6. La empresa británica
Mientras Gómez revisaba la documentación que le habían facilitado y tomaba notas de la última entrevista, se asomó Laura por la puerta.
—Jefe, ya tenemos un sitio.
—¿Dónde?
—Es un viejo almacén cerca del aeropuerto.
—¿Qué tal está?
—Es ideal. Discreto y amplio, pero está hecho un asco. Hay que hacer una reforma a fondo.
—No me jodas —exclamó Gómez.
—Al menos tiene luz y algunas sillas viejas, pero aún no lo podemos usar.
Organizaron la reunión en una sala del hotel.
Dani montó una conexión con unos altavoces y un micro.
Lo demás lo suplieron con los móviles. Gómez se sentó frente a la pantalla del portátil con los ojos algo rojos y las piernas pesadas.
Su cuerpo ya no era el mismo de antes, como si los años se hubieran asentado en sus huesos durante los últimos meses.
Marta, a su lado, cruzaba los brazos con gesto nervioso.
La conexión se estableció con un sonido. Gómez cerró la ventana logrando aislar la habitación del ruido externo de los coches de la calle.
En la pantalla apareció Nigel Cartwright, con el pelo perfectamente peinado e indumentaria clásica. Detrás de él, se podía ver una sala con paneles de roble oscuro y una pequeña bandera del Reino Unido en la esquina del escritorio.
—Inspector Gómez, señorita. Un placer colaborar —dijo con voz grave y acento inglés.
Hablaba español, no muy bien, pero lo suficiente como para que sus palabras pudieran interpretarse de varias formas diferentes.
—Explíquenos qué montaron en el cuarto piso del hotel —dijo Gómez, sin tiempo para adornos—. ¿Quién los contrató?
Cartwright suspiró largo y tendido y luego asintió con calma británica. Parecía estar acostumbrado a este tipo de interrogatorios.
—Lo que nos pidieron fue una instalación para un reality show de supervivencia psicológica.
—¿Un reality show? —Marta frunció el ceño.
—Exacto. Simulaciones. Todo desmontable. Todo bajo NDA.
—¿NDA? —preguntó Gómez girando la cabeza.
—Un… acuerdo de confidencialidad.
—¿Quién los contrató?
Cartwright bajó la vista.
—Una empresa que está en Gibraltar. Maerus Investments. Ni los abogados respondieron con nombres reales. Solo tenía un buzón digital.
Gómez se inclinó hacia la pantalla.
—¿Y eso no le pareció raro?
Cartwright sonrió por primera vez. Fue una mueca elegante, pero también algo hipócrita y defensiva.
—Inspector, en nuestro sector lo raro es lo normal. Nuestros clientes son gente muy rica, no quieren publicidad. Ellos buscan el anonimato total.
—Ya. Pero todas estas cosas. ¿No sospechó que quizás había algo criminal detrás?
—Nosotros no preguntamos para qué se usa un sistema, inspector. Solo nos aseguramos de que funcione. Por eso nos contratan.
—¿Qué le pidieron exactamente que instalaran?
Cartwright sacó una lista y la leyó.
—Cámaras, inhibidores de señal, control de puertas, cerraduras magnéticas, una consola de control remoto y un sistema de apertura secuencial de cajas fuertes.
Marta interrumpió sus apuntes. Abrió los ojos. Aquello no era normal. Esa empresa estaba transformando el hotel en una trampa mortal. Apuntó todos los mecanismos que Cartwright explicó.
—¿Este pedido fue parecido a otros o tiene algo especial? —preguntó Gómez, no sin un cierto punto de ironía.
Cartwright sonrió.
—Nos pidieron que el sistema pudiera funcionar incluso si nadie estaba físicamente en el hotel. Eso no es frecuente, pero tampoco es muy raro. No se nos informó de ninguna finalidad criminal.
Esa misma noche en el hotel, Gómez ordenó a Laura que iniciara una búsqueda paralela sobre la empresa fantasma.
Lo que encontraron fue exactamente lo esperado: solo una cadena de documentos notariados en Malta, Gibraltar y Chipre, nombres ficticios, proxies legales, fundaciones sin actividad. Un cascarón legal.
—La empresa existe, pero no opera —dijo Laura desde el portátil—. Capital mínimo, administradores fiduciarios, domicilio compartido con otras ciento veinte sociedades. Es una pantalla.
—Ya.
—Quien lo hizo tiene mucho dinero. Y un conocimiento experto de cómo no dejar huellas.
—Vamos, el típico defraudador de Hacienda —respondió Gómez haciendo un chiste malo.
Marta rio. Gómez se puso la chaqueta y salió del hotel.
—¿Dónde va? —le preguntó Marta.
—Voy a estirar las piernas.
Gómez cogió el coche y condujo hasta Valdecilla. El trayecto no mostraba el Santander más chic y turístico. Frías carreteras y zonas industriales pertenecientes a un pasado le acompañaron en la ruta nocturna.
Entró en el hospital. Ya era de noche y la entrevista con Pérez primero, luego con Felisa y ahora con Cartwright lo habían agotado mentalmente.
Miró el reloj del móvil. Dudó entre quedarse o irse ya al hotel y dejar esto para mañana.
No era una buena hora y probablemente no encontraría al médico responsable del caso, pero al final incluso así, se acercó a probar suerte.
Saludó al policía de guardia.
—¿Alguna novedad? —preguntó Gómez.
—Han localizado a un familiar. El padre. Está de camino. Vive en el extranjero.
—¿Dónde?
—En Estados Unidos.
Gómez hizo una mueca.
Entró en la habitación y observó a Alicia Parker. Dormía plácidamente. Se podría decir que iba a despertar en cualquier momento. Felisa ya había hablado. Ahora necesitaba comprobar cuánto de lo que había dicho se sostenía.
Luego le dijeron que el médico, por casualidad, se encontraba en el hospital, así que no perdió tiempo y fue a buscarlo.
—¿Cómo se encuentra la paciente, doctor?
El médico lo recibió en su despacho, con la bata blanca puesta y unas ojeras que delataban varias noches sin dormir. Miró la pantalla del ordenador. Luego lanzó un profundo suspiro y le ofreció un café al detective el cual aceptó.
—Si no fuera por el café —dijo el médico.
—Lo mismo digo…
—Inspector, la paciente presenta dos heridas. Un golpe en la cabeza con traumatismo severo y una herida de bala en el abdomen.
El joven doctor hizo una pausa y bebió un sorbo de café. Gómez lo imitó.
—La herida de bala probablemente fue causada por un disparo a corta distancia. Hemos controlado la hemorragia interna y realizado una cirugía para reparar el daño. Afortunadamente, no parece que haya afectado a órganos vitales, pero el riesgo de infección es alto.
—¿Cree que podría deberse a una lucha?
—Hay heridas en las manos y pequeños cortes y contusiones en los nudillos, así que no lo descartaría.
—¿Cómo lo interpreta?
—Es posible que el golpe en la cabeza fuera lo primero que recibió, a partir de ahí se defendió y luego recibió el disparo, pero podría haber sido al revés, primero el disparo y luego la caída, aunque es difícil de decir.
El médico echó otro rápido vistazo al ordenador.
—Es probable que no perdiera la consciencia en el momento ya que parece que se desplazó de una habitación a otra, según nos han dicho los forenses.
—Gracias por la explicación, doctor. ¿Cuándo cree que despertará?
—Tal vez en las próximas 24 a 48 horas.
Una enfermera entró en el despacho e intercambió unas palabras con el médico. Luego este regresó a la conversación con Gómez.
—Eso es lo que le puedo contar.
El médico hizo un gesto de dolor y estiró el cuello masajeándoselo.
—Muchas gracias, doctor —dijo Gómez y le facilitó una tarjeta suya.
—Le aseguro que tan pronto haya algún cambio en su estado, se lo haremos saber de inmediato.
Gómez cerró la puerta de su habitación ya en el hotel. Tenía en la mano una pizza cuatro quesos y un refresco para cenar. Se colocó delante del televisor y sacó unos hielos de la pequeña nevera. Al menos, no era uno de aquellos hoteles de mala muerte en los que había acabado otras veces.
Llamó a Wendy.
—¿Cómo están los pequeñines?
—¡Muy bien!
—¿Se han portado bien?
—Sí. Eso parece. No me he encontrado pelos de alguna pelea.
Encendió el televisor para espantar su terrible soledad.
No era la ausencia de cualquier tipo de compañía en aquel hotel lo que le generaba una profunda sensación de vacío.
Lo más terrible era que nadie le esperaba en casa salvo sus dos gatitos.
Hacía años que Gómez no mantenía contacto alguno con su familia.
Solo tenía a su gato Mini y a su gata Maya.
Cogió el móvil y accionó la cámara. Su vecina Wendy, una chica joven, entraría para cambiarle la tierra y renovar el agua y la comida.
Le pagaba algo por ocuparse. Con la cámara podía vigilar a los gatos cuando alguno se colocaba delante del objetivo.
Esta vez tuvo suerte. Mini dormía tranquilamente en una de sus hamacas. Gómez sintió lástima por él.
No le gustaba dejarlos solos.
En la televisión buscó alguna serie para entretenerse y comenzó a comer la pizza.
Dejó el móvil apoyado a un lado en la mesita para poder ver bien a Mini.
Estuvo tentado de llamar a Marta para compartir, pero eran más de las doce y no se sintió cómodo con la decisión.
Tragó un bocado de pizza, notando cómo esta lo convertía, sin realmente desearlo, en un hombre más obeso.
Antes de dormir, abrió su cuaderno y apuntó algunas de las cosas que había recordado ese día. Luego revisó el informe médico e hizo una nota de las actividades que iba a llevar a cabo al día siguiente. Lo más importante era empezar a organizar la investigación y eso le daba una tremenda pereza.
Pero había que hacerlo. Sonó el teléfono. Tuvo que cerrar la imagen de los gatos. Pulsó la tecla. Era Laura.
—Jefe, hemos hablado con el padre de Alicia Parker.
—¿Y?
—Dice que Alicia Parker no existe. Es solo un nombre artístico. Su hija se llama en realidad Marina Velasco.
—Vaya, esto se pone interesante.
—El hombre no se explica cómo su hija se ha podido meter en un tinglado como este.
Gómez colgó.
—¿Marina Velasco? —repitió Gómez y lo apuntó en su libreta.
El nombre no le decía nada.
Colocó de nuevo el móvil y esta vez estaban Mini y Maya justo delante del objetivo.