El brote 14. El rastro #2
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14. El rastro #2

Podía verlos desplazándose por la sala vacía, atravesando la luz gris que entraba por las ventanas.

Maya retiraba las telas que cubrían las mesas.

Su padre abría cajas, comprobaba el material y colocaba cada instrumento en su sitio.

No hablaban. Se entendían como si hubieran repetido aquella operación muchas veces. Eran científicos competentes.

Ibrahim conectaba una incubadora.

Maya organizaba las gradillas.

Ella cargaba cajas desde la planta inferior. El extendía cables y escribía etiquetas con un rotulador negro.

Las imágenes se sucedían ante Tres con claridad.

Los veía trabajar durante horas, agotados, apenas deteniéndose para comer.

Latas de conservas, agua, no tenían que salir de allí.

Los veía sentados en los catres, bajo la luz blanca del laboratorio, conversando en voz baja mientras fuera caía la noche.

Las escenas fueron pasando en su mente.

Tres no podía oír sus palabras, pero podía imaginar las conversaciones.

Las figuras continuaron moviéndose. Los veía trabajar deprisa.

Y de repente, todo cambió. Ibrahim cerraba cajas y arrancaba cables de los ordenadores. Ya no estaban montando el laboratorio. Lo estaban desmantelando. De forma rápida. ¿Por qué?

Las imágenes en su mente se fueron desvaneciendo. No podía llegar más allá. Faltaba algún eslabón que no tenía en cuenta.

¿Tendría que ver algo el periodista? ¿Cómo había llegado allí? ¿Lo habían llamado?

Tres volvió a encontrarse solo en el laboratorio, con Yusuf revoloteando y dando órdenes por teléfono al fondo.

Y allí estaba Tres. En la sala. Solo polvo suspendido en el aire y el zumbido lejano de algún aparato que todavía seguía conectado.

Miró de nuevo la pegatina.

“Modelo Maya”.

Aquello no era el nombre de una máquina.

Era una pista.

Le sacó una foto y la envió a Operador, con instrucciones: “Rastrea el movimiento de este equipo”.

Se levantó y con paso tranquilo se dirigió a la puerta. Tendría que pensar los siguientes pasos. Tendría que informar.

En carretera

El calor empezaba a hacerse notar a medida que el sol ascendía.

El aire temblaba sobre el asfalto y deformaba el horizonte, haciendo que los árboles más alejados pareciesen flotar.

El ruido de la furgoneta ocultaba el malfuncionamiento del sistema de aire acondicionado.

Era mejor que nada, pero más que enfriar, simplemente movía el aire.

Maya conducía con una mano en el volante y la otra cerca de la palanca de cambios.

Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y algunos mechones se les habían pegado a las sienes por el sudor.

La camiseta, ligera y ya humedecida en la espalda, se ajustaba a su figura y resaltaba sus formas femeninas.

Marco apartó la mirada hacia la carretera.

No solo era que Maya fuese atractiva. Había algo en su manera de comportarse que llamaba más su atención.

Su carácter, su determinación. Le gustaría saber más de ella.

Sabía que no era el momento. En otras circunstancias, Marco habría intentado conocerla mejor.

O igual esperaría a no tener a su padre detrás, pensaba. Quien sabe.

Pero allí estaban, en una carretera perdida en el medio de África, con unos frascos que podían matar a media humanidad, y buscando una forma de destruirlos de forma medianamente segura.

Además, los perseguía una banda de locos que querían usarlos para exterminar medio mundo.

Si lo hubiera pensado en la editorial el día que tomó el avión, no lo hubiese creído.

Y aun así, de vez en cuando, miraba para Maya disimuladamente.

Pero una de las veces Maya se dio cuenta, y le preguntó:

—¿Qué ocurre? —preguntó sin apartar la vista del frente.

—Nada.

—¿Seguro?

—Estaba pensando.

—No esperaba menos de un periodista —dijo sonriendo con naturalidad.

—Marco sonrió y volvió la vista hacia la carretera.

—Estaba pensando que debemos hablar con mi editor, quizás nos pueda ayudar.

La expresión de Maya cambió de inmediato.

—No. Es peligroso.

—Ni siquiera sabes lo que voy a proponer.

—Sí lo sé. Quieres llamarlo, contarle todo y pedirle ayuda. Y de paso publicar un artículo —respondió Maya.

—No exactamente. Lo primero sí. El artículo, aunque sea periodista, me da igual —respondió Marco.

—¿Eres periodista y no quieres publicarlo? —consultó Maya.

—No quiero decir eso. Digo que no es mi prioridad en este momento. Bien puedo renunciar a un premio Pulitzer —añadió con una sonrisa.

—De todas formas, la respuesta sigue siendo No.

Desde la parte trasera, Ibrahim se inclinó hacia delante, apoyando una mano en el respaldo del asiento de su hija.

—Lo que quiere decir mi hija, es que una llamada internacional puede ser detectada, y no sabemos hasta qué punto controlan las comunicaciones, pero ya hemos visto que disponen de muchos medios.

—No usaríamos una llamada normal —respondió Marco—. Podemos hacerlo mediante WhatsApp o cualquier otra aplicación. Una llamada por internet.

Maya negó con la cabeza.

—No estoy segura. Se puede saber desde donde se conecta un teléfono, aunque sea para acceder a internet.

—Tenemos varias tarjetas SIM —intervino Ibrahim—. Nosotros mismos hemos utilizado ese sistema para hablar con Santana.

Maya miró a su padre por el retrovisor.

—Eso no la convierte en una buena idea. Y eso fue algo imprescindible en el momento que Marco se coló en el laboratorio. La otra alternativa, era dejarlo encerrado varios días sin agua en la sala trampa —le dijo mirando a Marco unos segundos—. ¿Te hubiera gustado?

—Creo que no —respondió Marco.

—Toda ayuda que podamos recibir no vendría mal. Hemos intentado hacer todo solos, y ha salido razonablemente bien, pero es posible que esto nos sobrepase —admitió el profesor.

Marco se volvió ligeramente hacia él.

—Rolando no es solo mi editor. Lleva toda la vida en esto y conoce a gente en todas partes. Políticos, periodistas, diplomáticos… Si nos ocurre algo, alguien tiene que saber qué ha pasado. Ahora mismo, si nos hacen desaparecer, toda la historia muere con nosotros.

Maya permaneció en silencio.

—No voy a decirle dónde estamos —continuó Marco—. Tampoco le pediré que venga ni que envíe a nadie. Solo quiero contarle lo que sabemos. Puede guardar la información y hacerla pública si dejamos de contactar con él.

—Nada de encuentros —advirtió Maya—. Y vamos a seguir el plan. Diga lo que diga el tal Rolando ese. Destruir el virus.

—De acuerdo.

—Y no le dirás hacia dónde nos dirigimos.

—Todavía no lo sabemos ni nosotros —dijo Marco.

—Bien, mejor así.

Ibrahim abrió una de las mochilas y sacó un teléfono barato. Después seleccionó una tarjeta de entre varios pequeños sobres, todos sin anotaciones.

—Usaremos este —dijo—. Nunca se ha conectado.

Maya dejó escapar el aire lentamente.

—Una sola llamada. Después destruimos la tarjeta y apagamos el teléfono.

—De acuerdo.

Estaban preparando la tarjeta SIM, cuando en ese momento vibró el teléfono que tenía Maya en la guantera. Un mensaje.

Maya lo tomó y lo abrió mientras conducía.

Su expresión cambió totalmente. Algo había sucedido.

Frenó la furgoneta y la apartó a un lado de la carretera.

—¿Qué pasa? —preguntó Marco.

Maya no respondió. Con el vehículo todavía encendido, pero parado en punto muerto, tomó el teléfono con más calma y lo manipuló, tecleando rápidamente sobre él.

—¿Qué sucede hija? —preguntó Ibrahim desde la parte de atrás.

—Han descubierto la nave. Han entrado en el laboratorio —dijo Maya.

Giró el móvil hacia ellos, y se veía una foto de una persona armada con una pistola avanzando por el pasillo de seguridad, el que había recorrido Marco en su momento.

Se quedaron petrificados.

—¿Sigue activo el sistema de seguridad? —consultó Marco.

—Sí. En diferido. Pero sí.

—¿Cuándo? —preguntó el profesor—. ¿Cuánto tiempo les llevamos de ventaja?

—No lo sé con seguridad —respondió Maya.

—Pero acabas de recibirlo ahora —dijo Marco.

—Sí, pero no es un envío automático inmediato. Cuando detecta movimiento, lo envía a un servidor que dejé conectado, y desde ahí remite la información por email a unas cuentas que la replican cada dos horas. Quiero decir, que pueden estar entrando ahora, o lo han hecho hace dos horas.

—¿Qué datos envía? —consultó Marco.

—Fotos principalmente. Ni video ni audio. Para que sea más fluido —respondió Maya.

—Déjame ver —dijo Marco.

Maya fue pasando en la pantalla una serie de fotos que el sistema de cámaras oculto había recopilado de forma sigilosa. Distintas personas que parecían militares fueron pasando ante sus ojos, casi todos armados.

En una de ellas, Marco la paró.

—Fíjate en esta —dijo Marco—. ¿Te suena?

Maya se quedó mirando.

—El tipo que llegó a Deucalion a la noche —dijo.

—Sí. Y este otro estaba en la sede recibiéndolo.