El búnker (La Herencia 2)
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1. La escena del crimen
Santander
El inspector Gómez iba sentado en el asiento del copiloto con el rostro congestionado y las manos hundidas en los bolsillos de su chaquetón beige. El coche temblaba por las ráfagas de viento y el parabrisas no dejaba de crujir bajo la lluvia.
La ciudad de Santander parecía desierta.
Ante él, se alzaba el hotel Real. Gómez se bajó del vehículo policial, se detuvo bajo la lluvia y contempló aquella joya arquitectónica.
El hotel dominaba la bahía desde lo alto, con la solemnidad de un palacio y la arrogancia de un faro. Construido para recibir a la realeza a comienzos del siglo XX, conservaba su aire de balneario aristocrático: muros blancos, tejados de pizarra y mármoles que parecían ignorar el paso del tiempo.
—¿Por qué siempre soy el último en llegar? —gruñó Gómez.
Entró en el edificio a través de una puerta de cristal giratoria junto a Pilar Ortega. A un lado aguardaba el escaso personal del hotel: apenas dos sorprendidos empleados sometidos ya a las preguntas de los agentes.
—Tenían instrucciones de desbloquear los ascensores a las ocho en punto y subir para ver cómo se encontraban los clientes de la planta cuatro —explicó Pilar mientras le daba un mono.
—Espera —le cortó Gómez—. Me estoy perdiendo algo. ¿Desbloquear los ascensores? ¿De qué hablas?
La comisaria dio un largo suspiro y lo invitó a que se pusiera el mono y la siguiera.
—Anoche, alguien llamado Maxwell cerró este hotel y organizó una cena para sus herederos.
Gómez se puso el mono. Le quedaba un poco justo, pero finalmente logró cerrarlo. Subieron por las escaleras.
—El gerente del hotel recibió la orden de cerrar el edificio a cal y canto.
—¿No podían salir? —dijo extrañado Gómez.
—Sí, pero solo por la escalera de incendios. Y, por desgracia, ninguno optó por hacerlo —respondió con una mueca de horror Pilar.
Gómez intercambió una breve mirada con Pilar y sonrió de manera artificial.
—Esto es algo muy bestia —dijo Pilar señalando hacia arriba mientras subían—. Jamás he visto una escena del crimen como esta. Parece una masacre de guerra.
Gómez dejó salir un prolongado suspiro. No había ni empezado y ya sentía que todo esto le quedaba grande.
—¿Tú te ibas a jubilar, no? —exclamó Pilar con ironía.
Gómez ni contestó. En ese momento habría maldecido con gusto a todos los responsables de aquella pesadilla.
Al llegar al segundo piso, Gómez aflojó el paso y disimuló un par de respiraciones profundas.
—¿Vamos muy deprisa? —preguntó Pilar con media sonrisa.
—Para nada. Solo me gusta observar las cosas con calma —respondió él, secándose el sudor de la frente con un pañuelo.
Subieron un piso más y luego otro. Finalmente, lograron llegar a la planta cuatro. El lugar estaba lleno de policías de la científica. Junto a los ascensores yacía un hombre corpulento, cubierto por una sábana blanca.
—Será mejor que empecemos por aquí —dijo Pilar, que portaba un cuaderno con notas.
Retiró la sábana.
Allí estaba un hombretón de grandes barbas. Tenía el cráneo destrozado en la parte posterior, la nariz llena de sangre, el mentón fracturado y, en el lugar de los ojos, había dos cuencas sangrientas con los globos oculares reventados.
La comisaria se puso de rodillas y con cuidado se acercó al cadáver señalando con un bolígrafo.
—Según el registro, este es Rafael Carrasco. Le debieron de golpear por detrás con un extintor —dijo señalando una parte del cráneo.
A Gómez se le revolvió el estómago. Se mareó al observar la sangre y los restos astillados del cráneo de Carrasco. Además, había un extraño olor en el ambiente, lo que estimulaba sus ganas de vomitar.
—¿Cómo pudieron con él? —preguntó Gómez.
—¿Qué quieres decir? —respondió Pilar.
—¡Mira el tamaño de este tío! —exclamó airado Gómez—. ¡Por Dios! Les va a hacer falta una grúa para sacarlo de aquí. Incluso con un arma, este hombre sería muy difícil de abatir.
Nadie supo explicar la cuestión, así que permanecieron unos segundos mirando el cadáver, observando la sangre desparramada por el suelo, atrapados por la violencia muda de la escena.
Entraron en la habitación 401. Allí estaba un hombre joven tumbado en la cama y atado a la cabecera. En su rostro aún quedaba un gesto de dolor.
—Este es Mario Suárez, informático y empresario, dueño de una empresa de robots y ¿sabes qué? —dijo Pilar—. Fue juzgado y absuelto por el asesinato de su novia. Hemos encontrado esto.
Pilar le enseñó una caja de plástico llena de cápsulas.
—¿Qué es? —preguntó Gómez.
—La científica cree que es cianuro. Si se confirma, hay suficiente como para matar a treinta personas.
La habitación estaba desordenada, con claras señales de lucha. Una de las mesas estaba tirada en el suelo, la lámpara rota, la pantalla por un lado y la bombilla hecha añicos.
En mitad de la habitación había una soga que pasaba por un gancho y estaba atada al tubo de la calefacción. Lista para un ahorcamiento.
Gómez lo miró con curiosidad, pero no tocó nada.
—Parece un forcejeo. Tengo una lista con los nombres de los invitados y sus habitaciones. Esta es la de una tal Alicia Parker. Justamente la que ha sobrevivido junto con…
—¿Y dónde está? —preguntó Gómez.
—En el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla —le contestó cortante Pilar—. La están tratando. De momento no he podido hablar con los médicos, pero está inconsciente.
—¿Pronóstico?
—Herida de bala en la zona abdominal, casi a bocajarro, bastante grave.
Gómez asintió. Iba anotando mentalmente todos los detalles. De momento, no juzgaba, solo observaba, esperando que más tarde todos estos datos le ofrecieran un patrón.
—Tienes que ver esta —dijo Pilar interrumpiendo la pausa y mirando su cuaderno de notas—. Es la habitación de Luis Vallejo. ¿Estás preparado?
La comisaria miró a Gómez, que estaba pálido, tal vez a punto de sufrir una lipotimia, pero Gómez hizo un gesto afirmativo con la cabeza y decidió continuar por no parecer un quejica.
No se acostumbraba a la sangre y era algo que aborrecía.
Un hombre de homicidios que no soporta ver la sangre. ¿Era posible mayor contradicción?
Para llegar a la habitación 405 anduvieron unos pasos. Gómez observaba todo con minuciosidad. Los dos ascensores. El reloj. Los cristales en el suelo. La mancha de sangre. La habitación era casi idéntica a la anterior salvo por su orientación.
El hombre estaba tumbado boca arriba en una posición en donde su brazo derecho se había quedado atrapado. Tenía un punzón clavado hasta el mango en el cuello. A su alrededor un charco de sangre seca.
—Este es Luis Vallejo, abogado —dijo Pilar—. Parece que le han matado con ese punzón. Lo sorprendieron. El agresor fue muy rápido y le apuñaló repetidas veces en el cuello atravesándole la yugular, lo que provocó que se desangrara en pocos minutos.
Gómez se acercó a observar las manos.
—No hay señal de cortes en las manos ni en los antebrazos —dijo Gómez—. Debió de caer al poco de recibir el ataque. No se pudo defender.
—No debieron de tener tiempo para colocarlo y taparlo en la propia cama —dijo Pilar—, o bien lo dejaron tal cual por circunstancias de la situación, aunque tuvieron el detalle de taparlo con una sábana.
—¿Alguien los llamó para que acudieran a este hotel? —preguntó Gómez.
La comisaria respondió con un simple gesto encogiéndose de hombros.
—¡Parece ser! Hay un despacho de abogados implicado en todo esto.
Un poco más adelante, Pilar le metió en otra habitación, a tan solo unos pasos del cadáver de Luis Vallejo. Era la habitación 406, que estaba vacía. En la mesa había restos de cocaína.
—Es la habitación de Felisa Beltrán. Cuando entramos estaba tiesa. Como una estatua.
—¿Muerta?
—Eso creímos todos. Fría, blanca, ni se movía. Había consumido cocaína adulterada, se quedó sin riego y se quedó ahí. En urgencias la sacaron adelante.
Registraron el resto de la habitación. Aquella estancia parecía haber agotado su capacidad de sorpresa.
—Estamos interrogando al socio principal que cenó con ellos, el que se encargó de organizar todo este tinglado.
—¿Hay testigos?
—Los camareros y el de recepción.
Gómez la miró con escepticismo, luego lanzó una mirada furtiva a su alrededor tratando de imaginarse la escena.
—Me he fijado en una cosa —exclamó la mujer—. En cada habitación hay cuadros diferentes y también en el pasillo, pero en el suelo hay un cuadro que es especialmente notorio por su calidad. Es un cuadro hiperrealista. Mira.
Abandonaron la habitación.
La comisaria le señaló el cuadro. Lo habían tirado y los cristales estaban rotos. Era de una mujer posando con unos caballos de fondo. Una obra sencilla, pero de gran calidad. Gómez se acercó y lo observó con atención.
—Está firmado por Ethan Davis.
—Es justo el que nos falta —dijo Pilar.
Dejaron el cuadro, pero Gómez no podía dejar de mirar el escenario en su conjunto y lo intrincado de todo aquello. Todo en este caso era extraño. ¿Qué hacía un cuadro de uno de ellos tirado y roto en el suelo?
¿Qué había pasado en esa planta?
—Ya solo nos queda uno más —dijo la comisaria.
Pilar se dirigió a la habitación 407. Allí se encontraron con el cuerpo de Ethan Davis tumbado en la cama con una postura un tanto ceremonial, como si se tratase no de un asesinato, sino de un velatorio.
—Aquí tiene al que debe de ser el autor de la obra que acabamos de ver, un portento —dijo Pilar acercándose a la puerta del baño y abriéndola ligeramente—.
Aún queda agua por el suelo y en la bañera.
Lo debieron de ahogar y luego lo tumbaron en la cama.
¿Quién lo hizo? Eso lo tendréis que averiguar vosotros.
—Lo que sí te aseguro es que no he venido aquí a visitar Cabárceno —dijo cortante Gómez—. Necesitaremos las autopsias y los perfiles de cada uno… ¿Ya lo tienen?
—Estamos en ello, pero hay sorpresas.
Pilar se adelantó unos pasos.
—En esa esquina hemos encontrado una táser —dijo la comisaria—. Hay una puerta que comunica estas dos habitaciones, y en la 401 hay un reguero de sangre que va desde la habitación hasta el pasillo y las escaleras. Esto indica que la persona que huyó estaba herida.
Gómez se paseó con cuidado por la habitación 401 intentando averiguar qué había pasado. Miró el cuerpo sin vida de Mario. En el armario había una caja fuerte, y observó que su interior estaba vacío.
—Creo que aquí la cuestión no es tanto cómo, sino por qué —dijo misteriosamente Gómez—. ¿Por qué han asesinado a todos? ¿Cuál es el móvil de este terrible crimen? ¿Tienes alguna idea o eso me lo dejas para mí?
—A ti te pagan por resolver crímenes.