17. La calma antes de la tormenta
Si alguna vez tienes aires de grandeza, vete de noche a la montaña, túmbate boca arriba, y en tu soledad, contempla el universo
En la cabaña
Llevaban un par de días en la cabaña. Estaban totalmente recuperados del cansancio y la tensión. Lo cierto es que les había venido bien.
Lo cierto es que en la oscuridad sentían una conexión con la naturaleza.
Maya se había decantado por la biología, y viendo lo que disfrutaba de esos pequeños paseos nocturnos estaba claro que la decisión fue la correcta.
Ahora la sonrisa era el semblante habitual en su cara, y desprendía un aura de luz difícil de ignorar.
Marco por su parte estaba encantado. Hacía tiempo que no se sentía tan bien. Las heridas del pasado habían ido haciendo mella en su cuerpo, pero allí, en la sabana, todo daba igual. Solo estaban ellos y la inmensa naturaleza que los rodeaba.
Estaban en la época seca del año, y como no podían encender luces por precaución, cada vez que la noche los cubría se extendía sobre su cabeza la inmensidad de la vía láctea, un sinfín de estrellas que Marco jamás había visto con tanta nitidez.
Parecía que se podrían tocar simplemente extendiendo las manos.
—Fíjate Maya, aquella es la Osa Mayor. ¿Te has dado cuenta que se ve mucho más baja que en otros países en el norte? —le dijo Ibrahim a su hija.
—Sí papá. Y espera, entonces aquella debe ser la Osa Menor —dijo señalando Maya.
—Efectivamente —respondió el profesor con una sonrisa.
—Y por lo tanto, aquel punto de allí, debería ser la Estrella Polar —añadió Maya.
—Exacto.
Desde pequeña Ibrahim había sabido despertar la curiosidad de su hija. Hacía años que no observaban las estrellas juntos. Pero a su padre le hacía rememorar tiempos pasados, cuando todavía vivía su mujer y ambos llevaban a Maya a los lugares más variopintos.
Aquellos momentos habían sido los más felices de su vida.
Y si hubiera podido pulsar un botón y regresar, deteniendo el tiempo toda la eternidad, lo habría hecho.
Años después todo sería sufrimiento, cuando apareció la enfermedad de su mujer. Y después el vacío interior. Únicamente Maya era capaz de llenarlo. Muchas veces pensaba que si no hubiera sido por ella, se habría derrumbado.
—Papá —dijo Maya interrumpiendo el pensamiento de su padre—, ¿y aquellas estrellas que hay allí?
Ibrahim sonrió.
—Esas son las Pléyades.
—Las Pléyades —repitió Maya.
—Sí, aunque en realidad aquí las llaman Kaza Maiyaya en hausa. Significa “la gallina con sus polluelos”.
—La verdad es que sí que parece una gallina protegiendo a sus crías.
—Aquí los agricultores la conocen bien, porque cuando Kaza Maiyaya empieza a asomarse en el cielo al amanecer, significa que la temporada seca se está acabando, y pronto empezará la temporada de lluvias, y la época de siembra.
Marco estaba encantado escuchándolos hablar. No quería interrumpir estos momentos tan íntimos entre padre e hija.
Se sentía un privilegiado por poder estar allí.
Su mente pensaba qué distinta es la vida respecto a la ciudad.
Es cierto que hace miles de años tenía que ser dura.
Pero con los avances que había logrado la humanidad podría conjugar la vida en la naturaleza con el desarrollo.
Y, sin embargo, nos empeñamos en vivir en megápolis, alejados de la tierra.
—Pero tú conoces bien todo esto, ¿no Maya? —preguntó su padre—. ¿Qué es ese “choc, choc” que escuchamos todas las noches? Cuéntale a Marco, que seguro que en la ciudad no oye más que bocinas…
Ibrahim quería incluir a Marco en la conversación. Estaba agradecido porque estuviese con ellos. No todo el mundo lo hubiese hecho. Se estaba jugando la vida literalmente por dos desconocidos.
—Ah, eso —dijo Maya como si fuera evidente—. Eso es el chotacabras. Es muy común aquí, le llaman Yado. Es un ave nocturna.
—¿Un pájaro hace ese ruido? —preguntó Marco, intentando localizarlo entre la oscuridad.
—Sí. Aunque puedes estar mirándolo y no verlo —respondió Maya—. Durante el día se queda prácticamente inmóvil en el suelo o sobre una rama. Las plumas se confunden con las hojas secas y la tierra y es realmente difícil verlo.
—Parece una buena estrategia —comentó Marco.
Maya lo miró y sonrió.
—Últimamente nosotros también la estamos utilizando.
Ibrahim soltó una pequeña carcajada.
—Pues ojalá tengamos tanto éxito como él.
Volvió a escucharse aquel sonido.
“choc, choc”
Esta vez más cerca.
Marco dirigió la mirada hacia la oscuridad, pero solo distinguió la silueta de la vegetación contra el cielo estrellado.
—¿Sabes cómo lo veríamos muy bien de noche? —le dijo Maya.
—Sorpréndeme.
—Encendiendo una luz. Y apuntando a él —dijo Maya.
—Creo que no me gusta la idea. Prefiero pasar desapercibido como él —respondió Marco con una sonrisa.
—Es que sus ojos brillan muchísimo cuando se iluminan. Es como si le pusieras los ojos de un gato a un ave.
—¿Y qué está haciendo ahora?
—Seguramente comer —respondió Maya—. Mosquitos, polillas… insectos que atrapa mientras vuela. Tiene una boca enorme.
—¿Una boca enorme?
—Siii. AAAAHHHH —Maya abrió su boca todo cuanto podía, simulando como si fuera el ave.
A Marco le dio la risa.
—Enorme —dijo Marco.
—Sí, y vuela con la boca abierta, y captura los insectos al pasar.
A Maya se le notaba que la biología era su pasión. Lo vivía. Podría estar allí por meses y no se aburriría lo más mínimo.
—Para que te hagas una idea —prosiguió Maya— hace lo mismo que una ballena cuando abre la boca y va filtrando plancton en el mar.
—Una ballena con alas.
—Más o menos —respondió Maya riendo—. Pero procura no decírselo a ningún ornitólogo.
—Está claro que soy un ignorante.
—Yo no te lo quería decir, así directamente, pero ya que lo mencionas —le dijo Maya riéndose a modo de burla.
Así siguieron hablando un buen rato los tres, mientras volvían a la cabaña.
Marco se quedó mirándola unos segundos.
No solo era hermosa, sino inteligente y llena de vida. Su expresión despreocupada que había recuperado contrastaba con la mujer que había conocido poco tiempo atrás, siempre alerta, pendiente de todo.
Allí parecía otra persona. La verdadera Maya.
El chotacabras volvió a cantar.
“choc, choc”
Al llegar a la cabaña, Maya abrió la boca. Empezaba a tener sueño. Hablaron un poco más, pero finalmente fue la primera que se fue a dormir.
Había colocado una colchoneta en la parte de atrás de la furgoneta, con la puerta de la caja medio abierta, y se fue acomodando.
Fuera quedaron Marco e Ibrahim contemplando la inmensidad de la sabana en silencio.
—Marco —dijo Ibrahim.
—Dígame.
—Estoy preocupado por mi hija —le dijo sin más.
—¿Por qué?
—Por lo que le pueda pasar. Es lo que más quiero en este mundo, y siento que la he embarcado en algo de lo que no estoy seguro de poder salir —dijo apesadumbrado el profesor.
Marco entendía su preocupación. Sentía la angustia que le estaba expresando su padre.
Tras unos segundos le preguntó:
—¿Pero usted le pidió que viniera?
—No. Ni mucho menos. Fue iniciativa suya.
Se quedó pensando un rato más.
—Imaginemos que no le hubiera contado nada a su hija. Si lo estuvieran buscando a usted, ¿qué cree que harían?
—Buscar a mi hija.
—Exacto —dijo Marco.
—Entiendo. Pero no me tranquiliza —replicó Ibrahim.
—Lo sé. Pero esto no tiene nada que ver con usted. No es que haya puesto en peligro a su hija. En el momento en que recibió los viales, las circunstancias decidieron.
Se quedaron un rato más en silencio.
—De todas formas Marco, te voy a pedir un favor —dijo Ibrahim.
—¿Cuál?
—Si en algún momento hay alguna forma de que yo solo pueda deshacerme de los viales, por favor, llévate a Maya lejos. Sácala de aquí.
—Profesor, esto va más allá de nosotros tres. Hablamos de millones de vidas. Pero lo haremos bien.
Otro silencio.
—No te he agradecido que nos ayudaras Marco.
—No tiene por qué hacerlo.
Marco le ofreció un botellín de agua a Ibrahim, que lo tomó y bebió un sorbo.
—Tengo una idea —dijo Ibrahim—. He estado pensando la forma de destruir los viales de forma segura.
—Soy todo oídos —dijo Marco.
—Necesitamos una temperatura muy alta, que sea capaz de romper el vidrio de seguridad, y que al mismo tiempo no deje escapar el virus.
—Exacto.
—Pues no demasiado lejos de aquí hay una fábrica. Una fábrica de vidrio precisamente —dijo el profesor.
—Explíquese.
—El vidrio funde a más de 1400 grados. Son hornos que trabajan a temperaturas altísimas. ¿Y si simplemente vamos allí y tiramos los viales dentro?
Marco quedó pensando. ¿Podría ser tan fácil?
No se le ocurría cómo podría escapar algo vivo a esas temperaturas, ni se le ocurría cómo podría aguantar un vial por muy irrompible que fuera.
Podría ser una solución. Lo que estaba claro es que tenían que deshacerse cuanto antes de los viales. Cada día que pasaba, era un riesgo.
—Mañana se lo comentaremos a Maya —dijo el profesor.
—De acuerdo. Descansemos un poco.
Atlántico centro
El portaaviones de la armada navegaba con su escolta al completo por el Atlántico centro. Su posición se situaba entre algún punto entre las Islas Canarias y Cabo Verde.
Eran días rutinarios. Patrullas, interceptación de comunicaciones, control marítimo. Nada especial.
Hasta que el panel de comunicaciones urgentes se iluminó en la consola.
—Señor, tenemos órdenes el almirantazgo. Ordenan cambio de rumbo —dijo un alférez al capitán.
—¿Destino? —consultó el Capitán.
—Golfo de Guinea.
—Trace el rumbo —ordenó el Capitán—. Informe a la escolta.
Un portaaviones nunca viajaba solo. A su alrededor se desplegaba todo un grupo de combate formado por destructores, fragatas, buques de aprovisionamiento y, en muchas ocasiones, submarinos. Era una pequeña flota organizada para protegerlo y mantenerlo operativo durante largos periodos de tiempo.
—Señor. Hay algo más —dijo el alférez.
—Informe.
—Nos piden que vayamos a toda máquina. A máxima velocidad.
Eso sí que era extraño.
El capitán no recordaba que nunca le hubiesen ordenado forzar el barco a la máxima potencia.
Algo serio debía estar pasando.