El brote 18. La tela de araña #3
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18. La tela de araña #3

Llegaron a una de las puertas laterales de la fábrica donde estaban los almacenes y muelles de carga. Uno de los empleados los miró, pero no dijo nada. El segundo que estaba más allá les preguntó si necesitaban algo. Sin duda debía ser una especie de encargado.

Una bata blanca era perfecta para pasar la barrera exterior. Pero no tenía mucho sentido en un almacén. Si en su lugar llevaran una funda, nadie les habría dirigido la palabra.

Ibrahim señaló la tarjeta de la solapa y dijo:

—Universidad —dijo—. Tenemos que entregar un paquete.

El vigilante miró primero la identificación y después a los tres acercándose mientras quitaba los guantes de las manos.

Al mismo tiempo, el ruido de los helicópteros se hacía cada vez más fuerte. Ya casi estaban encima.

—¿En el almacén? —preguntó—.

—En la zona de hornos. En la garita nos dijeron que podíamos entrar por aquí —respondió Ibrahim.

El encargado titubeó. Pero como los helicópteros ya eran visibles y no era algo habitual, quiso despacharlos para ver qué sucedía. Al fin y al cabo, reconocía perfectamente la tarjeta de la Universidad. ¿Qué peligro podía haber de unos docentes?

Señaló hacia el interior.

—Seguid recto. Al final del pasillo, en la segunda nave a la derecha. Preguntad allí.

—Gracias.

Los tres comenzaron a caminar, pero no sin antes ver que los helicópteros habían tomado tierra, se habían bajado varias personas, y uno de ellos volvía a elevarse de nuevo.

Cuando estaban a cierta distancia en el interior de la nave, Marco le dijo a Ibrahim.

—¿Entregar un paquete?

Ibrahim continuó caminando sin mirarlo.

—Lo vamos a entregar, ¿no?

—Eso espero. No tenemos mucho tiempo —respondió Marco.

—¿Cuántos bajaron? —preguntó Maya.

—Por lo menos seis personas. Pero no me dio mucho tiempo a verlo —respondió Marco.

—Pues no perdamos el tiempo. ¿Dónde están los hornos? —dijo Maya.

—Exactamente donde nos dijo el supervisor —respondió Ibrahim.

El Aire Uno había tocado tierra levantando una nube de polvo alrededor del aparato.

Antes incluso de que las palas hubieran reducido completamente su velocidad, la puerta lateral se abrió y Tres saltó al suelo seguido por sus hombres.

Empezó a ordenar instrucciones concisas y rápidas.

—Vosotros dos. Almacenes. Revisad entradas y salidas. Preguntar por los fugitivos. Tenéis en la Tablet de campaña sus fotos. Si los veis, informad. No hagáis nada hasta que yo lo ordene.

Los dos hombres echaron a correr.

Tres miró al tercero.

—Tú conmigo. Vamos a Administración.

Se dirigieron hacia el edificio de principal.

El segundo helicóptero también había aterrizado y de él se había bajado Yusuf con dos hombres más. Unos segundos después la propia Lisa descendió lentamente y se quedó en el aparcamiento antes de que al igual que Aire Uno se volviera a elevar.

Tres dio nuevas órdenes por el pinganillo de comunicación.

—Aire Dos, enviar a dos hombres a la garita de seguridad de la entrada. Cerrar los accesos. Que nadie entre ni salga.

Los dos hombres de Yusuf se dirigieron hacia allí.

—Yusuf, revisa el aparcamiento —volvió a ordenar Tres—. Ningún disparo. Insisto. Queremos recuperar la mercancía, no destruirla.

Yusuf observó el aparcamiento. Se sintió ofendido. Lo trataban como un simple mercenario, no como el jefe de seguridad. Ponerse a buscar en el aparcamiento un vehículo. Eso lo podía hacer cualquiera.

Pero obedeció. No le convenía enfrentarse. En algún momento llegaría su hora, pero no todavía. Se limitó a responder.

—Revisaré los vehículos.

No había demasiados. Empezó a caminar entre ellos. Sabía lo que buscaba, una furgoneta por lo que pronto vio las candidatas, ya que la mayoría eran turismos normales de empleados.

Yusuf comenzó a caminar entre las filas. Mientras, en el aparcamiento donde habían aterrizado los aparatos, solo quedaba Lisa. De pie. Vestida de blanco. Elegante como siempre. Nadie estaba pendiente de ella. Y simplemente se puso a caminar hacia el interior del edificio.

Tres ya estaba entrando en la Recepción, cuando empezaron a llegar noticias por el pinganillo.

—Aquí Aire Dos desde la garita—se oyó con sonido metálico.

—Habla —respondió Tres sin más ceremonia.

—El vigilante ha identificado al profesor Musa. Han entrado en el recinto hace menos de diez minutos.

Perfecto. Pensó para sí Tres. Ya los tenemos. Pero faltaban los otros dos. Claramente solo habían identificado a uno de ellos.

La duda no tardó en disiparse.

—Aquí Aire Uno desde la entrada del almacén. Han identificado a los tres fugitivos. Han pasado por aquí.

—He encontrado la furgoneta —dijo sin más Yusuf por el pinganillo, sin ningún tipo de identificación táctica—. Vacía. Han debido entrar en el edificio.

Las cartas estaban sobre la mesa. El desenlace estaba próximo.

Al igual que cuando era cazador, casi podía oler la presa. Su mente ya funcionaba en automático. A estas alturas era imposible que se escaparan. Solo tenía que mover las piezas, sutilmente, como en una partida de ajedrez. Y caerían.

—Aire Tres —ordenó al tercer helicóptero—. Dejad los cuatro hombres en la fábrica para que ayuden en la búsqueda. Tierra Uno y Tierra Dos. Os quiero en la fábrica también.

Y sin más, se adentró en la Recepción.