El brote 9. La conexión nigeriana #2
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9. La conexión nigeriana #2

—Se suponía que tendríamos el mejor material y que no había límite de presupuesto.

Ese cacharro es inoperativo. Habría incluso que cambiar esos microscopios, y aquellos ordenadores.

Por favor, si hasta la centrífuga solo está preparada para doce tubos.

Deberíamos modernizarla también. Se pierde mucho tiempo con estos aparatos.

El supervisor no parecía muy convencido, pero era cierto que no tenían límite de presupuesto pero sí una exigencia de tiempos, de lo que era responsable.

—Entiendo —respondió.

Y en ese momento, el destino o la suerte jugó a favor de Jian y de posiblemente millones de personas, porque al supervisor le sonó el teléfono, y su atención se desplazó a otro lugar.

Esto le dejó vía libre a Jian para seguir su camino.

No sin antes lanzarle una mirada de alivio a su colega y amigo Alexander.

Tomó un pasillo lateral y con paso firme, pero no demasiado rápido, se dirigió a la mensajería.

Entró con una sonrisa, y le dijo al encargado.

—Para donar a la Universidad de Lagos en Nigeria.

—¿A Nigeria? —consultó el encargado.

—Sí. Tenemos un convenio de colaboración. Allí tenemos centros de Deucalion —respondió Jian.

—De acuerdo. Cubra los datos.

Jian se apartó un poco para un lado, e hizo lo que le indicaron. Marcó como destino, la Universidad de Lagos, en Nigeria. Y como remitente, simplemente “Servicios Centrales Deucalion: Donación de material”.

No debería ser fácil encontrar así el paquete, ya que los envíos de donación de material obsoleto eran habituales.

Ayudó al dependiente a introducirlo en una caja, y allí se quedó, en la bandeja de envíos como cualquier otro aparato o documento.

Al acabar, Jian le dijo al dependiente:

—¿Puedo enviar una carta personal?

El dependiente lo miró y le dijo:

—Sabes que toda la correspondencia se lee.

—No importa. Simplemente es una carta a mi esposa, para que sepa que me acuerdo de ella —comentó Jian.

—No hay excepciones. Toda la correspondencia se lee —replicó el encargado.

Jian sacó una pequeña carta del bolsillo y se la enseñó.

—Bien, leámosla juntos —dijo con una sonrisa.

Y así hicieron.

La carta no contenía nada más que palabras de amor, donde le decía que la echaba de menos, y que harían un viaje juntos a su vuelta. Nada diferente a otras que había leído.

—Correcto —dijo el dependiente. ¿A dónde la enviamos?

—A la atención de Mei, en la Universidad de Tokio.

Cuando salió del servicio de mensajería y caminaba por uno de los muchos pasillos que tenía el centro, hasta su área de descanso, pensaba en todo lo que podía pasar.

Pensaba en que si había suerte el paquete llegaría a Ibrahim, y él sabría qué hacer.

Pensaba en la nota que le enviaba a su mujer, y en el mensaje en clave que le advertiría del peligro.

Tenía que seguir trabajando unos días más, para dar tiempo a que las muestras salieran del recinto y llegaran a destino.

Pero tenía claro que si quería salvar su vida, había que huir. Antes de que Sombra averiguara lo que había sucedido.

La búsqueda

Deucalion tenía múltiples contactos y medios materiales. Y todos estaban a disposición de Tres. Incluido Yusuf, que se había sometido a su autoridad, aunque sin mucho entusiasmo.

A Yusuf no le gustaba la intromisión externa porque cuando estaba solo, él era el capo, quien dirigía todo. Le costaba someterse al criterio de otros, pero tenía que aceptarlo.

—Entonces tenemos contactos en Lagos, especialmente en la Universidad. En Ibadán, Abuya, Sokoto y por supuesto en Kaduna —consultó Tres.

—Correcto. Policía local y cámaras de tráfico —respondió Yusuf haciendo valer su conocimiento de la zona.

—¿Han accedido a los sistemas de cámaras desde la central?

—Sí. Operador ha confirmado el acceso. En algunos sistemas ha entrado él directamente y en otros contábamos con personas infiltradas que lo facilitaron —añadió Yusuf.

—¿Por qué creéis que Ibrahim Musa está en el norte? —siguió consultando Tres, aunque ya sabía la respuesta.

—Según la Doctora Lima, que trabaja para nosotros en la Universidad, Ibrahim tenía mucho interés en investigar el brote. Pero sobre todo, hemos cotejado que su vehículo fue visto en la A1 a la altura de Ilorin por una cámara de tráfico.

—¿Movimientos bancarios? —consultó Tres sin dejar de mirar la documentación que tenía en la mesa.

—Ibrahim retiró del banco quince millones de nairas, el equivalente aproximado a doce mil dólares. No figuran otros movimientos.

—¿Familiares?

—Únicamente su hija. Que también trabaja en la Universidad, y al igual que él, está desparecida.

—Por lo tanto, se han fugado juntos —dedujo Tres.

Tres repasaba documentos de todo tipo, que estaban extendidos en una mesa de un despacho contiguo a la sala en la que habían estado. En la pared tenía pegadas fotografías que se habían tomado en su momento tanto de Ibrahim Musa como de su hija.

Tomó un teléfono móvil del bolsillo, y marcó automáticamente.

—Operador —se oyó al otro lado de la línea.

—¿Novedades de la búsqueda? —consultó Tres.

—Nada de momento. Ningún movimiento bancario nuevo. He conectado todas las cámaras a las que tenemos acceso a la IA de reconocimiento. Cero resultados.

—¿Qué más recursos estamos usando? —consultó Tres.

—Tenemos controlados accesos a carreteras, aeropuertos, registros de coches de alquiler, hoteles, e incluso embajadas.

—Demasiado tiempo desaparecidos —musitó para sí Tres—. Tienen ayuda de algún tipo. ¿Quién es la hija de Ibrahim? Envíame todos los datos que tengas. E incorpórala a las búsquedas de reconocimiento de imágenes.

—Ya lo hemos hecho. Su hija se llama Maya. Bióloga prometedora. Envío todo lo que tenemos por ordenador a su puesto local —confirmó Operador.

—Correcto. Cierro.

Tres se sentó en la silla y se puso a pensar. Esto incomodaba a los demás miembros de la habitación, especialmente a Yusuf, que no era una persona que se caracterizara precisamente por la paciencia.

Un pitido sonó en el ordenador de la estancia, y la impresora laserjet a color se puso a funcionar automáticamente. Escupía con alta velocidad fotos, datos e informes.

Tres les había indicado que fueran pegando los datos a la pared, a la vieja usanza, con un orden que les habían dado.

Los sicarios no lo entendían, pero obedecían ciegamente.

Una vez que finalizaron. Tres les pidió que salieran de la habitación. Y allí se quedó solo, mirando para la pared y los informes. Empezaba la cacería.