El búnker (La Herencia 2) 11. Tras Samantha Torres
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11. Tras Samantha Torres

Gómez maniobró el coche en la calle angosta, entre farolas que proyectaban una luz anaranjada sobre la acera.

El barrio de Usera se extendía a su alrededor con sus tiendas de chinos, farmacias, y letreros, algunos en mandarín otros clásicos de toda la vida, los escaparates saturados de productos desconocidos y el murmullo incesante de conversaciones en idiomas que no entendía.

El aroma a fritura flotaba en el aire, mezclado con el humo de los tubos de escape.

Aparcó frente a un bloque de pisos deslucido, de esos que parecen construidos sin cariño, con fachadas descascaradas y balcones abarrotados de ropa tendida.

El portal, de un amarillo sucio, tenía un interfono cubierto de etiquetas con teléfonos de cerrajeros y nombres escritos con rotulador.

En las ventanas, persianas a medio bajar parecían espiar la escena con recelo.

Alféizares saturados de plantas trataban de crear un ambiente alejado del hormigón y la mediocridad.

No muy lejos de allí, había una iglesia escondida entre el asfalto que apenas llamaba la atención rodeada de algo que podría tratar de ser un parque.

Allí un arquitecto como Norman Foster hubiera sufrido un síncope del horror.

Dentro del coche, Marta se removió, cruzando los brazos con evidente incomodidad.

—¿Te pasa algo? —preguntó Gómez, sin mirarla.

—No, nada —murmuró ella, observando con aprensión a un grupo de hombres que hablaban en chino, apoyados en la pared de una tienda de ultramarinos—. Tengo el periodo y me siento hecha un asco.

Gómez sonrió, con ese gesto de ironía cansada que le era tan natural.

—¿Quieres que vayamos a la farmacia?

—No, ya se me pasará. Gracias.

Apagó el motor y bajaron del coche. Marta tardó un segundo en seguirlo.

Subieron los escalones de terrazo del edificio, algunos con manchas que el tiempo había ido depositando, como si protestaran por la falta de mantenimiento.

La verdadera Samantha Torres había vivido allí.

Y ahora, en algún rincón de ese piso frío y olvidado, era posible que hubiera una pista que les condujera a algo.

—A ver qué sacamos de esto —murmuró Gómez.

—La verdad estoy impaciente por hablar con sus padres —respondió Marta, sacando su placa mientras subía las escaleras de dos en dos y comprobando que llevaba la pistola en el cinto.

La mujer que abrió la puerta tenía el rostro hinchado y pálido. Tenía un considerable sobrepeso y los ojos muy apagados por la melancolía. Marta observó sus manos temblorosas.

—¿Señora Torres? Soy el inspector Gómez. Ella es Marta Llaneza. Somos de la policía. Gracias por recibirnos.

Ambos le enseñaron sus placas de identificación. La mujer trató de esbozar una sonrisa, pero se notaba que estaba muy incómoda.

—¿Por qué han venido? —dijo cortante.

Gómez carraspeó. Pensó que no iban a sacar nada en claro y que había sido un error venir a molestar a los padres. Sin embargo, una chispa de intuición le hizo recobrar la fe.

—Siento mucho la pérdida de su hija. Sé que no es fácil remover todo lo que ha pasado…

Antes de que pudiera continuar, una voz grave retumbó desde el interior de una habitación.

—¡Diles que se larguen! ¡Cojones!

Un hombre apareció tras ella. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos apretadas en puños. Llevaba el pelo desaliñado y vestía con ropa muy pasada de moda.

—¿Qué quieren ahora? ¡Ya han hecho bastante! Si dedicaran más dinero a la seguridad, nunca le habría pasado eso a mi hija.

Tanto Marta como Gómez permanecieron quietos.

—Tiene toda la razón —dijo Marta.

El hombre soltó una carcajada amarga.

—¿Razón? ¿Qué me importa tener la razón ahora? Nunca volveré a abrazar a mi hijita, Sami, la niña más dulce que han visto mis ojos —tosió y miró a su esposa con furia—. Diles lo que pasó. Diles lo que hicieron.

—Mi hija… —susurró la mujer—. Sami, nosotros la llamamos Sami… ¿Por qué habéis venido? ¿Es por lo del hotel no?

Gómez la observó con compasión. Marta asintió.

—Alguien, no sabemos por qué, ha usurpado la identidad de Samantha —dijo Marta.

—¡Me cago en la puta! —gritó el hombre —. ¡Ahora encima esto! ¿Es que no nos van a dejar en paz?

Gómez suspiró. Miró fijamente al suelo y trató de relajar los hombros. Sentía empatía absoluta por todo lo que había tenido que pasarse le aflojaron los hombros. No le costaba imaginar lo que se podría sufrir por una situación así.

—Hemos pensado que si les contamos lo que ha pasado, tal vez puedan ayudarnos —dijo Gómez hablando con suavidad—. Han muerto cuatro personas y hay una mujer desaparecida. Esa mujer utilizó la identidad de su hija…

—Pensamos que a lo mejor la conocía —añadió Marta.

—¿Por qué? —preguntó la mujer un tanto perdida en las explicaciones—. ¿Por qué alguien iba a querer pasar por nuestra hija?

—Tal vez para engañar a los demás —explicó Gómez sin esperar que entendieran nada—. O tal vez por usar una identidad falsa para poder escapar fácilmente de la policía. Muchos delincuentes lo hacen.

La mujer se puso a llorar.

—El año pasado murió —respondió la mujer completamente ida. Su voz era dura, sin matices de emoción—. Mi hijita, ya no está. Nunca más la volveré a ver. ¿Es que no vamos a poder descansar en paz de todo esto?

Entonces rompió en lágrimas. Con un llanto lleno de dolor y desesperación.

Marta palideció y sintió deseos de abrazar a la mujer, pero no se atrevió. Miró a Gómez y este le devolvió la mirada.

—Discúlpenos, tal vez no debíamos haber venido —se excusó Gómez.

El hombre cruzó los brazos, con la mandíbula tensa.

Dio un puñetazo en la pared y se quedó mirando un punto fijo, respirando con fuerza.

Sus ojos, todavía encendidos de rabia, se desviaron hacia una repisa junto a la puerta.

Allí, una fotografía enmarcada mostraba a Samantha con apenas veinte años, vestida con un uniforme de gala y sonriendo como si el mundo estuviera entero por delante.

Se le aflojaron los hombros. Tragó saliva y pasó un dedo por el marco, necesitaba tocar algo real para no desmoronarse.

—¡No…! —su voz se quebró—. Nuestro enfado no va con vosotros. Sois compañeros, y de haber estado allí, estoy seguro de que hubierais hecho todo lo humanamente posible.

—¿Cómo podemos ayudar? —dijo la mujer entre sollozos.

Gómez y Marta se miraron. El inspector sacó una tarjeta y se la ofreció.

—Aquí le dejo mi teléfono particular. Puede llamarme a cualquier hora, de día o de noche. No importa. Si se acuerda de alguna persona cercana a Samantha, algún compañero, alguien que pasara tiempo con ella, llámeme y me lo dice.

—Seguramente sea un policía —añadió Marta algo temerosa de la reacción de Gómez.

Gómez y Marta abandonaron la casa rápidamente. De pronto, Gómez recuperó la fuerza física y bajó las escaleras con rapidez y fuerza. Estaba enojado.

—¿De verdad crees que es buena idea soltar eso delante de unos padres que llevan un año enterrando a su hija? —su voz sonó grave, controlada, pero con un filo que cortaba el aire.

—Creo que es buena idea decir lo que haga falta para que hablen —replicó ella, sin apartar la mirada.

Él apretó la mandíbula. Quiso contestarle algo más duro, pero sabía que aquello solo abriría una grieta en un momento en que necesitaban estar alineados. Bajó la vista y echó a andar hacia las escaleras.

Seguía pensando que hacer referencia a un policía como responsable de haber estado en contacto con Samantha y poder tener alguna relación con el caso había sido un error.

—Algún día ese “lo que haga falta” nos va a explotar en la cara —murmuró.

Marta le siguió, sin dar su brazo a torcer.

—O algún día, gracias a eso, atraparemos a alguien que tú no habrías encontrado.

—Vale —dijo Gómez—. Tengo el listado de todos los compañeros de Samantha. Tenemos una lista de 20 nombres. ¿Qué vamos a hacer? ¿Interrogarlos de uno en uno?

Ya en la calle ambos cogieron sus móviles y llamaron al centro de operaciones. Laura se encargó de facilitarles toda la información en cuestión de minutos.

—¿Quieres conducir? —le propuso a Marta.

—Vale. ¿Dónde vamos?

—Al Complejo de Canillas, es la sede de la Comisaría General de la Policía Judicial.

Marta arrancó el Toyota Land Cruiser Prado de color gris metalizado y pusieron rumbo a la comisaría de Hortaleza. Allí Laura les había concertado una reunión con un comisario.

Mientras el motor rugía en silencio bajo sus pies y atravesaban el infierno de tráfico de Madrid, saturado de atascos, Gómez pensaba en el absurdo de investigar un crimen cometido por un muerto.

O por alguien que se oculta tras un cadáver ajeno.

Tenía que reconocer que en toda su larga experiencia como inspector, nunca se había encontrado con esa particular combinación.

Cuando llegaron ya les estaban esperando. Se reunieron en una sala con un par de agentes de policía, entre los que se encontraba el de mayor rango, el comisario Valverde.

—Fue un caso muy complicado —dijo Valverde una vez ya sentados.

Les habían ofrecido unos cafés y alguien abrió una caja de pastas y la puso sobre la mesa. Valverde llevaba consigo una carpeta con un expediente enorme.

—Una operación antidroga del máximo nivel. Samantha estuvo trabajando los últimos años en la Udyco, en la Brigada Central de Estupefacientes. Una mujer excepcional desde luego, pero la mala suerte…

Valverde suspiró, esforzándose por mantener la calma.

—La conocí personalmente —dijo, con una mezcla de tristeza y rabia—.

Cuando pasan estas cosas, a uno le dan ganas de tomarse la justicia por su mano.

¡Nos tienen abandonados! Seguimos con lanchas de hace veinte años y sin apenas apoyo aéreo.

Los narcos… —chasqueó la lengua— hasta usan drones para vigilarnos.

Lo de Samantha no fue mala suerte, fue la consecuencia de esta política absurda.

Gómez asintió, sintiendo la misma frustración.

—Cuesta creer lo inútiles que pueden llegar a ser.

Valverde dio un par de pasos, agitado.

—Hay detenidos  que salen en cuarenta y ocho horas. —Se detuvo, clavando la mirada en Gómez—. Pero no habéis venido por esto.

—Exacto. Queremos saber qué pasó con Samantha.

—Samantha estuvo trabajando durante meses —dijo Valverde mirando por la ventana de aquel salón de reuniones—. Hasta que un día, alguien la llamó. Fue…

Se quedó pensativo unos segundos como si aún no hubiera asimilado la noticia de la muerte de Samantha, como si todo aquel caso escondiera una imperdonable injusticia.

—Fue un simple chivatazo.

—¿Un chivatazo? —preguntó sorprendida Marta.

Marta dio un sorbo largo de café. Su ingenio se agudizó.

Ahora lo veía un poco más claro. ¿Tal vez podría tratarse de un compañero?

Le parecía lógico, pero al mismo tiempo demasiado fácil.

¿Y si el usurpador de su identidad era un narco?

Eso no lo habían pensado. Guardó silencio.

Se terminó el café y escuchó a Valverde.

—Sí, un simple chivatazo —dijo como perdido en los recuerdos —. Nadie en la comisaría supo nunca de dónde vino esa llamada.