El brote 10. El origen
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10. El origen

Para entender en qué se convirtió algo, busca su origen

Vigilando a Deucalion

Mientras Tres repasaba los datos enviados por Operador, no sabía que, a poco más de cuatrocientos metros de allí, algo empezaba a moverse.

Marco esperaba junto a su moto alquilada. No se iría de allí hasta averiguar quién estaba interesado en Deucalion tanto como él.

Pasaron un par de horas hasta que una figura femenina se deslizó por un lateral de un edificio. No demasiado alta, menuda, vestida de negro y con un casco de moto.

Rápidamente se acercó a una Bajaj Boxer de 125 centímetros cúbicos, muy habitual en la zona. De la parte de atrás colgaban dos alforjas negras, donde guardó algo que no dio visto desde su posición.

Se subió a la moto, arrancó y discretamente empezó a circular alejándose de Deucalion en sentido contrario.

Marco no perdió el tiempo. También se subió a su moto. No encendió las luces, y guardó cierta distancia. E inició la persecución.

Durante los primeros minutos fueron simplemente una sombra siguiendo a otra sombra.

La Bajaj avanzaba sin prisa por calles secundarias, evitando las avenidas iluminadas y los cruces con tráfico.

A esa hora la ciudad parecía haberse vaciado de golpe.

Las persianas metálicas de los comercios estaban bajadas, los talleres cerrados, los puestos callejeros cubiertos con lonas oscuras que se movían apenas con el viento caliente.

De vez en cuando, un perro o un gato cruzaba la calzada y desaparecía bajo un camión aparcado.

Marco mantuvo la moto a distancia, con el motor al mínimo, dejándose caer en las pendientes cuando podía para no acelerar demasiado. La luz de posición de la Bajaj aparecía y desaparecía entre esquinas, muros desconchados y grupos de viviendas bajas.

La motorista conocía el camino, y tomaba precauciones.

Entró en una calle larga y completamente vacía, sin coches aparcados, sin peatones, sin puestos abiertos. Una recta estrecha sin bocacalles, y malamente iluminada. Cualquiera que la siguiera por allí quedaría expuesto.

Marco frenó antes de entrar.

Si continuaba detrás de ella, lo vería. No había tráfico que lo disimulara, ni ruido, ni sombras suficientes. Y la calle era suficientemente larga para que, si esperaba a que la moto alcanzara al final, la perdiera. Tenía que tomar una decisión.

Miró a la izquierda.

Una calle paralela corría en la misma dirección, separada por una manzana de edificios bajos. No sabía si tendría salida. No sabía si acabaría en un muro, en un patio cerrado o en un callejón sin retorno. Pero era eso o perderla de inmediato.

Giró.

La rueda trasera patinó sobre arena seca. Marco apretó los dientes y aceleró lo justo. Avanzó por la calle paralela sin verla. Su calle fue tornándose a la izquierda, alejándose cada vez más de la que había tomado la motorista. Ya no la escuchaba aunque apagara su propia moto.

Sintió la tentación de volver atrás.

No lo hizo.

Al final de la calle apareció un cruce. Marco redujo, apagó incluso la luz de posición y dejó que la moto rodara los últimos metros.

La Bajaj pasó de derecha a izquierda al otro lado de la intersección.

Marco contuvo la respiración. La había recuperado.

Esperó a que se alejara unos metros y volvió a seguirla, ahora con más cuidado. Ella había elegido aquella recta precisamente para comprobar si alguien venía detrás.

Marco comprendió entonces que la mujer no huía. Simplemente se protegía.

Continuaron hacia una zona cada vez más desierta.

Las casas dieron paso a muros altos, naves bajas y terrenos sin edificar donde la maleza crecía entre montones de chatarra.

El asfalto empeoró. Había baches y tramos cubiertos de polvo rojizo.

A lo lejos, algunas luces industriales parpadeaban sobre tejados de zinc.

La motorista volvió a hacerlo.

Esta vez tomó una avenida ancha, demasiado abierta, flanqueada por solares vacíos. No había dónde esconderse. Ningún coche circulaba en ninguno de los sentidos. Si Marco entraba detrás de ella, quedaría recortado en mitad de la calzada como una señal luminosa.

Maldijo en silencio.

A la derecha había un camino de servicio junto a una valla oxidada.

Parecía discurrir paralelo a la avenida, aunque era difícil saber durante cuánto.

Marco se metió por él sin pensarlo demasiado.

La moto saltó sobre piedras sueltas. Una rama seca golpeó el carenado.

Durante unos segundos perdió por completo la referencia de la Bajaj.

Solo veía la valla.

Si iba demasiado rápido, la perdería por ruido. Si iba demasiado lento, la perdería por distancia.

Al final del camino, la valla se abría junto a una explanada. Marco apagó la moto antes de llegar y avanzó los últimos metros empujándola con los pies. Desde allí vio de nuevo la luz trasera de la Bajaj.

Se detenía.

La motorista había llegado a un almacén abandonado.

Era una nave grande, rectangular, con parte del techo hundido y las paredes cubiertas por capas antiguas de pintura.

En la fachada quedaban restos de un cartel que ya no podía leerse.

Una puerta metálica, más pequeña de lo que Marco esperaba, estaba entreabierta.

No había vigilancia visible. No había vehículos salvo la Bajaj. No había ventanas iluminadas.

La figura bajó de la moto.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando.

Marco se quedó en la penumbra, muy alejado por lo que apenas pudo ver los detalles. Pero al menos tenía una ubicación.

La mujer se quitó lentamente el casco. Luego abrió una de las alforjas negras y sacó un paquete y se dirigió hacia la entrada del almacén.

Fuera solo quedaba silencio.

Lisa

Tres estaba repasando toda la documentación en busca de alguna pista, algo que le llevara al paradero de lo robado.

Todo pasaba por encontrar al profesor Ibraham Musa, esa creía que era la pista.

Estaba concentrado en su tarea cuando alguien abrió la puerta de su despacho. Esto le enfureció, porque había dado instrucciones de no molestarle bajo ningún concepto.

Se levantó y se detuvo de inmediato.

Quien acaba de cruzar el umbral era la anfitriona.

—Te traigo unas galletas Tres —le dijo con una sonrisa, sabiendo que su presencia le importunaba, pero que no diría nada.

—Gracias. Déjelas ahí jefa, prefiero seguir profundizando ahora en todo esto. El tiempo es el factor más importante.

La anfitriona se quedó mirando un rato para él, se dirigió a una silla cercana y con un cambio de voz a ternura le dijo:

—Tres —dijo haciendo una pausa— ahora estamos solos. Puedes parar unos minutos. No va a pasar nada.

Tres levantó la vista de los documentos. Suspiró y se sentó a su lado.

—Supongo que tiene razón. Simplemente no quiero decepcionarla jefa.

—Y no lo haces, créeme. Sé que haces todo cuando es posible. Y por favor, no me llames jefa cuando estamos solos. Llámame por mi nombre, el de verdad.

Un silencio se hizo entre los dos, y quedaron mirándose uno al otro, hasta que Tres pronunció:

—Lisa.

Más silencio, hasta que la anfitriona respondió:

—Ya hacía tiempo que no escuchaba mi propio nombre —dijo sonriendo.

—Es más seguro no usar nombres reales en la organización —replicó Tres.

—Tres. ¿Cuántos años crees que tengo? ¿Cuánto crees que me queda? ¿De verdad piensas que me preocupa mi seguridad?

—Lisa, seguro que es más joven de lo que me hace creer —por primera vez en todo el viaje se empezó a relajar.

La anfitriona, Lisa para Tres, esbozó una sonrisa, y con ternura le tomó la mano y se puso a hablar.

—¿Sabes por qué te recluté? —Lisa dejó la pregunta en el aire.

Nuevamente un silencio hasta que Tres respondió. Claramente no era su fuerte la comunicación.

—Supongo que no tendrían otro en ese momento —sonrió.

—Verás Tres. Cuando fui a tu casa hace unos años, vi una persona de honor. Sentí que querías hacer algo por el mundo, aunque tú no lo sabías. Que necesitabas dar un sentido a tu vida.

Dejó un silencio, y añadió.

—Y me vi reflejada en ti. En tu misma situación.

Tres se sorprendió. No se imaginaba que Lisa pudiese haber sufrido su misma situación en algún momento de su pasado. La curiosidad le pudo, y preguntó:

—¿Perdió a algún familiar?

Lisa quedó con la mirada en el vacío, recordando una parte de su pasado.

Y se puso a hablar. Algo que tenía que soltar.

—Tres, aunque no lo creas, en su día fui astronauta.

Si a Tres le hubiera dado una bofetada, no se hubiera sentido más sorprendido. Esta persona frágil que tenía delante de sí, astronauta. Requerían una preparación para la que no aceptaban a cualquiera. Solo personas de élite. ¿Y esta mujer lo había sido?

—Sí, no pongas esa cara. No siempre fui vieja. ¿O qué piensas?

—Me ha sorprendido, la verdad —reconoció Tres.

—Sí. Pero no me vas a encontrar en ningún informe oficial de la Agencia Espacial.

—¿Y por qué? —ahora que se daba cuenta Tres, no estaba seguro de haber visto mujeres astronautas de su edad.

—En aquellos tiempos, se lanzaron una serie de misiones a la Luna. Nadie quería quedar por detrás en la carrera espacial. Pero créeme, los cohetes no son como los de ahora. Había un riesgo real de que algo no funcionara y el cohete no regresara, o hubiera un accidente.

Hizo una pausa y continuó.

—Nos habían avisado, que si algo salía mal, se informaría que la misión no estaba tripulada. No querían reconocer ante la opinión pública un fracaso.

—Pero usted está aquí. No salió mal la misión. ¿No? —consultó Tres.

Otra pausa y reanudó la historia.

—Sí. Es cierto. El cohete despegó y volvió.

Fue la experiencia más fuerte que viví en mi vida.

Siempre fui una aventurera, la verdad. No te puedo describir la sensación de montarse en la parte superior de un cohete, que sepas que llevas a tu espalda millones de litros de combustible, que les prendan fuego, y que te disparen al espacio.

Realmente estaba asustada. Decidida pero asustada.

—¿Entonces? —siguió interrogando Tres, que ahora ya deseaba saber.