16. Cerrando el círculo #3
Marco miró a Maya.
—Porque vimos cómo entraban con unas cámaras de seguridad.
—Vaya. Entonces, si entiendo bien, estáis huyendo, y os pisan los talones. Dos científicos y un periodista, blancos, en el medio de Nigeria. Perseguidos por una organización con muchos recursos y que quiere recuperar un virus mortal que tenéis con vosotros, capaz de matar a millones de personas.
—Algo así —dijo simplemente Marco.
—Y los vais a destruir —añadió Rolando.
—Creemos que es la mejor opción. Pero no es tan fácil.
—¿Por qué?
—Ese es otro problema —intervino Maya—. Los viales son de altísima seguridad, casi irrompibles. Son capaces de soportar incluso un accidente de avión. No podemos simplemente romperlos. Pensamos en quemarlos, pero no estamos seguros si funcionará, si la temperatura es suficiente.
—Podríamos incluso contagiarnos nosotros mismos en el proceso, y ser el paciente cero —añadió Ibrahim desde delante.
—Así que buscáis un sitio donde destruirlos, y mientras estáis conduciendo.
—Sí.
—Pues dejad de conducir —dijo secamente Rolando.
—¿Cómo? —preguntó Maya para ver si había entendido bien.
—Si estáis en la carretera, antes o después os encontrarán. Tenéis que salir de la carretera. Y simplemente ocultaros unos días.
—No te entiendo —añadió Maya.
—Pensadlo. Cada vez que atravesáis una población aumentáis las posibilidades de que alguien os vea.
Cuanto más avanzáis más riesgo tenéis. Pero si simplemente estáis parados y escondidos, ¿cómo os van a encontrar?
Y cada vez tendrán que ampliar el radio de búsqueda, y no sabrán si habéis pasado sus controles o no.
Los tres se quedaron pensando un rato en silencio. Tenía sentido.
Rolando continuó.
—Si yo supiera vuestro último punto confirmado y supiera que estáis huyendo, intentaría calcular hasta dónde podéis haber llegado, y pondría controles más adelante.
—¿Y qué propone? —dijo Ibrahim.
—Esconderos. En algún lugar aislado. ¿Tenéis comida y agua?
—Sí. Comida, agua y gasolina.
—Pues desapareced.
Marco miró para Maya. Rolando tenía razón. Era la mejor opción.
—Pensad que cuando pase un día entero, podríais estar a 500 o 1000 kilómetros. Lo único que tenéis que hacer es ocultaros en algún lugar que no llame la atención.
Ibrahim asintió lentamente.
—Tiene lógica.
—Y además —continuó Rolando— necesitáis descansar.
Maya permaneció pensativa.
—Tenemos agua y comida para varios días.
—Pues aprovechadlo.
—¿Dónde nos podemos esconder? Ahora ya no hay una ubicación preparada como antes, por lo menos en esta zona —dijo Marco a Maya.
—Lo pensaremos. Saldremos hacia una carretera secundaria y encontraremos un lugar.
Al fin y al cabo, Maya pensó que no había sido tan mala idea llamar al editor de Marco.
—Por cierto, no nos llames a este teléfono porque vamos a destruir la SIM.
—Pero antes te enviaré unos ficheros con la información que tenemos, todo lo que encontramos en el laboratorio —añadió Maya. La he recopilado en un servidor seguro. Por si no salimos de esta, el mundo tendría algo por lo que empezar.
—De acuerdo. Pero salir de esta. Os conviene a vosotros y a mi —dijo intentando bajar el nivel de tensión.
—Rolando —dijo Marco—, si puedes dile a Santana que estamos bien.
—Por el momento —añadió Maya.
—¿Te acuerdas de lo último que te dije antes de marcharte? —dijo Rolando antes de despedirse.
Marco pensó unos segundos.
—Que traer mi cadáver desde África salía muy caro.
—Exactamente. Así que procura no aumentar los gastos de la editorial.
Marco sonrió.
—Cuídate, viejo amigo —se despidió Marco.
Y sin más, terminó la llamada.
Maya cogió el teléfono, tecleó unos comandos para enviar la información a Rolando, al email que le había dado Marco. Y más tarde retiró la SIM y la partió en dos.
Durante unos kilómetros ninguno habló.
Ibrahim era un científico y entendía a la perfección el juego de probabilidades.
La carretera principal era una amenaza, y lo había entendido perfectamente.
Por eso, tan pronto encontró una carretera secundaria que parecía que iba a ninguna parte, simplemente la tomó y empezó a conducir alejándose de todo.
Durante los primeros kilómetros todavía encontraron algo de asfalto, aunque lleno de grietas y baches, pero más tarde, pasó simplemente a ser una pista de tierra rojiza con matorrales bajos a los lados.
Avanzaron más de diez kilómetros, sin cruzarse con ningún coche ni persona, hasta que encontraron una especie de alpendre para pastores, suficientemente grande para cobijarse ellos y la furgoneta.
No era gran cosa. De bloques de hormigón, con tejado de chapa oxidado. Estaba claro que hacía mucho tiempo que nadie lo había pisado.
—¿Qué os parece este sitio? —preguntó Ibrahim.
—Perfecto.
Ibrahim se encogió de hombros, y llevó el vehículo hasta dentro. No es que fuera demasiado grande, pero sí lo suficiente para que no se viera nada desde fuera o desde el cielo.
—¿Y ahora?
—Ahora toca esperar.
El silencio que cayó sobre ellos resultó extraño.
Después de tantas horas de carretera, motores y tensión, la ausencia absoluta de ruido parecía casi artificial.
Maya abrió la puerta.
—Bien. Nada de salir afuera. Cerraré la puerta, y aquí nos quedaremos.
Marco se quedó mirando el camino por el que habían llegado, hasta que el polvo fue desapareciendo. Después, no quedó nada. Solo la sabana.
Se preguntó si podrían intentar destruir allí mismo el virus. Lo hablarían después.
Ahora por primera vez desde hacía tiempo, descansarían.
Rolando tenía razón. La tensión de estos días empezaba a hacer mella en el cuerpo. Y por primera vez, se empezaron a sentir más seguros. Al menos por el momento.
Al otro lado del mundo, Rolando acababa de recibir el email que le envió Maya.
Tenía de todo, observaciones, mediciones, fotos.
Lo ojeó por encima, y sin dejar de mirar la pantalla, tomó un teléfono de la mesa, y marcó un número.
Una voz respondió al otro lado de la línea y Rolando simplemente dijo con voz seria:
—Tenemos que hablar.