El búnker (La Herencia 2) 13. Visita al hospital
19%

13. Visita al hospital

El hospital Valdecilla olía a desinfectante pues acababan de fregar el suelo de la planta.

Era un olor intenso a lejía que parecía encarnar el rechazo a la enfermedad.

A Gómez no le gustaban los hospitales. Eran lugares donde la vida y la muerte compartían pasillos sin mirarse, donde todo parecía suspendido en una especie de letargo flotante.

Caminó por el ala izquierda del Hospital Valdecilla, casi sin hacer ningún ruido.

Podía tratarse de un visitante más. Nada le identificaba como un policía.

Había despertado.

Saludó al compañero que hacía guardia en la entrada.

—¿Cómo está? —preguntó Gómez.

—Bien, tranquila —contestó el policía—. Quiere irse a su casa y el padre ya está al corriente.

—¿Ha venido?

—Sí, está con ella.

Gómez llamó a la puerta y entró. Esta vez no lo acompañaba Marta y sin saber precisar por qué, la echó de menos. Cuatro ojos ven más que dos y, aunque aún no se había acostumbrado a trabajar con ella, le estaba resultando agradable compartir el caso.

La encontró sentada, la cabeza ladeada, mirando por la ventana con una expresión vacía y el padre, Tomás, sentado a su lado con cara de fatiga.

Era de noche y lo único que se podía ver en el cristal era el propio reflejo de la habitación lo que provocaba cierta claustrofobia.

Tenía los labios secos y los ojos rodeados de un leve halo amoratado.

Aun así, seguía siendo bonita. Pero de un modo perturbador.

Como una estatua resquebrajada a punto de hablar.

—¿Marina? —dijo Gómez con voz suave.

Marina giró la cabeza lentamente. Lo miró sin parpadear. Extrañada de verlo.

—¿Quién es usted?

—Soy el inspector Gómez de la Policía Nacional. Soy la persona responsable de investigar este caso. Me alegro mucho de verla despierta. ¿Cómo se encuentra?

—¿Yo? —respondió ella, sin tono. Luego sonrió, pero era una sonrisa sin ternura—. ¿Han encontrado a la mujer que intentó matarme?

Gómez se acercó a una silla y se sentó. Dejó la chaqueta en el respaldo y sacó una pequeña libreta.

—¿Va usted a interrogarla? —protestó Tomás poniéndose en pie.

—Me gustaría hacerle unas preguntas, pero por supuesto, no tiene obligación —contestó tranquilo Gómez.

—No me parece oportuno —dijo Tomás—. Le voy a pedir que se marche.

Gómez suspiró y se puso en pie dispuesto a marcharse.

—Papá —dijo Marina—. Déjalo. Quiero hablar con él.

Tomás se quedó pensativo un rato sin saber qué decisión tomar.

—No se puede interrogar a alguien sin su abogado —dijo cortante.

—Tiene usted toda la razón —dijo Gómez—. No obstante, nos ayudaría mucho a resolver este caso si pudiera hablar con ella. Hay cuatro familias que han perdido a alguien.

Ese argumento dejó sin réplica a Tomás.

—Papá, déjanos solos —ordenó Marina.

El hombre cogió su chaqueta y abandonó la habitación, no sin antes mirar despectivamente al inspector, el cual se quedó en mitad de la habitación con su cuaderno en la mano.

—Siéntese —dijo Marina.

Marina suspiró. En realidad, no tenía ganas de hablar. Le dolía la cabeza y los analgésicos ya no le hacían nada. Todo el cuerpo le suponía un suplicio. No había querido mirarse la zona vendada del abdomen por miedo, pero en el fondo de su alma, sentía la necesidad de desahogarse.

—Al principio fue hasta divertido —dijo Marina rememorando—, durante la cena estábamos de buen humor y pensábamos que habíamos tenido suerte, pero pronto supe que aquello no iba a resultar tan fácil. Todo se vino abajo cuando mataron a Ethan.

—¿Esa fue la primera muerte? —preguntó Gómez.

—Sí. Lo encontramos en la bañera. Ahogado. Eso nos dejó a todos en shock. Yo no lo podía creer, a pesar de lo que ponía en el contrato, sinceramente no creí que nadie fuera capaz de cometer un asesinato.

Gómez la escuchaba en silencio. Marina se explayó. Era una mujer que estaba acostumbrada a comunicarse, extrovertida. Singular. Tenía un halo de misterio. Gómez no supo qué pensar de ella.

—¿Se le ocurre alguna razón por la que la pudieron invitar?

Marina pensó.

—No sé. Tal vez porque soy famosa.

—Empecemos por el principio —dijo Gómez—. ¿Cuándo recibió la carta?

—Pues no me acuerdo, pero no fue una carta, fue un correo electrónico.

—¿No le mandaron una carta escrita?

Marina sonrió.

—¡No! Nadie manda ya correo en papel.

—¿Y qué hizo? ¿No trató de ponerse en contacto con el despacho de abogados?

—Sí, lo hice, pero no me aclararon nada. Que tenía que ir, insistieron mucho con lo del dinero. Yo estaba segura de que era un reality o algo así, porque se les veía muy insistentes en que fuera. Les pregunté de todo, pero no me dijeron nada.

Marina le fue contando toda la secuencia de acontecimientos y Gómez iba lentamente anotando sus palabras.

—¿Le importa?

Gómez sacó una grabadora.

—¿Esto se supone que es una declaración oficial? —replicó Marina a la defensiva.

—Es una declaración sin más, de hecho, no tiene por qué contestar a nada.

—Mire, no tengo nada que ocultar. Soy la primera interesada en que se atrape a la psicópata que organizó esto. Grabe lo que quiera.

Gómez comenzó a grabar. No quiso comentar nada sobre lo que habían averiguado acerca de Samantha Torres.

—Al final quedamos dos. Todo fue muy confuso, desde el primer momento nadie se pudo imaginar que algo así iba a suceder —explicó Marina —. ¿Perdone?

Le hizo un gesto al inspector para que le pasara el vaso de agua. Bebió. Y en su rostro asomó una mueca de dolor.

—Me duele la cabeza —dijo con resignación—. Esa mujer me golpeó muy fuerte…

Luego hizo una pausa y bebió más agua.

—¿Se encuentra bien? —dijo Gómez—. ¿Quiere que llame al doctor?

Marina estaba sudando.

—No, no es necesario. Supongo que es toda esta medicación que me están dando, el golpe en la cabeza, el disparo… ¿Sabe lo que se siente cuando le disparan a uno?

Gómez negó con la cabeza.

—Es como si te clavaran una estaca.

Bebió un poco más de agua.

—Como le decía, no llevábamos mucho tiempo cuando descubrimos que habían asesinado a Ethan.

—¿Y sabe quién lo hizo?

—No. ¿Cómo saberlo? —dijo Marina—. Estábamos todos confundidos por la situación y de pronto, nos encontramos que uno de los herederos había sido asesinado, y recibimos dos millones de euros más con los relojes.

Lo encontramos en la bañera, boca abajo.

Creo que alguien lo dejó inconsciente con la pistola Taser y luego lo ahogó. No hizo ruido. Pudo ser cualquiera.

Marina estaba agotada. Le costaba terminar las frases.

Gómez se abstuvo de hacer muchas preguntas y dejó que ella hablara.

—Nos habíamos reunido en mi habitación, pero recuerdo que había dos personas que no estaban —dijo incorporándose un poco en la cama—.

Una era Felisa, que resultó ser novia de Ethan y el otro un tal Luis, que era abogado.

Todos pensamos que podría haber sido Felisa su novia, pero parecía tan frágil, era una chica… estaba desquiciada.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Gómez.

—No pensaba con claridad —explicó Marina con gesto de dolor—. Decía cosas incoherentes.

Gómez fue apuntando.

—Entonces las cosas cambiaron —continuó—. Nos entró una paranoia a todos. Algo horroroso. Había también un marino, muy agresivo. Daba miedo y también Mario, un chico que tenía una empresa de robots.

Marina se quedó en silencio muy pensativa.

—¿Conocía a alguno de ellos? —preguntó Gómez.

—No.

Al decir eso, tragó saliva con dificultad. Se tapó la cara y empezó a llorar.

—¿Se encuentra bien? —dijo Gómez.

—Perdone —dijo con lágrimas en los ojos—. Le he mentido. Sí que conocía a uno de ellos.

—¿A quién?

—A Mario.

Gómez se mantuvo relajado tratando de fingir que aquella revelación no le había afectado lo más mínimo. Con pulcritud tomó unas notas en el cuaderno. Su corazón se aceleró.

—¿Le importa contarme de qué le conocía? —dijo con tono suave casi sin mirarla.

La mujer exhaló un largo suspiro. Su vista se fijó en un punto perdido del techo de la habitación. Su mente se trasladó en el tiempo.

—Mario y yo éramos amantes —dijo con una expresión aparente de tristeza en su rostro.

El inspector se quedó atónito ante esa revelación. No lo esperaba. No había tenido tiempo de realizar los perfiles de cada uno de los personajes que estaban en el hotel y eso le hizo sentirse incómodo.

—¿No le sorprendió encontrarlo allí? —preguntó—. ¿No hablaron antes?

—En ese momento no.

Marina hizo un gesto de dolor. Se llevó la mano al abdomen.

—¿Necesita algo? —preguntó el inspector.

—Me han dado tramadol hace un rato, pero ya empieza a doler de nuevo. ¿Puede avisar al médico?

Al cabo de un minuto apareció un equipo. Un médico y una enfermera se hicieron cargo de Marina.

Marina jadeó al incorporarse y apretó el puño sobre el costado.

—Me está taladrando el vientre. Como si tuviera un insecto clavado por dentro y me estuviera comiendo las entrañas.

El médico examinó la vía y revisó la tensión.

—Prepara metamizol 2 gramos en perfusión lenta. Y ondansetrón, por si vomita.

—¿Me vais a dormir otra vez?

—No. Tranquila. Solo vamos a quitarte ese dolor, pero debes guardar reposo absoluto y nada de entrevistas —dijo el doctor mirando a Gómez.

El inspector se levantó y lentamente salió de la habitación con más preguntas que respuestas.

Marina quedó tendida en la cama, esperando que el analgésico hiciera su efecto. Miró al techo. Luego a la ventana. Se vio a sí misma, en otro lugar, frente a un espejo.

Un espejo roto y agrietado.

Había algo en su memoria, una escena de la adolescencia, una mujer perdida en un bosque espeso sin saber cómo había llegado allí.

Ya no recordaba el camino de vuelta. Observó las sábanas blancas. Las olió. No tenían el mismo perfume que las suyas. Las que tenía en su casa mientras vivía con Félix.

Recordó un día en donde estuvo con él en la cama, sudados, envueltos en sábanas blancas. Él la observaba en silencio con admiración, memorizando el mapa invisible de su cuerpo. La acariciaba. Se sentía dichoso de estar con ella. La amaba sin límites.

Ella se acurrucó en los brazos de él y se dibujó una sonrisa en su rostro. El lenguaje del amor. De cuando has intercambiado toda tu energía sexual con otro ser y te has sentido satisfecho. La plenitud. Una ilusión transitoria de que no estamos solos en el vasto universo.

—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? —dijo Félix.

—Sí. ¡Mira que te costó lanzarte! —exclamó Marina.

—¿A mí? ¡Si eras tú la tímida!

—Eres muy raro, Félix.

Félix rio. Aún se acordaba de aquel día.

—Tú me hiciste raro.

El pitido de una alarma dentro del hospital la transportó de nuevo a su efímera y lastimosa realidad. Ese día el dolor en el abdomen se había agudizado. Sintió miedo. No. Pánico a que la herida se complicara y de pronto entrara en un proceso irreversible que la empujara sin remedio hasta la muerte.

Extrañó a Mario.

Aquel momento en el gimnasio cuando lo vio por primera vez. Tan guapo. Tan irresistible. Se encaprichó de él en el mismo instante en que lo vio.

La hizo sentirse insegura.

Volvió a la habitación del hospital. Sintió que la fiebre la empezaba a poseer. Todo el equipo médico estaba pendiente de ella. Escuchó un pitido. Una respiración agitada.

El coche se tambaleaba. Dentro, el sudor de ambos y sus respiraciones empañaron los cristales. No se sabe cómo, pero lograron acoplarse en el asiento trasero y hacer el amor como dos animales. Excitados. Descontrolados. Sedientos de placer. No fue la única vez. Después siguieron en más sitios.

En su casa, los orgasmos se repitieron. Mario sabía cómo volverla loca. Era agresivo, a veces demasiado. Alguna vez traspasó los límites. Ella nunca había probado algo así, pero le gustó. Repitió. Empezó a ser una obsesión.

Él la hacía sentir como una diosa.

Volvió el dolor. Insoportable y cruel. Sintió pánico de no poder controlarlo. De que se instalara allí para siempre.

Y comprendió que todo lo que había amado alguna vez la había herido más que aquel insecto que ahora la devoraba por dentro.

La fiebre siguió subiendo. El monitor pitó una vez más y el mundo se disolvió en un zumbido blanco. Médicos y enfermeras acudieron a ayudarla.

Las luces del hospital se transformaron en focos de gimnasio, el olor a desinfectante en perfume caro y sudor.

Marina ya no estaba allí.

Estaba volviendo al principio.

Al día en que verdaderamente se transformó en Alicia Parker.