El brote 8. Ecos del pasado #3
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8. Ecos del pasado #3

El hombre cerró la puerta sin mirar atrás. Tenía una complexión fuerte, pero sin exagerar. Imponía respeto, incluso cierto miedo a quien estaba a su alrededor.

Se quedó un instante mirando la fachada.

No parecía sorprendido. Tampoco interesado. Más bien parecía estar midiendo el edificio. Como si, antes de entrar, ya estuviera calculando cuántas salidas tenía, dónde estaban las cámaras y cuánto tardaría en salir si algo salía mal.

Marco sintió una incomodidad.

—Militar —susurró.

No podía demostrarlo, pero su forma lo delataba. No había uniforme, ni nada concreto. Pero lo había visto antes, esa actitud. Militar o mercenario. Cualquiera encajaba.

Un hombre esperaba al lado del coche, como pidiendo permiso para presentarse. Se le notaba incómodo.

—Vaya, mira a quién tenemos aquí —masculló Marco para sí mismo.

El hombre en cuestión era el mismo tipo que daba órdenes en el mercado, cuando lo estaban siguiendo. Seguía vistiendo la misma camisa rosa, y llevaba sus gafas de sol colgando en el bolsillo del pecho.

El día y la noche. El recién llegado, parecía un profesional, discreto, serio. El otro, un capo local, como mucho.

El recién llegado apenas lo miró, avanzó con desdén hacia la entrada.

Y entonces la vio.

Una mujer anciana había aparecido en el vestíbulo.

Marco aumentó todo lo que pudo. La imagen perdió algo de definición, pero bastó.

Pelo blanco. Muy blanco. Recogido hacia atrás con sobriedad. Traje claro. Bastón fino en la mano derecha. El cuerpo delgado, pequeño, aparentemente frágil.

Pero el edificio reaccionaba ante ella. Eso le llamó la atención a Marco.

No la guiaron. No la ayudaron. No hacía falta. Con decisión se acercó a la entrada y se quedó esperando al recién llegado.

Se quedaron frente a frente, y dijeron unas palabras, que lógicamente Marco no podía oír.

No se dieron la mano, pero se reconocían respeto mutuo uno por el otro.

Hablaron apenas unos segundos.

Marco no podía oír nada, pero no le hizo falta para entender que aquella mujer no era una secretaria ni una médico jubilada que pasaba por allí. Y que el hombre de negro, no era un directivo de tres al cuarto.

Caminaron hacia dentro, los seguía el hombre de la camisa rosa, hasta que, en un momento determinado, la anciana le pidió que se quedara fuera, y solo ellos dos entraron seguidos de una secretaria.

—Me pregunto quién será, para que lo venga a recibir esta mujer —se dijo en voz alta Marco.

Marco los siguió con el móvil, pegando el ojo a la pantalla. De vez en cuando sacaba alguna foto, para recordar posteriormente las caras, y quizás enviarlas a Rolando.

Los vio cruzar el vestíbulo, pasar junto al control de seguridad y entrar en un ascensor lateral que no parecía destinado al público. Las puertas se cerraron.

Durante unos segundos no hubo nada. Hasta que los vio aparecer en la parte superior.

Una sala amplia, acristalada, con una mesa larga y una pared de madera oscura al fondo. La anciana entró primero. Detrás, el hombre de negro, seguidos por la secretaria, que cerró la puerta a su paso.

Marco observó un detalle absurdo, pero importante.

El hombre oscuro no eligió la silla principal. Tampoco se sentó frente a la anciana como alguien que acude a negociar. Se colocó en un lateral, cerca de la ventana, con la sala entera dentro de su campo de visión.

Un lugar incómodo para una reunión.

Perfecto para alguien que no quería dar la espalda a ninguna puerta.

Marco volvió a pensar lo mismo.

Militar.

La anciana habló. El recién llegado no dijo nada. Permanecía de pie.

Entonces el hombre de negro se acercó a la ventana y pulsó un botón que opacaba las persianas. Una tras otras de forma automática, le impidieron la visión.

—Vaya. Se acabó la función —se dijo Marco decepcionado.

Poco más pudo averiguar. Se pasó dos horas más mirando el edificio. Pero nada sucedía.

Le dio tiempo a mandar las fotos de la anciana y del hombre de negro a Rolando, simplemente con un mensaje:

—¿Puedes averiguar quiénes son?

Y en esta espera, fue cuando vio el reflejo.

No en Deucalion, sino en el edificio de al lado.

Un destello mínimo, apenas un punto de luz en una ventana oscura de un edificio lateral que también estaba abandonado.

Quizás se había equivocado.

Apuntó su móvil hacia la ventana y esperó pacientemente.

No había transcurrido ni diez minutos cuando de nuevo volvió a ver un resplandor tenue. Tenía que ser un móvil o una cámara.

—Por lo visto no soy el único interesado en Deucalion —se dijo a sí mismo.

Analizó el edificio, y vio que únicamente contaba con una entrada que conducía a una calle lateral.

Los accesos frontales estarían reservados a locales comerciales, por lo que los futuros inquilinos de viviendas tendrían que acceder desde el parking o desde este acceso.

No estaba muy lejos de donde Marco había dejado su moto.

Y por instinto, dejó de vigilar a Deucalion. Seguiría la nueva pista. Deucalion no se iba a mover de allí, pero la persona que vigilaba sí. Era ahora o nunca.

Bajó las escaleras, llegó hasta su moto, y se dispuso a esperar. Averiguaría quién estaba interesado en Deucalion tanto como él.