El brote 12. La decisión
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12. La decisión

Cuando el final parece inevitable, aún queda una última elección: Aceptarlo, o luchar contra él

Una propuesta

Marco miró el reloj con cara somnolienta.

Después de su conversación con el altavoz, se había quedado dormido. Era práctico. Si no podía hacer nada, intentaba mantenerse descansado para cuando sí pudiera hacerlo.

Estaba en la misma sala, que ahora veía como su prisión.

Se sentó con la espalda apoyada en la pared. Seguía sin saber dónde se habían ocultado las cámaras con las que seguramente lo estaban vigilando mientras decidían qué hacer con él.

Sin embargo, en su cabeza trazaba planes para escapar.

Podía aprovechar cuando abrieran la puerta, pero sería una locura. Seguramente irían armados.

Pensándolo bien, no tenían necesidad de hacer absolutamente nada. Simplemente dejándolo allí durante unos días, con el calor que haría durante el día y sin hidratar, era imposible sobrevivir.

Así pasó más de una hora pensando, hasta que de repente, sin previo aviso, su teléfono se puso a sonar.

No lo podía creer. ¿Acaso fallaba el inhibidor de frecuencias?

Lo tomó y miró el visor.

¿El profesor Santana? Increíble.

Se dio cuenta de que lo había mencionado en el interrogatorio.

Llevándolo al oído, contestó:

—Diga.

Al otro lado de la línea oyó la voz conocida de su amigo.

—Buenos días o tardes, donde estés. ¿Será posible que no pares de meterte en líos? —sonó la voz del profesor.

—No sabe lo que me alegro de hablar con usted. Escúcheme, estoy en un apuro. Le mando mi ubicación para que llame a la policía.

—Créeme mi esquelético amigo, no te conviene llamar a la policía —replicó Santana.

—¿Cómo dice? —replicó Marco, que no entendía nada.

—Te van a liberar en nada. Solo me pidieron que te llamara para que no hagas ninguna tontería y no hagas daño a nadie —añadió Santana.

—¿Pero cómo sabe todo eso? ¿Cómo sabe lo que me está sucediendo?

Del otro lado del teléfono sonó una típica carcajada del profesor.

—Este viejo paranoico tiene amigos por todo el mundo. Ya te lo explicaré cuando vengas a comer un día. Pero no por teléfono.

—No entiendo nada.

—Lo importante viejo amigo, es que estás en buena compañía. No hagas daño a nadie por un malentendido. Y por favor, come algo. Que me mandaron una foto tuya y sigues en los huesos.

Marco sonrió para sí mismo. Ciertamente era el profesor Santana de siempre.

Y sin más se cortó la comunicación y se perdió la señal del móvil.

Habían puesto a funcionar nuevamente el inhibidor de frecuencia y llamar por teléfono volvía a ser imposible.

Marco se acercó al centro de la sala, y miró hacia arriba, como esperando que alguna cámara lo captara. Y dijo en voz alta:

—¿Qué significa esto? ¿Quiénes son ustedes?

Esperó unos minutos, no hubo respuesta, hasta que por fin la misma voz metálica de antes volvió a salir de algún lugar:

—Significa que le creemos. Le pedimos que disculpe las molestias, pero teníamos que tomar precauciones.

—¿Significa que me van a dejar salir? —añadió Marco.

—Sí. Le damos dos opciones. La primera es irse, sin más.

La puerta se abre y sale por donde ha venido.

Le pedimos que no llame a la policía, porque la mayor parte de las comunicaciones están intervenidas.

Y la segunda, le dejamos libre igualmente, y se queda.

En este caso le damos una explicación de todo.

Vaya giro que estaba dando todo. No entendía lo que estaba pasando, pero su mente de periodista ya estaba trabajando.

Desde luego, el momento de peligro ya parecía que había pasado. Y al haber hablado con Santana, en quien confiaba, ya le pudo más la curiosidad, por lo que dijo:

—Me quedaré.

No tuvo que esperar demasiado.

Poco después, un ruido metálico resonó en el interior de la puerta y lentamente la hoja se abrió hacia el pasillo.

Marco permaneció inmóvil durante un instante.

Al otro lado y a cierta distancia estaba la motorista.

Llevaba el casco puesto. Vestía la misma ropa oscura con la que la había visto entrar en la nave y mantenía una mano oculta en el bolsillo de la chaqueta.

La forma en que la tela se tensaba no dejaba demasiado lugar a dudas: sostenía algo en su interior, probablemente una pistola, y apuntaba directamente hacia él.

—Puede salir —dijo la joven.

Marco se incorporó despacio, procurando que sus manos permanecieran visibles. No quería provocar una reacción que le costara la vida. Además, Santana le había dicho que no estaba en peligro, aunque no lo pareciera.

—Una invitación encantadora —respondió—. Aunque el arma le quita algo de hospitalidad.

La mujer no reaccionó.

—Salga al pasillo, por favor.

Marco cruzó el umbral con cautela. Al hacerlo, miró a ambos lados. El corredor era el mismo por el que había llegado, aunque ahora estaba mejor iluminado. A pocos metros había una puerta lateral abierta que antes recordaba cerrada.

Tras ella había un pasillo que se adentraba en la nave. Perfectamente iluminado y limpio. Era claramente el camino de entrada real.

Se pusieron a andar, Marco delante, y la motorista detrás a cierta distancia.

El final conducía a una única escalera. La joven la señaló.

—Suba.

—¿Adónde?

—Arriba.

—Eso ya lo había deducido.

Ella levantó ligeramente la mano que mantenía dentro del bolsillo.

—Suba, por favor.

Marco comenzó a ascender. Los peldaños eran metálicos y sus pasos resonaban por toda la estructura. La motorista caminaba detrás, manteniendo varios escalones de distancia.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Marco.

No obtuvo respuesta.

—¿Qué tiene que ver el profesor Santana con este lugar?

Silencio.

—¿Y qué sucede realmente en el norte?

—Todo a su tiempo —contestó finalmente la joven.

Marco continuó subiendo.

Durante unos segundos se preguntó si no acababa de tomar la decisión más estúpida de su vida.

Había tenido la posibilidad de marcharse.

Podía haber regresado al hotel, avisado a la editorial y olvidarse de aquella nave.

En cambio, había elegido seguir adelante acompañado por una desconocida que le apuntaba con una pistola.

La curiosidad era una cualidad imprescindible para un periodista.

También era una forma bastante eficaz de acabar muerto.

Al llegar a la parte superior, Marco se detuvo.

—Todavía puedo cambiar de opinión, ¿verdad?

La joven permaneció varios escalones por debajo de él.

—Sí.

Marco se volvió ligeramente.

—¿Puedo irme?

—Si lo desea, puede marcharse ahora mismo. Nadie se lo impedirá.

—Entonces, ¿por qué me apunta con una pistola?

Ella tardó un instante en responder.

—Por precaución.

Marco pensó que, al fin y al cabo, si quisieran haberlo matado ya lo habrían hecho. Por lo que, sin más, continuó subiendo. De una forma u otra averiguaría qué estaba pasando.

Cuando llegó arriba pudo acceder a una estancia más amplia, totalmente distinta al resto de la nave.

Parecía un pequeño laboratorio.

Había mesas metálicas, cajas de material, ordenadores y varios aparatos cuyo funcionamiento Marco no alcanzaba a comprender.

Algunos emitían un zumbido constante; otros mostraban líneas, cifras y gráficos en pequeñas pantallas.

Todo estaba limpio y en absoluto abandonado.

No había demasiado equipo, pero todo parecía tener un orden.

A la derecha lo que parecían microscopios, un autoclave, tubos, y un sinfín de líquidos de los que no tenía ni idea para qué servían.

En el centro, frente a una mesa despejada, habían colocado una silla.

—Siéntese —ordenó la joven.

Lo hizo.

Al fondo de la habitación, una persona mayor trabajaba de espaldas a ellos. Vestía una bata blanca y manipulaba con cuidado varios dispositivos conectados entre sí. Comprobó una pantalla, ajustó una rueda lateral y anotó algo en un cuaderno antes de volverse.

Era un hombre de cierta edad, delgado, con el rostro marcado por el cansancio.

Lo observó durante unos segundos.

Después sonrió.

—Bienvenido, señor Marco.

Marco frunció el ceño.

—Veo que aquí todo el mundo sabe quién soy.

El científico se acercó tranquilamente.

—El profesor Santana me ha hablado mucho de usted.

Se detuvo frente a él y lo examinó de arriba abajo.

—Y tenía razón. Está usted algo delgado. En los huesos, diría él. —añadió sonriendo.

Marco lo miró sin saber si tomárselo como una broma.

El hombre le tendió la mano, a lo que él correspondió.

Desde el umbral de la puerta, la motorista sacó la mano del bolsillo. Lo que parecía ser una pistola, en realidad, simplemente un trozo de hierro, probablemente el soporte de una probeta.

Después se quitó el casco.

Una larga melena oscura cayó sobre sus hombros. Era una mujer joven, de facciones delicadas y mirada firme. Marco la reconoció inmediatamente como la figura que había seguido desde Deucalion.

El científico la miró con afecto.

—¿Quién es usted? —preguntó Marco.

El hombre mirándolo con benevolencia, le dijo simplemente.

—Mi nombre es Ibrahim Musa, y ella es mi hija Maya.

El plan de Jian

Era julio del 2019, Jian había robado las muestras del laboratorio de alta seguridad de Sombra, y Alexander le había seguido el juego.

Estaban sentenciados si los descubrían, cosa que pasaría antes o después, porque cuando las muestras llegaran a su destino, comprobarían que eran totalmente inocuas, y tanto Jian como Alexander eran los últimos que habían tenido contacto con ellas.

Habían transcurrido dos días desde entonces. Alexander pensaba que su fin estaba próximo.

No se acepta fácilmente algo así. Pero en cierta medida lo había asimilado, porque sabiendo que su trabajo podía acabar con la vida de millones de personas, prefería su suerte, si con ello conseguía evitarlo. Era una forma de redención por los errores cometidos.

No había podido hablar con Jian desde entonces, ya que los asignaron a distintos grupos de trabajo.

Pero ese día, algo cambió.

Habían acabado el turno y fueron a comer algo a una sala común con el resto del personal. Una especie de buffet que permitía incluso socializar algo entre ellos.

Estaba hablando con un responsable de equipo sobre las tareas que le iban a asignar al día siguiente, cuando de repente, se les acercó Jian sonriendo, y dirigiéndose a ambos les ofreció: