13. Los fugitivos #3
Uno de ellos extrajo el cargador durante un instante, comprobó su peso y volvió a encajarlo con un golpe seco. Después tiró ligeramente de la corredera para verificar la recámara. El otro repitió el gesto con la misma naturalidad.
El sonido metálico resonó brevemente en el interior del vehículo, antes de que volvieran a guardarlas nuevamente en sus fundas.
Cuando llegaron al hotel aparcaron en la parte de atrás, donde fueron recibidos por uno de los miembros del equipo de vigilancia que habían asignado.
—Ningún movimiento desde hace horas —le indicó a Yusuf.
—¿Cuánto tiempo desde el último contacto?
—Desde las cinco de la tarde, señor.
—Van casi doce horas. ¿No creéis que deberíais haber informado? —replicó Yusuf.
—Íbamos a hacerlo cuando amaneciera, pero al final es simplemente un periodista.
Yusuf lo miró fijamente. Seguramente él hubiera hecho lo mismo. ¿Qué importancia tenía un simple periodista?
—¿Lo habéis visto dentro de la habitación durante este tiempo? ¿Pidió algo al bar? —añadió Yusuf.
—No. La persona de contacto en la recepción no informó de nada. Vimos la luz encendida a eso de las nueve, y después se apagó hasta ahora.
—¿Su coche?
—Continúa en el aparcamiento y nadie lo ha visto abandonar el hotel.
—Bien. Vamos a entrar. Preparar una extracción por la parte de atrás —ordenó Yusuf.
Discretamente entraron por una puerta de servicio. Conocían a la perfección el hotel y además tenían tanto llaves de acceso como tarjetas maestras.
Subieron por las escaleras, que a esa hora estaban desiertas porque todavía no había amanecido.
Suponiendo que estuviera en la habitación, cosa que dudaba, sería el momento perfecto para la operación.
Cuando llegaron a la puerta, los tres desenfundaron sus armas. Yusuf utilizó su tarjeta maestra, y abrió la puerta, mientras los dos mercenarios encendieron las luces y entraron a toda velocidad, dirigiéndose a la cama.
Pero allí no había nadie.
Todo desierto.
Lo que suponía.
Yusuf permaneció unos segundos en mitad de la habitación, observando la cama intacta. Su maleta seguía en la habitación, si podía llamarse maleta, ya que tenía lo básico, un poco de ropa, crema de dientes y un cargador de móvil.
Solo una pequeña hendidura en la almohada indicaba que alguien había descansado allí.
Se acercó a la ventana. Estaba cerrada.
Yusuf sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número pregrabado.
Tres respondió al primer tono.
—Habla.
—La habitación está vacía, señor. Todavía hay una maleta, pero no hay pasaportes, ni documentación, ni indicios sobre si volverá o no.
—¿Desde cuándo? —preguntó Tres finalmente.
—Todavía lo estamos comprobando. El equipo lo vio entrar alrededor de las cinco de la tarde. A las nueve observaron luz en la habitación, pero no tuvieron más contacto visual. Su vehículo continúa en el aparcamiento.
—Es decir, desde las nueve no tenemos información, excepto por la tarjeta SIM del móvil.
—No, señor.
—¿Y nadie consideró extraño que un hombre vigilado no pidiera comida o bajara a cenar? —añadió Tres.
—Asumieron que estaba durmiendo.
—Ya —replicó Tres.
Yusuf apretó el teléfono con fuerza.
—Creo que salió por una ruta que no estaba cubierta. Probablemente por la parte posterior o a través de otra habitación. Revisaremos las cámaras.
—Yusuf —añadió Tres— el periodista estuvo durante más de seis horas frente a nuestra central.
Eso significa que si abandonó el hotel poco después de las nueve, y nos consta que a las diez ya estaba en la central, vino directamente.
Era un plan predeterminado. Mantenga el equipo de vigilancia y vuelva a la base.
Tres se quedó pensando si merecía la pena seguir al periodista o seguir centrándose en Ibrahim y su hija.
Pero de momento no tenía más datos ni más pistas para seguir. Por lo que decidió iniciar la persecución.
Esperaría a que llegara Yusuf e iría hasta el lugar donde se le perdía la pista a la tarjeta SIM. Según los mapas, era en las afueras de la ciudad, una zona despoblada.
Lo más probable es que simplemente quitara la SIM y siguiera sin ella. Pero valía la pena ir a echar un vistazo.
Al fin y al cabo, la SIM también detectaba que había estado algo de tiempo en esa zona.
Sería el siguiente paso, ir a investigar.
El traslado
Preparar el traslado, no le llevó demasiado tiempo a Maya y al profesor. Su hija tenía una furgoneta preparada por si tenían que huir en algún momento. Un plan B.
En su día había cargado agua, gasolina, ropa y alimentos. Lo suficiente para vivir varias semanas sin contacto con el resto de la humanidad.
El único inconveniente era que no había demasiado espacio para llevar prácticamente ningún equipo científico.
Trasladarse implicaba que tendrían que abandonar la investigación.
Pero quedarse significaba correr un riesgo alto de que los encontraran.
Simplemente si seguían al periodista, darían con su paradero.
La decisión estaba tomada.
—Maya. ¿Por qué elegiste este sitio tan cerca de Deucalion? —consultó Marco.
—Si tuvieras que esconderte de alguien, ¿cuál sería el último sitio al que irías? —replicó Maya.
—A la casa de quien me está buscando —sonrió Marco.
—Efectivamente. Pensé que el mejor sitio era cerca de su sede. ¿Quién estaría tan loco para llevar los viales a donde querían enviarlos? —ahora sonrió Maya.
No dejaba de ser una idea rara. Pero entendía el razonamiento.
Maya se aseguró de no dejar ningún documento o pista sobre lo que habían estado investigando. Apiló papeles en una chimenea y les prendió fuego. Rompió equipos e incluso tiró algún disco duro y memorias al mismo fuego donde se quemaba el resto de la documentación.
Marco estaba asombrado de lo eficiente que era esta mujer. Cómo se había visto inmersa en algo que habría desmoronado a cualquiera, y ella, simplemente hacía caso omiso al peligro y actuaba de forma sensata y fría.
A lo largo de su vida, había visto a personas que ante una situación límite se venían abajo, y otras que simplemente daban todo de sí, y hacían cosas inimaginables.
Maya parecía de las segundas, aunque es cierto, que por el momento no se había encontrado cara a cara con un asesino, o no había estado su propia vida al límite.
El caso es que en poco más de una hora ya estaban listos para partir.
Maya se puso al volante. Una Toyota Hiace diésel de caja cerrada, color blanco. No tenía ventanas detrás de la cabina, y entre ésta y la zona de carga, como única separación una cortina vieja.
Marco se subió delante, a su lado, y por último se acercó el profesor cargando una maleta en su mano derecha. No muy voluminosa. Tampoco parecía demasiado pesada.
—¿Los viales? —consultó Marco a Maya.
—Sí —respondió—. Si se rompen, estamos todos muertos. Y lo peor, cuando encuentren nuestros cuerpos, posiblemente, contagien a medio mundo.
—Ya me siento más tranquilo —dijo Marco.
—Tranquilo —dijo sonriendo— son prácticamente irrompibles. Era una broma. Están preparados para soportar incluso accidentes aéreos.
El profesor se subió a la parte de atrás de la furgoneta por la puerta lateral, y sin más arrancaron y se dispusieron a salir de la nave.
Una vez en la carretera, y cuando ya estaban a cierta distancia de lo que había sido su laboratorio provisional, Marco sintió que tenían algo más de tiempo para hablar. Por lo menos para trazar un plan.
—¿Por qué no destruisteis simplemente las muestras como os dijo Jian? —consultó.
—Porque no sabemos nada de Jian. No sabemos si está vivo o muerto. Y, por lo tanto, no sabemos si consiguió destruir el laboratorio como él indicó —respondió Maya.
—Si entiendo bien, tu miedo es que simplemente puedan volver a crear el virus —dijo Marco.
—Exacto.