19. Acción #2
Ibrahim levantó nuevamente la cabeza.
—¿Esto vale cinco millones? —dijo levantando ligeramente el maletín.
—Puedo tomarlo sin pagarle nada. Lo puedo recoger de su cadáver. Creo que es una oferta justa —respondió Lisa con calidez y al mismo tiempo determinación—. Calcule sus probabilidades. Usted es científico.
—He visto lo que contiene. Estos viales pueden matar a millones de personas —replicó Ibrahim.
—Profesor, usted no entiende nada. No somos monstruos. Todo tiene una explicación —respondió Lisa—.
No le dio tiempo a responder al profesor. Por otro lateral de la nave apareció jadeando Marco. Había encontrado el camino hasta los hornos y se paró en seco al ver la situación.
El profesor con el maletín en su mano, a unos pasos de los hornos. Tres apuntándole con una pistola, y una mujer de pelo blanco elegante a cierta distancia hablando con ellos.
Tres apenas movió los ojos para verlo. No tenía armas. Y además se había parado a cierta distancia, por lo que no suponía peligro. No bajó su pistola ni dejó de apuntar al profesor en ningún momento, pero le habló, para que supiera que le había visto, que él controlaba la situación.
—Periodista. Me alegro de verlo en persona —dijo con voz fría.
—No sé si opino lo mismo —respondió Marco.
Marco volvió a mirar a Ibrahim. Después la maleta. Y finalmente el horno.
—Marco. Es mejor que te alejes de aquí —le dijo el profesor con calma.
Marco avanzó lentamente.
Tres simplemente levantó su mano izquierda, levantando un dedo a modo de advertencia. Si seguía avanzando acabaría con un tiro en el pecho. Su mano derecha mantenía la pistola apuntando al profesor.
—Ahí está bien —dijo Tres.
Marco se detuvo.
Quedaron separados por buena parte de la nave.
Lisa volvió a tomar la palabra.
—Profesor. No tiene por qué morir nadie. Subo la oferta a diez millones de dólares. Y pueden marcharse. Simplemente deje la maleta en el suelo y salgan. Le doy mi palabra.
Marco sonrió.
—¿Diez millones? —dijo Marco.
—Diez millones —repitió Lisa.
—La verdad, no sabría que hacer con tanto dinero —respondió Marco.
Marco, al igual que Tres, estaban valorando la situación. Si Ibrahim corría hacia el horno, él mismo se abalanzaría sobre Tres, para darle tiempo a destruir el maletín.
Sería su fin probablemente. Pero no dudaría.
Todo con tal de destruir los viales.
Lisa se dirigió esta vez a Marco.
—Esta oferta también es para usted. ¿Va a morir por algo que ni siquiera entiende? ¿De verdad? Sabe que podemos dispararles a ambos y tomar simplemente el maletín. Pero no tiene por qué acabar así.
Se hizo un silencio un par de segundos.
—Si lo tuvieran tan claro, ya lo habrían hecho. No tienen ni idea de si el profesor es capaz de tirarlo a ese horno. Yo personalmente confío en él. ¿Y usted? —dijo sin dejar de mirar al profesor.
A la mínima señal, Marco se abalanzaría sin dudar hacia Tres. Todo estaba a punto de saltar. Solo hacía falta una chispa.
—¿Por qué? —preguntó el profesor—. ¿Por qué quieren matar a gente?
Lisa lo vio como una negociación. Vio un ápice de duda. De darle una excusa para ceder. Y se lo explicó.
—Profesor. Le vuelvo a decir. No somos monstruos. Aunque no lo crea, lo hacemos por la supervivencia de la raza humana. Ni se imagina lo frágiles que somos. Pero se lo explicaré.
Lisa levantó la mirada ligeramente queriendo recordar. Volvió su memoria a lo vivido al regreso de su aventura espacial, cuando era joven.
—Hace años, participé en una misión espacial. Hace muchos años. Una misión que no va a encontrar en ningún libro ni periódico —dijo Lisa mirando hacia el periodista, haciendo una clara referencia a su profesión—.
—Sin querer trajimos una muestra extraterrestre. Fue un accidente. Unas piedras contaminadas por algo que no sabíamos lo que era. No había antídoto. Mis propios compañeros de viaje murieron allí mismo, sin poder hacer nada.
Lisa tomó una ligera pausa.
—Simplemente tuvimos suerte. Si esa enfermedad, si ese virus hubiese salido del barco en el que estábamos recluidos, tenía el potencial de acabar con toda la raza humana.
—¿Y qué tiene que ver eso con este maletín? ¿Quiere acabar el trabajo del virus? —dijo el profesor.
—No lo entiende. Quiero inmunizar a toda la población.
Usted conoce la historia de la Peste Negra, SOMOS VULNERABLES —dijo Lisa gritando—.
Ha pasado en todas las especies. En el 2004 en Panamá un hongo mató al 90% de los anfibios.
En el 2006 otro hongo al 90% de los murciélagos de Norteamérica. ¿Cuánto quiere esperar?
—He visto lo que contiene. Esto no inmuniza. Esto mata —dijo el profesor—.
—Sí. A muchos. Pero el resto quedará inmunizado. Matar a millones para salvar a miles de millones. Eso es de lo que hablamos —replicó Lisa—. Tenemos que hacerlo ya. Hemos tardado años en diseñarlo.
Y por primera vez, el profesor pareció dudar. Tres lo vio en su rostro. Lisa también.
Suspiró. Levantó ligeramente la vista hacia arriba.
—No quiero su dinero. ¿Saldremos de aquí con vida si les doy este maletín? —preguntó el profesor.
—¿Profesor? —dijo Marco—. ¿Se ha vuelto loco?
—Marco, por favor. Hazme caso.
—Sí. Le doy mi palabra —dijo Lisa—.
—De acuerdo. Acepto el trato —y simplemente bajó el maletín al suelo y lo dejó—.
Marco no podía dar crédito. Si el profesor intentaba tirar el maletín al horno, tenía una probabilidad. Pero una vez dejado en el suelo, no había forma de hacer nada. No le daba tiempo a llegar corriendo, tomarlo y tirarlo. Antes ni siquiera de acercarse estaría muerto para no conseguir nada.
El desenlace
La situación era peor de lo que Marco había podido imaginarse. No había vuelta atrás. Toda la ventaja que podrían haber tenido se esfumó.
Ni siquiera al profesor le daría tiempo a cambiar de opinión y agacharse a recoger la muestra e intentar tirarla. Todo estaba perdido. Morirían millones.
—Ha hecho lo correcto —dijo Lisa, acercándose un poco.
Tres todavía no había apartado la pistola. Hasta tener el maletín en su mano, no se fiaba de nada ni nadie.
—Apártese lentamente hacia atrás por favor —dijo Tres en un tono más conciliador, pero sin dejar de apuntar.
El profesor se fue alejando poco a poco, acercándose a Marco.
—¿Qué ha hecho, profesor? —dijo Marco no dando crédito.
—Salvaros la vida —respondió el profesor—. Me han dado su palabra.
—Nuestra vida es lo de menos. ¿Cuánta gente morirá? —dijo Marco casi gritando—.
Lisa se acercó a la muestra y se quedó al lado de ella, sin dejar de mirarlos.
Tres por primera vez bajó el arma. La situación estaba controlada.
—¿De verdad entregaría su vida? Le había ofrecido diez millones de dólares —dijo Lisa—.
Marco se dirigió a Tres. Su única posibilidad era hacerlo entrar en razón. Quería saber si estaba tan loco como la mujer de blanco.
—¿Usted cree que está haciendo lo correcto? —dijo Marco.
—Lo estoy haciendo —respondió Tres firmemente convencido.
—Eso es lo que me preocupa. Cree que está haciendo lo correcto y matará a millones de personas —dijo Marco desesperado.
—Salvaré a miles de millones. Alguien tiene que tomar decisiones —replicó Tres.
—No tiene derecho a decidir quién vive y quién no —dijo Marco.
Tres sostuvo su mirada. Entendía la determinación de ese periodista. Entendía sus motivaciones. No lo comprendía. Pero lo respetaba. Estaba dispuesto a jugarse su vida por ello. Y había renunciado sin titubear a muchísimo dinero, solo para hacer lo que creía correcto.
—Vayámonos de aquí —dijo Lisa agachándose para tomar la maleta del suelo.
La levantó.
Y algo raro pasó por su mente. Algo no cuadraba.
Volvió a dejarla en el suelo.
Tres la miró.
—¿Sucede algo? —preguntó extrañado.
—Pesa poco —respondió Lisa.
Deslizó los cierres laterales y levantó la tapa. Quedó petrificada. Allí estaba la maleta abierta, pero vacía.
Ibrahim sonrió. Marco se quedó con la boca abierta.
—¿Dónde están? —dijo Lisa con expresión enrabietada.
Ibrahim no respondió.
—¿Dónde están? —dijo gritando nuevamente, y perdiendo la compostura.
Tres volvió a apuntar a ambos con la pistola en tono amenazante.
Ibrahim y Marco se miraron. Afrontarían juntos lo que viniera.
—Aquí —se escuchó a lo lejos.
Todos volvieron la cabeza. En una de las pasarelas superiores, recortada contra el resplandor anaranjado del horno, había una figura.
Maya.
Sostenía los viales entre sus manos.
Todo había sido una distracción. El dinero. El maletín. Todo.
Los verdaderos viales nunca habían estado allí. Se los había llevado Maya. Había subido a lo alto de las pasarelas con ellos, y estaba justo encima de la boca de un horno de vidrio.
—Yo no habría podido llegar allí —le dijo Ibrahim a Marco en voz baja.
Y Marco entendió todo.
Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras Maya soltaba sin más los viales en la masa de vidrio fundido.
No hubo ninguna explosión. Ni siquiera un chispeo. Simplemente se los tragó el vidrio incandescente a más de 1400 grados. Todo había acabado. Los viales con el virus mortífero habían terminado para siempre.
Solo un grito de Lisa cortó el silencio.
—¿Qué habéis hecho? —dijo con una mezcla de impotencia y desesperación.
—Lo que había que hacer —respondió sin más Ibrahim.