15. Jian y Alexander
¿Alguna vez has pensado lo frágil que es la especie humana? Todo lo que somos, está en una pequeña esfera suspendida en el espacio Y nuestro único escudo son poco más de cinco kilómetros de aire respirable
La fuga
Jian había tomado una decisión. De poco serviría borrar de la faz de la tierra los viales, si se podían fabricar nuevamente otros. Solo retrasaría el proceso unos meses, quizás un año, pero no más. Si quería redimirse de verdad, tenía que acabar con la fuente del problema.
Es por eso empezó a programar un virus. Algo que destrozara los sistemas, que borrara completamente toda la investigación. Tendrían que empezar de cero si querían replicarlo.
En sociedades secretas la información está compartimentada. Eso hace que sea mucho más fácil cuando se descabeza el cerebro principal, que toda la estructura se dañe.
Jian y Alexander habían comenzado la huida. Atravesaron la puerta de la terraza y se deslizaron al interior oscuro. Allí Jian había dejado un par de linternas previamente con lo que se pudieron desplazar entre pasillos por la ruta que previamente había pensado.
Eran conductos de mantenimiento plagados de tuberías y aparatos de todo tipo. Las escaleras eran metálicas y el aire resultaba algo pesado, ya que no estaba climatizado y los diferentes equipos cargaban el ambiente.
Jian susurró a su amigo y colega:
—No hables si no es necesario.
Alexander simplemente asintió con la cabeza.
Descendieron dos pisos iluminados únicamente por las luces de emergencia. Las tuberías recorrían las paredes y el techo formando una maraña de conductos. Algunas vibraban ligeramente. Otras estaban cubiertas por una capa de polvo oscuro.
Jian avanzaba sin vacilar. Conocía la ruta y la había estudiado perfectamente. Su única preocupación es que hubiera alguien encargado de alguna tarea en esos pasillos a aquella hora. Pero sería extraño. Nunca había visto a nadie de mantenimiento trabajar por la noche, salvo avería.
La zona más peligrosa era la sala de calderas y combustible porque ahí sí podría haber personal, pero el complejo contaba con dos garajes, y éste era el secundario, y había quedado en desuso, dado que las calderas le habían ocupado parte del espacio.
Antes de entrar, Jian escuchó a través de la puerta.
Ningún sonido. Nada.
No habían pasado más de cinco minutos desde que abandonaron la terraza, pero ahora el tiempo ya jugaba en su contra.
Jian abrió finalmente la puerta y se adentró en la estancia. Aquí eran vulnerables, porque estaba completamente iluminada.
—Ponte este mono de trabajo —le dijo Jian a Alexander, tomando otro para sí mismo.
De esta forma, si los veían siempre los podrían confundir con simples empleados.
Jian accedió a la parte trasera de una caldera.
Allí había dejado un pequeño objeto escondido. Una caja pequeña con lo que parecía un temporizador. Algún cable corto y un espacio para una pila.
Alexander lo miró, sorprendido.
—¿Qué es eso?
—Nada que un científico como tú o yo no podamos hacer —respondió Jian.
—Un temporizador normal, y vaya, eso provoca una chispa, ¿no?
—Sí. Vamos a crear una pequeña distracción —añadió Jian.
—Pero con eso no vas a lograr nada. Estos depósitos de combustible están sellados y eso no le va a hacer ni cosquillas —explicó Alexander pensando de forma práctica.
—No le hará nada a los depósitos amigo mío —le dijo sonriendo Alexander—. Pero si por alguna casualidad, quedara abierto un conducto de gas…
—Saltarían las alarmas de gas y humo… —replicó Alexander.
—Excepto que en el cuarto donde se almacenan bombonas de propano, no haya detectores —señaló con un dedo Jian.
—Increíble.
—Sí, eso pensé yo cuando lo vi por primera vez —dijo Jian.
No perdieron el tiempo. Accedieron a la estancia, y Jian introdujo una pila en el dispositivo, que empezó una cuenta atrás. Cinco minutos. Mientras Alexander abrió todas las bombonas de gas y salieron de allí cerrando la puerta detrás de ellos.
El gas se empezaba a concentrar en el interior del almacén de bombonas, pero no lo detectaban los sensores del resto del garaje.
—Vamos —le apremió Alexander—. Esa furgoneta servirá.
—No. Utiliza aquella. Tiene unas mochilas con agua y comida para unos días.
En cierta medida Jian había pensado en todo. Pero sabían que esta era la parte del plan que podía estar bajo su control. A partir de ahora, todo sería improvisar.
En poco más de un minuto, estaban montados en la furgoneta y abriendo la puerta del garaje.
Salieron sin las luces encendidas, a ritmo lento y simplemente aparcaron debajo de unos árboles que estaban a poco más de cien metros. Una vez que vieron que nadie los seguía, se metieron por una vía de servicio y se fueron alejando unos cientos de metros más.
Apagaron la furgoneta y se quedaron estacionados.
—¿Por qué no sigues? —consultó Alexander.
—Porque hay cámaras por todos los sitios. Sería extraño que un vehículo abandonara el recinto a estas horas. Tenemos que esperar un par de minutos más.
La tensión era palpable. Si los descubrían allí estaban perdidos.
Alexander toqueteó con su mano la pastilla que le había dado Jian. En último caso, sería la decisión que tomaría. Ahora estaba en paz consigo mismo, y preparado para afrontar todo lo que viniese. Pero no quería que lo hicieran prisionero. Sabía lo que le esperaba si eso sucedía.
—¿Y si no funciona el dispositivo incendiario? —consultó Alexander.
—Pues caminaremos entre los árboles. Lo intentaremos de la forma que sea.
Y así se quedaron en silencio durante un rato.
En aquel instante, dos personas en una parte alejada del mundo contemplaban la oscuridad, sentados uno junto al otro.
Sabiendo que era posible que fueran los últimos instantes de su vida.
Tantas cosas podrían salir mal. Pero también sabiendo que habían tomado la decisión correcta según su conciencia.
No tuvieron que esperar mucho.
La concentración de gas en la sala de las bombonas ya era tan alta, que incluso parte del gas había salido fuera, e incluso una luz de emergencia había saltado en el control central.
Un operador tomó el teléfono y llamó a mantenimiento.
—Un detector de gas ha saltado en el parking B. Id a comprobarlo.
—Vamos ahora —se escuchó del otro lado de la línea.
El operario de guardia, con cara de pocos amigos, tomó su maletín y se puso a caminar hacia la supuesta avería. Posiblemente sería un fallo en la pila.
Ya había sucedido otras veces con ese modelo.
Con paso cansado se dirigió a la sala en cuestión, lo que no le llevó más de dos minutos.
Abrió la puerta, y algo lo perturbó, porque en efecto había un cierto olor a gas.
El técnico se detuvo en el umbral y tomó su walkie talkie.
—Control. Aquí mantenimiento. Tenemos una fuga real en el aparcamiento B. Repito, una fuga real. Activen el protocolo y corten el suministro.
El técnico no perdió el tiempo. Se dirigió a la puerta del garaje para abrir y ventilar. Pero ya no había solución posible.
Dentro del almacén, oculto detrás de las bombonas, el contador continuaba descendiendo.
Tres. Dos. Uno.
La chispa brotó del dispositivo.
Durante una fracción de segundo no ocurrió nada. Después, el interior de la estancia se llenó de una llamarada azulada que se transformó inmediatamente en una bola de fuego.
El técnico apenas tuvo tiempo para abrir la puerta del garaje antes de que se desatara el caos.
La explosión incendió y volatilizó el cuarto de las bombonas. El estruendo recorrió el garaje y sacudió las paredes del complejo. Los cristales vibraron. Las lámparas del techo parpadearon y algunas se apagaron.
El fuego salió del almacén como una criatura liberada, y las llamas alcanzaron los materiales acumulados junto a las calderas y comenzaron a extenderse.
Una de las bombonas se recalentó hasta que la presión venció el metal.
Salió despedida, girando de forma descontrolada, y atravesó el garaje como un proyectil.
Impactó contra una tubería de combustible.
La conducción se partió y se empezó a derramar sobre el suelo. El fuego prendió y se extendió bajo los vehículos y cerca del depósito principal.
El técnico apenas tuvo tiempo a salir de aquel infierno, antes que se desatara la segunda explosión, que fue mucho mayor.
Cuando se alcanzó el depósito principal, la onda expansiva arrancó paneles de las paredes, deformó la puerta exterior y lanzó fragmentos de metal contra el techo.
Varias alarmas comenzaron a sonar al mismo tiempo.
Luces rojas se encendieron en los pasillos y una voz automática empezó a repetir órdenes de evacuación.
En la sala de control, las pantallas se llenaron de avisos.
“Incendio en el aparcamiento B”
“Pérdida de presión en el sistema de combustible”
“Fallo eléctrico”
Los aspersores que aún no estaban destruidos empezaron a funcionar, pero aquello no lo podía contener una pequeña tubería de agua.
En la zona común, varios científicos se levantaron sobresaltados cuando el suelo tembló bajo sus pies. Algunos se quedaron inmóviles. Otros corrieron hacia las ventanas, intentando averiguar qué había sucedido.
Un supervisor entró en la sala acompañado de dos guardias.
—Todo el mundo a sus habitaciones —ordenó—. Ahora mismo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó alguien.
—Ha sido un accidente. Regresen a sus habitaciones y permanezcan allí hasta recibir nuevas instrucciones.
Otra explosión retumbó a lo lejos. Nadie hizo preguntas. Nadie se dio cuenta de que Jian y Alexander faltaban. Rápidamente y en medio de cierto caos, los científicos abandonaron la sala acompañados por los guardias.
Las puertas cortafuegos empezaban a cerrarse y los sistemas de ventilación cortaban el suministro de aire en los sectores afectados.
Era una confusión absoluta.
Pero justo lo que necesitaba Jian y Alexander, que estaban estacionados a cientos de metros de allí.
Contemplaron cómo una llamarada se elevaba por encima de los árboles y un sonido ensordecedor hacía saltar todas las alarmas. La onda expansiva llegó incluso a mover ligeramente la furgoneta.
Alexander se quedó con la boca abierta, y dijo: