El búnker (La Herencia 2) 3. Pilar Ortega
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3. Pilar Ortega

Gómez bajó en el ascensor del hotel las Tres Conchas junto con Laura. Llevaba las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. Ya se iba a cerrar la puerta cuando un chaval de no más de dieciséis años que llevaba puesta una gorra y apenas se le veía la cara se coló en el ascensor.

Gómez alzó la mirada. El chico cargaba con una mochila y llevaba unos cascos. Cuando vio a Gómez, sonrió con una desenvoltura impropia de su edad.

—Daniel Tejada —dijo, quitándose los cascos y estrechando la mano de Gómez—. Me han dicho que tienen un problema con un crimen.

—¿Tú eres el experto? —preguntó Gómez, con una ceja arqueada.

—Depende. ¿Quiere que le diga que sí para que se quede más tranquilo o que no para que no se decepcione?

Laura reprimió una sonrisa.

—¿Has firmado el acuerdo de confidencialidad?

—Por supuesto —respondió, dejando caer la mochila sobre el suelo—. Aunque ya les aviso: si su sistema fue hackeado desde dentro, probablemente su mayor fallo de seguridad no sea problema mío.

—¿Hackeado desde dónde? —gruñó Gómez.

—Desde dentro —repitió Dani, como si fuera obvio—. O sea, que el enemigo está en casa.

—Ajá —dijo Gómez, sin tener ni idea de qué demonios quería decir.

Gómez cruzó los brazos. El chico era un bocazas, pero había algo en su tono que no era arrogancia vacía. Había en su voz seguridad y una impulsividad mal contenida. Su instinto le decía que ese chaval tenía un talento poco frecuente.

—Escucha, Tejada —dijo Gómez con tono firme.

—Dani.

—Vale, Dani, ya sé que controlas y mucho, pero aquí no estamos en una partida de videojuegos.

Gómez le miró fijamente. Dani le mantuvo la mirada, no de forma desafiante, sino con curiosidad.

—¿Qué? —exclamó Gómez.

—¡Estoy esperando que me ponga una tarea!

—Escúchame. Necesito alguien que lo sepa todo. Si te digo que me consigas algo, lo haces y rápido. ¿Crees que podrás hacer eso?

Dani cogió su portátil y un pendrive con una calavera pixelada grabada con láser.

—Dame acceso al servidor del hotel y en quince minutos te digo si hay algo raro.

Se abrieron las puertas del ascensor y salieron.

Laura y Dani intercambiaron miradas. Gómez no dijo nada. Solo asintió, y caminó por el pasillo murmurando algo que no se entendió del todo, aunque sonó a "putos niños con teclados".

Luego se giró y dijo:

—Laura, ocúpate tú, que tenga todo lo que necesita.

Gómez avanzó por el pequeño hall del hotel que estaba en silencio a esas horas, salvo por el rumor amortiguado de un televisor en la recepción y el tenue zumbido de las luces del pasillo. Salió a la calle.

Caminó hacia el paseo Pereda con la cabeza llena de restos inconexos: habitaciones, armas, nombres, tiempos, ángulos, cuerpos.

Una ráfaga de viento le golpeó la cara. Miró el cielo y observó que toda la bóveda celeste estaba cubierta de nubarrones negros.

Se preguntó si era casualidad que los asesinatos hubieran coincidido con aquella tormenta.

Se fijó en la gente que se iba cruzando.

Pensó que cualquiera de ellos podría ser el asesino.

Encontró la cafetería que le habían dicho. Entró y se sentó. Sacó el móvil y abrió el WhatsApp. No tenía ningún mensaje. Abrió uno de ayer en donde había unas fotos. Eran fotos de dos gatos. Las fue pasando despacio.

Al poco tiempo apareció Pilar Ortega, que estaba acompañada por otros dos policías.

—Buenos días inspector —dijo Pilar, sentándose junto a Gómez.

Sus acompañantes se quedaron en la barra.

Gómez se levantó y la saludó. Había algo distinto en ella, algo en la rigidez de su espalda, en la manera en que sus dedos jugaban con la hebilla del bolso que descansaba sobre sus muslos, que le indicaba urgencia.

La conocía desde hacía años, desde la época en que la ascendieron a comisaria principal, una mujer de cincuenta y dos años bien llevados, aunque con una expresión de amargura que no era capaz de disimular.

La mujer mandó a uno de los policías al coche a buscar unas carpetas.

—¿Has desayunado? —le preguntó Pilar. Eran las ocho y veintitrés de la mañana.

—Sí, pero me tomaré otro café. A ver si despierto.

Pilar depositó sobre la mesa un dossier con documentación y comenzó a hojearlo mientras le presentaba a los otros dos policías.

Ella exhaló despacio.

—Necesito que lidies con esto, Gómez. No hay otra persona capaz de manejarlo. ¿Ya has pensado algo sobre la escena del crimen?

Él inclinó la cabeza apenas un milímetro.

—¿Y? ¿Qué te parece? —preguntó ella.

Gómez odiaba este tipo de preguntas. No tenía información, apenas había llegado y ya querían tener algún resultado.

—Voy a necesitar a mi gente.

Pilar apretó los labios con fuerza. Estaba a punto de perder la paciencia. Por un momento, se le pasó por la cabeza pasar el caso a otro inspector. Más joven, más manejable.

—Dime nombres.

Gómez apoyó los codos en las rodillas y enumeró con voz firme:

—Laura Cobos para finanzas y fraudes. Rogelio Casado en el forense. Tejada, un hacker. No es policía, tiene dieciséis años, pero lo quiero a toda costa. E Iván Espinosa, detective. Ya sabes de quién te hablo.

—Ya —dijo Pilar mientras uno de los policías tomaba nota y ella miraba el currículum de Dani.

—¡Pero si este chaval está en la ESO! —exclamó horrorizada.

—¿Y qué quieres que haga?

Pilar cruzó las manos sobre su regazo y lo miró con dureza.

—¿No te vale la gente de la unidad? —dijo Pilar—. Tenemos en nómina como a diez de los mejores informáticos de España.

—No —respondió Gómez.

Pilar suspiró.

—Gómez, hay que seguir los cauces reglamentarios. Como haya algún problema estás solo. Esto no va a ser como Morata de Tajuña.

Gómez recordó las escenas. La casa desordenada. Los cadáveres apilados.

—¡Ese chaval es mejor que cualquier otro! ¿Necesitas que te explique de lo que es capaz?

—Dime —soltó Pilar.

—Hackeó él solo el sistema de compras de Burger King.

Pilar soltó una risotada.

—¿No me jodas?

—¿Sabes lo jodidamente difícil que es eso?

—Ya, ya —exclamó cansada Pilar—. Hay otro tema.

—¿Qué? —preguntó Gómez.

—No cumples con la cuota de género.

Gómez bufó.

—¿Qué cojones? No elijo empleados por sexo, elijo a los que valen.

—Me importa una mierda cómo elijas —dijo Pilar, inclinándose hacia él—. Necesito que metas a otra mujer. Pero esa te la pongo yo: Marta.

Le pasó un currículum.

Gómez la miró un segundo, calibrando sus opciones. No tenía sentido discutir cuando Pilar ya había tomado una decisión.

—¿La conozco?

—No.

—Lo que tú digas —soltó Gómez—. Pero si esto sale mal, no quiero mierdas burocráticas. Mi equipo, mis reglas. Aquí mando yo. ¿Estamos?

—Eso díselo al Director General —soltó ella con una media sonrisa mordaz—. Yo solo te estoy haciendo un favor y no pongo las reglas.

Llegó una camarera con los cafés.

—No te hagas ilusiones, Pilar. Tú no haces favores.

Ella cerró los ojos un instante.

—No, Gómez. Yo te abro las puertas para que tú puedas hacer tu trabajo sin lidiar con toda la mierda. Esa es mi parte.

—¿Qué has traído? —preguntó Gómez señalando las carpetas.

Pilar le dio un expediente.

—Te he hecho una copia de todo lo que tenemos hasta ahora. Quiero que des el doscientos por cien. Así que ya no tenemos más que hablar. Ponte en marcha y quiero resultados rápido.

Gómez le pegó un sorbo al café, cogió la carpeta y se puso en pie.

Salió sin añadir nada más. Ambos sabían, sin decirlo, que ese día, en esa cafetería del paseo Pereda, acababan de firmar una obsesión que no les iba a soltar en los próximos meses.

Antes de salir, Gómez se detuvo en la puerta.

—Ah, y quiero una nave industrial discreta, lejos del centro, un lugar seguro en donde nos podamos instalar como dios manda.

Pilar hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Cada día quiero que me llames —dijo Pilar—. Cuéntame todo.

—¿Entonces vamos a conocernos mejor, no?

Ella forzó una sonrisa.