El brote 19. Acción
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19. Acción

Un cultivo contaminado por moho, un accidente A veces un error cambia la historia Alexander Fleming lo utilizó para descubrir la Penicilina y salvar millones de vidas

Los almacenes

Ibrahim caminaba unos pasos por delante con la maleta firmemente agarrada en la mano. Conocía el camino por haber visitado la fábrica anteriormente. Maya y Marco lo seguían.

Ya habían avanzado bastante cuando Marco vio a los dos hombres avanzando por la nave.

No llevaban el uniforme de la fábrica. Caminaban deprisa, mirando a ambos lados. Eran fácilmente reconocibles. Pero lo mismo les sucedía a ellos. Batas blancas en el almacén. Era lo mismo que poner una cruz fluorescente en la espalda.

Se vieron unos a los otros. Los habían encontrado.

Uno de ellos levantó la vista.

—Aquí Aire Uno. Los hemos encontrado. Están en el almacén.

Ibrahim torció a la derecha, y como un resorte los siguieron Maya y Marco.

Los hombres ya no caminaban. Corrían. Uno de ellos incluso había retirado su pistola de la cartuchera. No la podía utilizar, pero sabía que los intimidaría.

Ibrahim caminaba con la seguridad de conocer el terreno. Cortaría a la izquierda nuevamente.

—Por aquí. Este pasillo lleva a la zona de hornos —le dijo a Maya y Marco.

Marco miró hacia atrás otra vez. No los veía, pero oía las pisadas. Cada vez estaban más cerca.

No llegarían.

Al menos, no los tres.

Tomó a Ibrahim por el brazo.

—Seguid vosotros.

El profesor se detuvo.

—¿Qué?

—Yo los entretendré. Los despistaré.

—Marco, están armados —dijo Maya.

—Precisamente por eso. No llegaremos.

—Te matarán.

Marco miró la maleta que llevaba Ibrahim.

Durante un instante todo pareció reducirse a aquel pequeño objeto.

—Si recuperan eso, morirán millones.

Ibrahim negó con la cabeza.

—No.

—Profesor, no tenemos tiempo. Destrúyalo. Sea como sea.

No esperó más. Subió por una escalera a un pasillo metálico superior. Tomó una caja vacía de metal de tamaño medio y la sostuvo pegada al cuerpo.

Maya se quedó petrificada, pero su padre tiró de ella.

—Vamos hija. Nuestra vida no es importante. Marco tiene razón. No pueden recuperarlo. ¡Vamos! —la apremió.

Y sin más continuaron por el pasillo.

Los dos hombres aparecieron en la bifurcación. Dudaron unos segundos sobre qué camino seguir. Pero Marco hizo un ruido con el pie sobre la superficie metálica. Y sus miradas se volvieron hacia él.

No necesitaron más. Un hombre con bata blanca y que llevaba una caja de supuestos viales.

—¡Alto! —gritaron, y se pusieron a correr.

Ya no se disimulaba. Todos huían o perseguían sin cuartel.

Marco avanzó a toda velocidad por el pasillo metálico, y giró pasillo tras pasillo.

El hombre que llevaba la pistola en la mano instintivamente apuntó a Marco.

—¡No dispares! —le avisó el otro—. Recuerda las órdenes.

Las planchas metálicas vibraban bajo sus pies. A su alrededor, tuberías y conductos cruzaban la nave en todas direcciones. El ruido continuo de la maquinaria ocultaba parcialmente los pasos de sus perseguidores, pero de vez en cuando podía escuchar un golpe metálico detrás de él.

Estaban cerca.

Marco bajó por otras escaleras de dos en dos.

No era más fuerte que aquellos hombres. Tampoco sabía utilizar un arma como ellos.

Pero estaba en forma.

Y, sobre todo, tenía miedo.

Nunca había entendido cómo alguien podía decir que el miedo paralizaba. A él le estaba dando una velocidad inusual.

Tiró la caja en un contenedor sin parar de correr. Ya no la necesitaba. También se quitó la bata. Demasiado llamativa.

Atravesó otro corredor y llegó a una zona mucho más oscura de la nave. Suelo de terrazo. No hacía el mismo ruido al correr. Varias puertas metálicas se sucedían a ambos lados. En las paredes había carteles y estanterías con herramientas y material de mantenimiento.

Debían de ser almacenes secundarios.

Marco redujo ligeramente la velocidad.

Miró alrededor.

Estaba atrapado. Esta parte de la nave no tenía salida.

Tenía que pensar algo, y rápido.

Abrió la puerta del fondo completamente.

Después volvió sobre sus pasos y se metió en la puerta contigua cerrándola tras de sí. Y simplemente esperó.

Los pasos se acercaban.

Tomó una barra de hierro. Sobraban las herramientas.

En una lucha llevaba las de perder, pero al menos lo intentaría si era necesario.

Y siguió esperando.

Los dos hombres llegaron al corredor. No se pararon. Vieron la puerta abierta e instintivamente entraron y siguieron corriendo.

No tardaron nada en darse cuenta de que no tenía salida. Pero Marco no perdió el tiempo. Salió de su escondite. Los había escuchado pasar. Había escuchado por los pasos cómo habían entrado en la estancia continua y se habían internado en ella.

Simplemente salió y agarró la puerta metálica con ambas manos y la cerró.

Los dos hombres giraron y volvieron a toda velocidad sobre sus pasos. Pero ya era tarde.

Marco puso la barra metálica atravesada entre las dos asas de la puerta y la estructura de una estantería fijada a la pared. No sería fácil salir.

Desde dentro golpearon inmediatamente.

—¡AbrE LA PUERTA!

Pero Marco no esperó. Se puso a correr en sentido contrario por donde había venido.

—¡AbrE LA PUERTA! —se escuchaba aún a lo lejos mientras Marco ponía distancia por medio.

Aún no se lo podía creer.

Marco no era un héroe. Simplemente hizo lo que creía que debía hacer. Pero no era ni se sentía un héroe. Él mismo se daba cuenta de la inmensa suerte que había tenido.

Mientras corría intentando encontrar de nuevo a Ibrahim y Maya pensaba el siguiente paso. Porque no tenía duda que había más mercenarios en la fábrica. Como mínimo había contado seis u ocho. Y solo estaban fuera de circulación dos.

Los hornos

Tres tenía clara la ruta. Sabía que el camino los llevaría directamente a los hornos.

Encontró un empleado vestido con un mono azul. Con cara de pocos amigos le preguntó:

—¿Dónde están los hornos?

El empleado se asustó. Dos hombres con tez pétrea. Olía a peligro. Les señaló la dirección y desapareció tan pronto como pudo.

Los dos militares continuaron a paso rápido. No corrían. Estaban alerta, ojeando cada pasillo paralelo, pero sin parar.

Cuando llegaron, el calor se notaba incluso antes de entrar.

A medida que avanzaban por el corredor industrial, la temperatura aumentaba y el ruido de la maquinaria se convertía en un sonido grave y constante que parecía salir de las propias paredes.

Tres se detuvo unos segundos en la entrada.

Frente a él se levantaban estructuras metálicas, conductos, plataformas y pasarelas que cruzaban la nave a distintas alturas. Más allá, el resplandor anaranjado de uno de los hornos en línea teñía parcialmente el ambiente.

Tres se dirigió al hombre que lo acompañaba.

—Quédate aquí. Que nadie salga.

—Sí, señor.

El maletín estaba dentro y no quería que se le escapara entre los dedos.

Caminó lentamente hacia el interior mientras observaba cada rincón. No tenía prisa.

Al girar a la izquierda para incorporarse a la sala principal, vio a Ibrahim. Llevaba la maleta en una mano.

Ambos se detuvieron. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

No había más de veinte metros entre ellos. A la derecha de Ibrahim, algo más adelante, estaba uno de los hornos. No se encontraba justo a su lado, pero sí lo bastante cerca como para que Tres entendiera inmediatamente el peligro.

El profesor miró el horno.

Fue un movimiento casi imperceptible.

Pero Tres lo vio.

Su mano se desplazó lentamente hacia la pistola.

—No lo intente.

Ibrahim volvió la vista hacia él.

Tres desenfundó el arma y apuntó directamente a su pecho.

—Deje la maleta en el suelo —le ordenó con voz tranquila pero fría.

Ibrahim no se movió.

El ruido de la fábrica llenaba el silencio entre ambos.

Tres calculó la distancia. Quizá el profesor pudiera correr hacia el horno.

Era algo mayor, pero podía ser capaz. Quizá pudiera lanzar la maleta.

También era posible que le disparase antes.

Probablemente. Pero ese disparo podía romper los viales, o no ser suficiente para evitar que los lanzara al horno. No podía estar seguro.

Y esa incertidumbre era suficiente. Demasiado riesgo.

—Profesor Musa —dijo con calma—. No tiene ninguna posibilidad.

Ibrahim apretó ligeramente la mano alrededor del asa.

—Eso no lo sabe —respondió con una tranquilidad de quien no le importa morir en el intento.

—Está demasiado lejos —continuó Tres con calma tensa.

Ibrahim volvió a mirar el horno.

—Puede ser.

Tres mantuvo el arma inmóvil.

—Le dispararé antes de que llegue.

—También puede ser.

Aquella respuesta le llamó la atención, porque veía a una persona con su misma determinación. Sabía que moriría y, sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo.

Unos pasos resonaron detrás.

—¡Quietos!

La voz pertenecía a Lisa.

Entró en la nave y se detuvo al comprender la situación. Miró a Tres. Miró a Ibrahim. Y por supuesto a la maleta. La misma que usaban en sus laboratorios.

Vio lo cerca que estaba la boca del horno. Podía sentir su calor.

Lisa avanzó unos metros, lo suficiente para que lo escuchara bien.

—Profesor Musa.

Ibrahim la miró.

—Le propongo un trato —continuó Lisa—. Nadie tiene por qué morir.

Lisa puso una cara afable, educada, como ella sabía hacer, y dio otro paso más.

—No se acerque —dijo Ibrahim.

Lisa paró inmediatamente.

—Cinco millones de dólares.

Ibrahim frunció el ceño.

—¿Qué?

—Cinco millones de dólares. Deje la maleta en el suelo y márchese. Y le doy mi palabra que saldrá de aquí con vida.

Ibrahim permaneció inmóvil.

Lisa dio otro paso.

—Le repito, no se acerque —dijo Ibrahim, con voz más amenazante.

Lisa volvió a detenerse. Tres seguía apuntándole pétreo.

—Sabe que morirá. Le estoy ofreciendo cinco millones. Simplemente por dejar el maletín en el suelo e irse.

Durante unos segundos pareció que Ibrahim estaba pensando.

Lisa interpretó aquel silencio como una oportunidad.

—Puedo hacer que el dinero esté donde usted quiera antes de que termine el día. Europa. Estados Unidos. Suiza. Donde me diga.

Ibrahim bajó la mirada hacia la maleta.

—¿Cinco millones?

—Cinco millones.

Tres observaba la conversación sin intervenir.

Algo en la expresión de Lisa indicaba que creía haber ganado.