El brote 10. El origen #2
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10. El origen #2

—Entonces, la misión fue un éxito. Fui la primera mujer que visitó la Luna, y nadie puede saberlo. Pero eso no me importa. Recuerda que por encima de la persona individual está el colectivo.

Más silencio.

—¿Y qué pasó? —consultó Tres, intuyendo que faltaba mucho para completar la historia.

Y Lisa le contó todo. No escatimó detalles.

Durante un buen rato, no existió ninguna persecución, ni buscar una muestra perdida, ni Sombra, ni nada. Solo escuchar la historia que una anciana le contaba de un fragmento de su vida.

Recordando el regreso: el barco

Era Julio de 1971. La operación había sido un éxito.

La cápsula había sido rescatada del océano izándola con una grúa desde un barco de apoyo que habían enviado a la zona.

Ya se imaginaban los titulares en la prensa. Todo era alegría, y aunque no quería reconocerlo a sí misma, sentía alivio por haber sobrevivido a la misión. El riesgo estaba ahí, por más medidas de seguridad que se tomaran.

Los técnicos estaban fotografiando todo, revisando las superficies, analizando el desgaste de las placas cerámicas por la reentrada en la atmósfera, comprobando el funcionamiento de los equipos. Nada quedaba al azar. O casi nada.

Los tres tripulantes de la nave se habían quitado las escafandras, y estaban en una sala de recuperación. Ya relajados y bromeando unos con los otros.

—Venga Lisa, dinos qué harás a partir de ahora —le preguntó el comandante riéndose, mientras sostenía una cerveza en su mano.

—Te diré lo que no haré… Volver a subirme a un cohete… —respondió Lisa totalmente distendida.

—Y yo que te iba a proponer para la siguiente misión —fingió enfado el comandante.

—Déjala que se aburra en la Tierra… Algún día nos pedirá que la volvamos a subir allí arriba —dijo el tercer tripulante sonriendo y señalando al cielo.

—No te imaginas lo que echaré de menos subirme a la punta de un cohete y tener ardiendo en el culo dos toneladas de queroseno. Si quiero emociones montaré en la montaña rusa y listo —replicó Lisa siguiendo la broma.

Así estuvieron un rato hablando entre ellos, repasando los pormenores de la misión, recordando anécdotas, hablando de lo que podían mejorar en los procedimientos. Más tarde todo quedaría documentado.

El comandante siempre se quejaba de la burocracia.

De los papeles que tendría que rellenar.

Bromeaba diciendo que todos los papeles serían suficiente para que al quemarlos despegara con esa energía un Saturno V de nuevo a órbita.

Lógicamente era un sin sentido, pero le gustaba exagerar las cosas para sacar una sonrisa a los demás.

—No sé dónde leí hace tiempo, que la principal ventaja que tenemos los humanos en la evolución es la cultura acumulativa.

Aprender a guardar lo aprendido. Cada generación nace sobre el conocimiento de la anterior.

Lo que hoy sabemos lo descubrieron nuestros ancestros, lo que descubramos nosotros será la herencia de los que vengan después —le dijo el tercer tripulante poniéndose filosófico.

—Lo que tú digas… Pero al final ya verás como los informes que escriba no los va a leer nadie.

Un día voy a contar un partido de fútbol en el medio, y te demostraré que nadie lo ha visto —el comandante volvió a fingir enfado, aunque en el fondo sabía de la utilidad para las misiones futuras de todo el conocimiento acumulado.

Pasaron las horas y se hizo de noche. El barco estaba rumbo a casa, si bien, les quedaban unos días. Pero mientras, aprovecharían el tiempo, porque no era una embarcación normal, sino un auténtico laboratorio flotante, con todo tipo de tecnología y personal a su disposición.

Lisa se despidió de sus compañeros. Por primera vez desde hacía muchos días se iría a dormir en una cama de verdad. Pero tanto el comandante como su compañero todavía tenían la adrenalina en el cuerpo, y decidieron ir a revisar el material rescatado de la misión.

Se dieron un abrazo y se despidieron hasta el día siguiente.

No lo sabían, pero esa sería la última vez que Lisa los abrazaría.

Se metió en su camarote y rápidamente se quedó dormida.

Recordando el regreso: las piedras

Apenas habían pasado unas horas cuando Lisa abrió los ojos.

Durante un instante no supo dónde estaba, tuvo que recordar.

Se acordó que estaba en el barco, porque la habitación se movía levemente, acompañada por el crujido metálico del casco y un ruido constante de los motores.

Sintió alivio al pensar que ya no estaba en el espacio, sino de vuelta en la Tierra.

Entonces escuchó pasos, pero pasos apurados. No eran los pasos tranquilos de una guardia nocturna ni el movimiento rutinario de los técnicos. Eran carreras. Voces apagadas en el pasillo. Algo raro estaba sucediendo.

Su sentido de alerta hizo que se incorporara de golpe. ¿Qué estaba pasando? Se puso la primera prenda que encontró y abrió la puerta del camarote.

Dos hombres pasaron corriendo delante de ella sin detenerse. Uno llevaba una carpeta contra el pecho, y el otro una máscara de protección química y biológica colgando del cuello.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lisa alarmada.

—Contaminación —dijo uno de ellos sin dejar de avanzar.

Más al fondo, una alarma comenzó a sonar. No demasiado ruidosa, pero persistente, advirtiendo de un riesgo inminente.

Lisa los siguió sin más, tenía que saber qué estaba pasando.

—¿En dónde? —consultó Lisa mientras corría.

—En el laboratorio hermético —respondió el técnico.

Se le heló la sangre. Ahí era donde sus compañeros le habían dicho que iban a trabajar un rato antes de dormir. Donde estaba todo el material que habían traído de la misión.

Bajó una escalera metálica, cruzó un corredor donde varios miembros del personal discutían y siguió el sonido de la alarma hasta la zona de los laboratorios. Allí, frente a las puertas herméticas acristaladas, ya había una decena de personas, hablando y revisando datos.

—El laboratorio está sellado —le dijo uno de los técnicos nada más verla llegar.

Y en ese momento, mirando a través de los cristales, confirmó lo peor. Allí estaban sus dos compañeros, al otro lado.

El comandante estaba de pie, apoyado sobre una mesa metálica, con manifiestos signos de fatiga y dolor.

A la derecha de la mesa, sentado en el suelo y con la vista perdida en el techo estaba el tercer tripulante.

Un geólogo estaba inconsciente en el suelo, rodeado de lo que parecían ser vómitos y sangre que manaba ligeramente por la nariz.

Otros dos miembros del personal estaban en posiciones similares, uno de ellos golpeando el cristal pidiendo ayuda.

Sobre la mesa, cuidadosamente colocadas en bandejas de análisis, estaban las piedras. Las rocas lunares.

Lisa se acercó al interfono.

—¿Qué mierda ha pasado? —preguntó.

El comandante levantó la cabeza al oír su voz. Intentó sonreír, pero no pudo. Tenía la cara desencajada.

—Empezamos a revisar el material —respondió con voz entrecortada—. Los técnicos abrieron el primer contenedor. Hicieron las pruebas habituales. Todo parecía normal.

Tosió. Una tos seca. Sudor en la frente. Se notaba que tenía un manifiesto dolor, si bien, era una persona fuerte que sabía controlarlo. Prosiguió:

—Empezamos a sentirnos mal. Mareos. Náuseas. Uno de ellos perdió el equilibrio. Pensamos que podía ser una fuga química procedente del módulo, e íbamos a salir al área de descontaminación. Pero los sensores marcaron riesgo biológico. Y bloquearon las puertas.

Lisa miró los paneles e indicadores. No había duda. Se había detectado algún patógeno, y el sistema funcionó de forma automática. Cierre hermético.

—¿Cómo que riesgo biológico? —preguntó Lisa como si no hubiera entendido bien.

—Lo que oyes. Actividad biológica Lisa —replicó el comandante.

—¿Biológica? ¿Pero qué estás diciendo? Venimos de la Luna, no de la selva amazónica. Allí no hay nada —dijo casi gritando.

Al otro lado del cristal, su compañero se sentó en una silla, y se quedó mirando hacia ella. Respiraba con dificultad. Con un esfuerzo y mirándole a los ojos le dijo:

—Pues había algo —dijo—. Al abrir esas piedras, algo salió de dentro.

Lisa negó con la cabeza. No podía estar pasando esto. Miró hacia el responsable que estaba al cargo de la sala, a los médicos, y les dijo:

—Hay que sacarlos de ahí.

Todos se quedaron mirándola impotentes. No dijeron nada. No hacía falta.

—Tenemos que sacarlos de ahí —dijo gritando.

Del otro lado del interfono, simplemente se oyó la voz del comandante, tranquila, consciente de su destino.

—Lisa. Mírame.

Lisa se volvió hacia él. Con ojos llorosos.

—Lisa. Pequeña —le dijo con ternura.

—No voy a quedarme aquí mirando cómo os morís —replicó Lisa.

Se quedaron mirando uno al otro.

—Lisa. No hay solución. Dos técnicos han muerto ya —dijo señalando dos cuerpos tirados en el suelo—. No sabemos qué es. Si se abre esta puerta, puede infectarse todo el barco.

—Pero tiene que haber una solución. Hay médicos —dijo Lisa gesticulando.

El comandante se levantó con esfuerzo de la silla, y apoyó su mano en el cristal. Lisa le correspondió con el mismo gesto.

—Lisa. No. No hay tiempo. Es peligroso. Si esto sale de aquí puede no solo infectar el barco. Si se propaga, puede acabar con toda la humanidad. Fíjate. En una hora una tasa de mortalidad del 100%. ¿Lo entiendes?

—Pero no estáis todos muertos —replicó.

—Créeme —dijo con una sonrisa— lo estamos. Tú asegúrate que esto no salga de aquí, y que no vuelva a pasar. Solo eso.

Y se quedaron mirando uno al otro, hasta que el comandante empezó a toser sangre y tuvo que recostarse al lado del cristal. Ya no volvieron a mirarse. Su vida se fue apagando poco a poco, hasta que quedó un silencio en la sala. Todo había terminado.

Mientras, sobre la mesa, aquellas piedras oscuras eran testigo del caos que se había desatado.

Y simultáneamente, alguien a muchos kilómetros de allí, había decidido que esto no podía salir a la luz. Se arreglaría de alguna manera. Pero esta misión, no había existido.