15. Jian y Alexander #3
Los equipos de emergencia llegaron rápidamente a la zona, y desplegaron mangueras de agua conectadas a los hidrantes exteriores. Era imposible apagar el incendio, pero sí podían controlarlo y acotarlo.
Entraron en funcionamiento las puertas cortafuegos y los rociadores automáticos contraincendios. Y del caos inicial, se fue pasando a una respuesta totalmente organizada.
Todo lo que había en el garaje y alrededores quedó totalmente calcinado, e incluso los edificios colindantes fueron afectados, pero el resto del complejo permaneció a salvo.
El responsable del complejo se encontraba en la sala de control, desde donde se organizaba todo el proceso. Ese punto era el cerebro del edificio, por donde todo pasaba.
—Señor, nos informan que se ha controlado el fuego en el área F —reportaba un operario según le iban informando.
—Perfecto. Asigne recursos desde el área F al área C —ordenaba el responsable.
—Damos la instrucción. ¿Quiere que desvíe más operativos desde la red exterior al incendio?
El responsable se quedó pensando un rato. El peligro quizás no estaba controlado del todo, pero el área exterior era el primer punto de defensa del complejo ante ataques o intrusiones externas. Ya había debilitado el área exterior al mínimo admisible.
—No. De momento mantenga la distribución como está —respondió el responsable. ¿Qué se sabe de la unidad 1521?
—No sabemos nada. Enviamos una unidad del área exterior y ninguna de las dos responden. Pero el GPS las ubica en el mismo punto.
Qué raro. Una unidad que no responde, y ahora una segunda junto a ella, tampoco lo hace.
Su instinto le indicaba que algo iba mal.
—Cambie la orden. La unidad del área F sobrante que vaya a comprobar en la ubicación de la 1521 porque no responde. Que incluya hombres armados.
—Sí señor.
El supervisor general era amigo de tener todo controlado, y sentía que había un eslabón que se estaba escapando.
Había dirigido por años el complejo con mano férrea, y los resultados estaban a la vista. Era un ejemplo de eficiencia para la organización.
Su implicación para el proyecto era total, y creía firmemente en la necesidad del trabajo que estaban realizando para supervivencia de raza humana.
Sin previo aviso, algo empezó a cambiar.
Algún programa informático oculto finalizó su cuenta atrás, y se liberó el virus creado por Jian.
El sistema estaba diseñado para cerrarse al exterior, pero no estaba contemplado que alguien con cierto nivel de conocimientos lo boicoteara desde dentro. Habían contratado biólogos, expertos en genética, pero no informáticos.
Todo empezó en un ordenador de mantenimiento.
Su disco duro empezó a acelerar y la pantalla se volvió estática.
Ni el teclado ni el ratón respondían. El técnico hizo lo que habitualmente se hace en estos casos, apagar y encender el ordenador.
Pero los ventiladores giraron durante un segundo y volvieron a detenerse.
No apareció ni siquiera el logotipo del fabricante.
El malware creado por Jian dejó el ordenador muerto.
La información del disco duro y la memoria fue borrada de forma irreversible, solo que el técnico todavía no lo sabía.
Hasta que lo mismo le empezó a suceder a los demás ordenadores. En un abrir y cerrar de ojos, las pantallas se empezaron a apagar o bien a quedar estáticas. Todos y cada uno de los equipos conectados a la red fueron borrados de forma casi simultánea.
El supervisor general no daba crédito a lo que estaba viendo.
Durante unos segundos nadie se movió. Los operarios observaban las pantallas apagadas como si esperaran que regresaran por sí solas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el supervisor.
Nadie respondió.
—He preguntado qué ha ocurrido —dijo casi gritando.
—No lo sabemos, señor —contestó finalmente uno de los técnicos—. Hemos perdido el acceso al sistema central.
—¿Por el incendio?
El técnico consultó los indicadores eléctricos de emergencia. Aquellos paneles funcionaban mediante una instalación independiente y todavía mostraban información básica sobre el suministro del complejo.
—No parece un fallo eléctrico. Los generadores están funcionando. La alimentación es estable en todos los sectores.
El supervisor miró a su alrededor. Algunas luces de emergencia se habían encendido, pero el sistema de ventilación continuaba funcionando y el zumbido de los generadores podía percibirse incluso desde la sala de control.
—Entonces reinicien los servidores.
—Lo estamos intentando.
Varios técnicos abandonaron sus puestos y corrieron hacia la sala de servidores. Otros trataron de conectarse desde terminales aislados, ordenadores portátiles e incluso dispositivos de mantenimiento que no se utilizaban desde hacía años.
Ninguno respondió.
Lo que Jian había introducido en la red no era un programa complejo. No necesitaba serlo. Consistía en una sucesión de instrucciones elementales: localizar cualquier dispositivo de almacenamiento, destruir su contenido y transmitir el mismo proceso al siguiente equipo conectado.
Borrar y replicarse.
Borrar y replicarse.
La sencillez era precisamente lo que lo hacía mortal. Y esto en un sistema conectado con una fibra óptica de alta velocidad y los mejores equipos, simplemente aceleraba el proceso.
La red de Deucalion había sido diseñada para no perder jamás la información.
Cada archivo importante se almacenaba de forma simultánea en distintos servidores.
Si una unidad fallaba, otra asumía su función.
Si un edificio quedaba incomunicado, las copias existentes en las demás áreas mantenían los datos disponibles.
Había servidores principales, réplicas secundarias y copias de seguridad automáticas. Décadas de investigación estaban duplicadas en diferentes puntos del complejo.
Pero todos aquellos sistemas compartían la misma red.
La protección contra una avería se convirtió en la vía de propagación del ataque. Cada servidor que recibía una copia del virus la transmitía inmediatamente al siguiente. Las máquinas destinadas a proteger la información fueron colaborando, una tras otra, en su propia destrucción.
Cuando los técnicos de mantenimiento consiguieron abrir la sala principal de servidores, encontraron decenas de luces de advertencia parpadeando en rojo.
Algunos discos habían dejado de girar. Otros seguían funcionando, pero sus controladoras ya no reconocían ninguna partición.
Los registros de arranque habían sido sobrescritos y el firmware de varios dispositivos estaba corrompido.
Desde el primer ordenador de mantenimiento hasta el último servidor de respaldo, todo había sido alcanzado.
—Señor —dijo uno de los informáticos al regresar a la sala de control—, el problema no está únicamente en los terminales.
—Explíquese.
—Los servidores tampoco arrancan.
—Utilicen las copias de seguridad.
El informático tardó unos segundos en responder.
—También han sido afectadas.
El supervisor se aproximó lentamente.
—Eso no es posible.
—Parece un ataque coordinado —dijo finalmente el informático.
—¿Y los servidores secundarios?
—Igual.
—¿Las réplicas de las otras áreas?
—No responden.
—¿Quiere decirme que tenemos un sistema que cuesta millones y no podemos acceder a él?
El técnico bajó la mirada.
—No solo eso, señor. No tenemos acceso a los datos. No sabemos ni siquiera si están ahí.
El supervisor general se quedó totalmente pálido. La cantidad de información acumulada durante años era inmensa. Ensayos, expedientes médicos, muestras, resultados. Todo se encontraba en esos ordenadores. Y ahora no podían ni abrir un archivo.
Entonces empezó a pensar que todo esto no había sido casual. El incendio y después la destrucción del sistema informático. Era claramente un sabotaje.
—Aíslen la red. Desconecten todos los equipos. Ningún dispositivo debe salir del complejo.
—Sí, señor.
Antes de que el técnico pudiera responder, uno de los intercomunicadores de emergencia emitió un pitido. Era uno de los pocos sistemas que todavía funcionaban, porque utilizaba una red analógica independiente.
—Sala de control, aquí unidad F3.
El supervisor tomó el comunicador.
—Informe.
—Hemos llegado a la ubicación de las unidades que no respondían.
—¿Qué han encontrado?
Hubo una breve pausa.
—Un accidente. Los dos vehículos están fuera de la carretera.
—¿Supervivientes?
—Ninguno.
El supervisor cerró los ojos durante un instante.
—Identifiquen a los ocupantes.
—Ya lo estamos haciendo, señor. Hay algo extraño.
—Diga.
—El conductor de la unidad que abandonó el complejo llevaba uniforme de mantenimiento, pero no pertenece a ese departamento.
—¿Están seguros?
—Sí. Hemos comprobado su identificación. Es personal científico.
El supervisor apretó con fuerza el comunicador.
—¿Nombre?
Al otro lado se produjo un murmullo, como si el hombre estuviera consultando algún documento.
—Alexander.
La sala de control quedó en silencio.
El supervisor miró las pantallas apagadas, las consolas inútiles y los indicadores rojos que seguían parpadeando.
El incendio.
La unidad desaparecida.
Los hombres muertos.
El científico vestido como un trabajador de mantenimiento.
Y, al mismo tiempo, la destrucción de todo el sistema informático.
Aquello no era una sucesión de accidentes. Era un ataque planificado.
—Registren los vehículos —ordenó—. Analicen todo lo que tenga Alexander en su poder.
—Sí, señor.
—Y cierren todo el perímetro. Que nadie entre ni salga del recinto hasta nueva orden.
Es supervisor general entonces comprendió la verdadera magnitud del ataque. Un equipo desde dentro había saboteado las instalaciones, había incendiado el edificio y había intentado huir.
Llegaría hasta el final, pero su preocupación real estaba en los servidores. En si se podía recuperar la información de años de trabajo. Por primera vez en años, un miedo le recorrió el cuerpo. El miedo al fracaso. El miedo a no haber estado a la altura.
No le importaba su vida. La cambiaría en este momento, simplemente por recuperar la información. Lo que le importaba es haber fallado a Sombra.