9. El padre de Alicia
La sala de interrogatorio era diáfana, con una mesa funcional y sin apenas decoración.
Nada te podía distraer en aquel lugar pintado de color verde oscuro.
Había una cámara de seguridad que parpadeaba en la esquina superior.
Olía a café recién hecho. Una luz blanca caía directamente sobre la mesa, dándole a la sala un aspecto de laboratorio.
Gómez estaba sentado, revisando su cuaderno de notas.
Marta permanecía sentada a su lado, también absorta en sus pensamientos.
El hombre entró acompañado de un policía de uniforme. Llevaba chaqueta de lino, un pañuelo doblado en el bolsillo, zapatos relucientes. Al verle, Gómez notó una mirada desafiante llena de arrogancia y seguridad.
—Señor Velasco —dijo sin levantarse—. Tome asiento, por favor. ¿Quiere que le traigamos un café?
El hombre rechazó el café, despacio, como si cada gesto estuviera medido por la experiencia de haber estado ya en mil negociaciones.
Colocó los brazos sobre la mesa y lanzó una mirada a Gómez y después a Marta.
—Sentimos mucho lo de su hija —dijo Gómez en tono grave—. Esperemos que se recupere pronto.
—Gracias.
—¿Sabe por qué está aquí?
—Me lo imagino —respondió el hombre, con una voz baja, casi musical—. Por Marina.
—Sí. Marina Velasco. Conocida también como Alicia Parker. Su hija. Aún no hemos sido capaces de saber por qué se encontraba en ese hotel. ¿Usted tiene alguna idea?
Gómez dejó que el silencio hiciera su trabajo. El padre no reaccionó.
—No, no tengo la menor idea —dijo Velasco—. ¿Es cierto que les ofrecían dinero por matarse?
Gómez miró furtivamente a Marta.
—¿Quién le ha dicho eso?
—Es lo que comenta la gente por internet. Que se trataba de una especie de juego por dinero.
Gómez miró unas notas que tenía apuntadas. Lo hizo aposta para no verse obligado a dar explicaciones, pero trató de disimular el hecho de que se acababa de enterar de que ya la gente sabía lo que había pasado. Eso le fastidió.
—Necesitamos saber cuándo fue la última vez que habló con ella.
—Hace ya mucho tiempo que nos distanciamos, tal vez más de diez años. Desde que… decidió marcharse de casa, aunque es verdad que ocasionalmente hemos mantenido contacto por teléfono o por mensajes.
Marta se mordió el labio.
—¿Y por qué decidió hacerlo? —dijo Gómez—. ¿Por qué se distanciaron?
Tomás Velasco mostró las palmas de las manos en un gesto de desconcierto. Luego con la mano derecha agarró su reloj y se lo colocó. Era un rolex.
—No lo sé. Supongo que muchas relaciones terminan de esta forma. Mi hija hacía su vida, es muy independiente, tal vez, la dejé serlo, es un poco como yo.
—¿Está separado?
—Sí.
—Puede decirnos si alguien tenía intención de hacerla daño? —preguntó Marta.
El padre se quedó pensando unos segundos.
—No, no se me ocurre nadie.
—¿Está seguro? —insistió Marta—. ¿Tal vez algún novio o ex novio?
Tomás suspiró. Esta vez lo hizo como quien carga con una pesada culpa.
—No, tal vez haya tenido algún novio, pero de eso nada me contaba. Por lo menos de lo que yo pueda saber recientemente. Ya sabe, no hablamos mucho.
Marta tomó notas en su cuaderno. Luego le escudriñó con su mirada.
—¿Tenía problemas de dinero?
—No lo sé, de haberlos tenido, sabía que podía contar conmigo.
—¿En qué trabaja? —preguntó Marta.
—En Nueva York. Fintech. Consultoría internacional estratégica de fondos de inversión. Marina decidió quedarse en España cuando la situación familiar se volvió complicada. Yo… hice lo que creí que era mejor. No insistí.
Gómez no apuntó nada. Solo lo observaba. Su mirada iba registrando microgestos, interrupciones respiratorias, amagos de palabras no dichas. Se notaba que estaba muy desconectado de su hija.
—¿Ha seguido su pista estos años?
—Lo normal, ya le digo, hablamos de vez en cuando, pero no me meto mucho en su vida. Estamos muy distanciados, pero ahora me gustaría ayudar.
—¿Cómo?
Tomás Velasco se inclinó hacia delante apoyándose en la mesa.
—Es mi hija. Si necesitan cualquier cosa dígamenlo. Puedo financiar lo que necesiten. Personal. Tecnología, lo que sea.
Gómez dejó pasar unos segundos.
—¿Sabe por qué ha adoptado otra identidad?
El padre se movió en la silla. Por primera vez. Un giro leve, pero cargado de incomodidad.
—No. No tengo ni idea. Aunque me puedo imaginar que tendrá que ver con las redes sociales. La gente se pone nombres artísticos que suenen bien. ¿Alicia Parker suena bien no?
—¿Le suena de algo el nombre de Samantha Torres?
—No.
—¿Sabía que estaba en Santander? ¿Sabe por qué fue al hotel Real?
—No.
—¿Le extraña que su hija haya acabado en coma en una planta llena de cadáveres?
—Inspector —dijo por fin el padre, con una dignidad a prueba de bombas—, yo estoy tan confundido como ustedes.
Vine porque me avisaron. Porque es mi hija.
Pero no tengo respuestas. Solo quiero que despierte.
Solo eso. Y por supuesto, al igual que ustedes, atrapar al que ha organizado todo esto, pero le tengo que ser sincero.
Hizo una pausa.
—Es triste, pero mi propia hija se ha convertido en una extraña para mí.
—¿Y su madre? —preguntó Marta —. ¿La ha visto estos años?
—No. Solamente hoy.
Gómez hizo una pequeña mueca. Algo entre resignación y cansancio. Luego cerró el cuaderno.
—¿Ha visto ya a su hija?
—Sí. Está irreconocible. Le han rapado parte del cráneo, tiene una sutura de quince puntos y una bala le atravesó el abdomen. Pero hay esperanza. Y a eso es a lo que me aferro ahora.
—¿Su madre está aquí en Santander?
—Sí. La he visto esta misma mañana en el hospital. Pero no nos hablamos.
—Pues eso es todo por ahora —dijo Gómez.
Tomás se levantó. Antes de que saliera por la puerta, Gómez lo detuvo.
—Una última pregunta, señor Velasco.
El padre se volvió.
—¿A su hija le gustaba la pintura?
Los ojos del hombre parpadearon. Fue un gesto breve. Pero real. Se mostró sorprendido.
—Que yo sepa no especialmente, pero es posible. De pequeña hacía dibujos muy bonitos, pero luego se cansó.
—Gracias.
Cuando el hombre salió, Marta alzó una ceja.
—¿Y esa pregunta? —exclamó Marta con una mezcla de desconcierto y admiración.
—Ya verás.
Gómez cogió su móvil. Entró en instagram y localizó el perfil de Alicia Parker. Dentro de su feed, fue pasando hasta dar con una foto de un cuadro.
Era un cuadro misterioso de la propia Alicia Parker muy parecido al que habían encontrado en la planta cuatro. Un cuadro de Marina con aspecto triste y mirando por una ventana.
Gómez se acercó a la cámara. Un clic mecánico la desconectó. Luego miró a Marta entornando los ojos.
—Este cuadro se parece a los de Ethan, uno de los herederos. ¿Sabes a qué se dedicaba?
—Sí, lo he mirado en los expedientes, es pintor.