15. La cámara
El hotel Real se alzaba frente a ella como un buque varado en mitad de la tormenta.
La ciclogénesis seguía castigando Santander con ráfagas que hacían chasquear las cintas amarillas de la Policía Nacional colocadas en la entrada.
Dos patrulleros bloqueaban el acceso a vehículos y un agente con capucha vigilaba la puerta principal.
Marta caminaba con las manos en los bolsillos, los ojos entornados por la fuerte lluvia que rebotaba contra las paredes blancas del hotel Real.
El aire olía a invierno: una mezcla densa de humedad, salitre y hierba recién cortada desvaneciéndose.
En esa parte privilegiada de la ciudad apenas se escuchaba el sonido del tráfico.
Marta se ajustó la chaqueta impermeable y cruzó el perímetro, mostrando su acreditación. El agente le apartó la cinta para dejarla pasar. La lluvia le azotaba la cara como agujas de hielo y el viento la empujaba de lado, obligándola a forzar el paso hasta el vestíbulo.
Dentro, el eco de la tormenta quedaba amortiguado, pero la tensión seguía en el aire. Dos uniformados custodiaban la recepción, otro subía por las escaleras con una carpeta en la mano. Marta fue directa al ascensor y pulsó el botón de la cuarta planta.
El pasillo estaba desierto, las puertas cerradas y precintadas con sellos oficiales.
Caminó despacio, fijándose en cada detalle.
Levantó la vista y contó: una cámara en el techo, luego otra más adelante.
Solo dos en toda la planta, demasiado poco para un hotel de ese nivel y, sobre todo, insuficientes para cubrir todos los ángulos.
Entre las identidades suplantadas, los acertijos macabros y la figura huidiza de Samantha Torres (si todavía podía llamársela así), se deslizaba una sombra imposible de atrapar. Marta sospechaba que la clave no estaba dentro, sino fuera. En la periferia. En lo que no se había ni fijado todavía.
Terminó el recorrido y regresó al ascensor. En la planta baja se dirigió a recepción, donde Dani la esperaba junto a una puerta lateral. Iba vestido con una sudadera, tenía los cascos puestos y en ese momento tecleaba algo en su móvil a una velocidad inhumana.
—¡Hey! —exclamó Dani al verla y se quitó un auricular.
Entraron juntos a una pequeña sala en penumbra: el centro de control de las cámaras.
—Esto es todo —dijo él, señalando los monitores.
Marta observó las pantallas en silencio. Las cámaras estaban operativas, pero no había grabaciones de las horas críticas. Un vacío calculado.
—¿Borradas?
—Totalmente. No queda ni un píxel muerto. El que lo hizo sabía lo que hacía. Literal.
—¿Puedes recuperarlas?
—Uff, no sé bro. Podría viajar en el tiempo si me das un condensador de fluzo.
Marta lo miró con una sonrisa.
—¡Venga, Dani!
—Vale, vale. Me pondré a ello. Pero alguien ha pasado un limpiador militar. Nivel NSA o algún friki con mucho tiempo lo ha borrado todo.
—Tal como esperábamos —murmuró Marta.
—Se puede decir que sí —añadió Dani con una mueca burlona.
Marta salió de nuevo al exterior, encogiéndose contra el viento y la lluvia. Rodeó el edificio hasta el pequeño aparcamiento al aire libre. Sobre la entrada había una cámara, pero ya sabía que tampoco disponían de esas imágenes.
Caminó. El agua se acumulaba en su nuca y le pegaba el flequillo a la frente. Siguió rodeando el perímetro del hotel como una policía obsesiva en una novela victoriana. Cada detalle era una promesa que se deshacía en humo. Subió la calle y la bajó varias veces.
Entonces miró hacia la avenida Pérez Galdós y lo vio: en el número 23, anclada en la fachada de un edificio residencial, una cámara fija orientada hacia la calle. Desde ahí podía haberse captado perfectamente la salida de cualquier coche del hotel.
Sacó su móvil, abrió la cámara y empezó a tomar fotos del lugar. Luego se giró sobre sus talones. Se acercó más. Le pareció que tenía un pequeño led rojo encendido.
—Bingo.
Era un disparo al corazón del misterio. Si esa cámara había estado funcionando, y no había ninguna razón para que no lo estuviera, podrían tener algo crucial: quién entró o salió del parking la noche de los crímenes.
O incluso la mañana después. O incluso los días o meses anteriores.
Aunque las cámaras del hotel habían sido manipuladas, una cámara externa de una vivienda privada era otra historia.
Sacó el móvil y llamó a Dani.
—En Pérez Galdós 23 hay una cámara que apunta hacia la entrada. Localiza quién la gestiona y consigue las imágenes —ordenó.
—Wow. ¿Esperas ver algo?
—Espero ver a Samantha Torres saliendo del hotel —dijo Marta—. Y quizá a quién iba con ella.
—Me pongo con ello ya.
Colgó y se quedó unos segundos observando el objetivo metálico resistiendo la lluvia. Tal vez ahí, en ese ojo frío e impasible, estaba el hilo que necesitaban para deshacer el nudo.
Marta se acercó, intentó abrir la puerta de la casa, pero estaba cerrada.
Era difícil saber el ángulo exacto desde fuera, pero si la cámara apuntaba levemente hacia la izquierda, captaría, aunque fuera parcialmente, el acceso al hotel.
Lo justo para ver coches entrando o saliendo. Y sobre todo quién salía.
Se ajustó la capucha, bajó la cabeza y se perdió en el vendaval.
El corazón se le aceleró.
Se guardó el móvil y permaneció un rato quieta, observando la cámara. Ese ojo de cristal había estado allí toda la noche, ajeno a los crímenes, a los gritos ahogados, a los asesinatos, mirando sin saber lo que veía.
Sacó un caramelo. Le quitó el papel y se lo metió en la boca. El sabor dulzón de la menta le recordó que aún estaba viva. Y que alguien más, quizás el asesino, también lo estaba. A lo mejor caminando ahora mismo por una calle parecida. En silencio. Como si nada hubiera ocurrido.
Estaba decidida a atraparle.
Se alejó con paso firme, dejando en el aire una estela de energía juvenil y certeza. El caso parecía avanzar.
Recibió un mensaje de Dani.
Lo miró y una sonrisa se dibujó en su cara.