7. La voz de Maxwell
Gómez lo descolgó con una suerte de gruñido. No por molestia, sino porque su cuerpo estaba ya en esa zona profunda del sueño en donde uno se olvida de toda realidad.
—¿Sí? —contestó con los ojos cerrados.
La voz de Dani sonó jadeante, casi eufórica:
—¡Jefe! ¡Lo hemos encontrado! El muñeco. El puto Maxwell. Está en el hotel.
—¿Qué cojones dices? —protestó Gómez que no entendía muy bien por qué le tenía que llamar a esas horas—. ¿Es que esto no puede esperar a mañana?
—¡Jefe, esto es una flipada! Hemos encontrado una especie de maniquí en el comedor. Metido en un armario, detrás del biombo, como si fuera una representación del señor Maxwell y lo más fuerte es que tiene una grabación.
Gómez tardó unos segundos en incorporarse.
Se puso los pantalones sin abrochar, cogió la camisa del respaldo de la silla y salió deprisa.
Se lavó la cara con un poco de agua fría para despejarse y se miró en el espejo.
Tenía un aspecto bochornoso. Pero hacía tiempo que se había aceptado tal cual feo que era. Marcó el número de Marta.
—¡Marta! Nos vamos al hotel. Ahora.
Veinte minutos más tarde, un coche patrulla cruzaba las calles desiertas de Santander con las luces apagadas y el inspector y Marta sentados en los asientos traseros en silencio observando a su derecha la magnífica bahía.
Uno de los policías tuvo el acierto de comprarles unos cafés.
Eso resucitó a Gómez, el cual ya revisaba mentalmente las piezas sueltas del caso.
El hotel Real seguía clausurado. Un foco de luz amarilla iluminaba la entrada. En la puerta una patrulla de guardia. Saludos. Dentro, Dani los esperaba con el rostro iluminado por la pantalla del móvil.
—Está ahí —dijo, y les guio a través del vestíbulo en penumbra hasta el ascensor. Subieron.
Allí estaba.
Un muñeco de ventrílocuo, de tamaño casi humano, sentado sobre una silla alta, justo al fondo del comedor. Vestía traje oscuro, una flor marchita en la solapa, y una pajarita torcida. Los ojos eran de cristal blanco, sin pupilas, y los labios rojos estaban congelados en una sonrisa sardónica.
Resultaba grotesco. Ridículo. Dani movió la silla y la situó en el centro de la habitación emitiendo un agudo chirrido a medida que movía las ruedas.
—¿Pero esto qué es? —exclamó Gómez.
Marta se acercó, despacio.
—¿Estaba aquí desde el principio?
Dani negó.
—No lo vio nadie. Al menos, no estaba a la vista. Como le comenté, lo hemos encontrado dentro de un armario cerrado con llave. Los policías de guardia lo acaban de encontrar y me han llamado. No os hubiera despertado si no es por lo de las cintas.
—¿Qué cintas?
—Tiene un mensaje grabado —dijo Dani—. Vais a flipar.
Gómez se acercó y se agachó. En la base de la silla había una pequeña grabadora.
—¿Lo habéis escuchado? —preguntó Marta.
Dani asintió, con cierta inquietud.
—Sí. Pero tenéis que oírlo vosotros.
Se puso un guante y con un lápiz pulsó el botón de reproducción.
La voz que emergió era artificial y distorsionada, deformada hasta el ridículo. Parecía que hablara desde un pozo.
Todos permanecieron en silencio expectantes.
—Perdonen que me dirija a ustedes de esta forma —dijo la cinta en el interior del señor Maxwell—.
Les doy la bienvenida a esta noche tan importante para todos ustedes.
Cuando escuchen esto ya habré muerto y lo único que les puedo decir es que disfruten de esta velada, gasten el dinero con sabiduría y no olviden lo que les voy a decir.
Hizo una pausa. Movió la cabeza.
—Durante esta noche muchos de ustedes se preguntarán lo inevitable: ¿Por qué yo? Bien, no hay una respuesta fácil a esa pregunta, aunque, en cierto modo, sí la hay. Es como un doble sentido.
La cinta se detuvo unos segundos.
—Recuerden. El karma existe y una función tiene. Castigar.
La cinta terminó con un clic metálico.
Marta se cruzó de brazos. Gómez se llevó una mano a la barbilla.
—¿Se puede analizar esa voz?
—Eso estoy haciendo —dijo Dani que se había traído su ordenador—.
Pero quien la grabó sabía lo que hacía. Está muy distorsionada: parece como que le han cambiado el tono y le han metido un poco de reverb y tal vez algún filtro digital chungo.
Lo que sí sabemos es que es masculina. Y yo diría que española.
Gómez lo miró con admiración. Ese chaval era un lanzado: se metía en cualquier jardín.
—Hay que mandarlo a acústica forense —dijo Gómez—. Allí nos podrán hacer el pasaporte vocal y tal vez saquemos algo útil.
—¿Crees que se podrá identificar la voz? —preguntó Marta.
Gómez pensó durante unos segundos.
—Es complicado. Si hay algo que puedan sacar de esa grabación, ten por seguro que lo pillan.
—¿Acústica forense? Eso suena a CSI versión española —comentó Dani con una sonrisa.
Gómez no hizo mucho caso del comentario y se giró hacia el comedor.
Los platos seguían ahí.
Nueve platos aún con restos de comida fría. Copas a medio llenar. Una vela que alguien había soplado. Parecía una escena detenida en el tiempo. Como si, en mitad de una fiesta, alguien hubiera accionado un interruptor secreto y apagado el mundo.
Marta caminó hasta la mesa más cercana y levantó una copa.
—¿Sabes lo que más me aterra? —dijo en voz baja—. Que alguien estuvo aquí viendo todo esto. Que tal vez aún esté.
Gómez la miró.
—No. Ya no está. Pero nos ha dejado algo.
—¿Qué?
—Una escenografía. Y un personaje.
—¿Maxwell?
Gómez negó con la cabeza.
—No. Nosotros. Nos está haciendo actores en su función. El guion ya está escrito. Nosotros solo lo estamos leyendo con retraso.
Dani los interrumpió.
—Otra cosa. El muñeco tiene un compartimento en el abdomen. Lo encontré por casualidad. ¿Queréis ver?
—Joder, claro —respondió Gómez.
Dani se arrodilló y con cuidado giró una palanca oculta bajo el pantalón del muñeco. El torso se abrió con un clic.
Dentro, un sobre de papel grueso. Sin remitente. Solo tres palabras escritas a mano:
“Iustitia est stercus.”
Gómez lo cogió, pero no lo abrió. Lo sostuvo en el aire como quien sostiene una amenaza.
—¿Qué significa? ¿Stercus?
—Vas a alucinar de verdad —dijo Dani—. La justicia es una mierda .
Dani y Marta asintieron.
Gómez lo guardó en una bolsa de evidencias.
—¿Un asesino con mensaje? —pensó en voz alta Marta—. Alguien que necesita desahogarse porque puede haber sido víctima de una calamidad, de una injusticia judicial. Eso nos da muchas pistas.
—¡Muy acertada, Marta! —le animó Gómez—. Pero no nos hagamos ilusiones. Podría estar jugando con nosotros y simplemente haciéndonos saber quién manda aquí.
Marta se quedó pensativa. Era terca. Estaba segura de que esa frase encerraba mucho más de lo que pensaban.
Gómez se quedó un instante más, mirando al muñeco.
—Maxwell, ¿eh? —murmuró—. Si tú eres el titiritero, yo seré tu verdugo.
Y sin mirar atrás, salió del comedor.
El muñeco permanecía allí, ajeno a todo, como si el crimen ya hubiera sucedido y ellos solo fueran los actores lentos que llegaban tarde al último acto.
— El karma existe —recordó Gómez.
—¿Crees que es una venganza? —preguntó Marta, acelerando el paso.
—Todo apunta a que sí.