El brote 11. Bajo vigilancia
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11. Bajo vigilancia

Toda verdad deja un rastro A veces, una sola pista basta para cambiarlo todo

Atrapado

Marco se quedó observando durante bastante tiempo aquel edificio. Parecía una especie de almacén o nave industrial abandonada, pero sabía que no era así.

Tenía que decidir algo, porque ya amanecería pronto.

O bien, se aventuraba a investigar. O bien volvía al hotel esperando un mejor momento. Hiciera lo que hiciera tenía que ser al amparo de la noche. Sería una locura intentarlo a plena luz del día.

—Bueno, hemos venido a participar, ¿no? —se dijo a sí mismo tomando una decisión.

Se incorporó de su escondite, y amparándose en las sombras se deslizó hasta la valla metálica que rodeaba el recinto. Era vieja, pero funcional, si bien había encontrado un punto en el que parecía que estaba rota.

Agazapado se fue acercando poco a poco al lugar, y aunque la abertura no era muy amplia, consiguió cruzarla, rasgando algo su camisa y arañando la espalda con los alambres. No era una persona que se quejara fácilmente.

Continuó adelante por un flanco alejándose de las ventanas principales. Y en absoluto silencio se acercó hasta la base del edificio principal.

Desde su puesto de observación había visto que una escalera metálica accedía a la parte superior de la construcción.

Había sido su primera idea. Pero una vez que llegó hasta dicho punto, comprobó que no era factible.

El hierro estaba tan carcomido que no sostendría su peso, sin mencionar el ruido que con toda seguridad haría al romperse.

Por lo tanto, buscó algún otro acceso. Desplazándose a lo largo del lateral derecho, encontró una puerta lateral medio torcida. Valía la pena intentarlo.

Puso su mano en la manilla y sorprendentemente estaba abierta.

Estaba claro que desde fuera, el edificio no parecía tener objetos de valor, y quien había colocado la valla exterior consideraba que era suficiente medida de seguridad.

Marco se deslizó al interior. A partir de ahora tendría que ir con pies de plomo.

Tardó medio minuto en acostumbrarse a la oscuridad. No era conveniente encender una linterna mientras no estaba seguro de no ser observado. Sabía que al menos una persona estaba dentro, la motorista cautelosa.

La puerta daba a una estancia amplia, cuadrada, con mesas carcomidas que no habían sido utilizadas desde hacía mucho tiempo. Nada de interés. Estanterías al fondo con alguna máquina de escribir de otra época visiblemente deterioradas.

En otro momento se habría acercado a inspeccionarlas y quizás se hubiera llevado alguna para restaurar. Pero estaba a otra cosa.

Todo aquello parecía ser una antigua oficina de contabilidad.

Acumulaba mucho material de escritorio, en una pared lateral estaba colgado un encerado que en su momento debía haber reflejado ritmos de producción, e incluso se distinguía suspendido a mano derecha de la puerta lo que parecía un aparato para fichar la entrada y salida de empleados.

Avanzó por la sala hasta llegar al fondo, donde se encontraba la única puerta que parecía adentrarse en el interior de la nave.

Con suavidad la abrió. Apenas hizo ruido. Conducía a un pasillo largo. Lo extraño es que contaba con una iluminación muy tenue. Bombillas antiguas, pero encendidas.

Esto puso en tensión a Marco, porque significaba que el edificio no estaba abandonado. Aunque pensándolo bien, eso ya lo sabía.

El pasillo cada ciertos metros contaba con puertas laterales metálicas, más robustas que la que había utilizado para entrar en la nave.

Igual por eso no le habían prestado atención a la puerta principal, porque había otras más adelante que cortaban el acceso.

Si es así, tendría que dar la vuelta y habría perdido el tiempo.

No encontró ninguna puerta abierta hasta llegar al final, tras lo cual, accedió a una nueva sala, pero aquí había algo extraño.

Ya estaba más limpia. Se había utilizado, por lo que avanzó con mayor cautela intentando comprender qué era aquel lugar.

Ni era una oficina, ni una zona de trabajo antigua.

Casi no había mobiliario y estaba vacía.

Marco dio dos pasos más. Y entonces se dio cuenta. Aquella sala no tenía otra salida. Ni puertas, ni ventanas, nada.

—Mala idea —murmuró para sí mismo, y se dispuso a girarse y volver por donde había entrado.

Y entonces todo sucedió.

La puerta se cerró de golpe.

El impacto retumbó en la estancia y aceleró su corazón instantáneamente.

Marco reaccionó al instante. Corrió hacia ella, agarró la manilla y tiró con fuerza. Nada. Volvió a intentarlo, esta vez empujando con el hombro. La puerta no se movió. No estaba encajada ni oxidada. Estaba bloqueada electrónicamente.

Entonces se encendieron las luces.

No fue una iluminación normal. Varios focos superiores se activaron de golpe, blancos, cegadores. Marco levantó una mano para protegerse los ojos. Durante unos segundos no pudo ver nada ya que pasó de estar casi en oscuridad a una iluminación exagerada.

Lo habían descubierto.

No. Peor.

Lo habían dejado entrar.

Apretó los dientes y volvió a tirar de la puerta. Inútil. Era una ratonera. Una sala preparada para encerrar a quien llegara hasta allí.

Y nadie sabía que él estaba dentro.

Una voz metálica distorsionada surgió de algún punto del techo.

—¿Quién es usted y qué hace aquí?

Marco miró alrededor, buscando la cámara. No la vio. Pero estaba allí, seguro. Tal vez detrás de una rejilla, tal vez oculta en una esquina, tal vez en alguno de los focos que lo cegaban.

Respiró hondo.

Podía mentir. Podía inventarse una historia absurda sobre un robo, una equivocación o una apuesta estúpida. Pero no tenía sentido. No era de allí. No hablaba como alguien de la zona. No vestía como un ladrón local. Y nadie se colaba de madrugada en una nave aparentemente abandonada por casualidad.

La mejor opción era decir la verdad, simplemente.

—Soy periodista —dijo al fin.

Hubo una pausa breve.

—No mienta. Ningún periodista entra así en una propiedad privada en medio de la noche. Le repito, ¿qué hace aquí?

—Estoy investigando el brote que se ha producido en el norte.

La voz tardó un poco más en contestar.

—Le advierto por última vez si aprecia su vida. ¿Por qué está aquí?

Marco tragó saliva. Sentía que se encontraba en un punto en el que corría peligro extremo. Sería tan fácil hacer que desapareciera de allí sin dejar rastro. Y nadie lo buscaría. Todo habría terminado sin más.

Si iba a ser así, intentaría llegar hasta el final.

—Es cierto. Soy periodista. Seguí a alguien hasta aquí.

—¿A quién?

—A una mujer. Iba en moto.

—Nombre.

—No lo sé.

Marco se fue acostumbrando a la luz y empezó a mirar lo que había a su alrededor. Empezó a buscar algo que pudiera utilizar, cualquier cosa. Pero ya lo habían previsto. No había herramientas ni objetos rígidos con los que pudiera romper la puerta. Y las paredes parecían fuertes.

—No sé su nombre —repitió—. La vi salir de otro edificio. Me pareció sospechosa y la seguí.

—¿Para quién trabaja?

—Para una editorial. Le puedo enseñar mi acreditación. Mi superior directo es Rolando. Si me permite saco el teléfono y le llamamos.

—Su teléfono es inútil aquí.

Sacó el teléfono y efectivamente vio que no tenía señal. Algún tipo de inhibidor de frecuencias.

—Por última vez. ¿Para quién trabaja?

Marco notó cómo se le secaba la boca.

La voz no sonaba alterada. Ni enfadada. Ni nerviosa. Eso era lo peor. Quien hablaba parecía que sabía lo que hacía.

—Ya se lo he dicho.

—No.

La palabra cayó fría, definitiva.

Luego la voz regresó, más baja.

—Le advierto algo. En este momento le estamos apuntando con un arma. No intente abrir la puerta de nuevo. No golpee las paredes. No se acerque a las cajas. Y, sobre todo, no nos haga perder el tiempo. Le vuelvo a preguntar: ¿Para quién trabaja?

—Le repito que soy periodista. Estoy investigando una enfermedad. Un brote extraño. Puede contactar con mi editorial.

Más silencio. Unos segundos de tensión, hasta que se volvió a escuchar por el altavoz:

—Díganos punto por punto qué ha hecho en Nigeria desde que ha llegado.

Marco se quedó sorprendido, porque empezaba a pensar que sus captores sabían más de lo que realmente parecía. Debía tener cuidado al hablar para no involucrar a nadie y ponerlo en peligro.

Empezó relatando su llegada al aeropuerto y su parada en la Universidad. No mencionó a Kim, y simplemente comentó que una profesora de la que no recordaba el nombre le había indicado que no había ningún brote relevante.

Confesó cómo viajó en coche hasta el norte, cómo había entrado en algún hospital y había constatado que existía un brote, pero no sabía aún la magnitud.

Sabía que no podría ocultar el motivo por el que había seguido a la motorista, por lo que también relató su experiencia en el mercado, y cómo se las arregló para perseguir a sus vigilantes que le llevaron a Deucalion Medical.

Y por último cómo vio que salía una motorista y simplemente la siguió hasta donde estaba ahora.

Cuando acabó, simplemente silencio.

La suerte estaba echada.

Una última pregunta rompió el silencio:

—¿Quién sabe que está aquí?

Le pareció un mal presagio. Pensó que quizás le convenía decir cuantas más personas mejor. Aunque no fuera cierto. Si decía que nadie sabía de su paradero, seguramente no pasaría de la noche.

—Avisé a mi jefe en la editorial, le llamé indicándole la zona en la que me encontraba —mintió.

Y siguió añadiendo más personas.

—También saben la zona en la que me encuentro la embajada y el hotel. Hablé con un par de periodistas de otros medios.

Pensó a quién podía añadir más para darle un carácter más internacional, y dijo:

—Asimismo, colaboro con una investigación que está realizando el profesor Santana y su Universidad, que además es amigo personal.

Silencio al otro lado del altavoz.

Las luces se atenuaron un poco, señalando que el interrogatorio había finalizado.

Ahora solo quedaba esperar. Ver si lo que había sembrado servía de algo, o si por el contrario, estaba sentenciado.

Se sentó en una esquina de la pared, y se dispuso a descansar algo.

Tenía sueño. Se recostó.