13. Los fugitivos #4
—Si Jian no consiguió destruir todas las muestras o el laboratorio que creó el virus —añadió el profesor desde la parte de atrás de la caja— lo único que haremos destruyendo los viales es retrasar el inicio de todo. Sin embargo, con la muestra, podríamos tener la posibilidad de buscar un antídoto.
—Pero si lo destruyó, esos viales serán la única forma de esparcir el virus —añadió Marco.
—Así es. En ese caso, la mejor decisión seria simplemente quemarlos, aunque no es tan fácil —dijo Maya.
—¿Y las autoridades? —dijo Marco.
—Demasiado riesgo. Supongamos que lo entregamos en una comisaría. ¿Qué crees que harían? —consultó Maya.
—Avisar a sus superiores. Quitarse el problema de encima —respondió Marco.
—Exacto. Y mientras quedaría almacenado en cualquier sitio. Si Deucalion tiene la capacidad de seguir a tantas personas, estoy segura de que tendrá informantes en las comisarías. ¿Cuánto tiempo tardaría en desaparecer la muestra?
—Nada. Veo que lo has pensado todo.
—Todo no. Sino no estaríamos aquí, en mitad de una carretera huyendo de una supuesta farmacéutica —sonrió Maya.
Daba la impresión de que Maya se sentía cómoda con Marco.
Había entendimiento entre ambos. Y en cierta medida, se sentía aliviada de que el peso de la huida no solo recayera ahora en ella.
Porque su padre era un gran científico, una eminencia en su campo.
Pero no estaba preparado para estas situaciones.
En cierta medida tampoco ella, pero aun así, se sentía más joven, más ágil, con más capacidad para afrontar la situación.
En realidad, la presencia de Marco hacía que Maya se sintiera menos sola. No es que le viera como un militar, ni una especie de Rambo. Pero algo en él transmitía seguridad. Sin pensarlo dos veces había decidido acompañarlos, aun sabiendo el peligro.
Hasta ese momento, Maya había tomado la mayor parte de las decisiones de la fuga. Ella había buscado el escondite, preparado la furgoneta y almacenado las provisiones. Su padre se había encargado de la parte académica. El análisis de las muestras, y eso sí, el robo del material en la Universidad.
Saber que Marco estaba allí era un punto de apoyo. No significaba que no lo hubiera hecho si él no estaba, pero la carga se sentía menor cuando era compartida.
De vez en cuando lo observaba de reojo mientras conducía. Él mantenía la vista fija en la carretera, atento a los vehículos que circulaban detrás y a cualquier movimiento extraño en los cruces.
Marco, por su parte, no podía evitar sentir una creciente admiración por ella.
Maya no se parecía a nadie que hubiera conocido.
Había destruido en pocos minutos años de trabajo, abandonado el único lugar que podía considerar seguro y emprendido una huida sin saber siquiera cuál sería su destino.
Y lo había hecho sin una queja, sin permitirse el menor gesto de debilidad.
La verdad es que la encontraba atractiva. No era el momento ni el lugar para pensar en algo así. Tal vez, en otras circunstancias. Ahora estaban en peligro real.
Es curioso como las circunstancias de peligro acrecientan las emociones. Pero por el momento no podía permitirse saber qué era lo que estaba despertando en él.
Se obligó a centrarse en la situación.
Habían pasado por Karaukarau.
La carretera se extendía ante ellos como una cinta de asfalto estrecha y descolorida.
No había líneas que separasen los carriles ni señales que indicasen hacia dónde conducía.
A ambos lados crecían hierbas altas y matorrales que llegaban casi hasta el arcén, interrumpidos de vez en cuando por algún árbol solitario.
Los postes eléctricos se sucedían a intervalos irregulares, siguiendo el trazado recto de la vía. No se veían casas, y de vez en cuando aparecía alguna gasolinera, aunque no necesitaban detenerse, ya que llevaban suficientes garrafas para hacer cientos de kilómetros.
Marco prosiguió la conversación, aunque ya creía a donde iba a llevar.
—¿Cuál es el plan Maya?
Maya le miró unos breves segundos hasta volver a dirigir la vista al frente.
—Destruirlo —respondió Maya.
—¿Cómo? —replicó Marco.
—Hemos intentado analizar la muestra —habló el profesor desde la parte de atrás —pero no hemos podido. No vemos una forma segura de poder analizarlos. Tendremos que arriesgarnos a creer que Jian hizo su trabajo, y borrar de la faz de la tierra este engendro.
—¿Y no sirve simplemente romper los viales?
—No es tan sencillo. Son de alta seguridad.
Casi irrompibles. Es lógico. No se puede trasladar este tipo de material en un frasco de mermelada.
Lo único que se nos ha ocurrido es simplemente quemarlos.
Pero tenemos que buscar un lugar apartado, donde no quede ningún residuo.
Donde no pueda ir alguien a merodear y que de alguna forma consiga escaparse alguna molécula e infectar a alguien.
Sería el paciente cero del fin del mundo —contestó Maya.
—Ni siquiera quemarlos es tan fácil. El riesgo de que se escape alguna molécula es real —añadió el profesor.
Los tres se quedaron en silencio durante un rato mientras los kilómetros pasaban.
Tenían claro cuál era su misión. Y el riesgo en caso de que alguna molécula saliera de los frascos. Costara lo que costara, lo intentarían.