El brote 13. Los fugitivos
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13. Los fugitivos

Hay decisiones que apenas duran un instante, pero cuyas consecuencias ocupan el resto de la vida

Ibrahim Musa

Los tres se quedaron mirándose unos a otros en la sala. Ibrahim Musa, su hija Maya y Marco.

El peligro había pasado. No había existido como tal, pero él no lo sabía.

Ahora hablando tranquilamente, Marco simplemente preguntó:

—¿Qué está pasando doctor?

—Es una historia larga, pero supongo que tenemos un poco de tiempo antes de seguir con el trabajo —respondió Musa—. Además, se lo debemos.

Eligiendo las palabras que iba a decir, Ibrahim se puso a relatar su historia. Empezó con voz tranquila, como si estuviera contando una anécdota de cuando iba a la playa de pequeño.

—Todo comenzó bastantes días atrás —dijo Ibrahim—. Aunque ahora me parece una eternidad, como si fuera en una vida anterior.

Se acomodó en la silla y juntó las manos sobre la mesa. Durante unos segundos miró hacia los aparatos del laboratorio, con la vista en blanco, como si estuviera rescatando de su mente las imágenes de todo lo sucedido.

—Era una mañana normal. Yo estaba trabajando en la Universidad, como cualquier otro día. Revisaba informes, respondía correos y, sobre todo, trataba de entender qué estaba sucediendo en el norte del país.

Marco se inclinó hacia delante.

—¿Ya sabía que había un brote?

—Sabía lo mismo que casi todo el mundo. Había indicios preocupantes —respondió Musa—. Que había aparecido una enfermedad desconocida, que los hospitales comenzaban a recibir pacientes y que podía ser algo que no fuera nada o algo que aumentara exponencialmente. Así funcionan los virus.

Hizo una breve pausa, en la que Marco recordó la charla de Santana en la Universidad.

Maya permanecía apoyada contra una de las mesas, escuchando en silencio. Evidentemente conocía la historia, pero estaba en un segundo plano, escuchando a su padre.

—Aquella mañana recibimos una llamada del servicio de entregas de la Universidad —prosiguió Musa—.

Nos comunicaron que había llegado una donación de material científico procedente de una importante compañía farmacéutica.

No era algo excepcional. Las empresas suelen donar equipos usados o material que ya no necesitan.

A veces lo hacen por razones fiscales, otras para mejorar su imagen, e incluso alguna vez, porque de verdad quieren ayudar.

—¿Qué empresa? —preguntó Marco.

Musa lo miró.

—Deucalion Medical. ¿Te suena? —dijo con media sonrisa, dándose cuenta que Marco estaba empezando a hilar las cosas.

—Le pedí a Kim, mi ayudante, que bajara a recoger el envío. Era ella quien se encargaba habitualmente de esos asuntos. Algo rutinario sin importancia.

Marco recordó la chica de la Universidad, la joven que se sentía profundamente preocupada y que lo abordó cuando se iba a ir.

—Unos minutos después regresó al despacho, y me dijo que no le permitían retirar el paquete porque necesitaban mi firma personal.

—¿Eso era extraño? —consultó Marco, que no podía dejar de preguntar.

—En general sí. Salvo material de cierto valor, que no suelen donar, suele ser suficiente la firma de cualquier miembro del personal. Por eso me extrañó que especificara que tenía que firmar yo la orden.

Ibrahim se levantó de la silla. Caminó despacio hasta una mesa lateral y apoyó una mano sobre ella.

—Bajamos juntos hasta la zona de recepción. Allí encontré una caja de cartón bastante grande, colocada sobre una plataforma con ruedas.

—Tomé el acuse de recibo. Aparecía mi nombre completo. Doctor Ibrahim Musa. Departamento de Epidemiología.

—Lo normal —dijo Marco.

—Sí. Pero debajo figuraba otro nombre.

Marco miró de forma instintiva hacia Maya.

—El suyo.

Musa asintió.

—Maya Musa. Departamento de Biología.

Maya cruzó los brazos y habló por primera vez.

—Yo trabajaba en otra sección de la Universidad —explicó—. Mi departamento no dependía del de mi padre. Colaborábamos alguna vez, pero nuestros proyectos eran diferentes.

—Maya ya era una bióloga respetada por sus propios méritos —continuó Ibrahim—. Nunca necesitó que yo intercediera por ella, ni nunca quiso que lo hiciera. Pero tampoco había solicitado material ni esperaba ninguna donación. Que nuestros dos nombres aparecieran juntos no tenía sentido.

Musa regresó a su silla.

—Lo habitual habría sido llevar la caja directamente al almacén del departamento. Allí se habría registrado, abierto e inventariado. Pero la presencia del nombre de Maya despertó mi curiosidad, por lo que pedí que trasladaran el paquete a mi despacho.

—¿No pensó que podía ser peligroso?

—En ese momento, no. Era una caja procedente de una compañía conocida, recibida a través de los canales habituales de la Universidad. Lo único extraño era el nombre de mi hija. Pensé que quizá alguien nos enviaba un equipo para un proyecto conjunto o que algún colega había preparado una sorpresa.

El profesor negó lentamente con la cabeza.

—Una vez en mi despacho, cerré la puerta. Kim salió a continuar con sus tareas, y me quedé solo con el paquete. Retiré las cintas adhesivas y rompí el cartón exterior. Dentro había varias capas de espuma protectora. Al apartarlas, vi un autoclave.

Marco frunció el ceño.

—¿Qué es exactamente?

—Un aparato que se utiliza para esterilizar material mediante vapor, presión y temperatura —explicó Musa—. Es común en laboratorios y hospitales. Era un modelo antiguo. Usado. Probablemente tendría veinte años como mínimo. Era extraño que una empresa lo enviara así, sin acondicionar.

Musa levantó un dedo.

—Entonces vi la etiqueta.

—¿Qué decía?

—Estaba pegada en uno de los laterales. Era una cinta blanca, escrita a máquina. Solo contenía dos palabras: “Modelo Maya”.

Marco volvió a mirar hacia la joven.

—Eso ya no podía ser una coincidencia.

—Exactamente. No existía ningún autoclave con ese nombre. Al menos, ninguno que yo conociera, y créame que trabajo con ellos desde hace más años que tiene usted. Era un mensaje. Alguien quería asegurarse de que yo comprendiera que aquel equipo no debía seguir el procedimiento habitual.

Musa se levantó de nuevo de la silla y prosiguió gesticulando, como si estuviera reviviendo la situación de nuevo:

—Comencé a inspeccionar el aparato. Revisé la carcasa, la base y las piezas laterales. No encontré nada. Finalmente abrí la cámara principal.

Hizo una pausa más prolongada.

—Dentro había una caja.

—¿Una caja normal? —consultó Marco.

—No. Era un contenedor pequeño y rígido, protegido con varias capas de material aislante. Estaba sujeto para que no se moviera durante el transporte. Junto a él había un sobre.

Musa tomó un papel de la mesa, como si fuera el sobre, mostrándolo.

—En la parte frontal estaba escrito mi nombre. Esta vez a mano.

—¿Reconoció la letra?

—No. Pero se veía que era letra masculina.

—¿Y dentro?

—Una carta.

Musa cerró los ojos unos segundos, como si todavía pudiera recordar el tacto del papel entre sus dedos.

—La abrí y comencé a leer.

Ibrahim guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su voz cambió. Ya no relataba lo ocurrido, sino que parecía recitar unas palabras que había leído muchas veces.

—Decía así:

“Querido amigo:

Siento tener que poner en peligro tu vida.

Antes de seguir leyendo, quiero que seas consciente de una cosa. Si decides continuar, es posible que mueras. No es una forma de hablar ni una exageración. Quienes buscan lo que hay dentro de esta caja harán cualquier cosa para recuperarlo.

Sin embargo, si no haces nada, pueden morir millones de personas.

No tengo derecho a pedirte esto. No tengo derecho a involucrarte ni a convertir a tu hija en parte de un peligro que yo mismo he creado. Pero necesito tu ayuda. Eres una de las pocas personas en las que todavía puedo confiar.

Sé que habrás oído hablar de la enfermedad que está comenzando a extenderse por el norte de tu país. Créeme cuando te digo que ese virus no es lo peor que puede suceder.

Lo que tienes ante ti es mucho más peligroso. Es la siguiente fase.

Dentro del contenedor hay varios viales sellados. Contienen muestras de un agente biológico de una letalidad extraordinaria. El virus que se extiende actualmente por el norte posee una mortalidad cien veces inferior a la de lo que ahora tienes entre tus manos.

No abras los viales.

No intentes analizarlos.

No extraigas una muestra, por pequeña que sea.

No permitas que nadie los manipule.

Sabes mejor que yo lo que podría ocurrir si el contenido escapara. Bastaría una sola exposición. Una única persona. Un paciente cero que abandonara la habitación sin saber que está infectado. Después vendría su familia, el hospital, el transporte público, las ciudades.

Y, finalmente, el mundo.

Necesito que destruyas los viales.

He eliminado todo cuanto está a mi alcance para impedir que se pueda volver a producir. Los registros, las copias, los datos de fabricación y los archivos han sido borrados, o por lo menos eso espero. Estas muestras son lo último que queda. Pero yo no estoy en condiciones de destruirlas.

Si desaparecen, el peligro desaparecerá con ellas.

No confíes en nadie. Créeme cuando te digo que quien ha puesto los medios para crear esto, tiene en nómina policía, universidades y centros de investigación.

Perdona que haya incluido el nombre de Maya. Era la única forma de asegurarme que el paquete llegara únicamente a ti. Y, por otra parte, si le llegara a ella, sé que actuaría de igual forma que tú.

Perdóname por eso.

Perdóname por utilizar el nombre de tu hija para llamar tu atención y poneros en peligro.

Todo esto comenzó por un error mío. Soy culpable.

No te pido que confíes ciegamente en mí. Te pido que observes los viales, los analices y busques una forma de destruirlos.

Vendrán a buscarlos. Tienes que huir. Esconderte. He tomado precauciones, pero puede que descubran que te los he enviado.

Perdóname, Ibrahim.

Eres mi última esperanza. En honor a la amistad que te une a Mei, te pido ayuda.”

Musa dejó de hablar.

En la sala solo se escuchaba el funcionamiento regular de uno de los aparatos.

Marco esperó unos segundos antes de preguntar:

—¿Quién escribió la carta?

El profesor no respondió inmediatamente.