18. La tela de araña #2
Primero inclinó ligeramente el fuselaje hacia la izquierda.
El horizonte pareció desplazarse al otro lado de las ventanillas mientras el aparato describía un amplio arco en el aire.
El morro fue acompañando el giro hasta quedar orientado en la nueva dirección y, poco a poco, el piloto niveló de nuevo la máquina.
Tres miró por la ventanilla durante unos segundos. Ya estaba trazando el plan en su mente.
—Preparad las armas. Pero no disparéis bajo ningún concepto a los viales. Queremos recuperar la mercancía intacta.
Los tres hombres que viajaban con él reaccionaron de inmediato.
Tomaron las pistolas que llevaban guardadas.
Comprobaron los cargadores, verificaron que estuvieran bien asentados y revisaron el seguro.
Uno de ellos tiró ligeramente de la corredera para comprobar el estado del arma antes de devolverla a su posición.
Después ajustaron las fundas y mantuvieron las pistolas preparadas, pero con el cañón apuntando hacia el suelo.
Todo fueron movimientos rápidos y mecánicos.
Tres recordaba los viajes en helicóptero como el eco de una vida pasada, en la época que patrullaba la jungla como soldado. Quedaba muy lejos y muy profundo en su memoria. Había sido padre. Había sido marido. Todo perdido.
Una sacudida lo devolvió a la realidad.
—Diez minutos para destino —dijo el piloto.
La señal de su terminal volvió a sonar. Un nuevo aviso de alerta se iluminó en su Tablet de campaña.
—Se ha detectado otro contacto del vehículo en una cámara de tráfico —dijo Tres al piloto—. Han tomado el desvío hacia el río Níger.
—Copiado.
Ya se había dado la orden a los otros helicópteros de desplazarse a un punto de intercepción. Y lo mismo a las unidades de tierra, pero tardarían más en llegar.
Iba dando las órdenes desde su consola o por radio.
Desviaría los recursos hacia la posición del objetivo formando una tela de araña. Pero no dejaría los puntos de paso más alejados sin cubrir, por si conseguían escapar. Aunque esta vez estaba seguro de capturarlos.
Una vez dispuestas las piezas en el tablero, Tres se puso a pensar. Siempre se ponía en el punto de vista del objetivo. ¿Qué buscaba? ¿Qué haría él en su lugar? Eran científicos, inteligentes. Y habían estado ocultos durante días hasta ahora. ¿Por qué?
Tomó el teléfono y marcó el número de sobra conocido:
—Operador —se oyó al otro lado.
—Tenemos la ruta y llegaremos en menos de diez minutos —dijo Tres—. ¿Qué hay en esa zona? ¿Población? ¿Ferrys?
—Revisando —dijo Operador.
—Han estado escondidos varios días y acaban de salir. ¿Por qué? —dijo en voz alta.
—Es posible que quieran salir del país. Esa carretera lleva a la frontera de Benin. Una vez atraviesen el río Niger no hay más de 70 kilómetros —dijo Operador.
—No creo que sea eso. Demasiado riesgo pasar por la frontera —replicó Tres.
—No veo otra explicación para tomar esa carretera —se empeñó Operador.
—Dime lo que hay en la zona —ordenó Tres.
—Nada especial. No hay universidades de relevancia. No he encontrado que tengan relaciones personales en la zona…
—No… —interrumpió Tres—. Quiero conocer si hay aeropuertos. Industrias. Dime todo lo que les pueda interesar. Están buscando algo.
Operador se tomó su tiempo. La intuición de Tres siempre había dado muy buen resultado. Y desde luego no sería él quien discutiera el plan a trazar.
Revisó la zona y le fue diciendo mientras se acercaban.
—Yelwa es el único núcleo importante. Hospital general, varios centros educativos, mercados, talleres, almacenes agrícolas… Mucha actividad relacionada con pesca y agricultura. No hay aeropuerto.
—Sigue.
—Hay pequeñas industrias. Transformación de aluminio, molinos, talleres mecánicos, almacenes de grano…
—Operador hizo una pausa—. Hacia el sur, en Baha hay una planta de fabricación de vidrio e industria auxiliar.
Más al sur tenemos el principal puente que cruza el Niger.
Tienen que pasar por ahí necesariamente.
Tres levantó la mirada.
—Repite eso.
—¿El puente?
—No. La fábrica de vidrio.
Operador consultó de nuevo la información.
—Fabrican botellas de vidrio. Instalaciones antiguas. Dos naves, almacén exterior y zona de hornos.
Tres permaneció en silencio.
—¿Qué temperatura alcanzan esos hornos?
Hubo unos segundos de espera. Operador ya había deducido lo que estaba buscando Tres. Tenía sentido.
—Más de mil grados. Bastante más durante el proceso de fusión.
Tres se incorporó ligeramente en el asiento.
De pronto todo encajaba.
No iban hacia la frontera. No estaban intentando abandonar Nigeria. ¿Para qué lo harían?
—Quieren destruirlo.
—¿Qué?
—Lo viales —respondió Tres—. No han salido de su escondite para escapar. Han salido porque necesitaban encontrar algo capaz de destruir los viales. Son casi irrompibles. Pero un horno sí podría servirles.
Miró inmediatamente al piloto.
—Vamos a la fábrica de inmediato.
—Necesito las coordenadas.
Tres volvió al teléfono.
—Operador, mándalas. Ahora.
La información apareció pocos segundos después en la pantalla de campaña y en el visor del piloto.
Tres activó la radio y ordenó el cierre de la tela de araña.
—Unidad Uno Tierra, cubrid la salida del puente. Unidad Dos Tierra, establecer un control por donde ya han pasado.
De esta forma controlaba tanto el punto por el que pasarían si el objetivo no era la fábrica. Y si daban la vuelta, otro equipo les esperaría.
—Copiado —se escuchó al otro lado de la radio.
—Unidad Aire Dos, vais con nosotros a la fábrica. Unidad Aire Tres, barrer la carretera intentando localizar la furgoneta.
Ya se veía la fábrica a lo lejos. No más de un minuto para llegar.
Por la ventanilla divisó a Aire Dos, acercándose a la fábrica desde otro ángulo.
Esta vez sí. Esta vez no veía cómo se podían escapar.
Tenía la tenaza sobre ellos, y la mano sobre el mango para apretar.
La fábrica
Dos científicos y un periodista vestidos con bata blanca cruzaron con naturalidad el aparcamiento. Nadie se fijaba en ellos. A esa hora eran los únicos en la explanada, y ni siquiera era un día con gran actividad.
El sol estaba suspendido en lo más alto, la ropa empezaba a sobrar, y alguna gota de sudor recorría la espalda.
El funcionamiento de la fábrica emitía un ruido continuo de fondo. Pero poco a poco, se fue imponiendo un zumbido sobre él. Inicialmente casi imperceptible, y después más evidente.
Marco levantó la vista al horizonte. Palas. Dos helicópteros se aproximaban desde el norte volando relativamente bajos. No tenían trayectoria paralela, sino que su dirección confluía en donde ellos estaban.
Marco cambió su expresión.
—¿Qué pasa? —preguntó Maya.
—Nada. Sigue andando.
De vez en cuando volvía la vista al cielo. Los aparatos continuaban acercándose.
Uno podía ser casualidad. Pero dos era como mínimo algo extraño. Y más cuando ambos empezaron a perder altura.
Sin querer detectó un tercer punto oscuro mucho más lejos. Parecía un tercer aparato. Era demasiada casualidad.
—Más rápido —dijo.
Ibrahim giró la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—No miréis. Seguid andando.
La preocupación cambió el semblante de sus rostros. Aceleraron el paso, pero sin correr, porque habría llamado la atención.
El sonido de los rotores creció, y ya se imponían claramente al ruido de la maquinaria.
Marco tuvo que hacer un esfuerzo para no darse la vuelta.