5. Felisa
Felisa Beltrán estaba sentada con la espalda recta y las manos apoyadas sobre el regazo. Llevaba un abrigo oscuro perfectamente colocado sobre la silla y el cabello recogido con cuidado, como si hubiera tenido tiempo de pensar en cada detalle antes de entrar allí.
Gómez esperó a que Marta cerrara la puerta antes de sentarse frente a Felisa.
No abrió la carpeta de inmediato. Dejó que el silencio ocupara la mesa unos segundos, como una tercera presencia.
Sabía, por experiencia, que algunos silencios daban más información que una pregunta mal formulada.
Marta quedó a su izquierda, con el cuaderno preparado, observando todo con gran atención.
Felisa sostuvo la mirada sin incomodarse.
—Gracias por venir tan rápido —dijo Gómez al fin.
—Era lo lógico —respondió Felisa—. He sido testigo de algo que no debería haber ocurrido. Una especie de anomalía.
Gómez asintió despacio y se aclaró la garganta.
—No está detenida, Felisa. Esto no es un interrogatorio. Es una entrevista preliminar. Necesitamos entender lo que pasó esa noche. Si en algún momento lo desea puede pedir un abogado —mintió el inspector. La presencia de un letrado no iba a impedir que hiciera las preguntas que le diera la gana.
—Lo entiendo, pero no es necesario.
Marta abrió el cuaderno y fue tomando notas.
—Empecemos por lo básico. ¿A qué hora llegó al hotel? —soltó Gómez.
Felisa dudó unos segundos.
—A las ocho y media.
Gómez alzó ligeramente la vista.
—¿Está segura?
—Creo recordar que miré el reloj del vestíbulo del hotel. Siempre lo hago cuando llego a un sitio nuevo.
—¿Por qué?
Felisa se encogió de hombros.
—Me tranquiliza saber dónde estoy en el tiempo. Es una costumbre que tengo.
Gómez la observó y dijo:
—¿Subió directamente a su habitación?
—No. Subimos todos a la planta quinta donde teníamos la cena preparada.
—¿Recuerda quién estaba?
Felisa cerró los ojos un par de segundos.
—Sí, claro. Ethan, Alicia, Luis, Mario y Samantha. Pérez por supuesto y había otros dos camareros.
—¿Y Carrasco?
—Sí también. Lo olvidé. Perdón.
Marta anotó los nombres. Gómez continuó.
—Durante la cena… ¿notó algo extraño?
Felisa tardó en responder.
—Sí, había una sensación rara. No de peligro inmediato.
Marta levantó la cabeza y preguntó:
—¿Puede explicarlo?
—Fue como si nada estuviera ocurriendo por casualidad.
Marta y Gómez se miraron.
—¿Algún ejemplo? —continuó el inspector.
Felisa entrelazó los dedos.
—La disposición de la mesa. Las luces. Incluso las interrupciones. Nada parecía improvisado.
Marta apuntó sin levantar la vista.
—¿Cree que alguien estaba dirigiendo la situación? —preguntó Gómez.
Felisa no respondió de inmediato.
—Estoy segura. Cada uno tenía ya asignado un sitio en la mesa. Los camareros sabían que Ethan era alérgico.
Marta apuntó ese dato.
—Hablemos de las cámaras —dijo Gómez—. ¿Cuándo se dio cuenta de que había vigilancia?
Felisa agachó la cabeza, mirándose los zapatos, sorprendida por la pregunta.
—El primero en darse cuenta fue Mario. Encontró una cámara en el techo del pasillo. Es la cámara grande la que se ve a simple vista. Luego la destrozaría el gigante, Carrasco.
—¿Y las demás?
—No teníamos certeza de que hubiera más cámaras.
Marta frunció el ceño.
—Teníamos… ¿Quiénes?
—El grupo en general, antes de entrar en las habitaciones. Lo que comentó Mario y creo que también Alicia, nos hizo pensar que podría ser un… reality.
Marta dejó el bolígrafo sobre el papel.
—Explíquese.
—Alicia insistía mucho en que todo podía ser un montaje. Como una especie de programa de televisión. Pero a mí esa idea siempre me pareció muy absurda.
—¿Por qué? —preguntó Gómez.
Felisa negó con suavidad.
—No lo sé. No se habrían tomado tantas molestias en conocer nuestros pasados.
Gómez mantuvo la voz firme.
—La muerte de Luis Vallejo. ¿Dónde estaba cuando ocurrió?
—Creo que en mi habitación.
—¿Toda la noche?
—No. Salí un momento.
—¿Por qué?
—Porque escuché ruidos.
—¿Qué tipo de ruidos?
—Pasos. Un golpe seco. Algo que no encajaba con el silencio del hotel. Hubo un momento en que se fue la luz. Salí a ver qué pasaba.
—¿Fue entonces cuando salió al pasillo?
—Sí.
—¿Se cruzó con alguien?
Felisa negó.
—Tuve la sensación de que no estaba sola. Se oían voces todo el tiempo, la gente estaba asustada. Llegué a pensar que…
Gómez levantó la mirada.
—¿Qué?
Felisa gesticuló con las cejas, las levantó y luego las encogió.
—Llegué a pensar que Luis era un hombre de negro.
Felisa desvió la mirada hacia la ventana. Evitó el contacto ocular. Gómez no reaccionó. Mantuvo el semblante inexpresivo.
—¿Qué es un hombre de negro? —preguntó Gómez.
Felisa no despegó su mirada de la ventana.
—Son agentes encubiertos —explicó—. Intentan que no se descubra su origen.
Hubo una pausa.
—¿Por qué?
—Para ellos es obvio. Sería un desastre total.
—¿Y tú pensaste que Luis tal vez era un agente encubierto?
—No estaba del todo segura, pero sí, lo pensé.
—Tal vez por eso lo mataste —susurró Gómez.
Felisa se puso rígida. Marta levantó la vista del cuaderno. Durante un instante pareció a punto de decir algo, pero volvió a bajar la cabeza y continuó escribiendo.
—Yo nunca sería capaz de semejante acto.
—¿Y sin embargo fuiste juzgada por la muerte de un compañero de trabajo? —insistió Gómez.
—Todo eso es mucho más complicado de lo que creen y además ya fui juzgada.
Marta y Gómez se miraron brevemente.
—Felisa… —dijo con tono medido Marta—. Necesito preguntártelo directamente. ¿Crees que Ethan Davis tenía algo que ver con lo que ocurrió?
Felisa respiró hondo.
—Ethan sabía cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Sobre nosotros. Nuestros pasados. Las decisiones que creíamos enterradas.
—¿Y cómo crees que lo sabía? —preguntó Marta.
Felisa se encogió ligeramente de hombros.
—No lo sé. Era pintor y muy observador. A mí no me contaba todo lo que hacía. Si Ethan hizo algo, que no lo sé, sería una pieza.
—¿Una pieza de qué? —insistió Gómez.
Felisa levantó la vista, directa.
—De algo mucho más grande.
El silencio volvió a caer sobre ellos.
Marta cerró el cuaderno con suavidad. Gómez se puso en pie.
—Por ahora es todo. Si necesitamos ampliar la entrevista, te lo haremos saber. Por favor, necesitamos que estés localizable.
Felisa asintió y se levantó.
—Agente… —dijo antes de llegar a la puerta.
—¿Sí?
—Lo que pasó en ese hotel no fue un crimen impulsivo.
Pensó un momento y luego añadió:
— Fue una especie de experimento. Alguien quería comprobar hasta dónde éramos capaces de llegar.
Gómez la miró salir sin responder. Cuando la puerta se cerró, se quedó un momento sentado, con sus notas sobre la mesa. Acababa de hacer la entrevista más rara de su vida.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó.
Marta se quedó pensativa.
—No sabría qué decir —dijo—. Hay algo en esa mujer que no encaja con la imagen de una simple superviviente. Pero no sé qué es. ¿Qué opinas tú?
Gómez ojeó sus notas.
—O está muy enferma, que es posible, o es mucho más lista de lo que nos creemos.
Marta asintió.
—¿Qué vamos a hacer con ella?
—De momento, medidas cautelares. Vigilancia discreta. Quiero saber dónde va, qué hace, a quién visita. Vamos a ver cómo respira. Estoy seguro de que sabe algo, pero ahora no nos lo va a decir.
—¿Por qué no? —preguntó Marta.
Gómez no supo cómo argumentar eso. Se trataba solo de una intuición.
—No sé. Experiencia, supongo —dijo.