El brote 12. La decisión #2
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12. La decisión #2

—¿Un cigarro?

—No fumo —declinó el responsable.

Jian se quedó mirando a Alexander, ofreciéndole un cigarro.

Hubo unos segundos de silencio, hasta que Alexander dijo:

—Me vendrá bien uno.

Tomó el cigarro y se dirigieron en silencio hacia una puerta que conducía a una terraza al aire libre. Quedaron solos en una explanada amplia, al amparo de la noche.

—Sabes que no fumo —le dijo Alexander.

—Lo sé —replicó Jian sonriendo—. Tampoco lo hace el supervisor.

—En realidad casi nadie aquí fuma, excepto tú y otros dos más —añadió Alexander.

—Dos más que hoy están de servicio.

Alexander empezaba a ver que no era casualidad el momento que había elegido su compañero.

Quería hablar con él, y buscó el momento adecuado.

—Jian. Sabes que estamos muertos, ¿no?

Se apoyaron en la barandilla, y hubo un momento de silencio entre ambos.

—¿Cómo llegamos a esta situación amigo mío? —replicó Jian.

—En mi caso, por tonto. Avaricia. Ego. Qué más da —respondió Alexander—. Aunque si lo pienso bien, tú aún eres más tonto que yo. Por lo menos, no tengo a una persona como Mei esperándome. Yo estoy solo.

Ambos sonrieron. Jian encendió su cigarro y encendió el de su colega Alexander.

Aspiraron una bocanada de humo. Jian estaba acostumbrado, pero su compañero tosió algo. Era la primera vez.

Desde la puerta se asomó el supervisor que los vio a distancia, fumando ambos, y volvió a dentro nuevamente.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Alexander.

—Te diré lo que he hecho y lo que vamos a hacer —dejó un espacio de tiempo antes de proseguir.

Tomó una bocanada más de aire, y fue caminando con Alexander hacia un lateral de la terraza.

—Alexander. Tú no eres como los demás. Yo también cometí el mismo error, hasta que me vi envuelto en una red de la que ya no pude escapar. Pero vi en ti a una buena persona, que cometió el mismo error.

—A veces solo hay que dar un paso en la dirección errónea para que las circunstancias te vayan empujando.

—Por eso tomé una decisión. Boicotear el proyecto. Tienes razón. Tengo la suerte de tener conmigo a una mujer maravillosa y que no merezco, a Mei. Tenía que buscar una solución, aunque me costara la vida, o no podría mirarla nuevamente a la cara. Sería estar muerto en vida.

—No te preocupes, que de eso pronto se ocupará Sombra —dijo Alexander con una media sonrisa resignada.

—He creado un virus —replicó Jian.

—Sí. Ya lo sé. Lo hemos creado todos.

—No me entiendes —lo tomó de un brazo—. He creado un virus informático. De poco sirve robar las muestras, si pueden crear en un mes otras nuevas.

Ahora Alexander se quedó estupefacto. ¿Qué es lo que estaba diciendo su compañero?

—¿Cómo que un virus?

—En una hora aproximadamente todos los servidores de la instalación se borrarán. Por seguridad, no hay comunicación electrónica con el exterior. Con el virus que he creado, se destruirá toda la información de años. No se podrá volver a crear de nuevo una muestra como la que hemos robado.

Increíble. Alexander estaba alucinando. Su amigo había puesto una bomba de relojería que estaba a punto de estallar.

Dentro de unas horas todo llegaría a su fin. Incluida su vida.

En cierta medida sentía paz.

Porque si todo aquello se borraba, y la muestra era destruida, ya no habría posible daño. Habrían salvado millones de vidas de lo que ellos mismos habían creado.

Era justo.

—Por eso robaste las muestras —añadió Alexander—. Son activas. Es lo único que puede causar la expansión de la enfermedad. Pero si las encuentran, nada habrá servido. ¿Dónde están?

—Lejos de aquí. Mejor que no sepas donde. Con una persona de confianza, que no merecía que pusiera su vida también en riesgo.

Alexander ya entendía el plan.

—¿Y ahora qué? —consultó Alexander.

—Toma amigo mío —replicó Jian.

Extendió la mano y le dio una cápsula.

—¿Qué es esto?

—Una cápsula letal. Si nos pillan, preferirás tomarla, a la alternativa.

Alexander tomó la cápsula y la guardó en el bolsillo del pantalón.

—Gracias. La tomaré después en la habitación —dijo Alexander con tono tranquilo mirando a compañero.

—No. No la tomarás en la habitación. Solo es por si todo sale mal. ¿Ves aquella puerta pequeña de mantenimiento que está al final de la terraza? Pues hoy está abierta. Vamos a intentar escapar. No sé si lo vamos a conseguir. Pero vamos a intentarlo.

Alexander miró la puerta. Por primera vez atisbó lo que podía ser una pequeña esperanza.

—¿Tienes un plan?

—Un plan muy malo y que puede fallar en muchos sitios. Por eso tenemos las pastillas —añadió Jian con tono serio de quien sabe que se va a jugar la vida.

—Soy todo oídos.

—Esa puerta lleva al servicio de calderas. Desde allí, se puede bajar hasta los depósitos de gasoil que utilizan. ¿Y a qué no sabes? Tienen un acceso al parque de vehículos, porque ambos utilizan el mismo combustible. Esa es nuestra puerta de salida. No hay más plan. Intentar escapar y sobrevivir.

Alexander se quedó mirando al vacío de la noche. Ahora tenía determinación, y no tenía nada que perder.

Tiró el cigarrillo que había fumado. El primero de su vida, y quizás el último. Y sin más le dijo a su compañero:

—Bien. Pues vamos allá.

Y ambos se dirigieron a la puerta, al amparo de las sombras.

La probabilidad estaba en su contra. Mil cosas podían fallar, y habría guardias apostados en distintos lugares. Pero afrontarían lo que el destino les tuviera preparado. No había nada que perder.