21. El cierre #2
La idea de perderse mutuamente había reavivado algo en ellos que creían dormido.
—Te diré una cosa Mei.
—Dime.
—No podremos trabajar en lo mismo. Probablemente tendremos que vivir en un sitio así durante el resto de nuestras vidas.
Jian pasó una mano por encima de su hombro. Y se pusieron a caminar.
—Creo que me gustará —dijo Mei.
Y sin prisa se pusieron a caminar. De vez en cuando las olas les alcanzaban los pies y volvían a retroceder. A su lado, unos cocoteros. Y frente a ellos una nueva vida. Una segunda oportunidad.
El acto final
Marco había regresado a casa.
No habían pasado ni tres horas desde que su avión había aterrizado y ya estaba otra vez en la editorial. Algunas cosas nunca cambiaban. Las mismas prisas, los mismos teléfonos, los mismos reportajes. Lo mismo de siempre.
Rolando lo había recibido poco antes. No sabían qué hacer respecto al artículo.
Porque en realidad no había pruebas. ¿Qué iban a decir?
No tenían ningún resto del virus. Ni siquiera de los viales.
En la supuesta farmacéutica no quedaban señales.
No había rastro de Lisa, por más que habían buscado todas las misiones enviadas al espacio.
Tan solo tenían encima de la mesa a un sicario muerto en un país peligroso.
Hablaron durante horas sin llegar a ninguna conclusión sobre si publicarlo o no.
Al terminar, Rolando se quitó las gafas, y le dijo a Marco:
—La jefa quiere verte.
Marco suspiró.
—Perfecto. Ya lo estoy imaginando…
—Está enfadada —sonrió, pensando en el trago que iba a pasar.
—¿Y eso es nuevo?
—Bueno, desde luego le has dado motivos… Has desaparecido varios días, consumido recursos, y no has entregado ni una sola línea publicable con la que pueda ganar dinero… Yo no querría estar en tu piel —dijo manteniendo la sonrisa.
—Bueno. Pues cuanto antes mejor. Vamos allá, pero deberías ir tú, cobarde… —dijo levantándose de la silla con una sonrisa maliciosa.
Marco salió del despacho.
Mientras caminaba hacia el de la jefa pensaba en qué le iba a decir.
De un pasillo lateral apareció su secretaria, Andrea.
—Mira quien está aquí —le dijo cogiéndolo del brazo.
—Andrea. ¿Cómo está hoy la jefa? Dame buenas noticias —dijo Marco.
—Hoy no tiene un buen día. Yo solo te aviso… —le dijo mientras lo acompañaba a lo largo del pasillo.
—¿Nivel de enfado en una escala del uno al diez? —preguntó Marco.
—Diría que un doce —respondió Andrea con una sonrisa pícara—. Nunca vi a nadie que tuviera tanta facilidad para enfadarla. Te felicito.
—Como si fuera culpa mía.
—Marco, piénsalo. Una organización secreta. Una epidemia provocada. Un virus mortal. Muestras alienígenas que pueden destruir la raza humana. Una anciana que dice que viajó al espacio… ¿Algo más? —consultó Andrea.
—Dicho así… Suena raro.
—Ahora está ocupada. Espera en la sala. En nada te recibe —le dijo Andrea soltándole el brazo y siguiendo por el pasillo.
La sala estaba vacía. Simplemente se sentó en una silla, y echó la cabeza para atrás.
Tendría que esperar un rato. Al otro lado de la pared se escuchaba a la jefa con su frase de siempre: “A veces creo que es mejor dejaros a todos en esta mierda y largarme para casa”.
Marco sonrió. Cerró los ojos y relajó el cuerpo.
Cuando los abrió, no daba crédito.
De pie. Vestido con un mono de mantenimiento. Frente a él.
Allí estaba Tres. Con una mano en el bolsillo, que posiblemente sostenía un arma.
Marco palideció. Se levantó de la silla lentamente.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó Marco sin más.
—He venido a hablar con usted.
—¿Viene a matarme? —preguntó Marco.
—Si quisiera matarlo, periodista, ya lo habría hecho.
—¿Entonces qué quiere?
—Ya se lo he dicho. Hablar. Sugerirle algo —dejó un espacio— por su bien y el de sus dos amigos de Nigeria. ¿Cómo era? Maya e Ibrahim, ¿no?
Marco se tensó. Podía saltar y abalanzarse sobre él. Pero esa mano en el bolsillo parecía sostener algo. Si era un arma, no avanzaría ni un metro.
—¿Y qué me quiere sugerir?
—Le sugiero que no insista en publicar nada de lo que ha sucedido.
—Soy periodista.
—Pero no tiene pruebas.
—Quizás pueda buscarlas —dijo Marco.
Tres se quedó mirando, y por primera vez esbozó lo que parecía una sonrisa, si algo así podía asomarse en su cara.
—Dudo que las encuentre.
—¿Me está amenazando? —dijo Marco.
—Perdería el tiempo amenazándolo. No me parece una persona que se eche atrás —dijo Tres—. Pero hemos investigado. Tiene una historia muy conmovedora. ¿Cómo era ese caso? Clara, creo que se llamaba.
Marco recordó. Su mente volvió a muchos años atrás. Un artículo de investigación. Su afán por descubrir y publicar. Y cómo le había costado la vida a una mujer. Siempre quedó marcado por eso.
—No me está amenazando a mí —dijo Marco.
—Soy práctico Marco. No hay nada personal —respondió Tres—. Pero si tengo que actuar, lo haré.
Silencio entre los dos. Tan solo mirándose uno al otro.
—¿Quién es usted? —preguntó Marco sin más.
Tres dio unos pasos por la sala antes de hablar.
—Marco —una pausa, y siguió hablando—. Le respeto. No lo mueve el dinero, o los vicios, sino hacer lo que cree que es correcto. Tiene ideales. Yo también.
Tomó otra pausa y siguió hablando.
—Respeto a las personas que actúan de acuerdo con sus principios, especialmente cuando hacerlo tiene un precio. Pero Marco, las cosas en realidad, no son lo que parecen. ¡Todo!, al menos todo lo importante, en cierta medida, es mentira. Se lo explicaré de forma sencilla.
—En un edificio lo que ve es la fachada —prosiguió Tres—. Se la puedo pintar del color que más le guste, cambiarle el material, ponerle más o menos ventanas, adaptarla y hacerla viva para que sientas que evoluciona. Yo cambiaré la fachada a lo largo de los años para que esté contento con lo que ve.
—Pero lo que importa de verdad —continuó hablando Tres— es lo que no ve, lo que hay detrás. Los pilares, los muros y las vigas que sustentan todo. Porque sin eso, su fachada, su mundo, se viene abajo. Todo se desmorona sin algo que lo sostenga.
Una pausa de silencio nuevamente.
—Yo trabajo detrás de la fachada —dijo Tres—. En la Sombra.
Nueva pausa.
—¿Cree que me importa quién gana la Super Bowl o la competición que sea en cada uno de los países de mierda que hay en el mundo?
¿Cree que me importa el partido político que gobierna?
¿O si surge una guerra más o menos? La verdad es que me da absolutamente lo mismo.
Me da lo mismo, siempre que no afecte al camino que hemos marcado.
—¿Y qué camino es ese? —preguntó Marco.
—La supervivencia de la raza humana —respondió Tres.
—Y eso lo consigue matando a millones de personas —se atrevió a decir Marco, aún a riesgo de enfadar a una persona armada.
—Marco —nueva pausa—. Usted se empeña en salvar a una persona. Salvar a Clara. A Maya. O a su profesor Santana. Yo me empeño en salvar a la humanidad, aunque tenga que llevarme por delante a quien intente impedirlo.
—Está loco —dijo simplemente Marco.
—Puede ser. Pero le aseguro que si ese camino que hemos trazado se desvía lo más mínimo, vamos a enderezarlo, de la forma que sea. Y créame que somos muy eficientes.
Ambos hombres quedaron mirándose unos segundos más. Marco sabía que probablemente sería la última vez que lo viera, por lo que tuvo que preguntar sin más:
—¿Por qué no me mató o dejó que Yusuf lo hiciera?
—Porque no era necesario. No haga que lo sea.
Y sin más, Tres dio media vuelta y salió por el pasillo.
Marco se quedó petrificado un minuto más. Pensando en todo lo que había escuchado.
¿Quién era esa organización que trabajaba en la sombra? No lo sabía. No tenía nombre. Por el momento le llamaría Sombra. Era apropiado.
Pero sí que tenía razón en una cosa. No tenía ninguna prueba. No le permitirían publicarlo. Y quizás era lo mejor. Su mente volvió a Maya e Ibrahim. A Rolando y Santana. Y por supuesto, a Clara.
Una voz sonó detrás de él y lo despertó de su aletargamiento.
La jefa apareció en la sala, y avanzaba cargada con una carpeta.
—¿Qué haces ahí parado? No solo pierdes tu tiempo, sino que intentas que pierda yo el mío —empezó a decir con una voz que sonaba a bronca.
Se volvió, y se dirigió al despacho, sin mirar atrás, dando por sentado que Marco la seguiría.
Marco avanzó hasta el pasillo. Allí se quedó mirando para uno y otro lado.
Tres había desaparecido. Absolutamente nada.
Antes de entrar al despacho, Marco recordó lo que le dijo:
Las cosas, en realidad, no son lo que parecen.