16. Cerrando el círculo #2
Todo el dispositivo lo coordinaba Tres. Tenía mandato absoluto.
Él mismo se había subido a uno de los helicópteros, y lo acompañaba Yusuf y otros dos hombres armados, además del piloto.
Curiosamente, en el otro de los helicópteros se había subido la propia Lisa. La anfitriona. La astronauta en tiempos.
Cuando Tres se enteró que se había incorporado al equipo, le llamó por radio. Le extrañó, salvo que ella misma quisiera dirigir la operación.
—Señora, me han dicho que se ha subido al helicóptero. ¿Dirige usted la operación? —preguntó Tres.
—No, no. Ni mucho menos. No sabría hacerlo como tú —replicó Lisa—. Pero no vas a tener esperando a este vejestorio en un despacho mientras tenemos al alcance de la mano lo que se ha perdido.
—Pero es un viaje duro. La búsqueda es complicada. Demasiado calor.
—¿Y qué me puede pasar? ¿Me puedo morir? —preguntó Lisa fingiendo inocencia—. Tres, cariño, ¿tú sabes los años que tengo ya?
—Señora, si a usted le sucediese algo, su pérdida sería significativa para la organización —dijo Tres con preocupación real—.
Tres admiraba y respetaba a Lisa. Y la idea de verla en el medio de una operación de búsqueda no le agradaba. El calor apretaba. Era una persona mayor, aunque en tiempos hubiese estado en forma, los años pesaban.
—No pienso apartarme. Prometo no molestar. Pero siempre puedes contar con mis conocimientos —respondió Lisa sin dejar más espacio para la discusión.
—Bien, pero por favor. Si se encuentra mal, no deje de decírmelo —replicó Tres.
—No te preocupes por mí. ¿Te conté una vez que me perdí en el Amazonas? —consultó Lisa—. No, creo que no. Cuando todo esto acabe, te lo contaré y te aburriré un rato.
Tres sonrió para sí mismo. Esta mujer no dejaba de sorprenderlo.
—¿Cuál es el plan? —consultó Lisa.
—Una telaraña —respondió Tres—. Las fotos de lbrahim, Maya y Marco han sido distribuidas.
Operador ha filtrado cinco furgonetas que cumplen los parámetros de búsqueda.
Los helicópteros barrerán las carreteras buscándolas.
Además, hemos “invitado” a ciertos cargos de la policía a ayudar en la búsqueda.
Han establecido puestos de control en todas las carreteras.
—¿Cómo sabemos que no han pasado ya por los puntos de control?
—No lo sabemos. Operador nos ha indicado que el último punto detectado con la SIM es Naganda. Desde ahí hemos establecido anillos concéntricos. Tanto hacia el oeste, como en otras direcciones.
—¿Incluso hacia atrás? —consultó Lisa.
—Sí, incluso hacia atrás. No nos olvidemos que se refugiaron muy cerca de nuestra base —replicó Tres.
—Entiendo.
—Lo normal, es que vayan hacia Minna, Mokwa o Kontagora. Y desde ahí hemos añadido puntos de control concéntricos en las cercanías de Abuya, Ilorin, Kaiama y Koko.
—Pero pueden ir por carreteras secundarias —dijo Yusuf intentando hacer valer que estaba implicado en la búsqueda.
—Pero no podemos rastrearlas todas —añadió Lisa.
—Exacto. Antes o después pasarán por una vía principal —añadió Tres.
Yusuf se quedó descolocado. La propia jefa parecía entender más el plan que él mismo.
—¿Y Operador no puede ayudarnos? —consultó Lisa.
—Ya lo está haciendo —respondió Tres. Ha filtrado los vehículos posibles de fuga. Tiene funcionando la IA tanto con cámaras de tráfico, como de sistemas de seguridad privados que ha hackeado. Está barriendo las fotos subidas en redes sociales y haciendo reconocimiento de imágenes.
—¿Redes sociales? —le interrumpió Lisa.
—Sí. Por si alguien casualmente los ha fotografiado y lo subió a la red.
—Vaya. Está claro que ya soy de otro tiempo —dijo Lisa.
—Y por supuesto, tenemos hombres recorriendo las ubicaciones más probables. Tegina, Zungeru, Pizhi o Kontagora.
—No se pueden escapar de ninguna forma —dijo Lisa con voz más seria. No repares en recursos Tres.
—No lo estamos haciendo Lisa. Los encontraremos.
Cortaron la comunicación.
El helicóptero seguía barriendo la carretera. Contaba con un sistema automático que a través de una cámara parecida a las que tenía tráfico, identificaba matrículas y las enviaba al centro de control de Operador.
La red estaba cerrándose, pero todavía no habían caído.
No estaban lejos, porque tenían una posición probable en base a la SIM, pero le impacientaba no haberlos encontrado todavía.
Tres tomó la Tablet donde compartía información con Operador en tiempo real. Se quedó mirando para las fotos de los fugados. Ibrahim, Maya y Marco. ¿Dónde estáis?, se preguntaba.
No son profesionales, pensaba para sí mismo. Pero son inteligentes. Eso lo habían demostrado ya. Tenían su respeto.
Rolando
Habían salido de Kontagora en dirección a Yauri. No lo sabían, pero al mismo tiempo que ellos abandonaban la ciudad, tres todoterrenos entraban, y empezaban a distribuirse para barrer accesos y calles. Simultáneamente, un helicóptero se dirigía encima de sus cabezas sin ser visto hacia el oeste.
Ajenos a todo, ahora que habían cambiado de furgoneta se sentían algo más seguros, aunque eran conscientes del peligro.
Aprovechando que volvían a estar en carretera, Marco propuso:
—¿Y si llamamos ahora a mi editor?
—No me parece una gran idea, pero todo apoyo puede ser bien recibido —dijo Maya algo preocupada.
—Bien, pues vamos allá —dijo Marco interpretando la respuesta de Maya como una aprobación.
Tomó la última SIM que habían activado recientemente, y activó la conexión a Internet. Entró en WhatsApp y dio de alta el contacto de Rolando. Se preguntaba qué hora sería para él.
Bueno, era indiferente.
Le escribió un WhatsApp diciéndole simplemente “soy yo, contéstame”.
Pensó que de esta forma no habría duda de que cuando le llamara desde un teléfono de Nigeria, contestaría. También era periodista. Y seguramente lo relacionaría.
Cuando vio la doble marca azul de leído, simplemente le llamó:
—Diga —se escuchó del otro lado con voz de pocos amigos.
—Rolando. ¿No estarías durmiendo, no? —respondió Marco desde el otro lado del mundo.
—Me preguntaba quien narices podía estar molestando a estas horas —dijo Rolando, aunque se apreciaba cierta alegría porque ya hacía tiempo que no sabía nada de Marco.
—No tengo mucho tiempo.
—Dime Marco. Tienes toda mi atención —dijo Rolando en tono serio.
El editor solía bromear con Marco. Era una relación de hacía muchos años, y entre ellos había más que trabajo profesional. Pero el tono de su periodista le hizo comprender que no era momento eso.
—¿Recuerdas la última vez que hablamos? —preguntó Marco.
—Perfectamente. Deucalion Medical, un profesor desaparecido y alguien siguiendo a mi periodista por media Nigeria. Créeme, son cosas que uno recuerda.
—Encontré al profesor.
Hubo una pequeña pausa al otro lado.
—¿Ibrahim Musa?
—Sí. Está conmigo.
Rolando tardó un instante en responder.
—Eso es una buena noticia, supongo.
Marco miró hacia el asiento del conductor ocupado por el profesor. Suspiró y empezó a relatar lo mejor que pudo las novedades.
—El profesor no había desaparecido. Se escondía.
—¿De Deucalion?
—Sí. Aunque Deucalion parece simplemente una pieza en algo mayor.
Marco continuó.
—Está con su hija, Maya. Es bióloga. Los dos llevan un tiempo ocultos en un laboratorio que montaron fuera de la ciudad.
—¿Por qué?
—Porque tienen algo que Deucalion quiere recuperar. Unos viales.
—¿Qué contienen?
Marco tardó unos segundos.
—Un virus.
Al otro lado de la línea no se escuchó nada.
—¿El de la epidemia? —preguntó finalmente Rolando.
—No. A ver. La epidemia que se está extendiendo en este momento no sabemos si tiene algo que ver con Deucalion o fue una simple casualidad. Pero eso no es el verdadero problema.
—Pues ya empieza a tener cierto alcance por lo que he visto —respondió Rolando.
—Pues el virus de la epidemia es mucho menos peligroso de lo que llevan los viales. Según el profesor, es un agente creado deliberadamente. Extremadamente letal.
La respuesta de Rolando tardó en llegar.
—¿Quieres decir que alguien diseñó un virus y que está en esos viales?
—Quiero decir exactamente eso, y que tiene posiblemente un potencial destructor como nada antes.
—¿Un arma biológica?
Maya habló por primera vez.
—Probablemente sería la definición más sencilla —dijo en voz alta.
Marco activó el altavoz.
—Rolando, estás hablando con el profesor Ibrahim Musa y con Maya, su hija.
Marco continuó.
—Todo empezó con un científico llamado Jian. Trabajaba en el desarrollo del virus. Cuando comprendió lo que pretendían hacer con él, intentó impedirlo.
—¿Quiénes?
—No lo sabemos exactamente. Tal y como te decía, Deucalion parece simplemente una pieza de una maquina mayor. De momento es lo único que conocemos.
Rolando no interrumpió.
—Jian sacó varias muestras del laboratorio y se las envió a Ibrahim ocultas dentro de un autoclave. Le pidió que las destruyera.
—¿Y por qué no lo hizo él directamente?
—No lo sabemos. Entendemos que estaba vigilado.
—¿Y qué ocurrió con ese Jian?
—Tampoco lo sabemos. Podría estar muerto o bien oculto.
Rolando dejó escapar aire lentamente. Marco casi pudo imaginarlo quitándose las gafas y frotándose los ojos en su despacho.
—Jian aseguró que había destruido toda la investigación necesaria para volver a fabricar el virus. Datos, muestras, archivos… todo.
—Déjame adivinar. Tampoco lo sabéis seguro.
—Exacto. Por eso el profesor intentó investigar qué clase de virus era y ocultarlos por si eran útiles para encontrar un antídoto.
—Vacuna, se llama vacuna —corrigió Ibrahim desde el asiento del conductor.
—Eso, vacuna.
—Entonces esos viales podrían ser lo último que existe, o simplemente ser uno más.
—Sí —respondió Maya.
—Y vosotros habéis decidido creerle.
—Creemos que Deucalion tiene demasiado interés en encontrarnos. Si tuviera otros viales, ¿para qué quiere los nuestros? —añadió Maya.
—Por eso simplemente los vamos a destruir, antes de que nos encuentren —dijo Marco.
—Ya encontraron nuestro laboratorio. No tenemos instalaciones donde trabajar ni forma segura de analizarlos. Y mientras los llevemos con nosotros, seguirán intentando recuperarlos —siguió Maya.
—¿Ya encontraron dónde estabais escondidos?
—Sí.
—¿Y cómo sabéis que fueron ellos?