El búnker (La Herencia 2) 17. La máscara
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17. La máscara

Marina llevaba más de una hora despierta, sentada en la oscuridad del salón, con el móvil boca arriba sobre la mesa y la aplicación del banco abierta.

El ingreso no estaba.

Volvió a actualizar la pantalla, aunque sabía que no iba a cambiar nada. Cero movimientos. Cero explicaciones. Cero libertad. Presionó el botón de actualización tres veces. Ningún resultado.

Se escuchó el sonido de unas llaves abrir la puerta. Ella esperó en la oscuridad. Con paciencia. Sin encender la luz. Dejando que Félix se confiara.

Entonces pulsó el interruptor.

Félix se quedó paralizado bajo la luz amarillenta del salón. Venía con la cazadora todavía puesta y el rostro cansado. La miró con los ojos entornados sin entender qué hacía allí sentada.

—No me has hecho el ingreso —dijo Marina.

Félix abrió los ojos. No era sorpresa, más bien era incredulidad.

—No voy a financiarte la vida, Marina.

Las palabras se quedaron allí, desnudas y violentas, ocupando todo el espacio.

Él ahora estaba de pie junto a la puerta, con las llaves todavía en la mano. Marina lo miraba desde el sofá, descalza, con la espalda rígida. Había imaginado esta conversación de diez maneras distintas. En ninguna de ellas él sonaba tan tranquilo.

—No te estoy pidiendo que me financies la vida —dijo ella—. Te estoy pidiendo lo que me prometiste.

—Te doy bastante.

—Me das lo justo para que no pueda irme.

—Pues búscate un trabajo —dijo Félix.

Marina agarró el vaso con fuerza. Tenía los nudillos blancos.

—Te puedo dar un teléfono para que empieces a trabajar mañana.

—¡No pienso trabajar!

—Pues entonces deja de quejarte.

—Tú me prometiste que me ibas a dar todo lo que necesitara.

—Marina yo ya te doy suficiente. Tienes la casa, el coche, las tarjetas, tus caprichos, incluso tus delirios.

Marina se puso en pie.

—¡No son delirios!

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Ella le tiró el vaso de cristal.

Le impactó en la sien y luego se rompió en la pared.

Se lanzó contra él. Félix la sujetó por las muñecas para apartarla.

Forcejearon. Marina dejó caer todo su peso hacia atrás.

Él la soltó, desconcertado, y ella se golpeó contra la esquina baja de la mesa.

Durante un segundo no dijo nada. Luego se tocó el pómulo.

Al ver sangre en los dedos, comprendió que la noche acababa de ponerse de su parte.

—Me has abierto la cabeza.

Félix fue al baño a por el botiquín. Creía estar en una pesadilla.

—Yo no te he abierto nada, te has tirado tú.

—¡Mentiroso!

Llamó a un cabify, pero antes de subir, le gritó.

—¡Aléjate de mí! —chilló—. No vuelvas a tocarme.

Se metió en el coche. Hubo vecinos que se asomaron a las ventanas. Lloraba. Gritaba. Félix trató de evitarlo.

—¡Espera! Te llevo yo, pero yo no te he tirado, te has tirado tú.

—¡Vete! ¡Mentiroso! ¡Asesino!

Un grupo de vecinos se congregó en la acera y le impidieron el paso. Ella se marchó. Félix trataba de explicar que no había hecho nada, pero ya en ese punto nadie le creía.

Marina llegó al hospital Valdecilla a urgencias llorando y fuera de sí. El conductor del taxi la acompañó. Apareció un médico que la atendió y mientras lo hacía le contó lo que había pasado. Además del golpe en la cara tenía varios moratones.

—Nunca se había atrevido hasta ahora. Tengo miedo. No quiero volver a mi casa. Me ha amenazado con matarle si digo algo.

—Tranquila —dijo el médico—. Vamos a avisar a la policía y al juzgado de guardia.

Apareció una enfermera.

—Doctor, el marido está fuera —dijo.

—Que no le dejen pasar.

Se llamó a la policía. Pronto se personó una patrulla y al cabo de unos minutos una segunda. Félix estaba retenido en una habitación.

—¡Le juro que yo no he hecho nada! —le dijo al policía.

Al poco tiempo, le pusieron unas esposas y se lo llevaron.

Esa misma noche Félix pasó la noche en un calabozo junto a otros dos individuos. Por el día había sido libre como un pájaro sobrevolando con su parapente las playas de Noja, por la noche, terminó encerrado en un calabozo sin comprender nada.

Al día siguiente pasó a disposición judicial. La maquinaria de la ley, lenta e implacable, había comenzado a moverse.

Informaron a Marina. Ella contó con una psicóloga y con un centro de acogida para pasar los próximos días hasta que la tormenta pasara. En todo momento la atendieron y la cuidaron. La llevaron a un centro de emergencia y allí una abogada la atendió.

——Marina, ahora mismo lo más prudente es que permanezcas aquí. Félix está detenido, pero eso no significa que vaya a seguir incomunicado o encerrado mucho tiempo.

—¿Le van a soltar? —preguntó Marina.

—La Policía tiene un plazo limitado para pasarlo a disposición judicial o dejarlo en libertad —dijo la abogada—. Hasta que no sepamos qué decide el juez, no lo vamos a saber.

Marina cogió un pañuelo y se secó los ojos.

—¿Podré quedarme aquí?

—¡Claro! Aquí estarás protegida. Hay seguridad las 24 horas en contacto con la policía. No tienes nada que temer. Lo importante ahora es que no tomes decisiones desde el miedo.

Pasó el tiempo. Marina abandonó el centro de emergencia.

Mario le envió un ramo de flores el día del juicio. “Te espero. Todo lo que quieres será nuestro”. Marina pensó: yo ya soy todo lo que quiero ser.

—Estoy dispuesto a hacer todo lo que quieras por ti —le dijo Mario.

Se acostaron por última vez en una suite de hotel.

Fue el sexo más violento y desangelado que había tenido.

Mario había dejado de ser tierno y se había convertido en algo peor: un narciso devoto.

Alguien que disfrutaba causando dolor y ella, sorprendida, se excitaba cada vez más con eso.

Se arrastraba por su cuerpo como quien pide redención.

Cuando terminó, ella se vistió un poco avergonzada de haber llegado tan lejos.

No le dijo que sería la última vez.

No le dijo que lo dejaría todo. Que cambiaría de nombre. Que Alicia Parker nacería del barro de sus decisiones. Que dejaría a Mario solo, con su genialidad, con sus robots y con la sombra de su deseo. No estaba dispuesta a ceder su libertad de nuevo.

El juicio con su marido le había salido como ella esperaba.

Mantuvo su versión fielmente. Se lo tenía bien aprendido.

Alegó con coherencia maltrato habitual, lesiones con parte médico, amenazas de muerte, pudo aportar grabaciones de conversaciones fuera de contexto en donde se las había ingeniado para que Félix pareciera un tipo violento.

La juez la creyó. Y a partir de ahí todo fue cuesta abajo. Se había quedado con la casa y la juez la asignó una cantidad mensual. Su carrera hacia el éxito acababa de despegar.

Félix fue ingresado en prisión provisional a espera de juicio oral.

Meses más tarde, escuchó la noticia: la novia de Mario había muerto. Un asesinato cruel. Un crimen que nadie entendió. Nadie, salvo ella. Supo entonces que Mario la había matado por ella. Para ella. Una ofrenda en un altar primitivo.

Y no sintió nada.

Hubo otra figura que emergió esa noche. Una imagen más difusa. Un rostro que evitaba mirar con nitidez. Ahora ya era otra persona.

Era Alicia Parker.

La influencer.

Se fabricaría una vida nueva de éxito y abundancia. Sin depender de nadie. Con la libertad que nunca tuvo.

Alicia se miró en el espejo y sintió en lo más profundo de su estómago un cosquilleo, una especie de placer inusitado. Sus ojos eran fascinantes. No cabía mayor satisfacción que adorarse a sí misma.

—¿Vienes querida? —le dijo una voz de hombre afeminada—. Hay que prepararse. Nos quedan tres minutos.

—¡Voy!

La estaban esperando casi unas tres mil personas, eso sin contar con todas aquellas que la seguían por las redes sociales.

Alicia se puso en pie y alguien la colocó un sombrero de cowboy.

Llevaba una minifalda tejana y una camiseta de rayas con la marca que anunciaba.

“Shadowish”, el nuevo producto de belleza que la había contratado. Una sombra de ojos morada.

Esperó pacientemente a que le dieran la señal para salir.

Ya no dependería de ningún hombre.

Hubo juicio oral y lo ganó. Félix tuvo una condena de tres años y seis meses y a ella le correspondió una asignación mensual.

El dinero le dio estabilidad e independencia.

No tuvo más noticias de Félix. Le contaron cosas. Que había recurrido. Que trató de fabricar pruebas contra ella, pero no funcionó. Félix desapareció de su vida. Ella dejó la casa y se compró una nueva con el dinero que ganaba.

Entonces llegó ese correo de un despacho de abogados.

Marina apagó el grifo. Se secó las manos.

El espejo ya estaba limpio. Su reflejo también.

El rostro reflejado era ambiguo. Hermoso.

Imposible. Como una máscara que se ha confundido con la piel.

Tuvo miedo de que ese rostro tan hermoso no fuera suyo, sino una máscara de una máscara.

O un cebo para conquistar mentes ajenas.

No apartó la mirada. El monstruo más peligroso es el que se reconoce.

Y ella, al fin, lo hacía.

Uno del equipo le dio la señal.

Salió al escenario. Estaba perfecta. Un foco de luz la iluminó y una horda de fans gritó su nombre de forma histérica.