20. La consecuencia
A veces la diferencia entre la justicia y la crueldad es un instante de compasión
La huida
Todo había llegado a su fin.
El mortífero virus ya no existía, y los cinco estaban petrificados cada uno en una parte de la nave.
Ibrahim y Marco juntos en un lateral. Lisa y Tres cerca del horno donde un rato antes había amenazado el profesor que tiraría la maleta. Y Maya en un pasillo metálico en la parte alta. Quizás ella podría escapar, pero sus compañeros no tenían ninguna posibilidad.
Lisa todavía estaba asimilando la situación, mientras Tres permanecía junto a ella.
Y fue entonces cuando Yusuf entró en la nave jadeando. Pistola en mano.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó sin más.
Tres ni lo miró. Fue Lisa quien le respondió.
—Han destruido los viales. Todo se ha perdido —dijo derrotada.
Yusuf vio la oportunidad que estaba esperando.
La operación la había dirigido Tres desde el principio. Él era el responsable.
A Yusuf no le importaban los viales, ni la misión, ni creía en nada que no fuera el propio dinero y el poder.
Pero por encima de todo, sí le molestaba que una persona viniera a decirle cómo hacer su trabajo, que lo hubiera subestimado e incluso en cierta medida humillado.
Y todo para que al final simplemente fracasara.
Se aprovecharía de esta derrota en su propio beneficio. Había esperado pacientemente y le tocaba jugar sus propias cartas.
—Te dije que pasaría esto. Eres un inepto —le espetó a Tres.
Tres ni se inmutó. Frío como el hielo siguió mirando y controlando la situación.
—Yusuf. Reúne a los hombres. Nos vamos.
Pero Yusuf no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad.
—Eres la causa de este desastre —siguió increpándolo.
—Se acabó, Yusuf —le respondió Tres tranquilo.
—¿Se acabó? —repitió—. Has perdido los viales. ¿Y eso es todo lo que tienes que decir?
Tres iba a responder cuando algo llamó su atención.
Un sonido. Uno que había escuchado muchas veces.
Al principio apenas podía distinguirse, pero con su entrenamiento lo podía percibir antes que los demás. Rotores.
Levantó ligeramente la cabeza, y durante unos segundos permaneció inmóvil, mientras Yusuf seguía con su número.
Tres escuchaba. Era más de uno, y acercándose. Y él no había dado ninguna orden.
Se atrevería a decir que no era el mismo modelo que sus aparatos.
Lisa lo observó.
—¿Qué ocurre?
Tres no respondió inmediatamente. Pero dijo.
—Tenemos que irnos.
Había pasado buena parte de su vida subiendo y bajando de helicópteros. Había aprendido a reconocerlos incluso antes de poder verlos. El ritmo de las palas, la vibración grave que precedía a su llegada, la forma en que el sonido rebotaba contra las construcciones.
Sin duda. Aquellos aparatos no eran los suyos.
—¿Qué? —dijo Lisa.
—Ahora —insistió Tres.
Lisa no discutió. Tampoco tenía ánimo para hacerlo. Comenzó a caminar de mala gana en la dirección que Tres le había señalado. Empezaba a aceptar definitivamente la derrota.
Marco e Ibrahim los observaban. Simplemente permanecían juntos uno junto al otro. Inmóviles.
Entonces Yusuf se adelantó.
—¿Y ellos? No podemos dejarlos vivos. Saben demasiado.
Yusuf levantó el arma apuntándoles a corta distancia. Tanto Marco como Ibrahim permanecieron inmóviles. No tenía sentido moverse. A esa distancia no podía fallar.
Yusuf sonrió con desprecio.
—Estáis muertos —añadió.
Maya estaba contemplando la escena desde su posición elevada, sin poder hacer nada. Desesperada, empezó a correr por la barandilla y soltó un grito desgarrador.
Entonces sonó un disparo.
Seco.
Brutal.
Amplificado por las paredes metálicas de la nave.
—¡No! —gritó Maya desde lo alto.
Marco cerró los ojos por puro reflejo.
Esperó el dolor. Pero no llegó.
Frente a ellos, Yusuf parecía sorprendido.
Bajó lentamente la mirada hacia su pecho.
Una mancha oscura comenzaba a extenderse por la camisa.
La pistola se le escapó de los dedos y golpeó contra el suelo.
Después cayó él.
Nadie dijo nada.
Marco volvió la vista hacia Tres.
Su arma todavía apuntaba en dirección a Yusuf.
Del cañón ascendía un hilo tenue de humo.
Tres contempló durante un segundo el cuerpo.
No había satisfacción en su rostro.
Tampoco arrepentimiento.
Simplemente guardó el arma.
—He dicho que nadie dispare.
Lisa lo observó. No dijo nada.
Tres levantó la mirada hacia Marco.
Durante unos segundos los dos hombres se observaron desde la distancia.
Marco no comprendía qué acababa de suceder.
Tres podía haber permitido que Yusuf los matara.
Podía incluso haberlo hecho él mismo.
Pero no lo había hecho.
—¿Por qué? —preguntó Marco.
Tres lo miró sin expresión.
—Porque ya no había ningún motivo.
Un atisbo de respeto hacia esos dos hombres se dibujó en el rostro de Tres. Podían haber tomado el dinero. Podían no haber arriesgado sus vidas. Y, sin embargo, lo habían hecho. No estarían de acuerdo, no podían estarlo. Eran enemigos por sus ideales. Pero incluso así, los respetaba.
Salieron caminando. Como si abandonaran un centro comercial. En unos segundos habían desaparecido, y tan solo quedaba como testigo el cuerpo inerte de Yusuf tendido en el suelo.
Mientras Maya había llegado corriendo al suelo y corrió desesperada a donde estaban su padre y Marco. Su padre abrió los brazos y ella se abalanzó sobre él, y después lo mismo con Marco.
Los abrazó con todas sus fuerzas.
Toda la tensión se soltó de golpe y empezó a llorar, sin dejar de abrazarlos.
—Ya está —dijo Ibrahim abrazándola—. Ya está.
Muchos días de tensión acumulada se soltaron en ese momento. Demasiada presión para unas personas normales que simplemente se habían visto envueltas en algo que no buscaron y que no esperaban.
La preocupación dejó paso a las sonrisas. Y ya estaban empezando a caminar para salir de ese lugar cuando las puertas de un lateral se abrieron.
Cuatro militares entraron apuntándoles con armas largas, y gritando:
—¡Al suelo!
Los tres levantaron las manos inmediatamente.
—¡Al suelo! ¡Ahora!
Vestían equipo de camuflaje, cascos y chalecos antibalas. Entraban por parejas, cubriendo sectores distintos mientras avanzaban.
—¡Manos donde podamos verlas!
Marco, Maya e Ibrahim obedecieron.
—¡Somos civiles! —gritó Marco.
—¡Al suelo he dicho!
Los tres se arrodillaron.
En apenas unos segundos ocuparon la nave. Un grupo se dirigió hacia Yusuf. Otro comenzó a asegurar las puertas laterales. Dos hombres apuntaron hacia las pasarelas superiores.
—Sector izquierdo limpio.
—Controlad la planta superior.
—Tenemos un hombre caído.
Uno de los militares se acercó a los tres.
—¿Hay más hombres armados?
Marco señaló la puerta por la que habían salido Tres y Lisa.
—Dos. Han salido por allí. Hace menos de un minuto.
El militar pulsó el transmisor de su chaleco.
—Delta Uno a exterior. Dos objetivos abandonando la nave por el lateral este. Repito: lateral este.
Una voz respondió por la radio.
—Recibido, Delta Uno.
El hombre que dirigía la operación se dirigió a los tres y le preguntó directamente:
—¿Dónde están los viales?
Marco señaló el horno y respondió simplemente:
—Destruidos.
Al oírlo, pulsó nuevamente el intercomunicador de la radio y dijo.
—Delta Uno a Mando. Los rehenes informan que se ha destruido el virus.
—Recibido —se oyó al otro lado del aparato—. Necesitamos confirmación. ¿Queda alguna muestra?
—Más de 1400 grados no dejan nada que recoger —dijo el profesor Musa.
Cierta sensación de alivio se reflejó en la cara del militar. Pero su mente volvió a tierra. Todavía quedaban cosas por hacer. Y todavía estaban asegurando la nave.
Marco se dirigió a él y le preguntó:
—¿Quiénes son ustedes?
No tuvo tiempo a responder.
Desde el lateral por el que habían entrado emergió una figura de sobra conocida.
Un hombre bajo y regordete avanzaba por la nave con evidentes dificultades para seguir el ritmo de los soldados.
No llevaba casco. Ni chaleco antibalas. Y desde luego no estaba nada contento de encontrarse allí.
Marco se quedó mirando.
No podía ser.
—Por todos los santos… —se le escuchó protestar—. ¿A quién se le ocurre construir una fábrica de este tamaño? Llevo diez minutos caminando.
Marco abrió la boca.
—¿Santana?
El profesor levantó la cabeza.
—Jovencito. Tienes una soberana capacidad para meterte en líos que sería digna de estudio.
Marco se acercó a él y le dio un fuerte abrazo. Era la última persona del mundo que pensaba encontrar allí. No se lo podía creer.
—Pero ¿qué hace usted aquí?
—Eso mismo me pregunto yo —respondió Santana.
—Profesor Santana —dijo Ibrahim reconociéndolo.
—Profesor Musa —le respondió en plan ceremonioso.
—Pero ¿cómo ha acabado aquí? —volvió a preguntar Marco.
Santana tomó un poco de aire, y le dijo.
—Cuando contactó conmigo el profesor Musa, llamé a Seguridad Nacional. Todavía tengo algún contacto. Y por supuesto también llamé a tu editor. Un santo. Si yo te tuviera de empleado creo que me daría un infarto —le dijo con su labia habitual Santana.
Volvió a tomar un poco de aire.
—¿Está bien? —le preguntó Maya.
Juntando algo de fuerza, prosiguió.
—¿Cómo voy a estar bien? Que sepas que si me muero, será por tu culpa —dijo Santana dirigiéndose a Marco, quien no pudo dejar de sonreír.
Y prosiguió.
—El caso es que me involucraron en el equipo que empezó a analizar la crisis. Por si te olvidabas soy un respetable científico —dijo con sorna—. Y a alguien se le ocurrió que una persona con conocimientos debería estar en el terreno. ¿Y a que no sabes a quién eligieron?
—A ti —respondió Marco.
—Sí, a mí. Y todo porque a un periodista se le ocurrió meterse en un lío, como siempre. Si no fuera por el pobre Rolando, que hasta sintió lástima por ti, creo que te hubiera dejado pudrirte en este sitio —añadió con indignación fingida.
—Te hubiera sido más fácil —respondió Marco visiblemente agotado.
Santana se puso a caminar mirando los hornos, y la maleta que todavía estaba en el suelo abierta. Su ojo clínico observó el cuerpo inerte tendido en el suelo. Extendió la vista por los distintos equipos, y se dirigió hacia el profesor Musa.
—¿Lo habéis tirado ahí? —consultó señalando el horno más cercano.
—No. Lo hemos tirado ahí —dijo Ibrahim señalando el otro horno a donde su hija lo había arrojado.
Se quedó mirando un rato para la maquinaria. En su cabeza calculó la temperatura. La resistencia de los materiales. No le llevó demasiado tiempo.
—Más de 1000 grados. Debería ser suficiente —le dijo a Musa reconociendo su buen hacer.
—Debería —replicó Musa mirando al horno incandescente con su colega.
Ambos científicos se quedaron mirando el horno. Hasta que Santana apartó la vista, y vio a Maya.
—Y usted debe ser la hija del profesor. ¿Cómo era que se llamaba?
—Maya, profesor.
—Maya —repitió Santana.
Y de nuevo volvió a dirigirse a Marco.
—No sé ni para qué vengo a rescatarte. Sigues en los huesos. Estás más delgado todavía. Te hubieran hecho un favor pegándote un tiro. Por lo menos sería más rápido que morirse de hambre.
—Conozco un sitio —le dijo el profesor Musa a Santana— que creo que le podría gustar.
—Usted sí que sabe cómo alegrar la vida a este hombre —replicó Santana, tomándolo del brazo y empezando a caminar para salir de allí—. ¿Y concretamente qué se suele comer por aquí?…
Y ambos salieron a paso lento. Al paso que Santana podía caminar.
No echaron la vista atrás. Todos eran conscientes de lo que habían vivido, y que el mundo nunca sabría lo que allí había pasado.