El brote 13. Los fugitivos #2
58%

13. Los fugitivos #2

—Un antiguo amigo —dijo al fin—. En realidad, el marido de una antigua amiga de la Universidad. Una persona brillante.

—¿Cómo se llamaba?

Musa dirigió una mirada fugaz hacia Maya.

—Jian. Aunque no firmaba la carta, era evidente que era de él.

Marco permaneció en silencio. Aquel nombre todavía no significaba nada para él.

—¿Y Mei? —preguntó.

—Su esposa.

—¿Y qué tienen exactamente esos viales? —consultó Marco.

—No lo sabemos exactamente. No tenemos el equipo apropiado para abrirlos y analizarlos. Pero en las pruebas indirectas vemos un potencial biológico destructor muy importante.

—¿Y cómo acabó aquí? —preguntó Marco.

—Una decisión llevó a otra. Lo primero que hice fue ir a ver a Maya. Nada de teléfonos. Retiré dinero en efectivo. Yo mismo cargué equipo de la Universidad en un coche y lo fui llevando poco a poco. Conozco la Universidad suficiente para hacer “desaparecer” cierto equipo sin que nadie pregunte.

Maya tomó de nuevo la palabra.

—Cuando mi padre me explicó lo sucedido, empezamos a pensar cómo actuar.

Tenemos claro que Jian envió aquí los viales porque no tenía otra forma de sacarlos del laboratorio en el que estaban.

Si no, ¿por qué no enviarlos directamente a la ONU por poner un ejemplo?

Los envió aquí porque era el único lugar viable para extraerlos desde donde se había fabricado.

—Deucalion Medical —pensó en voz alta Marco.

—Exacto —añadió el profesor—. Deducimos que quien los fabricó fue Deucalion Medical o alguna filial o empresa asociada. Jian sabía que tenía acuerdos de colaboración con alguna universidad, entre la que estaba la nuestra. Y se aprovechó de esa grieta para enviar el material.

—Por eso estabas vigilando Deucalion el día que te encontré —preguntó Marco a Maya.

—Era arriesgado, pero quería ver qué estaba sucediendo en la empresa. Algo que nos pudiera dar una pista —respondió Maya.

—No sé si soy el único que piensa que tienen demasiada seguridad privada para ser simplemente una farmacéutica —añadió Marco.

El profesor continuó con su relato.

—Tomamos precauciones extremas. Quizás exageradas.

Pero no podemos permitirnos ni el más mínimo fallo.

Maya y yo compramos tarjetas de teléfono SIM nuevas, sin identificar.

También pelucas y gafas de sol. Y buscamos un par de lugares donde pudiéramos analizar lo mejor posible la muestra y tomar una decisión.

—Lo que os condujo aquí —contestó Marco.

—No inicialmente. Yo “robaba” equipo en la Universidad, y Maya lo transportaba a dos ubicaciones distintas.

Esta es una de ellas. La otra no hace falta saber dónde está —sonrió con orgullo del trabajo que hizo su hija—.

Y llegó el día del transporte definitivo.

Tomé la autopista con mi coche hacia el norte, con mi propio teléfono activo.

Y a la altura de Ilorin salí por una carretera secundaria previamente pactada y me encontré con mi hija.

—Destruimos las SIM activas —continuó Maya—. Llevamos el coche a un descampado lejano, y simplemente le prendimos fuego. A partir de ahí empezaba el viaje de incógnito, nuevo coche, pelucas, desaparición total.

—Vaya para una bióloga —se sorprendió Marco.

—Fui miembro de los Boy Scouts —sonrió pícaramente en un momento de relajación.

—¿Y todo este despliegue de puertas electrónicas y cámaras? —consultó Marco.

—No solo soy bióloga. Inicialmente me interesó mucho la electrónica, pero al final me decanté por el medio ambiente y la biología. No es demasiado difícil con algún conocimiento montar unas cámaras, puertas electrónicas. Este sitio ya tenía buena parte de la infraestructura que necesitaba.

Hicieron una pausa en silencio, para asimilar la situación.

Maya se adelantó un poco y se sentó en una silla.

La tensión estaba empezando a despejarse de su rostro.

Además de parecer una persona totalmente competente, era muy atractiva.

Desprendía algo que no se podía explicar.

Una mezcla entre la fuerza de la juventud y determinación.

Claramente no era como su padre. Parecía un alma libre, una fuerza de la naturaleza.

El profesor Musa continuó con el relato.

—Y entonces es cuando apareció usted —le dijo señalándolo con un dedo.

—Pensábamos que era alguien de Deucalion que me había seguido —indicó Maya.

—Te dije que era un error ir hasta la sede de la empresa —le reprochó Ibrahim.

—No sabemos cuál es la situación. Necesitamos más información —replicó Maya, aunque en el fondo sabía que había sido un error.

El profesor se quedó mirándola, y dijo finalmente.

—Lo hecho, hecho está. El caso es que el regresar, saltaron todas las alarmas cuando usted se internó en el recinto.

—La única entrada “fácil” es la grieta en la valla que usted encontró, y que tiene cámaras y sensores de movimiento ocultos —dijo Maya mirándole.

—Y que yo activé al pasar —sonrió Marco.

—Y el resto, ya conoce la historia —agregó el profesor—. No sabíamos quién era, no sabíamos si pertenecía a Deucalion Medical. Ni siquiera sabíamos si tenía algún dispositivo de rastreo. Utilizamos un inhibidor de frecuencias, hasta que mencionó al profesor Santana.

El profesor se quedó pensando en su colega de otra Universidad. En las veces que habían coincidido. Se respetaban en lo personal y en lo académico.

—En ese momento, le escribí a Santana un email cifrado, con una foto suya, y me confirmó quién era usted —añadió el profesor.

Las cartas estaban encima de la mesa. Estaba todo claro para Marco y ya cuadraban los flecos. El problema es que sin saberlo ni quererlo se había metido en algo grande. Algo que trascendía a los tres que estaban sentados en ese laboratorio.

Son esos momentos en la vida en los que una decisión incorrecta marca consecuencias desastrosas, y una acertada, simplemente deja todo igual.

Tras un momento de silencio, Marco preguntó:

—¿Y ahora qué?

—Tenemos que destruirlo. Sea como sea —añadió el profesor con tono preocupado.

—Y tenemos que trasladarnos papá —le apremió Maya—. Si nos ha encontrado un periodista, ¿cuánto tiempo crees que tardará en encontrarnos Deucalion?

—Lo cierto es que a mí ya me estaban siguiendo —dijo Marco—. Ese fue el motivo por el que estaba vigilando a Deucalion.

—¿Lo ves papá? —la cara relajada de Maya se tornó preocupada. Vino con su propio móvil. Es una diana andante. Pueden rastrearlo.

—¿Y cómo sabrán que está con nosotros? —añadió el profesor.

—No le hace falta —se anticipó Marco a la respuesta que le iba a dar Maya—. Tan pronto como no me localicen en el hotel, van a seguir la señal de mi teléfono hasta llegar aquí. Si tienen esos medios, es cuestión de tiempo que encuentren este lugar. Lo siento.

En ese momento los tres sabían que tenían que salir de allí. Antes o después llegarían. Y no sabían cuánto tiempo tenían.

El inicio de la cacería

Tres había repasado a todas las personas que tenían en seguimiento por simple rutina. Podría suceder que alguna de ellas colaborara con “sus fugitivos”. Y en esta búsqueda se sorprendió que tenían a un periodista husmeando a pocos metros de donde se encontraban.

Cuando Yusuf entró en la sala se imaginó que algo no iba bien. La mirada y la frialdad de Tres harían encogerse a cualquiera.

Haciendo acopio de toda su fortaleza, se quedó inmóvil en la entrada de la sala, y preguntó:

—Señor, ¿me ha llamado?

—¿Quién es el individuo de la foto? —consultó Tres sin más preámbulos.

Yusuf observó la foto y se dio cuenta de que era el periodista que habían seguido hace unos días en el mercado. Mera rutina.

—Es un periodista internacional. Lo tenemos en seguimiento. Se hospeda en un hotel de la ciudad —replicó, haciendo ver que había hecho su trabajo.

Tres dejó unos documentos encima de la mesa. Se apoyó en el respaldo. Lo miró fijamente, y le preguntó con voz lenta y firme:

—Entonces, ¿por qué este periodista pasó más de seis horas a menos de quinientos metros de donde estamos hablando ahora?

El silencio era cortante. Yusuf no entendía qué estaba sucediendo. Tomó la determinación de decir simplemente cuanto sabía, porque parecía evidente que la información era totalmente asimétrica. Tres disponía de todos los datos, y las preguntas eran una encerrona.

—¿Cómo que a quinientos metros? ¿De aquí? —no daba crédito.

—Seguramente en alguno de los edificios de enfrente —incidió Tres en la herida abierta.

—Tenemos un equipo en el hotel. Me han asegurado que ha pasado la noche allí —replicó Yusuf, que intentaba cargar la culpa a otros.

—Le sugiero por su bien —e hizo una pausa antes de seguir— que envíe a alguien a verificar si este periodista está donde dice que debe estar o si, por el contrario, tenemos a alguien husmeando en nuestra central, sin que el jefe de seguridad se entere absolutamente de nada.

—Sí señor. Me encargo ahora mismo.

Yusuf agachó la cabeza y salió por donde había entrado. No sabía qué estaba pasando, pero sabía que tendría consecuencias severas para él si no lo resolvía.

Lo haría él directamente. No podía confiar en nadie cuando se estaba jugando su propio futuro. Iría personalmente al hotel.

Ahora que lo pensaba, recordaba que ya se había perdido al periodista en el mercado, aunque después volvió a aparecer. Quizás tenía algo que ver ese incidente. Quizás no.

No esperó ni un minuto. Tomó a dos subordinados de seguridad y se subieron a un Toyota blanco. Quería algo discreto.

El trayecto fue rápido. Sin velocidad exagerada para evitar llamar la atención.

—Revisar las armas —les dijo a los otros mercenarios.

—¿Vamos a necesitarlas? Es un periodista, ¿no? —respondió uno de ellos.

—No creo que las necesitemos, pero no quiero cometer errores. Parece que el supuesto periodista es más escurridizo de lo que parece —replicó Yusuf.

—¿Cuál es la misión señor? —consultó el otro mercenario.

—Le vamos a invitar a venir con nosotros a la central, donde Tres va a tener una charla con él.

No hizo falta explicar más. Ambos sacaron las pistolas de las fundas que llevaban ocultas bajo la ropa. Eran Glock 17 negras, armas comunes sin ningún rasgo que llamara especialmente la atención.