El brote 8. Ecos del pasado
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8. Ecos del pasado

Hay errores que el tiempo no borra, tan solo se puede vivir con ellos

Aceptarlos, abrazarlos, asumirlos, es la única opción para mantener la cordura

Clara

Marco estaba soñando de nuevo.

La conversación con Rolando lo llevó a cuando era muy joven y pensaba en comerse el mundo.

Era idealista. Pensaba que la verdad triunfaba siempre y un periodista era la base de la democracia.

Exponer injusticias y mostrarlo al mundo.

Así de sencillo. Lo veía como los antiguos caballeros, defendiendo a la sociedad con la palabra.

Quizás se veía como Bob Woodward y Carl Bernstein destapando el escándalo de Watergate que provocó la dimisión del presidente Nixon en Estados Unidos. O como un ganador de los premios Pulitzer desvelando algún tipo de trama económica en Wall Street.

Todo ello lo llevó a investigar sin medir las consecuencias. La verdad era lo único importante.

O eso creía.

Hasta esa noche de noviembre.

Marco estaba investigando un asunto de corrupción en el ayuntamiento. El tipo de noticia que lo catapultaría a otra liga.

Tenía todo tipo de pruebas, y pensaba que estaba bien atado: Un concejal involucrado, documentos de movimientos de efectivo, fotos, conversaciones grabadas y empresarios. Todo en un pack.

Y una fuente de información fundamental. Un topo.

Su fuente era la ayudante del alcalde. Una joven de menos de treinta años, con una moral como cualquier persona decente tendría.

Eso fue lo que le llevó a contactar con Marco. A dejarle caer pinceladas de lo que estaba sucediendo. No podía mirar para otro lado, pero al mismo tiempo tenía miedo a involucrarse, porque era gente peligrosa. No era una heroína. Simplemente quería hacer las cosas bien.

Marco hincó el diente a la noticia. Le pidió más y más.

Sin darse cuenta del peligro que corría.

Cada nuevo documento que le traía era una mina: Licitaciones hechas a medida.

Empresas que ganaban concursos antes de que se publicaran.

Obras adjudicadas por el triple de su valor.

Reformas en colegios que nunca se terminaban.

Centros sociales que existían en las facturas y no en los barrios.

Millones desapareciendo gota a gota, con membrete oficial y firma al pie.

Solo veía las portadas que iba a publicar. En un par de días como mucho, estaría todo listo.

Por eso, cuando a las once de la noche recibió una llamada, lo pilló desarmado. No lo había previsto.

Era Clara, asustada.

—Marco.

—Hola Clara. ¿Qué tal estás corazón?

—Marco, necesito que vengas. Estoy asustada.

—¿Qué pasó? —contestó Marco restando importancia.

—Hay un coche aparcado delante de mi casa. Alguien ha bajado, timbrado, y se ha vuelto a subir al coche. Pero no se va. Tengo miedo.

Algún tipo de alerta resonó en la mente de Marco. Dejó de repasar los documentos que tenía extendidos en su mesa, y su mente se puso a pensar.

Clara no era valiente en términos de ser echada para adelante. Pero tampoco se dejaba asustar ni intimidad fácilmente. Y realmente su voz sonaba preocupada.

—Voy para ahí Clara. No abras a nadie hasta que yo llegue.

—De acuerdo —respondió con alivio—. No tardes. ¿Llamaré a la policía?

Marco pensó un segundo mientras salía por la puerta.

—Acuérdate que hay policías implicados. Solamente tardaré veinte minutos, no más.

—Vale, pero apura, por favor.

—Piensa que una vez que publiquemos todo, aunque descubran quién eres Clara, no podrán hacer nada. Y hemos tenido mucho cuidado. No pueden llegar a ti.

—Y sin embargo tengo un coche aparcado delante de casa —dijo con preocupación.

—Veinte minutos. No más.

Habían trabajado meses. Era cierto que habían tenido cuidado. Documentos entregados en lugares inverosímiles, desde baños de una estación, hasta correos postales sin remitente. Un goteo de datos continuo.

En la prensa no habían publicado nada todavía. Pero sí se sabía en la redacción. Y en todos los sitios hay orejas.

Marco nunca reveló la fuente. A nadie. No había traicionado a Clara de ninguna forma. Ni siquiera sabían quién era sus superiores directos, por más que le insistieron, ni una palabra salió de sus labios.

Tan solo les informaba de datos. De contratos. De movimientos de cuentas y facturas.

Pero cuando hay gente implicada con poder, siempre existe la posibilidad de que tengan acceso a la editorial. Que hayan revisado la información y hayan deducido quién podía ser el topo. Simplemente una fecha, o un documento al que solo tienen acceso un número de personas. Quién sabe.

Tiempo después Marco sospechó de un contrato.

Un simple contrato firmado por tres personas implicadas, y sellado por Clara.

La única inocente. Un contrato que no se había llegado a comunicar, porque hubo un cambio en el contenido.

Y dicho contrato apareció en una editorial.

Igual fue eso, o algo que había pasado por alto. Pero daba lo mismo.

Marco llegó al portal a la hora acordada. Se había asegurado de que no le seguían, como siempre.

A su alrededor no vio ningún coche tal y como Clara le había dicho. Miró el reloj cuando cruzó el portal y empezó a subir por las escaleras. Las once y media. Nadie en las escaleras ni pasillos.

No tomó el ascensor. Clara vivía en un primer piso, no merecía la pena. Se acercó a su puerta, pero cuando iba a timbrar se le heló la sangre. La puerta estaba entornada. Aminoró el paso, y escuchó con atención. Nada.

Empujó ligeramente la puerta, y desde el umbral la llamó por su nombre.

—¿Clara?

Nadie respondió.

Entró al apartamento. Luces encendidas. Todo ordenado.

Volvió a insistir:

—Clara. ¿Estás en casa?

Tenía presente que no habría salido del piso. Era una pregunta absurda.

Avanzó por el salón, y cuando entró en el dormitorio, allí la vio.

Inerte. En el suelo. Sobre un charco de sangre. Con la mirada perdida en el vacío, sin vida.

Dos disparos. Uno en la cabeza y otro en el pecho.

Marco se quedó petrificado. Incapaz de entender o más bien de asimilar lo que estaba viendo. Todo su mundo se vino abajo. Aquello no podía estar sucediendo. No era lo que sucedía en las películas. Directamente, era imposible.

Varios minutos pasaron hasta que la realidad se impuso en su cabeza. Una lágrima brotó. Nunca recordaba haber llorado.

Se arrodilló al lado del cuerpo y tomó su mano, ya fría.

—Clara. Lo siento —y sin más se puso a sollozar como un niño.

El resto fue historia. Avisó a la policía. Acordonaron la zona. Le hicieron mil preguntas, a él, a sus jefes, días y días. Dicen que investigaron, pero la realidad es que nunca encontraron al culpable del crimen.

Alguno de los implicados. Nunca lo sabría.

Días después se publicó el artículo. Muchas personas fueron acusadas y detenidas. Algunas pasaron tiempo en la cárcel, pero ninguna lo hizo por el crimen cometido.

Ese día algo cambió en Marco.

No se sentía un triunfador por haber librado al mundo de la escoria corrupta que había conseguido sacar a la luz. Se sentía culpable por haber perdido a una persona. A una persona buena.

Dejó de verse como el salvador del mundo. Cuando alguien le hablaba del bien común, de lo que importaba a la sociedad, él siempre recordaba a su Clara. A esa persona tendida en el suelo, que tenía sueños, que quería simplemente hacer las cosas bien, y que alguien le truncó su vida.

El mundo siguió igual, no le importaba Clara. El mundo ya estaba en otra noticia. En la siguiente.

El robo

Era Julio de 2019. Alexander y Jian habían recogido las muestras para su entrega a Sombra.

Abandonaron el laboratorio portándolas en una nevera hermética. Y aunque Alexander le había suplicado a Jian que no las entregaran, sabía que era inútil. Estaban obligados. No tenían elección.

Aceptando lo inevitable extrajeron las muestras y las dejarían en la consigna que les habían asignado dentro del edificio.

Ya habían entregado unos viales anteriormente, si bien, la letalidad era muy inferior. Sí es cierto que podría generar una epidemia, pero era reversible. Incluso tenían un antídoto.

Pero esta última, en este caso eran conscientes que el daño sería muy severo. Podrían ser millones los infectados y muertos. Ambos lo sabían. Ambos tenían en su conciencia un peso que cualquier humano no podría soportar.

De camino a la consigna, Jian le comentó a su colega:

—Vamos a dejar las batas en la lavandería.

—Como quieras —respondió Alexander con el ánimo por los suelos.

Entraron a través de una puerta metálica, y ambos procedieron a desprenderse de la bata y tirarla a través de una compuerta que conducía al piso de abajo, donde lavadoras industriales con desinfectantes muy poderosos eran usados a diario.

Y aquí fue donde todo sucedió.

Jian miró fijamente a su compañero, y puso un dedo sobre sus labios, haciéndole la señal de que guardara silencio.

Alexander no entendía nada, pero hizo lo que su colega y amigo le decía.

Jian abrió una taquilla, y sacó una caja. Era una réplica exacta de la que llevaban dentro de la nevera, y que portaban las muestras letales que tenían que entregar. Intercambió una por la otra.

Sin más dilación, dejó las auténticas en la taquilla, y ambos salieron con las nuevas al pasillo a seguir el recorrido hasta la consigna.

Alexander pensaba a mil por hora.

¿Qué acababa de hacer Jian? Si los descubrían estaban muertos.

Pero claro, ¿quién iba a comprobar que las muestras que entregaban eran las correctas? Nadie. Por lo menos hasta que llegaran a destino.

Por una parte, sintió alivio. Por la otra, acababa de sentenciar su vida.

Allí estaba de camino a la consigna con Jian, quien tenía el rostro pétreo y seguro de quien ya ha tomado una decisión.

Frente a la puerta hermética que habían utilizado en otras ocasiones, acercaron su ojo al visor, que los reconoció y abrió con un chasquido metálico.

Entraron en la estancia, y depositaron la nevera en una mesa blanca en el centro de la sala.

Una cámara vigilaba la entrega, con su luz roja parpadeante que indicaba que estaba grabando.

Sin más, volvieron sobre sus pasos dejando la nevera y la caja hermética que contenía en la estancia, y simplemente salieron.