2. La reunión
Gómez bajó al desayuno antes que nadie. El olor a bollería y café recién hecho llenaba el pequeño comedor del hotel Las Tres Conchas. A esa hora, las luces blancas y frías de neón daban al lugar un aire de pensión barata.
Los investigadores y el personal de las fuerzas de seguridad estaban alojados en el hotel situado en la calle San José en pleno centro, un hotel pequeño y funcional de tan solo una estrella.
Gómez se comió cuatro bollos y un café bien cargado que le despertó el ánimo.
Habían reservado una de las salas del hotel. En ella se había colocado un proyector y una mesa con documentos. Ya estaban todos sentados cuando entró Gómez.
—A la hora de resolver un crimen y en especial uno como este, no hay jerarquía que valga —dijo desde su asiento, abriendo la sesión sin preámbulos—. El que tenga una idea que la diga, el que haya visto algo que lo suelte, aunque sea una chorrada, me da igual.
Hizo una pequeña pausa, bebió agua y continuó. Entre investigadores, policías y especialistas, se habían reunido allí unas doce personas. Pero les seguía faltando personal. Sabía que iba a necesitar a gente buena de verdad. No quería funcionarios. Buscaba perros de caza.
El inspector se había sentado en una de las mesas del fondo, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto invisible de la pared. Lejos de ponerse en pie y dar grandes discursos, le gustaba sentarse como los demás.
Por su experiencia, en reuniones como aquella, con un poco de suerte, las piezas empezarían a encajar solas. A veces, alguien descubría lo que había pasado inadvertido para los demás.
Pero solo a veces. En otras ocasiones, ya le había pasado, todo se enredaba más. Tocó madera para que no fuera así.
—Le he pedido a Laura que nos explique el estado actual del caso —explicó Gómez—. A ver si entre todos le encontramos algún sentido a todo esto. ¿Laura?
La inspectora se puso en pie, dirigió una breve sonrisa de cortesía a Gómez y se acercó al ordenador. Abrió rápidamente un fichero de vídeo.
—Voy a poner un esquema de los invitados a la herencia, según los datos que tenemos hasta ahora —dijo con voz firme—. El orden y el tiempo son importantes.
En una de las mesas se encontraba Rogelio Casado, jefe de Patología Forense del Instituto de Medicina Legal de Madrid. Laura hizo una seña a Rogelio, que se puso en pie y con un cuaderno de notas en la mano, se dirigió a todo el grupo.
—Carrasco podría ser la tercera víctima. Según estimaciones previas debió de morir a las 2:30 horas —explicó Rogelio con voz grave—. Presenta traumatismo craneoencefálico.
—Siempre te he dicho que si no te va bien en la policía, te puedes dedicar al doblaje —exclamó Laura.
La gente rio.
Laura puso una foto del extintor.
—Tal vez deberíamos empezar por el principio —dijo Gómez, interrumpiéndoles.
No le solían hacer gracia las bromas de Laura.
Se puso en pie. Pese a llevar tantos años en el cuerpo, este caso no se parecía a ninguno de los que había resuelto. Gómez, muy serio, le hizo una seña a Laura y tomó el relevo.
—Tenemos siete habitaciones —dijo Gómez—. Siete cajas fuertes con un arma. Pensamos que todos tienen un uso final que es matar a otra persona.
Había dos policías al fondo hablando entre sí. Gómez les lanzó una mirada.
—¡Eh! Tomad notas, que luego os pongo el examen.
Los policías interrumpieron la conversación de inmediato.
—Esta es la lista de armas —continuó Laura—. Son siete, pero se podría añadir una más que es el extintor.
Gómez cogió un cuaderno que llevaba consigo y subrayó un nombre: “Samantha Torres”. Los demás observaron la diapositiva. Siete armas. Fotos reales realizadas en el lugar de los hechos. Algunas incluso manchadas de sangre.
—Hay que iniciar las entrevistas —subrayó el inspector—. Las grabaremos todas y las revisaremos concienzudamente. Luego las volveremos a realizar al cabo de un par de días.
—Pero, Arturo, eso son muchísimas horas —protestó Laura.
Gómez miró a Iván, que estaba sentado en una de las primeras filas y le hizo un gesto de aprobación.
—Iván, quiero que seas tú quien haga los perfiles. Por cierto, bienvenido.
Iván se aclaró la garganta y saludó al grupo.
—Hola —dijo y se puso rojo.
Era un chico con cara de niño, muy alto, de unos veintitrés años, que podría pasar por un adolescente. Los del grupo de homicidios ya le habían puesto un apodo: el yogurín .
—La primera entrevista será con Alicia Parker —continuó Gómez—, ella es quien tiene más información. ¿Rogelio?
—No hay novedades, jefe. Sigue inconsciente.
Gómez miró a su alrededor con fastidio y calculó que el hotel no era un buen sitio para trabajar. Necesitaban un lugar más amplio y discreto.
—Ya está aquí —dijo Laura hablando al oído a Gómez.
—Ahora voy.
A pesar de los años y la veteranía, la entrevista que estaba a punto de mantener no iba a ser fácil. Pero antes tenía que comunicar algo al grupo.
—Hay alguien que no está —dijo Gómez—. Entraron siete personas, pero hemos encontrado a seis. Eso altera la investigación.
Gómez proyectó una foto en la pared. Era una mujer de unos treinta y siete años con el pelo negro y mirada dura. El inspector dejó la foto unos segundos para que todo el mundo la pudiera ver bien.
Volvió a mirar sus ojos.
—Esta es Samantha Torres —explicó Gómez—. En teoría tendría que haber estado en el hotel junto con los demás herederos, pero…
Hizo una pausa y se situó frente a la luz del proyector.
—Abandonó el hotel.