El búnker (La Herencia 2) 8. El Búnker
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8. El Búnker

Gómez se levantó pronto. Aún rondaba en sus pensamientos aquella imagen del muñeco lo que le planteaba múltiples interrogantes. Se afeitó y bajó a desayunar a la cafetería del hotel. Llevó consigo un grueso maletín en donde había ido acumulando informes.

Mientras bajaba las escaleras, se acordó que en breve cumpliría años. Su sueño de jubilarse lo veía cada vez más lejos con la llegada de este nuevo caso que no tenía aspecto de resolverse rápido. Eso le angustió y un nudo de ansiedad se formó en su estómago.

Apartó sus miedos y trató de centrarse en el presente inmediato. Necesitaba un poco más de claridad, pero se notaba torpe y desubicado.

Era evidente que cuando Alicia Parker despertara tendrían que hablar con ella y además de recabar toda la información posible, contrastar su versión con la de Felisa.

Luego debía de seguir presionando al abogado Alberto Pérez.

¿Sabía algo más? Sospechaba que les ocultaba deliberadamente información.

Era muy probable que hubiera sido amenazado.

Por otro lado, estaba la escena del crimen.

Un escenario con muchísimas complicaciones y pistas que analizar. Iba a necesitar refuerzos.

Se sirvió un café y casi cuando se estaba sentando apareció Marta.

—¡Buenos días! —dijo ella con una bonita sonrisa—. No he conseguido pegar ojo después de lo de anoche.

—¡Buenos días! —respondió Gómez—. Yo tampoco he dormido mucho que digamos.

A pesar del insomnio, Marta tenía un aspecto radiante y jovial. Sus ojos revelaban una mezcla de inteligencia, belleza y energía. Tenía veintitrés años y había sacado el número uno en la oposición.

—¿Qué hacemos hoy jefe?

Gómez miró el reloj. Le extrañó que le llamara jefe, de alguna forma, le hacía sentir viejo. Hasta la una no iban a poder disponer del centro de operaciones.

—¿Te han puesto al día?

—Sí, más o menos.

—Vamos primero a revisar la documentación que tenemos. Luego llama a todos y nos reunimos a las dos en el nuevo edificio. Está en Parayas junto al aeropuerto.

En ese momento sonó el teléfono de Gómez.

—¿Wendy? —contestó Gómez —. ¿Hay algún problema?

El inspector habló un rato y luego colgó.

—Toma —dijo Gómez y le pasó una pila de carpetas que sacó de su maletín—. Vete mirando esto hasta que nos vayamos.

Marta ojeó la documentación.

—Quiero que vayas haciendo un perfil de cada uno de ellos —le dijo Gómez.

Unos horas después cogieron un taxi y se bajaron delante de la nave. Gómez se detuvo y la contempló.

La nave se alzaba en una zona industrial junto al aeropuerto, lo suficientemente apartada para evitar miradas indiscretas, pero lo bastante cerca de la ciudad como para acceder rápidamente a cualquier recurso necesario.

Desde fuera, parecía una estructura anodina, de paredes metálicas grisáceas y una entrada reforzada con una puerta de seguridad.

Pilar Ortega se había encargado de alquilar el local y esa misma mañana un grupo de obreros y técnicos la acondicionarían con mesas, ordenadores y una pequeña cocina. Todo era provisional.

Gómez recorrió el espacio en silencio. Todo estaría listo en breve. El lugar estaba pensado para que funcionara como un centro de operaciones sin fisuras, sin embargo, ahora mismo presentaba un aspecto desangelado y frío.

Empezaron a llegar los demás miembros del equipo.

—¡Nos reunimos en cinco minutos! —dijo Gómez.

—¿Dónde? —preguntó Laura.

Gómez se encogió de hombros y señaló una sala diáfana que tenía en el centro una mesa de carpintería.

Ya habían llegado todos. Alguien había comprado una cafetera y se hizo café. Se sentaron en cajas en torno a una improvisada mesa llena de herramientas.

Apareció Dani en la sala corriendo con un portátil.

—¡No funciona bien internet!

Gómez suspiró. Qué raro que algo no funcionase. Además, tampoco había calefacción y hacía frío.

—Tengo algo que enseñaros —dijo Dani con entusiasmo lanzando una mirada a Laura —. Me he puesto a ver los relojes y resulta que han monitorizado la información de cada uno de ellos.

—¿Qué tipo de información? —preguntó Gómez.

—Datos biométricos y económicos.

Laura se puso en pie.

—Estamos ante un macabro juego de recompensas.

Dani buscó en un mar de archivos que tenía ya copiados en el ordenador. Por fin encontró uno.

—Voy a empezar explicando cómo funcionaba el sistema de pagos —dijo Laura Cobos, de pie junto al extremo de la sala.

Sostenía una carpeta delgada en la mano y hablaba con tono firme, mirando a todos los presentes—.

Los siete participantes cobraron treinta mil euros por asistir al evento.

Fue un ingreso inicial, acompañado de otros tres mil en concepto de gastos de desplazamiento.

Hubo un leve murmullo entre el equipo.

—Treinta y tres mil en total, de entrada —continuó Laura—. Pero eso era solo la base. La auténtica motivación estaba en lo que venía después.

Se giró hacia Dani, que ya tenía listo el portátil.

—Dani, proyecta lo que preparamos.

El joven tecleó y, en la pared del fondo, aparecieron los primeros datos.

—Cada uno de los invitados —explicó Laura— sabía que si permanecía toda la noche encerrado en la planta cuatro, hasta las ocho de la mañana, recibiría un millón de euros adicionales.

Pero había una condición: no podían abrir la única puerta de salida.

Si alguien salía antes de tiempo, se anulaba la recompensa.

—¿Y eso lo sabían desde el principio? —preguntó Gómez, desde una de las sillas del fondo.

—No. Esa información fue revelada más adelante, cuando ya estaban dentro. Muy probablemente para aumentar la tensión —respondió Laura.

Dani cambió la diapositiva.

—Esto es lo más importante —dijo Laura, señalando la imagen—.

Por cada muerte, los relojes de los supervivientes se actualizaban automáticamente.

Dos millones de euros extra para cada uno.

Es decir, si uno moría, los otros seis ganaban dos millones cada uno.

Si morían dos, los cinco restantes recibían cuatro millones. Y así sucesivamente.

Un silencio cortante se instaló en la sala.

—Una mecánica de supervivencia —añadió Laura— basada en la codicia.

Gómez no dijo nada. Observaba la pantalla con gesto de preocupación y las manos entrelazadas.

—¿Y cómo sabían ellos todo esto? —preguntó Rogelio.

—Porque alguien se lo explicó —dijo Laura—. El tal Alberto Pérez. Les advirtió que si se quitaban el reloj, quedaban automáticamente excluidos de la herencia. No lo hizo como amenaza, sino como dato legal. Estaba escrito en un contrato que les hicieron firmar.

—¿Y era cierto? —inquirió Gómez.

—Totalmente —respondió Laura—. Las pulseras estaban conectadas a un servidor externo. Si una se desactivaba o se quitaba de la muñeca, el sistema lo registraba en tiempo real. El usuario quedaba marcado como “renunciante”. Todo estaba automatizado. Sin margen para trucos.

—¿Y cómo era el dispositivo en sí? —preguntó Gómez.

Dani tomó la palabra.

—Ufff. Una pulsera inteligente. GPS, chip NFC y sensor de proximidad.

Pero lo realmente interesante era el software.

Estaba diseñado para sincronizar con un sistema central.

Cada muerte disparaba una rutina de actualización: se recalculaba el número de supervivientes, se dividía la cantidad disponible y se actualizaban los saldos en cada dispositivo.

Dani pulsó una tecla más y en la pared apareció una imagen técnica del sistema.

—Era un juego de supervivencia —apostilló Laura.

—¿Y si alguien intentaba manipularlo? —preguntó Iván.

—El sistema lo detectaba —contestó Dani—. Lo tengo en los registros. Una de las pulseras realizó una transacción y saltó una alerta. La de Alicia Parker. Puede que sea importante.

Laura cerró la carpeta con gesto tenso.

—Resumiendo —concluyó Laura—: los encerraron en una planta con armas, les dieron un millón por resistir la noche, dos millones por cada cadáver, y una única regla clara: no salir del hotel.

—¿Tienes los acertijos? —preguntó Gómez.

—Sí, en cada habitación había un sobre —respondió Dani—, pero no hemos tenido tiempo de mirarlo con detalle.

Gómez asintió lentamente.

—Una mezcla perfecta de psicología, dinero y miedo.

Nadie añadió nada más. Luego Gómez se puso en pie.

—Rogelio, vete a Valdecilla a las autopsias, mañana nos informas a fondo.

Iván vas a hacer perfil de cada uno de ellos.

Tú Laura el tema de las compañías, investiga esa de Maerus Investments, conexiones, contratos, movimientos de capital, todo.

Dani ocúpate de los sobres y sigue trabajando en las pulseras, cotejaremos tus datos con las autopsias.

Escuchad, cualquier dato, intuición, detalle por insignificante que os parezca anotarlo y más tarde lo compartimos todo. ¿O.K.?

Todos asintieron.

Rogelio se acercó a Gómez con el gesto incómodo de quien tiene que poner una objeción delante de todos.

—Jefe, hay un problema con Valdecilla.

Gómez lo miró.

—¿Qué problema?

—Todavía no tengo autorización para estar presente en las autopsias. La solicitud está tramitándose, pero el forense no me va a dejar entrar sin el visto bueno del juzgado.

Gómez apretó la mandíbula. Durante unos segundos pareció calcular el tiempo que podían perder.

—Vete igualmente —dijo al fin—. Espérame allí si hace falta. Yo hablaré con el juez.

—¿Y si se niega?

—No se va a negar —respondió Gómez—. Y si se niega, que me lo diga a mí.

Rogelio asintió, aunque no parecía del todo convencido.

—Entendido.

Gómez hizo una pausa. Iván le pasó un papel. El inspector leyó con atención y suspiró profundamente. Miró a todo el equipo que ya se estaba marchando y dijo:

—¡Un momento! —gritó.

El equipo se detuvo y le prestaron atención.

—Anoche confirmamos que Alicia Parker es un nombre artístico.

Su identidad real es Marina Velasco. Desde este momento, dejamos de investigarla como actriz y empezamos a investigarla como persona.

Quiero infancia, familia, parejas, cuentas, viajes, denuncias, enemigos y cualquier rastro anterior al nombre artístico.

Nadie dijo nada. El nombre quedó escrito en la pizarra de corcho, debajo de una fotografía borrosa de la mujer aún inconsciente en Valdecilla.

MARINA VELASCO.

Ya tenían a su primer objetivo.