El búnker (La Herencia 2) 10. Hotel Real
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10. Hotel Real

Las habitaciones del hotel Real estaban sumidas en un silencio casi sepulcral, como si la muerte aún vagara por los pasillos, observando desde cada objeto o cuadro que colgaba torcido en las paredes.

Todo lo que quedaba allí eran huellas de un juego macabro que alguien había diseñado con una precisión obsesiva.

Gómez pasó la vista por la habitación de Alicia Parker.

Cada rincón tenía una pieza de un rompecabezas sin lógica aparente.

La soga, aún colgada del gancho. Las cápsulas vacías de cianuro en el suelo, la cama desordenada, las esposas que le habían quitado al cadáver de Mario.

Marta, a su lado, sostenía un cuaderno donde anotaba cada hallazgo con una frialdad meticulosa e iba tomando fotos con el móvil. Un poco más lejos estaba Laura.

—No entiendo por qué alguien se tomaría tantas molestias en organizar todo esto —murmuró Laura, hojeando los papeles sobre la mesa.

Gómez gruñó por lo bajo.

—¿Porque no quería involucrarse?

—No te sigo.

Gómez reflexionó.

—Todo esto es como un escenario perfecto. Algo diseñado para que el mal que cada uno tiene salga fuera. ¿Sabes algo de la compañía esa? ¿Maerus?

—Sí, ya la tenemos —suspiró Laura agobiada—. Es una empresa extranjera con sede en Gibraltar.

—¿Y?

—Aún no he contactado, pero todo apunta a una empresa pantalla.

Gómez sabía lo que significaba eso.

Sobre la colcha arrugada de la cama, alguien había dejado uno de los sobres que encontraron en cada habitación. Gómez lo examinó con la punta de un bolígrafo, girándolo con cautela, observándolo como si se tratara de un pequeño insecto con vida.

—¿Son todos iguales?

—No —dijo Marta—, cada uno contiene un acertijo relacionado con la persona, el que lo diseñó los conocía perfectamente.

—Ya. ¿Y qué pasa si de pronto alguien no hubiera podido venir?

—Debían de tener todo muy calculado —dijo Marta—. De ahí los incentivos económicos. Parece como una ingeniería social.

Cada habitación pertenecía a un heredero, y cada uno había recibido un sobre.

—Tendremos que averiguar si esto es cosa de la empresa también —dijo Gómez mirando a Laura.

Marta señaló la caja fuerte que se encontraba dentro del armario junto a la puerta.

—Las armas estaban en las cajas fuertes. En cada habitación, un heredero, un acertijo. Lo curioso es que todos lo adivinaron. ¿No es un dato a tener en cuenta?

—Sí —respondió Gómez—. Nada parece haber sido colocado al azar.

Marta sacó una lista y empezó a leer en voz baja:

—Un cuchillo de caza, una pistola con balas, un bote con cápsulas de cianuro, una soga, unas esposas, una pistola Taser y un picador de hielo.

Gómez se frotó la barbilla.

—Armas personales. Elegidas para ellos. Esto no es solo una masacre, es como un castigo.

Marta levantó la vista, inquieta.

—¿Un castigo?

—Mira las víctimas. Cada una con su propia muerte. Como si alguien las hubiera condenado a algo que solo el que organizó esto entendía.

Salieron de la habitación de Alicia y se dirigieron a otra.

—Esta es la habitación de Samantha Torres —señaló Gómez—. De momento, ella es la principal sospechosa.

—¿No deberíamos…? —susurró Marta.

—Sí.

En el pasillo, los cuadros seguían colgados en las paredes, a excepción de uno que se encontraba estampado en el suelo.

Eran como testigos mudos de la tragedia.

Ethan Davis había pintado una de esas escenas, pero ¿por qué estaban aquí?

¿Era una coincidencia? ¿O el propio Ethan había sido parte del plan antes de acabar muerto en la habitación 407 ahogado?

¿Y qué hacía un cuadro suyo en el Instagram de Alicia Parker?

Uno de los cuadros, el que habían reconstruido del suelo, mostraba a una mujer asiática muy similar a Felisa Beltrán, por no decir idéntica, con un fondo de caballos. La misma mujer que habían encontrado con una supuesta sobredosis. Un cuadro del mismo estilo que había fotografiado Alicia Parker.

—Esto no me cuadra… —murmuró Gómez.

—¿Qué pasa? —preguntó Laura.

Gómez señaló la firma del cuadro.

—Ethan pintó esto hace seis meses. ¿Cómo es posible que su propia obra terminara en el hotel? Alguien debió de entrar en contacto con él. ¿Tal vez Maerus?

Laura le miró con atención, mientras ojeaba los datos de la empresa, el problema es que aún no tenía nada sólido. A veces había pistas que eran la llave para resolver el enigma, pero ahora estaban ciegos, incapaces de entender por dónde iba la historia.

—Maerus existe —dijo Laura—, pero no como debería existir una empresa normal. No tiene apenas trazabilidad pública, no declara actividad visible y su administrador aparece vinculado a otras tres sociedades cerradas en Luxemburgo y Malta.

—¿Crees que sabían lo que iba a pasar? —preguntó Gómez.

—No sé. Tal vez los contrataron mediante una cláusula de confidencialidad. Esas empresas no hacen preguntas incómodas y son discretos —explicó Laura—. Ya has visto al de Stratis.

—¿Para quién trabajan? —preguntó Gómez.

—Suelen trabajar para gobiernos, oligarcas rusos, millonarios, gente famosa y con mucho dinero.

—¿Y todo eso es legal?

—Sí.

El sonido del ascensor rompió el aire enrarecido. Gómez observó cómo las puertas se abrían. Era Rogelio que acababa de llegar del Instituto de Medicina Legal. Gómez se masajeó el cuello, lo tenía contracturado.

Rogelio se acercó con su maletín. No perdió tiempo saludando.

—No quiero joderte el día, Gómez, pero acabo de hacer la lista de todo lo que llevaban encima las víctimas.

—Dame algo útil.

Se agachó y sacó unos papeles del maletín.

—Rafael Carrasco tenía un frasco con cápsulas de cianuro en el bolsillo. Tenemos confirmado que Felisa sufrió una sobredosis de cocaína adulterada, llevaba algo encima. Y el tal Ethan…

—¿Qué pasa con él?

—Encontramos en la cartera una nota con una frase escrita a mano.

—¿Qué decía?

Hubo un silencio.

—Es una nota de suicidio.

Gómez entrecerró los ojos. Algo en esa frase le erizó la piel. ¿Suicidio? Muchos asesinos tienen pensado suicidarse tras cometer la venganza necesaria. ¿Pero por qué Ethan querría vengarse de todos estos?

—¿Sabes si Ethan tenía antecedentes penales?

—De momento no, pero estuvo viviendo en Inglaterra un tiempo. Tendríamos que comprobar con ellos —respondió Rogelio.

—Hay que cursar una solicitud oficial de información al Reino Unido a través de la Interpol en Madrid —dijo Gómez.

—Podría hacer una carta rogatoria —añadió rápidamente Marta.

—Hazlo.

Gómez dio el visto bueno y le ordenó a Laura que utilizase sus contactos para ayudar a Marta. Tenían que ir con la artillería pesada y cuanto antes mejor.

—Uno de los cuerpos tenía la cartera vacía —añadió Rogelio.

—¿Quién?

—Luis Vallejo, el abogado.

Gómez apretó la mandíbula con fuerza.

—¿Me estás diciendo que alguien le robó?

—Podría ser.

—Ya —dijo Gómez, que no encontraba sentido a nada.

Gómez se metió en la habitación de Luis Vallejo. Los demás le siguieron. Miró a Marta, tenía la misma expresión de inquietud. Observó el charco de sangre ya seco.

Un teléfono sonó. Era el de Marta.

—¿Dime? —contestó Marta.

—¡Hey! Ya tengo la lista completa de los coches que entraron al hotel la última semana. Pero hay algo raro de cojones —dijo Dani.

—¿Qué?

Gómez se acercó un poco para escuchar. Marta puso el teléfono en manos libres.

—La empresa de seguridad tenía copias de todas las grabaciones de los últimos seis meses. Pero joder, alguien ha entrado y ha eliminado todo lo anterior a la noche del crimen.

Gómez sintió que la presión le subía a la cabeza. Le empezó a doler el cuello.

—¡Mierda! —exclamó Gómez rabioso.

—¿Y podemos recuperar algo? —preguntó Marta.

—Tal vez —respondió rápido Dani—. Voy a intentarlo, pero esto no lo ha hecho un novato.

—Dale caña Dani, toda la que puedas —señaló Gómez —. Si necesitas medios dímelo.

—De acuerdo jefe —contestó Dani —. Iván está aquí, quiere hablar contigo.

Marta puso el móvil en la mesa de la habitación y esperaron. Miró al inspector. Ambos sintieron una extraña sensación.

—Están borrando evidencias —susurró Gómez—. El que lo ha hecho sabe que ha dejado un rastro, es alguien que conoce el procedimiento policial a la perfección. Pero estoy seguro de que ha tenido que cometer un error.

Hubo un breve silencio.

Se escucharon ruidos al otro lado del teléfono. Alguien moviendo el móvil de sitio. Gómez lo miró con fastidio. Otra complicación, pensó.

—¿Arturo? —dijo Iván, era el único del grupo que le llamaba así.

—Dime —respondió Gómez.

—¡Atento! —exclamó Iván con excitación en la voz—. La tal Samantha Torres era una inspectora de policía, sí, pero alguien ha usurpado su identidad porque falleció hace un año.

Gómez dio un golpe en la mesa con rabia.

—¡No me jodas! —exclamó el inspector.

—Fue en una operación en el estrecho.

Los cuatro allí reunidos se quedaron mirando el móvil en la mesa. Gómez miró a Marta y a Laura que ya habían oído la noticia.

—Usurpación de identidad —repitió Rogelio.

—Esto cambia todo el juego por completo —dijo Gómez.

—Lo cambia y lo complica —dijo Iván —. Alguien ha querido meterse en la misma escena del crimen…

—Alguien que muy probablemente no ha cometido un solo crimen —añadió Gómez —. Los ha provocado todos.

Las paredes llenas de sombras parecían observarles. Gómez caminó por el pasillo. Había una gran mancha de sangre en el suelo. Observó los ascensores, las luces, los cristales, la puerta de emergencia y cerró los ojos tratando de imaginarse lo que debió de ser haber estado allí esa noche.