14. Marina
Apoyó los codos sobre el lavabo y dejó que el agua corriera.
Miró el reflejo de sus ojos en el espejo, borroso por el vaho, y le parecieron los ojos de otra persona.
No se reconocía. ¿Tanto había cambiado? Ya no parecía Marina Velasco, la esposa.
Sino una nueva mujer, una que había sobrevivido al sufrimiento y conservaba las cicatrices más internas.
Entonces volvió a él. A Mario.
Todo comenzó con aquel encuentro casual en el gimnasio.
La conexión fue inmediata. Ese mismo día salieron juntos y todo se precipitó.
Más tarde ella lo contactó para un proyecto de colaboración entre tecnología y visibilidad mediática.
Un cruce de cables y selfies. Al principio, Mario le pareció casi adorable.
Un niño encerrado en el cuerpo perfecto de un dios griego, con voz pausada y esa torpeza que, mal interpretada, se confunde con humildad.
Pero a ella no la engañaban los hombres.
Estaba resabiada. Había aprendido demasiado pronto que tras las pausas se escondía, a menudo, un animal herido.
A veces, un malnacido.
Mario hablaba de máquinas capaces de acompañar a quienes ya no tenían a nadie. No lo decía con ternura, sino con una precisión casi funeraria. La soledad se había convertido en un defecto técnico que podía corregirse con sensores, voz sintética y obediencia programada.
No era exactamente filantropía. Era miedo.
Miedo a la soledad. Hablaba de algoritmos con la devoción de un sacerdote y del cuerpo humano con el desapego de un ingeniero.
Nunca la miraba del todo. Y sin embargo, sus mensajes eran constantes, dulces, al borde de lo grotesco.
Quería seducirla con una ecuación erótica.
—Si pudiera diseñarte un avatar, le pondría tus ojos —le dijo una noche, mientras ella, desde la bañera, le mostraba su cuerpo desnudo.
Fue entonces cuando se le ocurrió la idea: Mario tenía dinero, pero necesitaba respaldo, publicidad, proyección.
Ella tenía las redes, la visibilidad. El éxito.
Escaparía así de la gravedad de su padre.
Volaría con vuelo propio. Como un ave libre de las ataduras familiares.
Podían ser socios. O algo más. Jugó con esa posibilidad, no por deseo, sino por estrategia.
Él la invitó a pasar un fin de semana juntos en un apartamento en la costa gallega.
Ella le cocinó, le mimó y le prestó su atención como quien coloca una joya ante un cuervo.
Y funcionó.
Mario se enamoró como se lanzan los locos a un pozo: sin mirar al fondo.
Fue una relación compulsiva. Sexual. Sin filtros.
Pasión mezclada con la arena de playa. Marina intentó mantenerlo a raya con su sonrisa, con la promesa de un mañana que nunca llegaba.
Pero los hombres como él, caprichosos y acostumbrados a tener a todas las mujeres, no saben detenerse.
Su marido Félix comenzó a sospechar. Ella lo notó en la forma en que le cerraba la puerta del coche o en los silencios al cenar.
Le hacía preguntas que antes no hacía. Al principio hacían el amor de otra forma.
Sin tantas ganas. Casi como un deber. Luego dejaron de hacerlo y se instauró un muro frío entre ellos.
Había algo en su mirada que había cambiado.
Nunca la golpeó ni la insultó. No necesitó hacerlo.
Su poder estaba en el silencio. Y el silencio golpea más fuerte que un puño.
Una noche, mientras Mario dormía como un niño agotado, ella recibió el primer empujón del plan. Necesitaba librarse de uno de ellos. El más inocente de los dos. El que más le aburría. Su esposo.
No lo planificó de inmediato. Primero consultó con amigas.
Luego con abogadas. Hizo muy bien su papel, les contó que Félix tenía mal carácter, que ella tenía miedo, que alguna vez, la había amenazado, e incluso agarrado de las manos.
Que le había hecho daño. La historia fue ganando consistencia.
Ella provocaba a Félix para que discutieran.
Pronto la relación se deterioró y Félix fue perdiendo los nervios y contestando con mayor agresividad.
Marina sabía que Félix disponía de una fortuna.
Nunca era explícito, pero en alguna ocasión que se había relajado, le contó lo de los bitcoin.
Así que decidió algo mucho peor: fabricar la historia perfecta.
Un testimonio. Unos partes médicos. Unas cámaras que grabaran lo que no había sucedido.
Podía llorar. Gritar. Y metió a Mario en el montaje.
Un día que Félix había ido a hacer parapente a la playa de Noja, Marina lo invitó y le explicó el plan. Que si él la quería de verdad debería ayudarla a salir de esa prisión que era su marido.
—¿Pero por qué no le dejas y ya está? —dijo Mario.
—No lo entiendes —contestó Marina—. No tengo dinero. No tengo nada.
—¿Y tú padre?
—¡No quiero saber nada de él! Solo te pido esto —dijo ella, con la voz rota—. Si me quisieras, lo harías.
—No sé, Marina… Esto no está bien.
—Tú no sabes lo que es vivir con miedo. Yo sí. Y si no puedes entenderlo, es que no me conoces.
Entonces se lanzó.
—Dame solo un golpe. Uno. Lo grabamos. Y ya. Luego nos vamos juntos. Empieza nuestra vida de verdad. Él tardará en llegar, normalmente se tira todo el día y hoy hace buen viento.
Mario picó el anzuelo y la golpeó. Pero no lo hizo una vez. Para su sorpresa, algo se encendió en él. Un brillo extraño. Un impulso que ya no supo detener.
Le pegó un puñetazo que la tiró por el suelo.
—Esto hay que hacerlo bien —exclamó Mario excitado.
La agarró del pelo y luego por los brazos con tanta fuerza que dejó la marca de sus manos. Luego la golpeó en la cara y su nariz estalló en sangre.
—¡Hijo de puta! —gritó Marina—. ¡Te he dicho un solo golpe joder!
Luego Mario se abalanzó sobre ella y la apretó el cuello. A punto estuvo de estrangularla, pero justo cuando ya no podía más, retiró sus manos.
—Con esto tendrás pruebas de sobra para hundir a ese cabrón.
Le causó varios hematomas. Ella lo grabó todo de manera que no se le viera la cara, pero se escucharan los gritos, tiró el móvil al suelo, todo para fingir la agresión, pero también con la intención oculta de tener algo contra Mario.
Por si lo necesitara en un futuro.
El dolor la devolvió a la realidad de la habitación. Abrió los ojos. Miró a su alrededor, los médicos y las enfermeras se habían ido.
Estaba sola. Y en ese momento no supo quién era.