16. El tablero
La nave industrial estaba perfectamente acondicionada.
Esa mañana, el equipo se había reunido al completo.
Dani estaba sentado frente a su portátil con un vaso de batido de proteínas.
Marta y Laura revisaban carpetas, mientras Iván tomaba café en un vaso de cartón.
En un extremo, Pilar Ortega, la comisaria al mando de la jefatura provincial de Cantabria, había accedido a asistir como observadora.
—Vamos a empezar —dijo Gómez entrando con paso firme, dejando su chaqueta sobre una silla—. Necesitamos poner un poco de orden.
Marta fue la primera en intervenir. Se acercó a la pantalla y activó la proyección de una imagen capturada del sistema de cámaras.
Llevaba vaqueros oscuros y una chaqueta de cuero.
El pelo recogido en una coleta apresurada y un leve toque de maquillaje le daban un aire desenfadado y atractivo que no pasaba desapercibido.
—Estas imágenes son de un vecino de la Avenida Pérez Galdós —explicó—. Aquí vemos salir a un Audi negro a las 8:03 de la mañana. La matrícula es falsa.
Marta mostró las imágenes. La calidad no era muy buena. Estaban en blanco y negro y llovía mucho. Se podían distinguir gotas en la lente de la cámara y agua barriéndolo todo. En el lado del conductor se vislumbraba un bulto oscuro.
Dani levantó la mano.
—La matrícula era falsa, sí. Pero he cruzado las imágenes con los registros de coches alquilados ese día en Santander. Hay al menos cuatro Audi negros modelo A4. Coinciden con este —dijo ampliando una foto en su portátil—. La empresa de alquiler hizo fotos antes de entregarlo.
—¿Tenemos algún nombre? —preguntó Gómez, cruzado de brazos.
Dani giró la pantalla. En ese momento se incorporó Rogelio a la reunión con la bata aún arrugada del tanatorio.
—Perdón —dijo.
—Hemos ido comprobando la identidad de los cuatro conductores —continuó Dani—.
Dos son una familia de vacaciones, uno es un trabajador del banco Santander y otro se trata de una identidad falsa.
Documentación italiana, pasaporte aparentemente en regla.
Pero es todo papel mojado. Lo curioso es el nombre que usó: Alighiero Malatesta.
Hubo un breve silencio. Marta frunció el ceño.
—¿Alighiero… como Dante Alighieri? ¿Y Malatesta como Paolo, el de los amantes del Infierno?
—Exacto —confirmó Dani—. Una construcción simbólica. Todo esto está orquestado por alguien que juega con referencias literarias y sabe cubrir sus huellas. Debió de sacar un sobresaliente en la EBAU.
—¿Y cómo hizo la reserva? —preguntó Laura ignorando el chiste de Dani.
—Ahí ya te pasas —respondió Dani con una expresión de orgullo en la cara y mirando de soslayo a Marta—. Usó una red de bots para simular actividad de una oficina en Singapur. Esto lo ha hecho alguien muy muy virguero.
Marta le devolvió la mirada y le sonrió.
—¿Dónde está el coche ahora? —preguntó Gómez.
—Lo estamos buscando —respondió Marta—. Aún no tenemos nada.
—¿Y los sobres? ¿Qué sabemos de los objetos encontrados en las habitaciones?
Iván se puso de pie. Carraspeó. No tenía muy buen aspecto aquella mañana.
—Siete sobres, siete armas u objetos. Pistola Taser, cuchillo de monte, cápsulas de cianuro, cuerda, punzón, unas esposas, y una Glock 17 que estaba en la habitación 403. Hemos encontrado también balas de fogueo. Todo apunta a un sistema de ejecución premeditado, una especie de “juego mortal”.
—¿Quién estaba en esa habitación? —preguntó Gómez.
Iván sacó el listado que le había dado Alberto Pérez.
—Samantha Torres. Voy a preparar un esquema de las habitaciones para que lo tengáis todos.
Laura, la experta en finanzas, intervino.
—Y los acertijos. Hemos encontrado hojas manuscritas con fragmentos de lo que parecen pruebas de lógica.
Fragmentos de una canción de los Beatles, coordenadas de un naufragio, acertijos de nudos, satélites rusos, tipos de balas y versos sueltos de Dante.
Algunos están escritos a mano, otros impresos.
—¿Dante? —preguntó Gómez.
—Sí, “Las puertas del infierno”, “Los círculos”, referencias al Purgatorio… Muy elaborado —explicó Marta—. Esto es una estructura mental diseñada por alguien con una formación muy compleja. O alguien obsesionado con la simbología.
—A lo mejor era profe de instituto —bromeó Dani.
Marta le miró reprobándole. Gómez se masajeó las sienes y Laura le lanzó una mirada de desaprobación.
—Vale. Iván. Tú querías hablarnos de la Glock, ¿verdad?
Iván asintió y se acercó al centro. Estaba tembloroso. Dejó su café sobre una mesa y sacó una bolsa de pruebas.
—Encontramos una Glock 17 de 4ª generación. Una pistola semiautomática muy común entre cuerpos de seguridad. Calibre 9 mm Parabellum. Capacidad: 17 balas por cargador.
—¿Estaba cargada? —preguntó Gómez.
—Aquí viene lo curioso. Hemos encontrado balas reales mezcladas con balas de fogueo.
Algunas balas tienen marca Fiocchi, otras Sellier & Bellot.
Las de fogueo son de un lote utilizado en entrenamientos militares.
Las reales, en cambio, son nuevas. No han pasado por ningún registro policial.
Eso indica tráfico ilegal o adquisición a través de coleccionismo armado.
Laura abrió los ojos.
—¿Mezcladas a propósito?
—Eso creo —confirmó Iván—. Y no solo eso: hay restos de ADN en una de las balas usadas. Lo están analizando, pero ya os adelanto que podría coincidir con uno de los fallecidos.
—¿Quién disparó entonces? —preguntó Marta.
—Eso aún no lo sabemos. Pero hay residuos de pólvora en la habitación 406 y en parte del pasillo. Cerca del cuerpo de Felisa. Y manchas de sangre en el picador de hielo.
Gómez hizo una pausa.
—Recapitulemos. Ethan Davis, ahogado. Felisa, sobredosis, pero sobrevive. Carrasco, golpeado supuestamente con un extintor. Mario Suárez, golpeado y envenenado. Luis Vallejo, apuñalado con un punzón. Marina, tiroteada en el vientre y con traumatismo craneal. Sobrevive.
Marta consultó su informe.
—Sí. Marina recibió un disparo de muy cerca. Pero la bala no fue de fogueo. La herida se produjo por el impacto a bocajarro y una caída posterior. La pistola utilizada tiene huellas, pero muy parciales.
—¿Y alguien tiene el informe médico? —preguntó Gómez.
—Sí, yo —dijo Rogelio leyéndolo en voz alta.
“Herida de bala en el abdomen. Operada, se le extrajo el proyectil y, aunque no hay daños internos graves, el disparo atravesó músculo y causó un hematoma importante. Sufrió un golpe en la cabeza al caer, lo que le provocó una conmoción, pero sin secuelas cerebrales aparentes. Está consciente y estable, aunque con bastante dolor abdominal”.
Gómez se levantó y caminó por la sala. Su cabeza hervía de ideas, datos, nombres, direcciones e hipótesis.
—Vale. Escuchad. Esto es grande, más grande de lo que pensábamos. Hay símbolos, armas, trampas, identidades falsas, y al menos un asesino suelto que lo ha preparado todo con demasiada precisión. No tenemos tiempo que perder. En algún punto de todo este entramado ha debido de cometer un error.
Hizo una breve pausa, como si saboreara la gravedad de lo que iba a decir.
—Dani, tú sigue rastreando ese vehículo.
Quiero todo lo que puedas sacar. Hoteles cercanos, gasolineras, peajes, lo que sea.
Marta, encárgate de las fichas individuales.
Quiero saber quién es cada uno de los implicados: antecedentes, relaciones, conflictos, enemigos, cualquier dato que pueda darnos un patrón.
Luego miró a Rogelio, que apenas había intervenido.
—Rogelio, céntrate en las autopsias. Pide informes toxicológicos, cruza datos con Dani. Y si ves algo raro, lo que sea, lo quiero sobre la mesa.
Rogelio asintió cansado de permanecer invisible.
Gómez volvió a mirar a Marta.
—Y quiero una lista. Personas cercanas a los implicados, parientes, compañeros, cualquiera que pueda arrojar algo de luz. Esto no lo hicieron solos. Alguien ayudó, o al menos supo algo. Y hay que seguir investigando a Samantha Torres. ¿Por qué adoptó su identidad? ¿Quién coño es?
El silencio fue absoluto durante unos segundos. Gómez respiró hondo.
—Vale, vale —dijo Dani, levantando la mano como si estuviera en clase—. Vamos a resumirlo para los de la ESO, ¿sí?
Todos lo miraron.
—Tenemos un tío que se hace llamar Maxwell.
Invita a siete pringaos con secretos chungos a un hotel de lujo.
Les da pulseras con pasta y les dice: “Cada vez que muera uno, los demás cobran más”.
Resultado: todos acaban muertos salvo Marina, que además miente con el nombre y Felisa que está medio zumbada.
Y mientras, alguien desaparece en un coche usando una identidad de una poli muerta y borra las pruebas. Fin.
Silencio. Marta parpadeó. Gómez apretó los labios, pero no corrigió ni una palabra.
—¡Bravo, chaval! —exclamó Laura con sarcasmo.
—¿Ves? —añadió Dani encogiéndose de hombros—. Si lo piensas, esto no es un caso policial. Es un Gran Hermano con psicópatas.
—Opino que estamos dando palos de ciego —dijo Laura cortante y harta de escuchar tonterías—. Deberíamos seguir el rastro del dinero. Esa compañía pantalla, Maerus Investments Ltd, puede ser la clave de todo. Si seguimos el dinero, podremos llegar hasta el asesino.
Gómez se aclaró la garganta. Miró a Laura durante unos segundos haciendo un gesto de autocontrol.
—Eso te iba a decir. ¡Investígalo!
—Pero voy a necesitar más recursos —protestó Laura—. Deja que Dani se quede conmigo. Hay muchos aspectos informáticos en los entramados de compañías offshore que son muy complicados. Este tipo de investigaciones ya no son como las de antes.
Esta última frase la pronunció deliberadamente fuerte y con un cierto tono de ira.
—Vale, Laura, ya me ha quedado claro. Pero de momento yo decido aquí dónde y en qué trabaja Dani.
—¡Estoy dando mi opinión! —insistió Laura—. En los últimos casos en los que he trabajado, el entramado societario fue fundamental para resolver el caso.
—¡Y no te digo que no! —respondió Gómez—, así que empieza tú a trabajar y para mañana quiero que me informes de lo que tienes. Y no vamos a seguir discutiendo.
Laura se mordió los labios.
Se giró hacia Iván.
—Tú, céntrate en Marina. Quiero saber más en detalle su relación con Mario, cómo se conocieron, qué les pasó, qué conexiones tienen con los demás y los acertijos. Esa Glock, esas balas, hay algo ahí.
—De acuerdo —dijo Iván.
—Sé que estamos sobrepasados. Pero también sé de qué sois capaces. No somos una unidad cualquiera. No nos colocaron aquí por azar. Así que vamos a hacer lo que sabemos: trabajar. Con cabeza, sin pánico. Y con orden.
Se volvió hacia la pantalla una última vez.
—Vamos a desenterrar la verdad. Aunque nos lleve al mismísimo infierno.
Pilar, desde el fondo de la sala, miró a Gómez y reconoció en él al hombre que, años atrás, había sabido mantener a flote a un equipo entero en medio del caos.