El brote 16. Cerrando el círculo
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16. Cerrando el círculo

Cuanto más poderosa se cree una civilización más inquietante resulta recordar que puede ser detenida por algo microscópico

Intentando escabullirse

Era mediodía y hacía un calor de justicia. El profesor Musa, Maya y Marco habían llegado a una localidad llamada Kontagora. Se desplazaban hacia el oeste pensando cómo ocultarse de los tentáculos de Deucalion y destruir los viales que llevaban consigo, de forma medianamente segura.

Habían decidido cambiar de coche, y no podían esperar más. El riesgo empezaba a ser demasiado alto. Por eso, al llegar a la ciudad, si así podía llamarse, buscaron inmediatamente una tienda de compraventa o un taller.

No era un lugar como se puede imaginar en occidente. Marco había estado en innumerables países, y aún se sorprendía de la capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a cualquier sitio.

Allí la vida era dura. Casas de ladrillo en planta baja, cubiertas únicamente por chapas metálicas.

Pequeños comercios con la mercancía expuesta casi hasta la calzada.

Motocicletas, peatones, automóviles viejos, y sobre todo tráfico caótico.

Un paisaje similar al de otras localidades por las que había pasado.

Pero encontraron un sitio. Una especie de compraventa de vehículos, donde la exposición se limitaba a sembrar las unidades a lo largo de un pequeño descampado de tierra.

Aparcaron a doscientos metros. Habían decidido que abandonarían la furgoneta actual, y se limitarían a comprar una nueva.

Si inscribían un cambio, o una venta de su propio vehículo, era posible que se detectara la operación más fácilmente.

Quien adquiere un bien, quiere ponerlo cuanto antes a su nombre. Lo mejor, era simplemente abandonarla.

—¿Nos venderán la furgoneta sin dar nuestros datos? —preguntó Marco.

—Posiblemente no. Pero vamos a dar datos —replicó Ibrahim con una sonrisa pícara.

—Pues habrá que inventar una buena excusa si queremos que al menos no lo descubran durante unos días. Propongo decirles que la inscribimos nosotros en Minna, que parece el centro administrativo —dijo Marco.

—Sí, eso también. Pero les vamos a dar los datos que piden —seguía sonriendo Ibrahim.

—Explíquese… Hay algo que no me está contando —dijo Marco, entendiendo que había alguna trampa en la que estaba pensando.

Maya ya conocía la historia, por lo que simplemente aprovechó el tiempo. Se deslizó a la parte de atrás de la caja y empezó a agrupar lo imprescindible para cambiarlo de furgoneta.

—No la podemos comprar sin facilitar datos. Pero los que le vamos a dar no serán rastreables fácilmente. Verás, esta mujer es lo mejor que me ha pasado en la vida —dijo señalando a Maya.

Maya, cuando vio que se estaba hablando de ella en esos términos, no dejó de ruborizarse algo. Esto la hacía incluso si cabe, más atractiva a los ojos de Marco.

—Cuando era joven —prosiguió Ibrahim— estuve años en Sudáfrica, con la otra mujer más importante de mi vida. Su madre.

—¿Estuvieron casados? —preguntó Marco.

—No. Nunca lo vimos necesario —respondió Ibrahim. Lo teníamos pensado para más adelante, pero lo fuimos dejando.

—Lo dejasteis más de quince años papá —intervino Maya en la conversación.

—Sí bueno, el tiempo pasa pronto cuando se es feliz —dijo con nostalgia Ibrahim.

—Lo digo porque yo tenía unos trece años cuando falleció mamá —confesó Maya con pesar.

—Una enfermedad rápida e incurable —recordó Ibrahim llevando la vista al horizonte.

Claramente para el profesor había sido un momento duro, quizás el más duro de la vida. Pero tras unos segundos prosiguió la conversación. Tampoco les sobraba el tiempo y quería acabar de explicar el plan.

—El caso es que mientras vivía mi mujer, en uno de los viajes que hicimos a Nigeria, compré una furgoneta, y la puse a su nombre —dijo Ibrahim.

—Vaya. Esta furgoneta —se dio cuenta Marco.

—Exacto. Hemos viajado en la furgoneta de mi mujer fallecida. Pero como nunca nos casamos, no es tan fácil de rastrear —concluyó Musa.

—Y lo que pretende es comprar una nueva furgoneta a nombre de su mujer —añadió Marco.

—Exacto. Todavía guardo alguna documentación.

Sacó su cartera y le enseñó un carnet de conducir y se lo acercó a Marco.

La tomó y la miró tanto por delante como por detrás.

Era una mujer hermosa con una sonrisa cálida.

Cada vez que hablaba, al profesor se le notaba que había estado profundamente enamorado.

No quería imaginar lo que tuvo que pasar para seguir adelante.

La vida no le había concedido demasiado tiempo de pareja, pero probablemente su salvación fue su hija.

—Pero está caducado —dijo Marco.

—Sí. Es un pequeño inconveniente —dijo sin más Ibrahim—. Solo son unos años.

—¿Cinco años? —se quejó Marco.

—Bien. Comprobaremos qué dotes de persuasión tiene un periodista —dijo Ibrahim bajando del coche con una sonrisa de oreja a oreja, y dando por cerrada la discusión.

Y allí estaban, Ibrahim y Marco negociando con un vendedor por una furgoneta medio destartalada, con ruedas gastadas y que tenía más kilómetros de lo que marcaba el contador.

Marco se empleó a fondo, con su mejor sonrisa, le contó que se había roto su coche, que estaban de viaje porque había fallecido un tío de Musa, y que necesitaban un coche ya. Que la furgoneta la querían poner a nombre de la hija de la viuda. Iba a ser un regalo.

El vendedor no quería ceder, y decía que tenía que inscribirse con algún documento. Musa sacó un carnet de conducir de la supuesta hija de la viuda, lógicamente caducado porque el original lo tenía ella.

Un tira y afloja continuo, hasta que Musa sacó un puñado de billetes simulando negociar el precio. Aquí empezó a cambiar la conversación. Pasó de tenemos que inscribirlo, a necesito más dinero.

Finalmente acordaron un precio, a todas luces superior al de mercado.

Acordaron que ellos mismos inscribirían la compra a más tardar en unos días en la delegación de tráfico en Minna.

Y dejaron un número de teléfono en garantía.

El mismo vendedor le hizo una llamada para verificarlo.

Lo que no sabía era que acaba de ser activado hacía menos de una hora, y que no tardaría en desaparecer.

Ibrahim salió del recinto conduciendo la nueva furgoneta, mientras Marco ocupaba el asiento del acompañante. El vehículo protestaba en cada cambio de marcha y el motor emitía un traqueteo irregular, pero parecía que aguantaría por lo menos unos días. No necesitaban más.

Recorrieron apenas doscientos metros hasta el lugar donde Maya aguardaba junto a la otra furgoneta. Ya había reunido en la parte trasera todo lo que consideraba imprescindible.

—Vaya bólido habéis comprado —dijo Maya cuando los vio.

—No creas que hay mucho para elegir —sonrió Marco.

—Por lo menos tendrá aire acondicionado, ¿no?

—Tenías que haberlo pedido antes —replicó con fingida indignación.

Maya sabía que era un logro que hubieran conseguido realizar la compra, y le daba exactamente lo mismo lo que tuviera o dejara de tener. Solo querían sacar un poco de tensión con algo de humor.

No perdieron tiempo. Aparcaron ambos vehículos uno detrás del otro, caja contra caja, y comenzaron a trasladar las provisiones: agua, combustible, alimentos, ropa, teléfonos, documentación y el equipo necesario para transportar los viales.

Dejaron atrás todo aquello que pudiera resultar prescindible.

Maya trabajaba con rapidez, pasando las bolsas a Marco mientras Ibrahim esperaba en el puesto del conductor. En pocos minutos habían terminado.

Cerraron las puertas, comprobaron que no quedaba nada a la vista y abandonaron el antiguo vehículo sin mirar atrás. No sin cierta nostalgia por parte de Ibrahim. Al final, había conservado la furgoneta anterior durante años como un recuerdo de una vida pasada.

Quizás para no pensar, esta vez fue Ibrahim quien se puso al volante. Marco se sentó junto a él y Maya ocupó la parte trasera, rodeado por el equipaje y las cajas. Le venía bien descansar algo.

Sin más demora, se incorporaron de nuevo al tráfico caótico de Kontagora y tomaron la carretera que los sacaría de la ciudad.

Persecución

Sus perseguidores no escatimaron en medios.

Enviaron dos helicópteros. Salieron múltiples vehículos de todas las bases disponibles de Deucalion. Todo estaba en juego. Sabían que si encontraban los viales, podrían completar la operación. Pero si no lo hacían, todo habría sido un fracaso. Años perdidos en su misión.

No todos en la organización tenían cierto nivel de fanatismo.

Solo en la cúspide de la pirámide. En la parte media y baja había empleados de todo tipo, más o menos honrados, que desconocían o no le importaba el fin último de la organización.

Un administrativo simplemente trabajaba por un sueldo, e incluso un mercenario.

Pero sí es cierto, que a partir de cierto nivel, únicamente la información fluía y las decisiones se tomaban por los verdaderos adeptos.

Por eso si a un mercenario se le indicaba que había que perseguir a unas personas, no sabía el motivo ni le importaba. Simplemente era un trabajo. Mientras hubiera pago, no preguntaba. Aunque sin saberlo, pudieran estar ayudando a acabar con millones de personas.

Quizás si supieran la verdad, muchos de ellos hubieran declinado.

Ya sea por su propia seguridad, puesto que podrían ser infectados por el propio virus, o incluso, porque aunque su propia moral era más que dudosa, no era lo mismo hacer “desaparecer” a una persona que igual se lo merecía, o no, pero era una simple persona, a atentar contra millones.

Pero no lo sabían. La orden era simplemente buscar y recuperar unos viales. Y la recompensa era asombrosa.

Incluso entre miembros de la policía y el ejército se habían filtrado las fotos. Se había transmitido que habían robado unos viales de investigación sumamente valiosos, y se ofrecía una recompensa que multiplicaba por muchas veces el salario anual.

Se estaba cerrando el círculo. Y más en una zona donde ser blanco, destacaba. Se podía distinguir perfectamente quien era local y quien no lo era.