17. La calma antes de la tormenta #2
—Pues ya lo ha oído. Ordene a todos los aviones en vuelo que regresen a la base, amarre todo lo que tengamos en cubierta, y cuando esté todo listo avance a toda potencia —ordenó el capitán.
—A su orden —el alférez comenzó a dar las instrucciones.
Lo que había sido una travesía tranquila se convirtió en una movilización total de la plantilla. Quien estaba de descanso, fue interrumpido. Técnicos, marineros, pilotos, cada uno conocía cuál era su función.
Los únicos puestos que no habían sido reforzados eran los de armamento, lo cual hacía prever a la tripulación que el ajetreo no se debía a la posibilidad de combate.
Un aviso en el reloj de capitán se activó.
Cuando recibían una comunicación secreta, que solo él y su círculo cercano debían conocer, se activaba el dispositivo, y todos acudían a una sala cerrada en el puente, donde obtenían la información.
El capitán se levantó de su puesto, y llamó a su personal más cercano:
—Segundo al mando y Oficial de Operaciones, vengan conmigo a la sala de comunicaciones confidenciales.
—Sí señor.
Cerraron la puerta tras de sí. Y allí estuvieron una media hora. Cuando abrieron la puerta, portaban el semblante serio.
No era nada bueno. El capitán tenía la fama de ser totalmente inalterable, frío como el hielo. Y, sin embargo, algo había hecho mella en él.
Lo único que se limitó a decir fue:
—Segundo al mando, queda encargado del puente. Oficial de Operaciones, llame al Oficial de Vuelo y reúnase conmigo en la sala central.
—Sí, señor.
La sala central estaba prácticamente vacía cuando llegó el Oficial de Vuelo. En una de las pantallas permanecía desplegado un mapa de África occidental.
El Capitán ni siquiera le invitó a sentarse.
—¿Cuánto pueden volar nuestros helicópteros?
El oficial de vuelo miró primero al capitán y después al Oficial de Operaciones.
—¿En qué condiciones?
—Transporte. Cuatro o cinco hombres por aparato, además de la tripulación. Sin armamento pesado.
—Con depósitos normales, alrededor de 450 kilómetros.
El capitán señaló un punto de la pantalla.
—Necesito llegar aquí.
El oficial se acercó.
Amplió el mapa y calculó la distancia.
El Oficial de Vuelo permaneció unos segundos mirando la pantalla.
—No podemos hacerlo sin repostar.
—Explíquese.
—Podemos llegar instalando los depósitos auxiliares. Tenemos equipos de largo alcance para varios aparatos. Pero una cosa es llegar y otra regresar. Estamos hablando de cientos de kilómetros tierra adentro. Si enviamos los helicópteros hasta ahí, necesitarán combustible antes de volver.
El Oficial de Operaciones intervino.
—¿Cuántos aparatos necesitamos para la operación Capitán?
—Mínimo dos. Lo ideal tres.
—Enviemos cinco —dijo el Oficial de Operaciones. Dos cargados con combustible, y los otros tres con las fuerzas especiales.
—Incluso así, podría ser insuficiente. Y ya no pensemos dónde haríamos el reabastecimiento. O si alguno de los helicópteros de combustible tiene algún problema.
—Por favor, son helicópteros, y lo que sobra es selva. El punto de reabastecimiento no es un problema —se quejó el Capitán. Otra cosa es si no conseguimos llevar el combustible al punto de encuentro. Dejaríamos tirados a nuestros hombres.
—No es un país hostil, ¿o me equivoco? —preguntó el Oficial de Operaciones.
—No, no lo es. Pero a nadie le gusta que le envíen helicópteros a su casa. Preferimos ser discretos —respondió el Capitán.
—Además, tenemos que dar un rodeo —añadió el Oficial de Vuelo. No podemos ir en línea recta. No vamos a pasar cerca de la capital, Lagos. Subiremos por la frontera con Benin. Eso necesita más combustible.
—Sí. Eso alarga la ruta. Está claro.
—Hablen con Inteligencia. Que busquen puntos donde podemos reabastecer.
Vamos a enviar dos helicópteros CH53E con combustible a una zona de repostaje para la vuelta.
Pero tenemos que hacer llegar a nuestros hombres a ese punto, sea como sea, y cueste lo que cueste —dijo el Capitán, levantándose de la mesa y dando por finalizada la reunión.
La maquinaria se había puesto en marcha. Todos conocían su trabajo, y en los próximos días prepararían la misión, harían simulaciones, y cartografiarían la zona con ayuda de los satélites.
La huella
Tres estaba repasando en su Tablet todos los datos una vez más. Habían aterrizado con el helicóptero para repostar en un aeródromo de la zona.
La tableta del cuadro de operaciones empezó a iluminarse. Una matrícula de las que buscaban había sido detectada por un equipo en Kontagora, en una calle abandonada.
Tomó el teléfono y marcó el número de siempre:
—Operador.
—Tenemos algo. ¿Qué datos me puedes dar de la furgoneta que acaban de encontrar? Es una de las candidatas.
—En realidad de las cuatro que quedaban, una fue identificada esta mañana al norte de Minna. El propietario de otra está trabajando en una explotación agrícola. Y la tercera pasó por un control policial hace menos de una hora.
—Entonces tiene que ser esta —dijo Tres.
—Qué raro —dijo Operador—. La titular ha fallecido hace años. Extranjera.
—Envíame una foto de carnet a la Tablet.
La foto apareció en su consola.
Tres se quedó mirando un rato.
Colocó la foto de Maya a su lado.
Había un cierto parecido. Tres entendió al instante lo que las máquinas no supieron relacionar.
—Es la madre de Maya.
—¿La madre de Maya? —preguntó perplejo Operador.
—Fíjate en la foto. Por favor. Salta a la vista.
Yusuf miró hacia Tres y consultó:
—¿La madre?
—No tengo registros de su madre en Nigeria —confirmó Operador—. Vivió durante años en Sudáfrica, pero ni siquiera consta matrimonio con Ibrahim Musa. Además, la mujer murió hace años.
—Por eso se nos escapó —balbuceó Tres.
Operador no respondió.
Pero Tres ya planificaba su siguiente paso.
—Rodear la zona, por si están en Kontagora —ordenó a Yusuf.
—Pueden haber cambiado de vehículo —dijo Operador, intentando redimirse por no haber encontrado la relación.
—Sí, es probable —dijo Tres—. Han llegado hasta aquí huyendo. Llevan equipaje, comida, agua y algo que no pueden abandonar. No van a continuar a pie. Necesitaban otro vehículo, y lo necesitaban rápido.
Miró a Yusuf y ordenó:
—Quiero que barran todos los lugares donde se pueda comprar un coche. Concesionarios, talleres, compraventas, desguaces. Lo que haya. Empezad cerca de la ubicación y abrid el radio.
No tardaron demasiado.
No abundaban los negocios que vendieran vehículos usados.
En uno de ellos, un descampado de tierra con varios vehículos alineados sin demasiado orden, el propietario reconoció primero a Ibrahim y después a Marco cuando les enseñaron sendas fotos.
El hombre habló como un jilguero. Explicó que tenían que inscribir la furgoneta en la capital en los próximos días. Le contó que un familiar suyo había fallecido, por lo que como una persona de fe y en un acto de responsabilidad, quiso ayudarles.
Temiendo verse en un lío por no tener todos los papeles de la venta en regla, les dio toda la información que le pidieron.
Marca. Modelo. Color. Matrícula. Incluso recordó el estado de una de las puertas y una abolladura en la parte trasera.
Había discutido bastante por el precio y se acordaba perfectamente de ellos.
Incluso le habían dado un número de teléfono, que él mismo marcó para verificar que era correcto.
Intentaron rastrear la SIM, pero ya no daba ni señal ni ubicación. Pero tenían la última disponible. A las afueras de Kontagora.
Tres sentía que el círculo se iba cerrando. Ya solo perseguían una furgoneta. Si pasaba por alguno de los controles que tenían marcados los encontrarían.
—Ya os tengo —dijo para sí mismo Tres en voz baja.