El brote 8. Ecos del pasado #2
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8. Ecos del pasado #2

Se miraron uno al otro por unos segundos.

—Vayamos a comer algo. Mañana tenemos más trabajo —indicó Jian.

—De acuerdo —replicó Alexander.

Ambos continuaron por el pasillo, como si fuera un día normal de oficina. Como si no hubiesen dejado en una taquilla de la lavandería el virus más potente que el ser humano había creado.

Un riesgo altísimo, pero menor del que se asumiría si se hubiese entregado en las manos equivocadas.

Pero había un problema.

El reloj desde ahora estaba en su contra. No sabían el tiempo que tenían hasta que se detectara el cambio. Ambos lo sabían.

Alexander pensaba para sí: “Jian, espero que tengas un buen plan”.

Deucalion Medical

Marco despertó ya de noche. Sudando. Había dormido lo que le quedaba de la tarde, y poco a poco se incorporó. Aún inquieto. Todavía soñaba.

Entró en el baño, se lavó la cara y sin pensar más, con determinación inició la ejecución de su plan.

Sabía que estaban vigilando el hotel. No tenía sentido que lo siguieran en un mercado y no ahora. Pero llevaba ventaja. Y la quería aprovechar.

No es que no tuviera cierta preocupación. No era inconsciente del peligro. Pero no era la persona que se moriría sentado en un escritorio y viendo fútbol a la noche. Cada uno elegía la vida que quería. Y hacía años que él tomó su camino.

Se vistió con ropa discreta. Nada parecido a lo anterior. Y por supuesto el turbante y las gafas de sol que había comprado en el mercado. Ideal para escabullirse.

Salió al pasillo, se puso a caminar y vio una habitación abierta. Daba al otro lado del hotel. Entró en ella. No había nadie. Fue hasta la ventana, la abrió y se descolgó por una escalera de incendios. Luego se escurrió entre los árboles y desapareció.

Dos personas estaban haciendo guardia en un coche en el aparcamiento principal al otro lado del hotel sin enterarse que su objetivo ya no estaba allí.

Marco callejeó durante varios minutos, siempre por calles secundarias, evitando avenidas iluminadas y cualquier lugar donde pudiera quedar expuesto.

Caminaba despacio, porque otra cosa llamaría la atención.

Giró una esquina, cruzó una plaza casi vacía y siguió hasta una calle estrecha donde aún quedaban algunos comercios abiertos.

Encontró una pequeña tienda de alquiler de motos con el cierre a medio bajar. Dentro, un hombre mayor revisaba unos papeles detrás del mostrador. Marco entró sin titubear.

—Necesito una moto —dijo.

El hombre lo miró de arriba abajo.

—¿Ahora?

Marco dejó dinero sobre el mostrador.

—Ahora.

El hombre dudó apenas unos segundos. Después cogió unas llaves de un panel metálico y señaló una moto aparcada junto a la acera. Claramente la peor de la tienda. El hombre no se acababa de fiar. Marco firmó con un nombre falso, se puso un casco barato y arrancó.

No tardó demasiado en llegar a la sede de Deucalion Medical.

En su primera visita había visto un par de edificios cercanos abandonados, y había decidido que sería el mejor punto de observación.

Aparcó la moto en un lugar discreto, lejos de la entrada principal, y se deslizó hasta uno de ellos.

En teoría, el bloque estaba en rehabilitación; en la práctica, hacía meses que nadie parecía trabajar allí.

No había herramientas recientes, ni sacos de material, ni rastro de obreros.

Solo polvo, paredes a medio terminar y el silencio útil de los lugares que nadie vigila.

Se instaló en una silla frente a una ventana del primer piso, y esperó. No tenía prisa.

Había poca actividad. De vez en cuando entraba o salía alguna furgoneta de reparto o de la propia compañía. Alguna luz se iba apagando o encendiendo en los despachos. Nada fuera de lo habitual.

Marco se dio cuenta de que el edificio tenía una parte logística en planta baja, y oficinas y despachos en planta alta, así como un aparcamiento en la parte frontal, separado por una zona para visitas y otra para trabajadores y directivos.

Contaba con una valla perimetral, fácil de saltar, si no fuera por las cámaras y el control de acceso en la puerta principal.

Marco sacó de su bolsillo un monocular. Hacía tiempo que lo tenía para mirar o grabar a distancia. Se acoplaba a su teléfono y ampliaba con un zoom la imagen, viendo detalles que de otra forma le sería imposible.

La fachada de Deucalion Medical apareció en la pantalla con una nitidez extraña.

—Maravillosa tecnología al alcance de todos —pensó Marco en voz alta.

Fue repasando cada despacho de la planta superior, cada punto de vigilancia, cada guardia apostado, las formas de identificarse al llegar al edificio. No había fisuras. Desde luego, para ser una sede de lo que parecía una distribuidora médica, tenía más seguridad que Fort Knox.

Llevaba un par de horas allí, cuando apareció un coche negro.

Marco se incorporó por instinto. A la hora que llegaba no parecía la típica visita. Entendía que entraran camiones o furgonetas, pero este coche parecía de un directivo, y no solían tener reuniones a estas horas.

La berlina se detuvo frente a la entrada principal de Deucalion Medical. Se identificó y le abrieron la valla.

Simultáneamente alguien en un despacho de la primera planta, una mujer de edad avanzada y pelo blanco se levantó, y con lo que parecía una secretaria salió de su despacho y desapareció.

El vehículo aparcó en una zona reservada.

La puerta del acompañante se abrió y bajó un tipo vestido de oscuro.

No salió de la parte trasera, como habría hecho un directivo, un inversor, un consejero o cualquier persona acostumbrada a que otros le abrieran la puerta.

Iba sentado delante, junto al conductor.

—Qué raro —masculló Marco para sí mismo, esperando que alguien se bajara de los asientos de atrás.

Nadie más se bajó.