El búnker (La Herencia 2) 12. La trampa
18%

12. La trampa

Habían recibido el soplo y se dirigían al escondite a toda velocidad. Samantha conducía una de las unidades de incógnito. Era imprescindible no llamar la atención o Said Brahimi se volvería a escapar. Si lograban atraparlo se cerraría uno de los mayores grifos de entrada de hachís en Europa.

Era una operación conjunta: Policía Nacional, Guardia Civil, Vigilancia Aduanera y apoyo aéreo. Demasiadas siglas para una noche que, en teoría, debía terminar en silencio.

Viajaron a Málaga y allí se subieron a una de las lanchas de la comandancia de la Guardia Civil. Se alejaron cuarenta millas de la costa. A cierta distancia sobrevolaba un helicóptero. Más lejos aún, un avión del ejército del aire les ofrecía cobertura logística.

Pocas veces se realizaban operaciones tan amplias. Samantha estaba orgullosa pues ella había seguido la pista de Said desde los tugurios de Casablanca y luego Tetuán hasta el momento presente.

—Tirarán la droga al mar igualmente —dijo Samantha.

—¡No tendrán tiempo! —replicó el subinspector.

Estaba impaciente por apresar al marroquí.

Samantha se asomó por la borda y una ola le salpicó el rostro. Iban ganando velocidad mientras el sol se ocultaba. Sabía que la noche era el refugio perfecto de los narcos, y una vez que cae el telón negro, la búsqueda se complica.

En el radar se vio un punto. El equipo de operaciones especiales ya estaba listo para el abordaje. El subinspector se comunicó con el helicóptero y el piloto puso la embarcación al máximo de velocidad. Todos sintieron la aceleración mientras la adrenalina crecía en el interior de sus cuerpos.

Samantha sacó su arma.

Las dos embarcaciones se fueron encontrando. El piloto se situó amurado a babor de la otra lancha y chocó con ella. Uno de los GEO lanzó una bengala de luz roja. Otros lanzaron garfios que engancharon a la otra embarcación apresándola como si fuera una trampa con brazos de hierro.

—¡Paren motores! —gritó por el megáfono el subinspector.

Los tres tripulantes fueron levantando las manos en señal de rendición, mientras que el que estaba al mando de los controles, tras ser obligado a fuerza de gritos, desconectó el motor.

Se hizo el silencio.

Varios GEO saltaron e inmovilizaron a los narcotraficantes. Otros inspeccionaron la embarcación.

Bajo un contenedor de plástico encontraron los fardos. Estaban envueltos con una pulcritud casi ofensiva: cinta negra, plástico termosellado, marcas de distribución. A simple vista podían sumar unos trescientos kilos de hachís.

Uno de los agentes rajó el primero. Salió un polvo blanco. Luego abrió otro. Lo frotó entre los dedos. Así varios.

—Esto no es droga —dijo.

Samantha tardó unos segundos en comprender la dimensión de la burla. Saltó a la embarcación para comprobarlo ella misma. Abrió varios fardos.

Nada.

Observó el rostro de uno de ellos. Estaba tumbado boca abajo con las manos sobre la cubierta y un GEO sujetándolo. Le dio la vuelta. Lo miró y se quedó helada. No era Said. En su lugar había un chico muy joven. Sus colegas la miraron interrogándola con la mirada.

Comprobaron ahora todo el alijo. No había droga.

Se trataba de un señuelo. Por su mente empezaron a barajarse fechas, datos, nombres, ciudades.

¿Dónde había cometido el error esta vez?

Lo había chequeado todo mil veces y el topo era de fiar.

Todo empezó a girar en su cabeza buscando el punto exacto donde alguien había introducido la mentira.

Miró al chico marroquí. Por mucho que le interrogaran jamás soltaría una sola palabra. Allí se acababan todas las pistas que la conducían a Said.

Samantha comprendió demasiado tarde que el señuelo no era la droga.

El señuelo era ella.

Su compañero le puso la mano en el hombro.

—Estas cosas pasan —dijo con voz grave mientras las pequeñas olas hacían balancearse la embarcación.

Tuvo que hacer un esfuerzo por no romperse. Su dignidad se lo impedía. El joven marroquí la miró y sonrió como si supiera todo lo que la esperaba a partir de ahora. No estaba preparada para esa mirada. Se rompió un poco más por dentro.

De la nada apareció otra embarcación. Se aproximó a toda potencia. El rugido de los motores cada vez más cerca. Uno de los GEO utilizó un foco para localizarles. Alguien abrió fuego. La lancha se acercó mucho.

Viró a tan solo unos metros.

Otra ráfaga de disparos. Los GEO devolvieron fuego a la oscuridad. Se oyó un grito.

Samantha disparó desde su posición tirada en la lancha.

En la confusión, uno de los detenidos cayó de lado.

El agente que lo custodiaba se giró un instante hacia la ráfaga.

Ella se incorporó para cubrirlo. No vio la mano del chico deslizarse hacia el forro interior de la cazadora.

No vio la hoja. Solo notó el golpe limpio, casi íntimo, bajo la mandíbula.

Los GEO intervinieron de inmediato lanzándose a por el chico. Le golpearon en la cara, le quitaron el cuchillo, lo inmovilizaron contra la cubierta.

—¡Evacuación médica ya! —gritó el GEO—. Que avisen al puerto.

Otro GEO se arrodilló junto a Samantha, abrió el botiquín táctico y presionó la herida con gasas. La sangre salía ya a borbotones.

En el barco nodriza esperaba un enfermero. La subieron a bordo y partieron hacia el puerto a la máxima velocidad que permitían los motores. El tajo era muy profundo y estaba perdiendo mucha sangre.

Cuando llegaron al puerto las gasas estaban empapadas. No era posible parar la hemorragia y la vida de Samantha se fue apagando.

En la ambulancia intentaron reanimarla. Ya en las puertas del Hospital murió antes de que terminaran de bajar la camilla.

En el informe escribirían hora, lugar y causa probable. Nadie escribiría que, unos minutos antes, Samantha había comprendido que llevaba meses persiguiendo una sombra fabricada para ella.