15. Jian y Alexander #2
—Solo queríamos una pequeña distracción, ¿no?
—Igual nos hemos pasado —replicó Jian, que no contaba con tremenda explosión.
En la distancia se encendieron luces de vehículos de emergencia. Empezaban a aparecer sombras fuera del edificio para coordinar una respuesta.
Alexander miró hacia la carretera, y le dijo.
—Jian, ahora es el momento. Ahora o nunca.
Giró la llave y puso el motor en marcha. Encendió los faros y comenzó a avanzar por la vía de servicio.
Avanzaba a una velocidad constante, pero no lento. El tiempo era fundamental. Tenían que alejarse tanto como pudieran. Pero si apuraban demasiado, podrían detectarlos.
—¿Crees que alguien habrá resultado herido? —consultó Alexander.
—Espero que no, esos garajes suelen estar vacíos.
La furgoneta abandonó la vía de servicio y se internó en una carretera secundaria, alejándose cada vez más del complejo.
La decisión de Alexander
El complejo era mucho mayor de lo que parecía desde los edificios principales.
Además de los laboratorios, las residencias y las instalaciones de mantenimiento, ocupaba una amplia extensión de terreno rodeada por carreteras secundarias, pistas de servicio y zonas boscosas.
Jian sabía que existían controles en algunos de los accesos, aunque desconocía su ubicación exacta.
Nunca los había necesitado conocer. Hasta aquella noche.
La furgoneta avanzaba por una carretera estrecha, dejando atrás el resplandor del incendio.
—No podremos llegar muy lejos con este vehículo —dijo Jian.
Alexander apartó la mirada del retrovisor.
—¿Por qué?
—Habrá puestos de vigilancia, barreras o patrullas. No sé dónde, pero los habrá. Es imposible salir con este vehículo. Solo nos servirá para avanzar unos kilómetros. Cuanto más nos alejemos más posibilidad tendremos de huir.
—Entonces tendremos que abandonar la furgoneta.
—Sí. Pero si lo hacemos muy cerca, no tenemos margen de huida. Cuanto más lejos, más metros cuadrados tienen que barrer para encontrarnos.
Ambos eran científicos. Sabían que cuanto más se alejasen del último punto en el que los habían visto, más difícil resultaría encontrarlos.
La distancia no ampliaba la búsqueda en una sola dirección, sino en todas a la vez.
Cada kilómetro que avanzaban hacía crecer el perímetro y multiplicaba la superficie que tendrían que cubrir.
Era como buscar una embarcación perdida en el mar.
Al principio bastaba con revisar una zona pequeña alrededor de su última posición conocida.
Pero, con cada minuto transcurrido, podía haberse desplazado hacia cualquiera de los puntos del horizonte.
El círculo se hacía cada vez mayor, hasta convertir una búsqueda precisa, en una inmensidad de caminos, bosques y escondites posibles.
Cada metro aumentaba sus posibilidades de desaparecer. Pero todavía no habían recorrido los suficientes.
De repente, un vehículo apareció frente a ellos.
Los faros se aproximaron con rapidez, obligando a Jian a pegarse al borde de la calzada. Era un todoterreno que circulaba a toda velocidad en dirección al complejo. Pasó a su lado sin reducir la marcha.
Continuaron avanzando.
Durante varios minutos no encontraron ningún otro vehículo. La carretera discurría entre árboles y pequeñas elevaciones que ocultaban el complejo. El fuego ya no era visible, aunque las sirenas continuaban escuchándose en la distancia.
Jian comenzó a creer que quizá disponían de algo más de tiempo del que había imaginado.
Entonces se encendió una luz en el salpicadero.
Un pitido breve rompió el silencio.
Ambos miraron hacia el terminal de comunicaciones instalado junto a la radio. La pequeña pantalla había cobrado vida.
Una voz metálica surgió del altavoz.
—Unidad 1521, identifíquese.
Jian no respondió.
La voz volvió a escucharse.
—Furgoneta 1521, indique conductor, posición y destino.
Alexander miró el aparato.
—Saben que hemos salido.
—El vehículo debe llevar un sistema de localización —dijo Jian.
—¿Puedes desconectarlo? —dijo Alexander.
—No serviría de nada. Tienen nuestra posición actual.
Un nuevo pitido.
—Unidad 1521, detenga el vehículo y responda inmediatamente.
Jian miró por el retrovisor. La carretera permanecía vacía, pero aquello ya no importaba. En algún lugar, una pantalla mostraba su posición exacta y la dirección en la que avanzaban.
—Entonces estamos perdidos. No podremos distanciarnos lo suficiente a pie desde el último punto en el que nos han detectado —dijo Alexander.
Jian encontró un espacio al lado de la carretera y giró abandonando el asfalto. Se detuvo sobre un terreno irregular, junto al comienzo de una zona boscosa.
Apagó el motor.
—Tenemos que seguir andando. Nuestra única posibilidad es internarnos en el bosque —dijo Jian.
Abrió la puerta y bajó.
Alexander permaneció sentado.
Jian rodeó la furgoneta y abrió las puertas traseras. En el interior estaban las dos mochilas que había preparado. Las tomó y se colgó una sobre el hombro. Cuando regresó hacia la cabina, Alexander lo observaba desde el asiento del conductor. Se había cambiado de asiento.
—Toma —dijo Jian, ofreciéndole la segunda mochila—. Tenemos que irnos.
Alexander no se movió.
Jian tiró de la puerta.
Estaba cerrada.
Volvió a intentarlo.
—Alexander. ¿Qué haces? Abre —dijo Jian sorprendido.
Su amigo había activado el cierre centralizado.
—¿Qué estás haciendo? —volvió a preguntar.
—Yo continuaré por la carretera —dijo Alexander con la mirada perdida hacia el frente.
Jian golpeó el cristal con la palma de la mano.
—Pero ¿qué dices? ¿Estás loco? Abre la puerta —dijo Jian.
—No saben cuántos somos —replicó Alexander.
—Alexander, no hagas estupideces. No tenemos tiempo.
—Si abandonamos juntos el vehículo, encontrarán la furgoneta y empezarán a registrar esta zona. No llegaremos demasiado lejos.
—Podemos separarnos.
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer.
Alexander introdujo la llave en el contacto.
Jian volvió a golpear el cristal.
—Te matarán —gritó desesperado Jian.
Alexander lo miró a través de la ventanilla. Ya no parecía asustado. Por primera vez desde que había comenzado todo, su rostro transmitía una calma absoluta.
—Jian, ya estamos muertos.
—No.
—Lo estamos desde que cambiamos las muestras. La diferencia es que tú todavía puedes salir de aquí —dijo Alexander.
Jian negó con la cabeza.
—No pienso dejarte.
—Y no lo has hecho, viejo amigo. Soy yo quien te está dejando a ti.
La decisión de Alexander ya estaba tomada en su mente. Seguía siendo un científico, y sabía calcular perfectamente las probabilidades.
Era imposible para ellos, si empezaban la huida desde el punto actual, que no los encontraran. Tenían su posición. Era simplemente cuestión de tiempo.
Solo podía elegir una cosa, la forma de morir. Y quizás, incluso darle una oportunidad a su amigo. Pero si seguían juntos, ambos morirían.
A lo lejos apareció un resplandor sobre la carretera. Un vehículo se aproximaba. Seguramente habían dado aviso a una de las barreras de control, y un vehículo, quizás con hombres armados, se acercaba en su dirección.
Alexander miró hacia él y después volvió la vista hacia su amigo.
—Vete por el bosque. Aléjate todo lo que puedas de la carretera. No me encontrarán con vida, créeme —dijo Alexander.
Alexander metió la mano en el bolsillo y extrajo la pequeña cápsula que Jian le había entregado aquella misma noche.
La sostuvo entre los dedos.
—No tienes que hacer esto —dijo Jian.
—Sí. Por una vez, sé exactamente lo que tengo que hacer. Jian, vuelve con tu familia. Deja atrás todo esto y vive tu vida. Hazlo.
—Por favor, Alexander, sal de la furgoneta. No tenemos tiempo —dijo en un último intento desesperado Jian.
Alexander se quedó mirándolo unos segundos y le dijo:
—Me has devuelto el alma. Gracias, amigo mío.
El vehículo que se aproximaba ya podía escucharse.
A Jian no le quedó tiempo para decir nada más. Alexander se llevó la cápsula a la boca, pero todavía no la tragó. Simplemente arrancó el coche y sin más salió disparado hacia delante.
—¿Por qué? —le gritó a Alexander mientras se alejaba.
Durante un rato se Jian se quedó inmóvil. No había marcha atrás, y se obligó a reaccionar. Se metió en la penumbra del bosque, intentando no dejar huellas, solo pisando en piedras, para que no les fuera fácil seguirle la pista, si es que se daban cuenta y lo hacían.
Escuchaba la furgoneta con su amigo acelerando hacia el vehículo que venía en sentido contrario. Cada vez más rápido.
En el terminal de comunicaciones volvió a sonar la voz de la central.
—Unidad 1521, deténgase inmediatamente. Tiene un control delante. Repito: detenga el vehículo.
Alexander distinguió las luces de un vehículo de frente.
Cuando estaban a apenas unos cientos de metros, tragó la pastilla que tenía en la boca. Sabía que era cosa de segundos. Aceleró todo cuento pudo y se abalanzó sobre el vehículo contrario.
En su mente aparecieron los laboratorios, las muestras, las investigaciones, congresos. Y pensó en que por primera vez en su vida había hecho algo que merecía la pena. Algo que le daba paz.
El choque fue monstruoso. Nadie habría podido sobrevivir.
La parte delantera de la furgoneta golpeó al vehículo contrario y ambos cayeron por un terraplén dando vueltas de campana entre una nube de polvo y fragmentos de cristal y metal.
El estruendo llegó hasta el montículo.
Jian vio desaparecer ambos vehículos, escuchó el choque, la caída, y después silencio.
Permaneció inmóvil.
Todo había terminado para Alexander.
Se permitió el lujo de esperar unos segundos.
—Lo siento —susurró—. Lo siento, amigo mío.
Después sin más, dio la vuelta y empezó a caminar hacia el interior del bosque.
Las lágrimas iban cayendo por su rostro. Pero no paró de caminar.
Colgó una mochila en la espalda, y la otra, la de su amigo Alexander, la llevó en su mano.
Alexander le había dado tiempo. Y lo iba a aprovechar.
Intentaría sobrevivir a toda costa.
Ahora solo pensaba en una persona. Mei. Sería la única fuerza que lo guiara para intentar salir de allí.
El virus
En el complejo secreto de Deucalion habían conseguido controlar la situación.