21. El cierre
Las cosas, en realidad, no son lo que parecen
La despedida
Habían pasado días desde que todo había finalizado.
Los interrogatorios se habían sucedido uno detrás de otro. Policía, ejército, servicios de inteligencia. Las mismas preguntas formuladas de veinte maneras diferentes.
La policía había registrado la sede de la farmacéutica de Zaria. No encontraron absolutamente nada. Ningún laboratorio clandestino. Ningún registro fuera de las típicas compras y ventas de material.
El personal sí identificó a Lisa, que se había presentado como la nueva directora, pero no encontraron más información. Ni documentación. Ni direcciones. Ni teléfonos. Nada.
Solo el servicio secreto parecía saber algo más de lo que decía. Como si en realidad supieran de su existencia, pero no de su paradero.
Sobre el papel, la farmacéutica pertenecía a una sociedad registrada en las Islas Caimán, cuyos accionistas estaban ilocalizables y la habían constituido con pagos en efectivo. Imposible rastrear.
Las cuentas habían sido vaciadas. El efectivo fue canjeado por criptodivisas, y nunca se encontró la clave privada que permitía su acceso.
En definitiva, la sede de la farmacéutica estaba abocada a su desaparición por quiebra.
Yusuf fue identificado como un mercenario local. Pero tampoco consiguieron averiguar gran cosa. Estaba claro que se le daba la información mínima para hacer los trabajos que tuviera encargados. Pero no formaba parte del núcleo duro.
Y así poco a poco se llegó a un callejón sin salida, por lo que la policía les permitió irse a la capital, a Lagos.
La Universidad era el punto de reunión para ellos.
Ibrahim Musa ejercía de anfitrión, y los demás se dejaban llevar, especialmente Santana, que disfrutaba de estos días como si tuviera veinte años y estuviera empezando de nuevo.
Incluso Ibrahim le había pedido que diera alguna clase a sus alumnos, a lo que había accedido, causando la mejor de las impresiones.
De todas formas, algo había cambiado en ellos. Todas aquellas personas, los estudiantes, profesores, restaurantes que habían visitado, personal del hotel, todos, eran ajenos a lo que había sucedido. Ajenos a lo cerca que había estado el mundo de cambiar.
Incluso para ellos mismos, visto en perspectiva, empezaban a ser conscientes de lo cerca que estuvieron de morir.
Esto desarrollaba un apego especial. Se dice que los hombres que han combatido juntos quedan unidos por un vínculo extraño, difícil de explicar a quien nunca ha estado allí.
Aunque pasen años, o incluso décadas, sigue permaneciendo.
Marco tenía la sensación de que entre ellos estaba ocurriendo algo parecido.
Le recordaba a esos militares que aparecen en la televisión con noventa años, regresando al mismo campo de batalla.
Pero el mundo seguía funcionando. Era una situación extraña.
Y de nuevo los cuatro se habían reunido en la cafetería de la Universidad. Hablaban de forma distendida temas variopintos, proyectos, investigaciones… como si nada hubiera pasado.
Santana estaba sentado en una esquina de la mesa contando sus anécdotas, que casi siempre estaban relacionadas con comida y vino. Ibrahim a su lado le proponía un nuevo restaurante que visitar al día siguiente. Y Maya permanecía sentada en una silla apoyando la espalda en la pared.
Marco la observó durante unos segundos.
Llevaba ropa sencilla, el cabello arreglado y una expresión relajada que apenas había visto durante los días anteriores, únicamente por algún momento en aquella cabaña de la sabana.
Ya no tenía polvo en la cara, ni sudor pegado a la piel, ni aquella tensión permanente de quien espera que alguien aparezca armado.
Simplemente era Maya. Y estaba radiante.
Marco se descubrió a sí mismo mirándola, y había pensado en invitarla a cenar. Ellos dos. No estaba seguro de cómo reaccionaría. No quería causarle ningún malestar si realmente no le interesaba. Pero por otra parte le apetecía conocerla.
—¿Cuántos interrogatorios llevamos? —dijo Maya.
—Cinco o seis —respondió su padre.
—Quieres decir, cinco o seis por día, ¿no? —respondió Santana riéndose.
—Sí, exactamente eso —le siguió la corriente Maya.
—Bueno, por lo menos este esqueleto con patas —dijo Santana señalando a Marco— estará en su salsa. ¿No es eso a lo que te dedicas todos los días, periodista?
—Si yo te interrogara a ti Santana, dimitía. No habría detective que te aguantara más de diez minutos —dijo Marco siguiendo la broma.
—Eso es porque tenéis una vida muy aburrida. No tenéis nada que contar. Menos mal que estoy yo aquí —replicó soltando una carcajada.
—Sí. Está claro que hay que vivir algo. Maya, ¿te has enterado de lo de la doctora Lima? Creo que los demás no la conocíais —dijo Ibrahim.
—¿Qué ha pasado? —dijo Marco intrigado.
—Murió ayer.
Santana dejó de sonreír.
—¿Murió? —quiso asegurarse Maya.
Ibrahim asintió.
—Un accidente de tráfico. Su coche se salió de la carretera.
—Vaya, qué curioso —murmuró Marco.
—Parece que perdió el control —añadió Ibrahim—. Murió en el acto.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Y fue Santana quien rompió el silencio.
—Veis como no sabéis hablar de temas interesantes. Vais a acabar amargándome la comida —dijo Santana.
—Tienes razón. Cambiemos de tema.
La conversación siguió adelante. Despacharon la comida, unos más que otros, y por supuesto el vino, que quizás había corrido más de la cuenta.
La ocasión lo merecía. El restaurante les había proporcionado algo de intimidad poniéndolos en un reservado.
No tenían claro si era por deferencia hacia ellos, o para evitar que Santana inundara con su voz fuerte todo el salón.
Por el motivo que fuera estaban encantados.
Alguien tocó la puerta, y una cabeza se asomó.
Marco la reconoció inmediatamente.
Kim.
La misma joven con la que había hablado cuando llegó por primera vez a la Universidad buscando al profesor Musa.
Entró sonriendo.
—Vaya —dijo al ver a Marco—. Así que has sobrevivido.
—Por poco.
Kim se acercó a él.
—Me alegro de volver a verte.
—Lo mismo digo.
Durante unos segundos pareció buscar las palabras.
—Gracias. De verdad. Gracias por tu ayuda.
Marco hizo un gesto quitándole importancia.
—Nos hemos ayudado los unos a los otros.
Kim miró hacia Maya y fue a sentarse junto a ella. Y allí se pusieron a hablar entre las dos. Parecían realmente dos buenas amigas.
La conversación siguió por un buen rato en un ambiente de camaradería, hasta que se empezó a hacer algo tarde. Y fue Maya quien por fin dijo dirigiéndose a Kim.
—¿Nos vamos?
—Vamos.
Maya se acercó a su padre y lo abrazó.
—Nos vemos luego.
—No llegues tarde —respondió Ibrahim casi automáticamente.
—Papá… Ya no soy una niña.
—Para mí siempre serás una niña, no lo olvides —respondió Ibrahim con una sonrisa.
Santana soltó una carcajada.
Después Maya se acercó a Marco.
—Ha sido un placer conocerte.
Marco levantó una ceja.
—¿Te despides? —respondió Marco.
Ella sonrió.
—Kim y yo vamos a un congreso un par de días. Muchas gracias.
Se abrazaron brevemente.
Marco pensó durante una fracción de segundo en decirle lo de la cena.
No llegó a hacerlo.
Kim esperaba a unos pasos.
Maya se acercó a ella y, con absoluta naturalidad, entrelazó sus dedos con los suyos.
Marco bajó la vista hacia sus manos.
Después volvió a mirar sus rostros.
Comprendió.
Las dos comenzaron a caminar por el pasillo.
Marco permaneció observándolas desde la puerta.
Cuando habían avanzado una distancia suficiente y aparentemente creían estar fuera de la vista de los demás, Maya se detuvo.
Kim dijo algo que Marco no pudo escuchar.
Maya se echó a reír.
Después se acercó y la besó.
No fue un beso de amigas.
Marco abrió ligeramente la boca.
Durante un instante se quedó inmóvil.
Después sonrió para sí mismo.
Bueno.
Aquello explicaba unas cuantas cosas.
Y probablemente acababa de ahorrarse una cena bastante incómoda.
Poco después llegó también el momento de despedirse.
Santana se acercó a Ibrahim y le dio un abrazo.
—Ha sido un placer volver a verte viejo amigo.
—El placer ha sido mío. Esta es tu casa. Ya lo sabes.
Santana tomó su cartera y se la colocó debajo del brazo. Y empezaron a dirigirse a la salida.
—Algún día me tendrás que explicar cómo has conseguido sobrevivir aquí con tanto calor —dijo Santana hablando con Musa de camino a la calle.
—Te acostumbrarías.
Los dos salieron caminando lentamente por el pasillo.
Marco los vio alejarse mientras continuaban hablando.
No echaron la vista atrás.
Había llegado la hora de volver a casa.
Jian
El sol descendía lentamente sobre una playa del Caribe.
En la terraza de un pequeño bar apenas quedaban unas pocas mesas ocupadas. La música sonaba baja y el ruido del mar llegaba hasta la barra mezclándose con las conversaciones.
Una mujer estaba sentada sola frente a una copa.
Llevaba un vestido ligero, un sombrero blanco y unas gafas de sol que había dejado sobre la barra.
Miraba el horizonte. Sin prisa. Simplemente dejando correr el tiempo.
Una voz sonó detrás de ella.
—¿Qué hace una mujer como usted sola en un lugar como este?
La mujer se quedó inmóvil. Reconoció la voz.
Se giró con elegancia.
Un hombre estaba de pie a pocos pasos. Llevaba bañador, una camisa abierta y un sombrero de paja que le daba un aspecto de turista.
Estaba más delgado. Más viejo.
Mei sonrió.
—Jian.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
Después Mei se levantó.
No hicieron falta explicaciones.
Se abrazaron.
Un abrazo largo.
Cuando finalmente se separaron, Mei volvió a sentarse.
Jian ocupó el taburete a su lado.
—Pensé que te había perdido —dijo ella.
—Por poco —respondió él.
—¿Y Alexander?
Jian simplemente negó con la cabeza. Mei entendió perfectamente.
—Por lo menos pactamos un sitio soleado —dijo Mei.
—Hace muchos años. El sitio de siempre.
Mei y Jian se quedaron mirando el mar.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Mei.
—Nada especialmente interesante. Empezar una nueva vida —respondió Jian.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
Los dos se tomaron de la mano, como hacía tiempo que no habían hecho.