inclinación de cabeza y los condujo a una pequeña sala de descanso junto al puente de mando.

En la sala había una mesa metálica, dos sillas y una lámpara colgando del techo.

Todo era muy sencillo, viejo y prácticamente carcomido.

Allí los esperaba un hombre de rostro curtido, barba blanca sin afeitar y manos fuertes. Llevaba un gorro de lana, incluso dentro. No se levantó al verlos.

—¿Gómez?

—Sí. Ella es Marta.

Se dieron la mano. Luego tomaron asiento.

El hombre los miró con ojos vidriosos, reflejo de alguien que ha visto demasiadas tormentas y días duros en la mar.

—Me llamo Vilches. Mi nombre no importa. Pero lo que voy a contaros… eso sí importa.

Gómez pensó en sacar la grabadora, pero sabía que si lo hacía el hombre no querría hablar. Le observó con atención y dudó de si aquel individuo era sincero o les estaba engañando. Se alegró de haber venido con Marta.

—Lo que les diga no puede salir de aquí. Úselo como quiera, pero yo no existo, ni les he dicho nada, quiero que me considere como un testigo anónimo. Ni prensa, ni tribunales, ni hostias, vete a saber si el tal Carrasco tiene parientes. ¿Entendido?

Gómez asintió.

—¡Vale! —se hartó Gómez—. Le trataremos como si fuera un testigo anónimo, ahora díganos ¿Qué tiene que contarnos?

Marta tuvo que reprimir una sonrisa. Vilches se lio un cigarro y lo encendió. Luego comenzó a hablar con voz ronca.

—El Peary zarpó de Argel rumbo a Huelva.

Llevábamos fertilizante industrial, pero entre nosotros sabíamos que eso era solo una parte de la carga.

El capitán era Rafael Carrasco. Yo fui su primer oficial durante dos años.

Un hombre duro. Fuerte como una mula. Y con un carácter que, bueno, no voy a decir que fuera un criminal.

Pero sí diré esto: no era alguien que supiera ceder. Se hacía temer.

—¿Qué pasó en ese viaje? —preguntó Marta.

Vilches se frotó las manos. Luego dio una profunda calada.

—Un marinero se le enfrentó. João Barreto.

Un brasileño de aupa. Era parte de la tripulación, pero era un tipo problemático, con muy mala hostia.

Se metía con los otros, bebía, insultaba, y llegó a empujar a un compañero por la borda.

Lo recuperamos a tiempo y por los pelos, pero Carrasco ya estaba muy al límite.

Nos hizo perder horas en maniobras para rescatarlo.

—¿Y qué hizo? —preguntó Gómez.

—¡Lo encerró! Tenemos un cuarto de mantenimiento, junto a la sala de máquinas en donde si es necesario se puede encerrar a alguien. Hasta ahí todo bien.

Gómez asintió.

—Nos turnamos para hacer guardias —dijo el hombre—.

Verá si un marinero está encerrado, suele ser prudente que haya alguien cerca de guardia por si pasa algo, así que durante mi turno apareció el capitán y me pidió que abriera.

A todo esto he de decir que la noche no había sido fácil.

Tormenta con rachas de viento de 50 nudos y olas de tres metros, el barco se movía…

Vilches se puso en pie y miró por una de las claraboyas.

—Carrasco dijo que era lo mejor para todos. Pero no se lo dijo a nadie. Ni al segundo oficial. Ni al jefe de máquinas. Solo yo lo sabía. Porque me lo dijo con una botella en la mano: "Ese cabrón no sale vivo de esta travesía."

—¿Lo mató?

Vilches bajó la voz.

—Yo le abrí la puerta y le dije que tuviera cuidado, aunque Carrasco era una bestia y el otro pues desarmado poco podía hacer.

Tuve un mal presentimiento. El capitán se metió.

Escuché una discusión. Gritos. Quejidos.

Golpes. Cuando abrí la puerta, Carrasco estaba sobre João.

Lo había golpeado con sus puños. Le estaba destrozando la cara.

Lo miré a los ojos, y me dijo: "No te metas en esto, Vilches. Esto es justicia."

—¿Y qué hizo usted? —preguntó Marta.

—Salí de ahí. Ese tío, el João, era un hijo de puta de cuidao. Si hubiera podido hubiera hundido el barco. Pero cuando llegamos a Huelva…

Vilches suspiró.

—Se reportó a las autoridades que llevábamos a un tripulante encerrado por desórdenes.

—¿Y nadie investigó?

—Claro que sí. La Guardia Civil subió al barco. Recogieron testimonios, pero cuando fueron al cuarto de mantenimiento no había nadie allí.

Marta y Gómez se miraron.

—¿Desaparecido? —preguntó Marta.

—Si —dijo Vilches—. Se registró todo el barco y nada. La Guardia Civil concluyó que se había podido tirar por la borda al entrar en la bahía y luego nadar hasta tierra. Sin embargo, no tenían nada.

—¿Y qué pasó?

—Se llevaron a Carrasco. Lo acusaron. Había la sospecha de que se lo hubiera cargado él. Alguien habló más de la cuenta. Estuvo seis meses en El Dueso. Pero no hubo pruebas y se libró por poco.

—¿Por qué?

Vilches miró a través de la ventanilla. Fuera, el mar golpeaba el casco con la calma de la bahía. A lo lejos divisó el contorno de Pedreña.

—Porque le temíamos.

Hizo una pausa. Se mordió el labio.

—Yo también tenía cosas que esconder. En los barcos pasan muchas cosas que la gente no sabe.

Gómez tomó unas notas. Marta apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Y ahora? ¿Por qué ahora?

Vilches se encogió de hombros.

—Vi las noticias. Carrasco está muerto. No me puede hacer nada. Ese hombre… daba miedo. Parecía buen tipo al principio, pero según le ibas conociendo era peor que el demonio. Nunca me hubiera atrevido a contar esto si sigue vivo. ¡Nunca!

Se hizo un silencio. Solo el golpeteo del mar llenaba la habitación.

—¿Hay más?

Vilches negó con la cabeza.

—Solo esto. El mar tiene memoria, inspector. Lo que no dice con palabras, lo deja escrito en las quillas de los barcos. No olviden eso.

De vuelta al coche, Marta no dijo nada durante varios minutos.

—¿Qué te parece? —preguntó Gómez al fin.

—Me parece que Carrasco era un lobo de mar como los descritos por Jack London. Y que nos hemos metido en su madriguera sin saberlo.

Marta miró al horizonte entornando los ojos como si divisara algo a lo lejos.

—Su invitación a la herencia. No fue al azar. ¿Te das cuenta?

—Sí —dijo Gómez—. Alguien que ha burlado la justicia y se ha salido con la suya. ¿No es irónico?

—¿Por qué?

—Por lo mismo que ha pasado en el hotel —dijo Gómez—. Alguien ha hecho justicia, pero se ha saltado la ley de todas las formas posibles.

Gómez miró por la ventanilla. Desde el coche podía ver la bahía de Santander.

—Tienes razón. No me importaría retirarme aquí —dijo Gómez.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Marta.

—Creo que empezamos a tener algo.

—¿El qué?

—Un patrón —dijo Gómez—. Puede que todos los que hayan ido a la herencia, tengan una vida que es falsa.

—Puede que hayan violado la justicia de alguna manera —añadió Marta.

—¿Crees que Vilches nos esté manipulando? —preguntó Gómez.

A Marta le pilló por sorpresa la pregunta. ¿Sería Vilches un mentiroso? ¿Por qué tanto empeño en mantener el anonimato? ¿Deseaba hacer que Carrasco pareciera un asesino sin escrúpulos? ¿Estaría João vivo?

—Puede ser —contestó Marta—. Puede que esté metido en algo ilegal. Se me ocurren unas cuantas cosas.

—Algo no me cuadra —dijo Gómez—. Un tipo que pide tanto anonimato y luego sin embargo, no hizo más que darnos detalles. Hay algo que se nos escapa. La pregunta es muy clara: ¿por qué Vilches nos quiere contar que Carrasco mató a João?

Gómez se quedó en silencio. La pregunta estaba formulada y ambos tuvieron un pensamiento convergente.

—Sí, ahora lo veo —dijo Marta—. Hay alguien detrás.

—Es posible. De momento no lo vamos a saber, hasta que dé un nuevo paso.

—¿Quieres que investigue a Vilches?

—A Vilches, al Peary, la entrada en Huelva, la intervención de la Guardia Civil y el paso de Carrasco por El Dueso. Todo lo que encuentres sobre el tal João.

—¿Crees que puede seguir vivo?

—No creo. Pero no me extrañaría nada que ocurriera algo pronto. Mientras no tengamos un cadáver, no pienso tratarlo como un muerto.

—¿A por quién vamos ahora?

—Estoy pensando en Felisa —dijo Gómez—. Es como la ficha que no cuadra con ninguna de las demás. ¿No te parece?

—Sí, puede ser.

Esa misma mañana había recibido la citación para poder ir al Psiquiátrico de Lozoya. Allí era donde había estado internada Felisa y tenía una corazonada que le advertía de que esa mujer tenía algo que contarles.

—Eres buena rastreando detalles. Lo de la cámara del hotel estuvo bien.

Marta mantuvo la vista en la carretera, pero no pudo evitar sonreír.

—Gracias.

—No te acostumbres.

El Peary quedó atrás, encajado entre grúas, óxido y nubes negras. Carrasco ya no era solo un muerto más de la herencia. Era una grieta. Y al otro lado de esa grieta podía haber un cadáver, una mentira, un alijo o un hombre llamado João Barreto que todavía seguía vivo en algún lugar.