El búnker (La Herencia 2) 4. El notario
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4. El notario

—Han muerto cuatro personas y dos están en el hospital —dijo Gómez—.

Usted lo organizó todo, los citó en su despacho, les hizo firmar un contrato, cenó con ellos y luego los acompañó a las habitaciones.

Hizo todo eso con una organización perfecta, pero ahora resulta que no sabe nada, ni por qué lo hizo, ni quién lo contrató.

Alberto Pérez no respondió.

Sobre la mesa, el vaso de plástico conservaba la marca de sus dedos. Había bebido apenas un sorbo, pero llevaba varios minutos girándolo entre las manos, como si esperase encontrar en el fondo una cláusula de salvación.

Laura vigilaba la cámara desde un rincón. Gómez, sentado frente a él, dejó la carpeta abierta entre ambos. No necesitaba gritar. Aquel hombre entendía mejor que nadie el valor de cada palabra.

—¿Quién le llamó? —preguntó Gómez.

Alberto estudió a Gómez antes de contestar. Sabía que podía negarse a declarar sin asistencia letrada. Lo sabía mejor que nadie: era dueño de uno de los bufetes más prestigiosos de Santander.

—Un representante del señor Maxwell —dijo por fin.

—¿No tiene ningún nombre ni dirección?

—No, me dijeron que pagarían por adelantado y que no querían preguntas incómodas.

—¿Era hombre o mujer?

—Un hombre.

—¿Más o menos de qué edad?

El abogado se quedó pensativo unos instantes.

—Tal vez unos treinta o cuarenta. No sabría decir.

—¿Y qué le pidieron?

—Que organizáramos lo del hotel, me dieron instrucciones por escrito y los relojes. Me dijeron que reservara para esa semana y que irían dos camareros y un recepcionista. Me hicieron firmar un contrato de confidencialidad.

—¿Lo tiene aquí?

—No, pero se lo puedo mandar.

—¿Y cómo le hicieron llegar los papeles y los relojes?

—Por mensajero —dijo Alberto humedeciéndose los labios—. No sé quién lo envió, pero le puedo decir la compañía.

Gómez le hizo un gesto a Laura.

—¿Sabe qué? Es usted el principal sospechoso. Y no importa lo buen abogado que sea porque lo más probable es que acabe teniendo problemas. Ni siquiera está ayudando a la policía a esclarecer lo que ocurrió.

—Pero yo no sabía qué había en esos sobres —dijo Alberto—. Lo único que tengo es un teléfono.

—¿Un teléfono?

Alberto sacó su móvil y buscó en su agenda. Se lo enseñó a Gómez. Era un teléfono con prefijo inglés.

Gómez lo anotó.

—¿No vio el contrato que firmaron? —continuó Gómez.

—Sí, pero en el contrato no decía nada ilegal. Era todo muy ambiguo.

—¿Y quién colocó las armas en las habitaciones? —preguntó Gómez—. Usted tenía que haber sabido que habían dejado una pistola, cianuro, un puñal…

—¡No lo sabía! ¡Se lo juro!

—¿Cómo es posible?

—Había una empresa subcontratada para la preparación técnica de las habitaciones. No la contraté yo directamente.

—¿Y quién se encargó del catering?

—Tampoco lo sé, supongo que otra empresa. Yo solo mantenía contacto con este hombre y recibía sus órdenes.

—¿Tiene el nombre?

—No.

—¿Y los camareros?

—No los conocía, no tengo sus datos, vinieron con la empresa de catering y desaparecieron igual que vinieron.

—Un abogado de su nivel no mueve una silla sin factura, contrato y responsable civil. No me diga que aquí no hay ningún nombre.

—Ya le digo que no lo sé.

—¿Y no se le ocurrió preguntar? —añadió Laura.

—Mire, por muy grave que haya sido lo que haya ocurrido no me pueden retener aquí. ¿Eso lo sabe?

—No lo tenga tan claro —respondió Gómez—. Hemos registrado su oficina y hemos encontrado una pistola idéntica en su despacho.

—¿Qué?

—¿No tiene nada que decir?

—Esa pistola no es mía —se defendió Alberto—. Alguien la ha puesto ahí para incriminarme. Nunca he tenido armas ni licencia.

—Además tenemos llamadas sospechosas —añadió Gómez.

—¿Sospechosas de qué?

—En su momento lo sabrá.

El inspector miró a Laura.

—¿Cuánto le pagaron? —preguntó Laura.

La respuesta quedó reducida a un silencio incómodo. Gómez esperó a que Alberto hablara.

—Cuatrocientos mil euros.

Laura dejó de escribir.

—¿Y dónde está ese dinero ahora? —preguntó Laura.

—En una de las cuentas del despacho. No lo he tocado.

—Hizo bien. Si ese dinero viene de quien organizó la matanza, ya no es un honorario. Es una cuerda al cuello —dijo Laura.

No hacía falta añadir más. El abogado lo miró, tenso, pero entendió que el interrogatorio había terminado.

Ya se iba a marchar cuando el abogado se giró y le dijo:

—Disculpe. Hay una cosa más.

Gómez alzó la mirada.

—¿Puede cerrar la puerta y apagar la cámara?

Gómez sostuvo su mirada unos segundos. Después hizo un gesto a Laura.

—Apágala. Que conste la interrupción.

—Si yo supiera algo, créame, que se lo diría. Pero si yo me muestro como colaborador con la policía, es posible que a mi familia le pase algo. ¿Me explico?

Gómez trató de leerle la mirada. Luego miró a Laura. Asintió.

—Váyase —dijo Gómez—. No salga de Santander, no toque ese dinero y no vuelva a hablar con nadie de este asunto sin avisarnos.

Un par de horas más tarde, el inspector estaba de vuelta en una de las salas del hotel Las Tres Conchas, revisando informes impresos sobre la mesa cuando la puerta se abrió.

Entró una mujer alta, de rostro anguloso, cabello negro recogido en una trenza apretada.

Vestía con sobriedad y se movía con la precisión de quien odia perder el tiempo.

—Inspector Gómez —dijo, tendiéndole la mano—. Marta Llaneza. Me incorporo al equipo desde Madrid.

La observó dos segundos. No parecía pasar de los veinticinco. Demasiado joven como para llevar un caso de esta envergadura. Tuvo que disimular el fastidio: ahora, además de resolver el caso, tendría que formar a una futura policía.

—La estaba esperando —respondió él, estrechándole la mano—. Gracias por venir tan rápido.

—He estado revisando algunas cosas. Hay algo que debería saber.

—Adelante.

—No fueron los del hotel —dijo, tomando asiento sin ceremonia—. Hubo un encargo. Lo gestionó una sociedad británica con sede en Londres llamada Stratis Secure Environments Ltd. Estoy tratando de ponerme en contacto con ellos, pero son muy exclusivos.

—¿De qué es la empresa? —preguntó Gómez.

Marta abrió una carpeta y rebuscó entre un montón de papeles.

Sacó un folio y leyó en voz alta.

—Diseño e instalación de entornos de alta seguridad: búnkeres privados, panic rooms, cámaras acorazadas, instalaciones antiterroristas y simuladores tácticos. Trabajan por encargo en toda Europa. No publicitan clientes.

Gómez la miró de soslayo. Estaba serio.

—Bien. Muy bien —dijo secamente.

—Después de muchas llamadas y mediar con la embajada española en Londres, he conseguido que accedan a tener una reunión.

Las palabras de Marta quedaron en pausa, esperando una pequeña señal de aprobación del inspector.

—Buen trabajo —dijo Gómez con el gesto aún serio.

Marta abandonó la habitación tal vez contrariada por no haber sabido interpretar el gesto de su nuevo jefe.