El brote 18. La tela de araña
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18. La tela de araña

Las peores atrocidades suelen empezar con una buena razón

El último paseo

A la mañana siguiente, los tres estuvieron de acuerdo en que había llegado el momento. No podían seguir cargando con los viales de forma indefinida.

Habían desaparecido durante días lo que hacía que sus perseguidores tuvieran que dispersarse en una zona amplia de búsqueda. Eso les daba una oportunidad mayor de pasar desapercibidos. Era el momento de intentar aprovecharlo.

Durante el desayuno volvieron a discutir las posibilidades.

Pensaron simplemente esconderlos. Pero si los capturaban, los torturarían hasta lograr la ubicación.

Quemarlos con gasolina era un riesgo, porque podrían dañarse, abrirse y extender el virus.

Por lo tanto, acordaron que la mejor opción era destruirlos en el horno de la fábrica de vidrio que había propuesto Ibrahim.

Marco levantó la mirada.

—¿Funcionará?

—Son más de 1400 grados sin que la llama se extinga —respondió Ibrahim—. Sí, funcionará.

Permanecieron un rato en silencio. Por muy resistentes que fueran los recipientes era casi imposible que algo sobreviviera.

—¿Dónde has dicho que está la fábrica? —consultó Maya.

—Está cerca del río Níger. No demasiado lejos. Colaboramos con ellos en unos experimentos hace años —dijo el profesor.

Maya puso su móvil encima de la mesa. No tenía ninguna tarjeta SIM. Pero días atrás había descargado los mapas de la zona, y podía utilizar GPS. Los podía guiar hasta la fábrica sin activar ninguna señal.

Tecleó la ubicación y el sistema trazó la ruta.

—En lugar de la vía principal, utilizaremos esta secundaria —dijo Marco.

—Sí pero no podemos evitar pasar por estas carreteras, y pueden estar vigiladas —respondió Maya.

—No hay otro camino —respondió Marco—. Además, no conocen nuestra furgoneta y no son demasiados kilómetros.

No estaban convencidos del todo, pero no veían otra alternativa.

Saldrían poco antes de mediodía, cuando las carreteras estuviesen más cargadas de tráfico.

Conduciría Ibrahim o Marco, y llevaría puesto con un turbante y gafas de sol para ocultar parcialmente el rostro.

En esta zona del mundo, llamaría menos la atención un hombre que una mujer al volante.

—Entonces está decidido —dijo Ibrahim.

—Está decidido —corroboró Marco.

—¿Y cómo haremos para entrar en el recinto? Tenemos que pensar algo —dijo Maya.

Ibrahim sonrió y simplemente respondió:

—Por la puerta principal.

—Sí, claro. Le diremos al guardia de seguridad: “venimos a quemar unas muestras biológicas en ese horno que tenéis ahí” —dijo Maya.

—Tu padre tiene razón Maya —le respondió Marco dándose cuenta del plan de Ibrahim.

Maya reflexionó, y ella misma sonrió y dijo:

—Por la puerta principal.

—¿Te acuerdas que hicimos una investigación conjunta con la fábrica?

Estoy seguro de que todavía guardo alguna amistad —explicó Ibrahim—.

Pero si no fuera así, tengo la identificación de la Universidad, y tú también Maya.

Solo tenemos que pasar la barrera exterior, y esas tarjetas son nuestro salvoconducto.

—Y una vez dentro, no nos costará escabullirnos hasta los hornos —añadió Marco.

—Simplemente nos pondremos una de esas batas blancas de laboratorio —señaló Ibrahim hacia el lugar donde había guardado algo de ropa—. Y ya está.

—¿Recuerdas dónde están los hornos papá?

—Imposible olvidarlo —respondió Ibrahim—. Son un auténtico espectáculo.

—Puede funcionar —dijo más para sí mismo Marco que en voz alta.

Repasaron una y otra vez el plan.

Pensaron alternativas si alguna de las opciones fallaba.

Y finalmente, cuando entendieron que habían analizado todas las posibilidades, se pusieron en marcha.

Guardaron las pocas cosas que habían quitado de furgoneta, y finalmente decidieron que condujera Ibrahim. Era la cabeza más reconocible por el personal de la fábrica, y era una baza que convenía probar. Maya y Marco permanecerían escondidos en la parte de atrás.

Durante los primeros kilómetros apenas hablaron. La despreocupación de los días anteriores había dado paso a una tensión que se palpaba en el aire.

Maya iba dictando la ruta con su GPS. Recorrían carreteras secundarias mal asfaltadas o incluso de tierra, que cortaban amplias extensiones de vegetación. Inicialmente apenas cruzaban tráfico, de vez en cuando alguna motocicleta, poco más.

Pero a medida que pasaban los kilómetros el tráfico fue aumentando. Al inicio de forma ligera, si bien, se empezaba a intuir que se acercaban a un núcleo urbano o vía de mayor capacidad.

—Dentro de cinco kilómetros tenemos que salir a la carretera principal —dijo Maya.

—¿Cuánto estaremos en ella? —consultó Ibrahim.

—No menos de media hora.

—Pues vamos allá —respondió Ibrahim.

El tráfico era denso pero fluido. La furgoneta no tenía nada que la hiciera destacar.

Para cualquier observador Ibrahim daba la apariencia de un comerciante que desplazaba mercancía, o simplemente un repartidor. Su ventaja es que al ser su tierra, sus rasgos eran locales, y allí sabía cómo pasar desapercibido.

No hablaron mucho durante el trayecto. Pero a medida que iban pasando los minutos y nada fuera de lo habitual sucedía, internamente empezaron a pensar que igual podían tener suerte.

Lo que no sabían, es que a la altura de Makirin una cámara de tráfico instalada varios metros por encima de la calzada los detectó. Era simplemente una caja rectangular cubierta de polvo, montada en una estructura metálica detrás de un árbol. Pero suficiente para abandonar el anonimato.

Fue una fracción de segundo, la matrícula quedó visible y fue transmitida a la central al igual que el resto de los vehículos.

A kilómetros de distancia un sistema recibió el número y simplemente lo almacenó. Pero un software paralelo oculto replicaba el contenido y lo transmitía con intervalos de 60 segundos.

No tardó en saltar la coincidencia.

Ajenos a todo ello, los tres ocupantes de la furgoneta seguían su camino.

—Antes de entrar en Yelwa, debe haber un desvío a la izquierda —dijo Maya a su padre.

—Sí. Ya me acuerdo.

La carretera fue ganando altura ligeramente. Al coronar una pequeña elevación, frente a ellos se extendía el río Níger, visible hasta donde alcanzaba la vista. No era un único cauce, sino una inmensa franja de agua, islas y bancos de arena que ocupaba varios kilómetros de anchura.

—Es inmenso —dijo Maya.

—Sí lo es —respondió su padre.

—Tiene islas dentro del cauce —añadió Maya.

—Cuando estaba en la fábrica, una persona mayor me dijo que las islas aparecían y desaparecían, literalmente —explicó Ibrahim—. En la época de lluvias el río se las tragaba, y en la época seca volvían a emerger, pero en lugares distintos.

—¿Por qué nunca vine a ver el río papá? —preguntó Maya ensimismada.

—Porque siempre estás trabajando hija.

—Si salimos de esta, creo que me tomaré unas vacaciones —dijo Maya.

Marco seguía mirando el GPS mientras Maya contemplaba el paisaje asomando la cabeza desde la parte de atrás.

Durante unos segundos la carretera pareció dirigirse directamente hacia aquella inmensa extensión de agua. Pero no llegarían a Yelwa. Antes de alcanzar la población abandonarían la ruta principal y continuarían hacia Baha.

—Estamos cerca —dijo Marco.

El paisaje comenzó a cambiar poco después.

Parecía que entraban en una zona con cierta industria. Postes eléctricos de mayor tamaño, almacenes, talleres y vehículos pesados. Y finalmente, la vegetación fue dando paso a chimeneas y naves industriales.

Ahora ya no se veía el río, pero discurría no demasiado lejos.

Y finalmente apareció ante sus ojos la fábrica.

Varios edificios bajos ocupaban el perímetro, dominados por una nave industrial mucho mayor. Camiones entraban y salían por un acceso lateral y, detrás de una valla metálica, podían verse enormes cantidades de botellas almacenadas en palés.

Ibrahim redujo la velocidad y accedió por la entrada principal.

Se detuvo frente a la garita, donde un hombre uniformado le preguntó:

—¿Motivo de la visita?

—Soy un colaborador de la Universidad —dijo Ibrahim mostrando su tarjeta de identificación.

El hombre reconoció el documento porque habían sido varias las veces que la Universidad había enviado científicos.

—Adelante —respondió sin más.

Ibrahim arrancó y llevó el vehículo a una explanada utilizada como aparcamiento. Intentó estacionar lo más cerca posible de las entradas que llevaban a los hornos.

—Bien. Aquí estamos —dijo Ibrahim, apagando el motor.

—¿Y ahora? ¿Por dónde empezamos? —dijo Maya.

—Entraremos por el almacén como hablamos. Lleva directamente a los hornos —respondió Ibrahim.

—De acuerdo. Pongamos las batas blancas —dijo Maya, ya totalmente concentrada.

Marco se las fue pasando y se quedó una para él. El profesor y su hija pusieron las tarjetas de identificación de la Universidad en la solapa.

—Yo no tengo tarjeta.

—Serás un estudiante —sonrió Maya.

—¿Y no te parezco algo mayor para ser estudiante? —sonrió Marco.

—Sí, algo mayor. Sin duda has repetido varios cursos, vas a tener que aplicarte más —dijo Maya bromeando mientras le colocaba el cuello de la bata a Marco—.

—¿Todo listo? —preguntó Ibrahim.

—Sí —respondió su hija.

—Marco, pásame el maletín. Yo lo llevaré —ordenó Ibrahim.

Tres personas con batas blancas salieron de una furgoneta y empezaron a caminar por el aparcamiento tranquilamente, a plena luz del día.

Nadie les prestó especial atención.

Arrinconados

En el momento en que la alerta apareció en la pantalla, Operador no perdió el tiempo. Sabía lo que tenía que hacer.

—Dime —se oyó al otro lado de la línea a Tres.

—Hemos encontrado la furgoneta —dijo Operador—. Envío las coordenadas.

—Recibido. ¿Dónde? —no pudo esperar Tres.

—A la salida de Makirin. Cerca de Yelwa —respondió Operador.

En ese momento Tres se encontraba en el aire. Estaba en uno de los helicópteros que tenía la compañía patrullando. Estaba barriendo la A1 pero más al norte.

Sin perder un minuto le dijo al piloto.

—Cambio de rumbo. A toda velocidad al sur, hacia Yelwa.