El brote 9. La conexión nigeriana
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9. La conexión nigeriana

Una idea es lo más peligroso que existe.

Tan solo necesita a alguien dispuesto a creer en ella.

La anfitriona

Tres acababa de llegar a Deucalion, en el norte de Nigeria.

Por lo visto, la ubicación se decidió basándose en la discreción. Fuera de las principales ciudades. Pero esto tenía algún inconveniente, como la logística.

El viaje desde Tokio había sido agotador. Más de 24 horas de vuelos, con escalas en Dubai y Lagos, hasta llegar al aeropuerto internacional de Kaduna, a poco más de cien kilómetros de la sede.

Lo habían ido a recoger en un vehículo, demasiado ostentoso para su gusto.

Como experto en seguridad, cualquier cosa que llamara la atención era un potencial peligro. Pero no había sido él quien lo había elegido, obviamente.

Para colmo le había invitado a ir en el asiento de atrás. Como si fuera un directivo.

Absurdo.

Tres siempre viajaba en el asiento de delante. Quería tener visual en todo momento y analizar los posibles peligros. Era un militar. Ir atrás era como decir, “pegarme un tiro, que no voy a enterarme hasta estar muerto”.

Al detenerse el vehículo, rápidamente se bajó, y rutinariamente observó las instalaciones.

Su entrenamiento le llevaba instintivamente a encontrar los puestos de seguridad, ubicación de cámaras de vigilancia y puertas. Contaba guardias y armamento. Y todo en apenas unos segundos, sin casi delatarse.

Vigilancia media.

Se encaró hacia la puerta principal, y allí apareció en el recibidor su anfitriona.

Elegante, señorial. Como siempre. Pelo blanco, traje claro y bastón. Delgada y de avanzada edad.

A Tres le constaba que su anfitriona tenía unos principios inquebrantables, y era por lo que la respetaba profundamente.

No esperó a que Tres llegara a la puerta, sino que se dirigió hacia él, y se quedaron frente a frente.

—Mi querido Tres —dijo la anciana con una sonrisa—. Aquí estás, en Nigeria.

—A su servicio, mi señora.

—Tan gentil como siempre —esperó unos segundos en silencio observándolo como quien analiza una muestra en una probeta.

—¿Le han comentado el motivo de mi viaje? —consultó Tres, aunque ya sabía la respuesta.

—Claro que sí —le dijo fingiendo indignación, pero manteniendo la sonrisa.

—Hay cosas que tendríamos que hablar —le dijo Tres.

—Claro que sí, pero subamos a la sala de juntas. Te pondré al día. Y por supuesto, tomarás algo de comer. Y no admito un No por respuesta. No le harás un feo a una pobre anciana —añadió con la misma sonrisa aparentando una fragilidad que no existía.

Sin más la anfitriona se puso a caminar de nuevo hacia el edificio acompañada de Tres, y seguidos por personal de seguridad.

Al llegar a la puerta del vestíbulo, se giró y le dijo al individuo de la camisa rosa, que parecía el responsable de la seguridad:

—Yusuf, quedaos aquí. Ya subimos nosotros. Betty, ven con nosotros —dirigiéndose a su secretaria.

Y sin más, los tres se encaminaron a la puerta del ascensor más cercano.

Ya solos, la anciana le dijo a Tres bajando la voz.

—Noto que Yusuf no es de tu agrado —con sonrisa pícara.

Tres meditó la respuesta:

—No estoy seguro de la profesionalidad —respondió midiendo las palabras.

—Te aseguro que, en este sitio, no hay mucho donde elegir, créeme.

Hablaron temas triviales hasta llegar a la sala de reuniones, que se encontraba en el piso superior. Antes de entrar, la anfitriona pidió canapés y algo de beber, que más tarde traerían.

Era una estancia amplia, acristalada, con una mesa larga.

Tres no se sentó. Se colocó en un lateral, cerca de la ventana, desde donde tenía todo en su campo de visión. A veces se preguntaba por qué tenía esa deformación profesional, en la que todo tenía que estar controlado.

—Tres, deja de observar todo, estás en tu casa —le dijo mientras rebuscaba unos documentos en una carpeta.

Tres hizo que no escuchaba y se acercó a las ventanas. Pulsó un botón, y automáticamente se empezaron a opacar. Una tras otras. Tecnología moderna, pensó.

—Siempre es mejor la discreción —dijo Tres volviéndose hacia su anfitriona.

Por eso lo había elegido. No tenía ninguna duda sobre su capacidad y compromiso. Había otros candidatos. Muchos trabajaban para Sombra. Pero tenía especial afinidad con Tres. Quizás por su entrega a la causa, similar a la suya.

Sin más, la anciana dejó de divagar en su mente, y se centró, como científica que era, en resolver los problemas.

—Entonces. De momento no has dado con el paradero de las muestras, ¿no? —le consultó directamente.

—No —respondió de forma seca Tres.

—¿Y qué has averiguado Tres?

Se tomó un tiempo antes de responder y dijo:

—Inicialmente seguimos la pista a las empresas de transporte. Sospechamos que el cambio del material se hizo en algún punto del viaje. Vistos los archivos de Kang, ya no lo tenemos tan claro.

—Pero Kang —dejó un espacio de tiempo mirándolo inquisitivamente— se ha suicidado.

—Y ha aportado unos fondos para la causa. Quizás lo único decente que ha hecho en su miserable vida.

—Hay que minimizar los riesgos —le dijo con ternura, pero firmeza.

Tres prosiguió con el informe oral. Aunque estaba seguro de que su anfitriona ya estaba al tanto, sabía que escucharía todo una vez más de su propia voz.

—Investigamos a Alexander y Jian, los científicos implicados en el robo, y a sus familiares.

—¿Lo hicieron los dos?

—Sí. Los dos científicos están implicados. La mujer de Jian no lo sabemos —aclaró Tres.

—Sería importante saber dónde se encuentran, ¿no crees?

Permitiendo un momento de silencio, Tres respondió:

—En el caso de Alexander —dejó unos segundos— no va a causar más problemas. Jian ha desaparecido.

—Entiendo. Por eso has ido a visitar a su mujer, ¿no?

—Sí. También desaparecida. Creemos que son cómplices. Pero no estamos seguros —añadió Tres.

—He recibido el análisis de la inteligencia artificial.

Ha procesado todos los datos, y considera que hay un porcentaje de probabilidad, no alto, pero sí relevante, a que el paquete se haya enviado aquí.

Fíjate que, a pesar de conocer la tasa de aciertos de la IA, me costaba creerlo. Hasta que supe que llegabas. ¿Por qué?

Se hizo un silencio. Tres se sentó finalmente en una silla, y buscando las ideas dentro de su mente, simplemente dijo:

—Intuición. Una foto en la casa de Jian.

—Una foto de Ibrahim Musa —replicó la anfitriona.

—Sí, con su mujer Mei hace muchos años.

Se hizo más silencio. Tras lo que la mujer añadió:

—Hemos vigilado a Musa durante los últimos meses.

Sabíamos que podría detectar el inicio de la operación.

Es una eminencia en su campo. Y no convenía que le llegaran noticias.

Por eso, lo mantuvimos entretenido. Congresos.

Conferencias. Pero en ningún sitio se detectó que había una relación entre él y Jian.

—Y no la había —respondió Tres. La había con su mujer.

—Sí. La había con su mujer.

Quedaron durante unos segundos nuevamente en silencio, hasta que Tres volvió a romperlo:

—Y por supuesto, también ha desaparecido.

Nuevo silencio.

La anfitriona se incorporó, y poniéndose más seria, se inclinó hacia adelante y le dijo a Tres:

—Tienes que encontrar las muestras. La operación ya se ha iniciado. Esas muestras son la clave de todo.

Tres asintió asumiendo la gravedad de la situación. Sabía que Sombra pondría todos sus recursos, que no eran pocos, a su disposición. Quería estar a la altura, y no fallarle a su benefactora. Se dejaría la piel, y haría todo lo que fuera necesario.

El envío

Era Julio de 2019. Jian había dejado el día anterior escondidas unas muestras en la taquilla de la lavandería.

Esperaba que nadie hubiese accedido, porque de lo contrario estaría muerto.

Podría suceder que los miembros de Sombra ya hubiesen descubierto todo, y simplemente estuviesen vigilando la sala para saber quién había sido el culpable del intento de fuga de material.

Pero no había marcha atrás. Si Sombra lo sabía, estaba perdido. Y si no seguía su plan también. No tenía elección. Todo se selló en su destino el día que cambió las muestras letales por unas inocuas.

Llevaba un carrito por el pasillo, con un autoclave y unos reactivos de tinción para muestras. Pero al acercarse a la lavandería, fingió que le caía uno de los colorantes sobre la bata blanca, y gesticuló para que pareciera coherente ante las cámaras que lo grababan.

—Por favor. Mira cómo me he puesto —dijo en voz alta.

Se quitó la bata y entró con el carrito en la lavandería.

Dentro no perdió el tiempo.

Abrió la taquilla, tomó las muestras letales de donde las había escondido.

Sacó de su bata una pegatina que había impreso anteriormente y un sobre con una carta, y lo pegó encima de la caja de las muestras, con el texto: “Para entregar a Ibrahim Musa”.

Y sin más, introdujo todo en el autoclave. Cambió su bata manchada, y en un minuto estaba fuera siguiendo la ruta planeada.

Para un observador externo, todo habría sido natural.

Pasó toda la mañana trabajando en el laboratorio, con el autoclave cerca de él.

Fue el turno que más largo se le hizo en toda su carrera. Cada vez que alguien pasaba cerca temía que lo quisieran utilizar. Pero nada sucedió.

Al llegar a mediodía, simplemente tomó el carrito y se dispuso a salir, hasta que una voz sonó detrás de él y dijo:

—¿A dónde vas con ese carro?

Jian se giró, y allí estaba un supervisor de proyecto.

Su corazón latía a mil por hora. Si abrían el aparato se descubriría todo. Y no solo estaría sentenciado él, sino miles o millones de personas. Porque Sombra habría recuperado su muestra letal.

Intentando recopilar toda la sangre fría de la que fue capaz, respondió:

—Es antiguo. Lo voy a donar a alguno de los laboratorios de universidad con los que colaboramos.

El supervisor no quedó de todo convencido y añadió:

—Pero ya has donado más material otras veces —y se quedó mirándolo.

Se sentía perdido. Se le caía el mundo en ese momento, hasta que la voz de su amigo Alexander sonó desde detrás del supervisor, con tranquilidad, como si fuera lo más normal del mundo: